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jueves, 8 de enero de 2026

PUÑALES por LA ESPALDA: De Entre los Muertos - de Rian Johnson



Después del fiasco que supuso la segunda entrega, este tercer cluedo de Puñales por la espalda vuelve a ser tan brillante como el primero o incluso más. Al juego de crimen, pistas y enredos de un grupo en escenario cerrado añade, con suma ironía, unas certeras puñaladas a la filosofía iracunda del movimiento MAGA.

Pero empecemos por lo primero.
Las señas de identidad de la franquicia resplandecen: escenario único en torno a una vicaría donde se produce un asesinato aparentemente imposible, al estilo del cuarto cerrado; todo ello contando con un amplio elenco de estrellas que dan vida a un guión lleno de giros y sospechosos sin que falte su pizca de humor punzante. La reunión final con Benoit Blanc descifrando los pormenores del misterio y señalando al culpable ya es un clásico. Puro entretenimiento. 
 



El padre Jude Duplenticy (Josh O´Connor) es un joven sacerdote volcado en su fe cristiana, pero su pasado como boxeador aflora en ocasiones metiéndole en problemas. Como penitencia su obispo le traslada a una insignificante parroquia; así matará dos pájaros de un tiro, porque allí Duplenticy podrá ejercer de contrapeso del irascible Monseñor Wicks (Josh Brolin), erigido en dueño y señor de un pequeño enclave que ha visto reducida su feligresía a la mínima expresión. 

La pureza de la fe del padre Duplenticy y la firmeza de sus valores -estima el obispo- servirán para controlar los desmanes de Wicks, un tipo tan carismático como bronco e incendiario. 



El enfrentamiento no tardará en producirse. Monseñor Wicks incluso lo fomenta a través de provocaciones y confesiones escandalosas. Su forma de llevar la parroquia es de lo más peculiar. Sus sermones son apocalípticos contra cualquier forma de modernidad o tolerancia. Un auténtico cura anti-woke. Vive en guerra contra el mundo y la sociedad de hoy en día. Ha ido expulsando a todos sus fieles, señalando sus pecados desde el púlpito, hasta quedarse con una fanatizada guardia pretoriana que jalea sus furibundas proclamas. 

Ese pequeño grupo de adeptos lo forman personas frustradas que han desarrollado una gran dependencia emocional hacia él. Entre ellos está Martha (Glenn Close), siniestra ama de llaves guardadora de todos los secretos. También Lee Ross (Andrew Scott), un novelista conspiranoico en crisis que intenta redimirse escribiendo un panfleto a mayor gloria del Monseñor. Corona el grupo un joven influencer de corte trumpista (Daryl McCormack) que cree haber encontrado en Wicks la figura mesiánica que los conducirá a ambos hasta la cumbre. Sus redes sociales arden con polémicas de todo tipo en las que Wicks aparece como salvador de la patria y de los más rancios valores morales. Vaya panda.



El grupo es compacto y venera a Wicks. Todos esperan de él un milagro que arregle sus vidas; pero de pronto aparece asesinado en plena misa del Viernes Santo. Entra a descansar a un cuartito ciego al lado del altar y aparece asesinado a los pocos segundos, sin que nadie haya entrado. Así comienza un juego intrigante y de lo más enrevesado que hasta cuenta con una presunta resurrección al estilo Lázaro (de ahí el título).

Rian Johnson demuestra muy buen pulso para mantener la historia dentro de la comedia referencial (Poirot, Agatha Christie) pero sin caer en la caricatura. El propio Benoit Blanc y el estrambótico plan criminal que investiga a menudo caminan al borde del ridículo... pero nunca caen en él. La parodia se toma muy en serio su quehacer y logra un entretenimiento genuino.



La película es larga, dura 144 minutos y se inicia con una detallada exposición de los antecedentes; nada de ello hace que el interés decaiga, al contrario, lo redobla; ya que pone en el punto de mira una herencia en forma de tesoro que permanece escondido en la vicaría. La historia la conocen todos por lo que llega un momento en que estos corderos de Dios se convierten en lobos. 

El plan del asesinato es muy sofisticado y repleto de pistas falsas, lo que combinado con las neuras de esta media docena de perturbados alumbra un juego endemoniado, por el que Johnson navega con innegable pericia. La puesta en escena funciona de maravilla subrayando la teatralidad y los golpes de ironía (ay, ese rayo de sol que incide en Benoit Blanc como si se tratase de una inspiración divina).

Pero no se trata sólo de un juego. Al puro entretenimiento del whodunit la película añade tres capas muy seductoras, una metatextual, otra sociopolítica y otra moral. 

La metatextual se hace evidente cuando el detective y el sacerdote encuentran en la oficina de Martha la lista de libros del club de lectura de la parroquia. Allí figuran desde el clásico de John Dickson Carr, El hombre hueco, hasta otros de Agatha Christie y Dorothy L. Sayers. Un auténtico canon de literatura de misterio que lleva al detective a exclamar "¡Dios mío! ¡esto es prácticamente un curso sobre cómo cometer este asesinato!". Asimismo se debate en torno a cómo se implementa una "narrativa", que es como Benoit ve a la religión. También el culpable reconoce que urdió una "narrativa" en torno a la santidad de Monseñor Wicks para encubrir el crimen.
 


La otra capa es bufonesca y corrosiva. Wicks es un cura ultramontano que abraza todos los odios y la belicosidad del movimiento MAGA. Monseñor clama desde su púlpito para que las gentes liberen su ira para hacer frente a este mundo. Incluso reta a Duplenticy propinándole un puñetazo. La única imagen de Jesucristo que le vale es la de un iracundo Mesías repartiendo latigazos en el templo. Así lo refleja el novelista en su panfleto, cuyo título es revelador: "El santo hombre y el trovador: una canción de guerra por el alma de América."

La tercera capa es sorprendente. Se trata del duelo moral que enfrenta a Duplenticy y Wicks... y no carece de enjundia. El primero propone la compasión como respuesta al odio. Le dice a Wicks que Jesucristo no es una fiera que se tenga que enfrentar a nadie y que su idea de religión no es luchar contra los malvados sino acompañarlos, quererlos y comprenderlos. 
Justo en las antípodas de lo que se vocea en estos tiempos oscuros.
En este papel se luce Josh O´Connor, mostrando una gran sensibilidad y hondura dramática. El único personaje de carne y hueso de esta charada tan resultona.

























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*  Desde sus inicios Rian Johnson ha mostrado inclinación por los universos detectivescos. Se estrenó con Brick (2005), un innovador largometraje de cine negro cuya acción transcurre entre los jóvenes de un instituto. Continuó con Los hermanos Bloom (2008) y trasladó su ambiente a la ciencia-ficción con la estupenda Looper (2012). Después de caer en la trampa galáctica de Star Wars: Los últimos Jedi (2017) regresó a sus mundos de crímenes, engaños y detectives con esta disfrutable trilogía de Puñales por la espalda.

** Las cinco novelas que figuran en el club de lectura y que ilustran algunos momentos de la película son:
- El hombre hueco, de John Dickinson Carr
- El cadáver con lentes, de Dorothy L. Sayers
- Los crímenes de la calle Morgue, de Edgar Allan Poe
- El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie
- Muerte en la vicaría, de Agatha Christie

*** Aquí hay un sugerente artículo  que repasa alguna de las películas que han inspirado esta saga de Puñales....

sábado, 1 de octubre de 2022

EL GABINETE de un AFICIONADO - de Georges Perec


El gabinete de un aficionado: Historia de un cuadro (Un cabinet d'amateur: histoire d'un tableau, 1979) es la última novela publicada en vida del escritor francés, y si tenemos en cuenta que todo el libro gira alrededor de un sólo cuadro, pero en el que están implicados numerosos artistas, expertos en arte, casas de subastas y varias docenas de cuadros cuyas referencias se cruzan e inventarían mientras aparecen y desaparecen a lo largo del río de la Historia; podemos pensar que Perec ha creado todo un aleph, ese objeto minúsculo que nos descubrió Borges, en el cual cabía todo el universo.

Y no es descabellado decirlo porque, además, el cuadro de marras es un pozo vertiginoso que se vuelve sobre sí mismo engulléndose y multiplicándose hasta la extenuación.

El cuadro en cuestión es "El Gabinete de un Aficionado" y sigue la tradición de los kunstkamer o gabinetes -nacida en Amberes en el siglo XVI- de retratar a un coleccionista en su pinacoteca particular, subrayando el hecho de quien es el propietario y cuales son sus renombradas posesiones.



El libro relata la historia de este cuadro pintado por Heinrich Kürz por encargo del magnate cervecero Hermann Raffke, radicado en Estados Unidos. La colección de este ilustre personaje era legendaria y de ahí la expectación que produjo su exposición al público en Pittsburgh, en 1913. Pero a pesar de que Raffke había reunido un colección de obras que era en sí misma una verdadera historia de la pintura, «de Pisanello a Turner, de Cranach a Corot, y de Rubens a Cézanne»; la curiosidad del publico enseguida se centró en el cuadro de Kürz donde se ve al coleccionista Raffke sentado en su gabinete deleitándose en la contemplación de sus pinturas. Lo sorprendente es que en el centro del lienzo aparece reproducido el propio cuadro como parte de la colección, con el magnate de nuevo mirando su colección de cuadros reproducida nuevamente con precisión y así sucesivamente: el cuadro incluyéndose a sí mismo y a su espectador hasta provocar una vertiginosa mise en abyme que concluye con el cuadro representado con unas ínfimas pinceladas. 
"...por el juego de estos reflejos sucesivos, y por el encanto casi mágico que operan estas repeticiones cada vez más minúsculas, es una obra que se mece en un universo propiamente onírico, donde su poder de seducción se amplía al infinito, y donde la precisión exacerbada de la materia pictórica, lejos de ser su propio fin, desemboca pronto en la Espiritualidad vertiginosa del Eterno Retorno".
Además la obra guarda otra maravillosa sorpresa en el resto de pinturas reproducidas dentro del cuadro, ya que nunca se replican exactamente sino que van sufriendo transformaciones inauditas en cada reducción. Los cambios afectan a detalles ínfimos como cuando dos hileras de perlas se convierten posteriormente en tres o cuando tres hombres que caminan por un sendero pasan de estar obesos a una delgadez inquietante. Pero también se producen cambios más significativos como cuando una plaza inicialmente vacía se muestra a continuación poblada de máscaras; o cuando un boxeador aparece erguido frente a su contrincante en la primera copia, recibe un terrible uppercut en la segunda y yace derribado en la lona en la siguiente. 
obra de Klimet Nikolayevich Redko

Estas dos circunstancias -el cuadro conteniéndose a sí mismo repetidamente y los sucesivos cambios en las reproducciones-  bastan para provocar toda una catarata de reflexiones y debates en torno al arte y la representación, sin olvidar su inflamable mercadotecnia o la hermética jerga de la crítica académica. Con todo ello juega maliciosamente Perec. Para no alargarnos en exceso apuntaré sólo algunas.

Sin duda uno de los aspectos más fascinantes es el del punto de vista que delata el cuadro. Podemos imaginarnos al artista pintando el cuadro que presenta a su mecenas contemplando la colección de sus cuadros, entre los cuales hay uno que reproduce la escena donde el coleccionista se puede ver a sí mismo contemplando su colección, el cual incluye el cuadro... logrando así un «trabajo de espejo al infinito donde, como en Las Meninas o en el Autorretrato de Rigaud conservado en el museo de Perpignan, el mirado y el que mira no cesan de enfrentarse y confundirse».

También podemos detenernos en el viejo problema de reproducir las reproducciones o del cuadro dentro del cuadro. Recordemos que la teoría platónica nos dice que el arte es el artífice de un engaño, en tanto que solamente llega a ser la copia de un mundo que por sí mismo es simulación de otro universo, el de las ideas.


Este efecto de reflejo y reflexión se subraya al incluir la narración un resumen del artículo "Art and Reflection", que el crítico Lester K. Nowak publicó con motivo de la exposición. En él se señala que "toda obra es el espejo de otra obra", ya que la mayoría de los cuadros sólo adquieren su verdadero significado en función de obras anteriores cuyas trazas podemos descubrir aunque sea parcialmente o encriptadas. También concluía que  respecto a El gabinete de un aficionado "no había que engañarse: esta obra era una imagen de la muerte del arte, una reflexión especular sobre este mundo condenado a la repetición infinita de sus propios modelos”. Efectivamente el arte moderno ha venido reflexionando profundamente sobre la naturaleza y la historia del Arte, así como sobre el rol del artista en la era de la imagen, la fotografía y la reproducción mecánica. Recordemos que en 1979, cuando salió este libro, ya eran famosas las series de Wharhol, autor que hizo de la serigrafía su herramienta pictórica, poniendo en cuestión tanto la autenticidad última de la obra como el papel del artista en la ejecución de la misma. 

Esta reflexión sobre la situación del pintor también la podemos apreciar en "El gabinete de un aficionado". Notemos que Heinrich Kürz representa en el cen­tro de la tela el propio cuadro que se le ha encargado: como si el artista, a la hora de pintar un cuadro de encargo que re­presenta una colección de cuadros, estuviera viendo el cuadro que estaba pintando, a la vez principio y fin, cuadro dentro del cua­dro que incluye tanto al autor como al patrocinador y al observador.

Además descubrimos que el cuadro no sólo revela una perspectiva espacial que se multiplica y reproduce, sino también una perspectiva temporal como se aprecia en la evolución del boxeador hasta ser noqueado o en la presencia en "El gabinete..." de un cuadro del propio Kürz que no existía más que como proyecto y así aparece en primera instancia, pero que figura posteriormente ya perfectamente acabado, como una anticipación del futuro resultado. 
Giovanni Paolo Panini - "Roma antigua", una de los ´gabinetes de aficionado´ citado en la novela


Otro aspecto que merece la pena subrayar es la propia naturaleza de la novela, una obra corta y de estructura sencilla que se articula como un verdadero collage narrativo donde caben tanto el relato como el ensayo o los catálogos y los recortes de prensa. Tiene una primera parte centrada en el caleidoscópico cuadro del gabinete y su exposición en Pittsburgh. Posteriormente muere el magnate Raffke y se relatan las dos subastas en las que se vende su colección de pinturas. La segunda parte de la novela la constituyen los resúmenes de dos libros que aparecen tras la muerte de Raffke; "obras que aportaban sobre la colección del cervecero un número considerable de informaciones nuevas, algunas de las cuales constituían además, en lo que respecta al mundo de la pintura y del mercado de la pintura, auténticas revoluciones."

La primera es una autobiografía de Hermann Raffke escrita por dos de sus hijos a partir de notas y cuadernos personales encontrados después de su muerte. La segunda, publicada en 1923 en las Prensas Universitarias de Bennington, es una tesis consagrada a la obra de Kürz: Heinrich Kürz, an american Artist, 1884-1914. Su autor no era otro que el crítico Lester Nowak, que había conocido a Kürz tiempo atrás y se habían hecho amigos. Tras la brutal desaparición del pintor en un accidente ferroviario su hermana pidió a Nowak que "le ayudara a clasificar las innumerables notas, esbozos, borradores y estudios preparatorios que había encontrado en su estudio, y a redactar un catálogo razonado. Este catálogo, acompañado de un aparato crítico considerable, constituye lo esencial de la tesis". Finalmente y como preparación para el sorpresivo final, se repasa la segunda subasta de los cuadros de Raffke dando cuenta detallada de cada uno de los treinta y nueve cuadros vendidos por cifras récord para la época; describiendo el cuadro con su procedencia, técnica y escuela de adscripción, así como el precio conseguido y la entidad compradora. 
40 000 $: François Boucher: El enigma (este cuadro, ejecutado, según se dice, a petición de Catalina II, muestra a tres niñas vestidas «a la moscovita» formando un corro alrededor de un joven. Su título, indicado por el propio pintor, nunca ha sido explicitado de una manera satisfactoria. En El gabinete de un aficionado, Kürz ha tratado este «enigma» de un modo muy particular. La primera copia reproduce muy estrictamente el modelo, salvo que el joven es aquí un esqueleto armado con una hoz. En la segunda copia, el mismo decorado acoge no ya a tres niños, sino a siete, los siete nietos de Hermann Raffke; la tercera copia representa a su vez otro cuadro de Boucher, La fiesta campestre, una pastoral donde diecisiete bailarines, bailarinas y músicos se mueven en un decorado de rocalla y vegetación forestal: una arpista junto a una fuente cuyo pilón es como una concha gigantesca de tipo bautismal y la boca una cabeza de león, tres bailarinas formando un corro, un flautista y dos chicas jóvenes medio disimuladas entre el follaje, siete bailarines y bailarinas formando un vasto arco de círculo, y entre ellos una pareja de chicas asiéndose por la cintura, un violinista malo, y una chica joven en una gruta escuchando a un guitarrista sentado a sus pies. Es una de las escasas obras que Hermann Raffke no pudo comprar: anunciada en la Subasta Meyrat-Jasse, fue vendida amigablemente por los herederos al marqués de Pibolin, y retirada de las subastas).
Como se ve en esta descripción de la estructura del libro, todo él es un juego de referencias y autorreferencias cruzadas en el que la narración (forma) replica el contenido (fondo).  Para conseguirlo las técnicas narrativas que incluye son numerosas, a pesar de su exiguo número de páginas: narración, artículo periodístico, reseñas, ensayo, biografía, historia y crítica de arte acompañan a un número no escaso de páginas redactadas como un auténtico catálogo de subasta con la descripción de cada cuadro. Estos listado de cuadros no son los únicos. También hay un listado de los expertos en arte que fueron asesorando a Raffke en cada una de sus compras, detallando sus opiniones así como sus historias profesionales. 

Es conocido que a Perec no sólo le encantaban los juegos y las invenciones, sino también los listados. Uno de sus admiradores más conspicuos, el escritor Vila-Matas observó que 
"El mundo de Perec se resume en una página de sus Tentativas de agotar un lugar parisino: él, sentado en un café de la plaza de Saint-Sulpice, se dispone a inventariar todo lo que ve allí (es decir, se prepara para agotar todo aquello que tiene delante, o al lado, en cualquier parte) y nos previene de que no está interesado en las estatuas de los cuatro grandes oradores cristianos de la plaza (Bossuet, Fénelon, Fléchier y Massillon) porque ya han sido suficientemente registradas y fotografiadas; quiere, en cambio, ocuparse de “lo que generalmente no se anota, lo que no se nota, lo que no tiene importancia, lo que pasa cuando no pasa nada, salvo tiempo, gente, autos y nubes”.
De modo que, visto el tema del libro, no podría faltar el listado de los más célebres "gabinetes de aficionado" que ilustran la Historia del Arte; entre los que se cita a la serie de los cinco sentidos de Jan Brueghel el viejo; las Galerías archiducales de Leopoldo-Guillermo, pintadas por David Teniers el Joven o las Galerías de pinturas de Gian Paolo Pannini. Todo ello sin olvidar La galería de Cornélius van der Geest, de Willem van Haecht (1628), obra que inspiró a Perec y que reproduzco aquí abajo.


Todas estas técnicas narrativas conforman un pastiche o collage en sí mismo (lo cual no hace sino subrayar la naturaleza pictórica del libro) que primero sorprende al lector y luego le obliga a buscar un sentido o coherencia al conjunto, dado que su objetivo se le escapa entre las manos. Efectivamente al lector le toca asimilar tanto la jerga de la crítica de arte como las mil historias que acompañan a cada cuadro respecto a su composición y procedencia; sin olvidar las sospechas que nos asaltan continuamente sobre cuantos de todos estos cuadros, con sus abrumadores datos históricos y artísticos, son verdad o invención. Puro Territorio Perec.

A pesar de que el autor concibió este libro "por el mero placer, y el mero estremecimiento, de la simulación"; no todo es invención y divertimento. Aquí encontramos una profunda reflexión sobre el arte, muy acorde con su punto de vista narrativo, que afecta no sólo al arte de representar la realidad y quien la observa, sino también a cómo esta representación se acerca a la verdad o a su prestigio. Todo ello sin olvidar el varapalo que este gigantesco artificio da a la crítica académica del arte y a su desmedido mercantilismo.

Finalmente destacaré que no sólo el cuadro protagonista del libro es un juego de espejos, sino que en toda la novela se multiplican estos efectos de reflexión, como la propia sala de la Exposición en Pittsburgh que "se había arreglado para reproducir lo más fielmente posible el gabinete de Hermann Raffke", de modo que la sala donde se exponía el cuadro reproducía en sus paredes el propio gabinete con todos los cuadros en el mismo orden. Del mismo modo, tras su muerte, Raffke fue enterrado tal como él mismo dispuso en una cueva que reproducía su gabinete de aficionado: el cadáver fue embalsamado y colocado en el mismo sillón en el que había posado y ante él colgaban sus telas favoritas con la misma disposición que en el cuadro. 

Como conclusión cabría exponer el juego de espejos que se establece entre Hermann Raffke, su sobrino Herbert Raffke y el pintor Heinrich Kürz que determina el asombroso final de la novela; pero dejaremos que esta cuestión la elucide el lector de esta obra fascinante. 







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George Perec (París, 1936 - Ivry-sur-Seine, 1982), nació en una familia judía, su padre murió durante la II Guerra Mundial y su madre en un campo de concentración. Él fue adoptado por sus tíos y su nombre cambió de Peretz a Perec. En 1965 publicó Las cosas, obteniendo el premio Renaudot. Con La vida, instrucciones de uso (1978) obtuvo el premio Médicis y consagró una forma de hacer literatura absolutamente personal. Esta novela es un alarde literario en forma de puzzle en la que articula una prodigiosa concatenación de existencias sin eludir los objetos y lo efímero. Perteneció al grupo Oulipo («Ouvroir de littérature potentielle», "Taller de literatura potencial") fundado por Raymond Queneau.
Perec elaboró abundantes juegos de palabras, lipogramas, anagramas y puzles. Es el autor del palíndromo más largo escrito en francés, una frase capicúa de más de 5.000 caracteres. Le gustaba catalogar y hacer listas con las que inventariar la efímera realidad como demostró en "Tentativa de agotar un lugar parisino". También poner retos a su impetuosa invención como hizo en "La desaparición", novela en la que no aparece la letra "e".

miércoles, 18 de mayo de 2022

EL CINE de Paul SCHRADER


Paul Schrader es un guionista de raza cuyos libretos abordan  profundos estudios de personajes atormentados por la culpa y la expiación. Su guión más paradigmático siempre será Taxi Driver, de 1976, que rodó con envidiable brío su gran amigo Martin Scorsese.

Perteneciente a una estricta familia calvinista, allí se le inculcó que el hombre está abocado al pecado sin remedio desde su mismo nacimiento. En su casa todos los días se leía la Biblia y no estaba bien visto ir al cine. La primera vez que vio una película tenía diecisiete años.

Producto de su educación religiosa, el cine de Schrader nos presenta la "depravación total del hombre" mientras lucha, desesperado, por encontrar esa "gracia irresistible" de la que también hablaba Calvino. Sus personajes suelen estar atormentados por la culpa y un silencio terrible por parte de Dios, lo que les aboca a un vacío moral insoportable. No solamente no saben qué hacer sino que, como el taxista Travis Bickle o el boxeador de "Toro salvaje", no entienden qué significa o cómo articular su propia vida. De ahí que el cineasta reflexione: "La soledad y la paranoia de Travis no tienen un origen social, son puramente existenciales".

En el libro de entrevistas "Schrader sobre Schrader" también confiesa: "Supongo que cualquier persona que haya tenido una educación profundamente cristiana como yo, estará interesada en la culpa, la redención y las metáforas de la salvación". De modo que la pregunta que siempre sobrevuela a sus protagonistas es ¿Cómo expiar nuestras culpas?.

Schrader estudió cine en California y en 1972 presentó una tesis que podría servir de guía para su propio cine, "El estilo trascendental de Ozu, Bresson y Dreyer". En 1975 ya firmó su primer guión, elaborado sobre una idea de su hermano Leonard,  "Yakuza", de Sidney Pollack.

Paul Schrader pasó una muy mala racha en 1973. Había roto con su mujer y también con la chica que provocó la separación. Se encontraba solo, sin trabajo y viviendo en un coche mientras le rondaban pensamientos suicidas. Bebía mucho para apaciguar el dolor que le producía una úlcera y estaba obsesionado con la violencia y la pornografía, aspectos que luego reflejaría en el protagonista de Taxi Driver. En 1979 estrenó su primera película como director, "Hardcore", en la que una chica perteneciente a una familia calvinista acude a una convención y desaparece cayendo en las redes del porno. Ante la ineficacia de la policía el padre se lanza a un descenso a los más sórdidos infiernos para intentar rescatarla.

Esta base argumental, muy semejante a la de Taxi Driver, reitera la del clásico de John Ford, "Centauros del desierto" (The Searchers), película venerada por los nuevos cineastas que emergieron en los setenta como Francis Ford Coppola, Steven Spielberg o George Lucas. La cinta está basada en una novela western de Alan Le May que está magníficamente editada en la editorial Valdemar. Se inspiró en una historia real, la de Cynthia Ann Parker, secuestrada en 1836 por los comanches a los nueve años de edad, tras masacrar a su familia. La búsqueda atormentada que durante años mantiene su tío Ethan Edwards (John Wayne) constituye un relato sombrío que nos muestra a un hombre errante, noble y solitario, pero al mismo tiempo un tanto neurótico y racista; rasgos que también definirán al taxista Travis Bickle.
Schrader, Scorsese y De Niro durante el rodaje de Taxi Driver
















Schrader es un cineasta obstinadamente independiente y, a pesar de su prestigio, su carrera como director no ha sido fácil. Le cuesta un mundo poner en pie una película; por lo que no es raro encontrar a otros directores amigos en tareas de producción. Así ocurre en su última película estrenada, El Contador de Cartas ( 2021), un notable y sombrío relato que ha contado con la producción ejecutiva de su amigo Martin Scorsese.

Aunque ha logrado filmar una buen puñado de películas, como Perros Salvajes, 2016; Desenfocado, 2011, El beso de la mujer pantera, 1982 o American Gigoló, 1980, entre otras; las que yo destacaría de su filmografía son las siguientes:

Para este retrato de autodestrucción también tuvo que contar con la ayuda en la producción de Francis Ford Coppola y de George Lucas. "Mishima" es un retrato biográfico del autor japonés que hurga en las contradicciones de un hombre que trató de alcanzar la imposible armonía entre él mismo, el arte y el mundo en que le tocó vivir. La trama se centra en el día en que se practicó el seppuku (harakiri), el 25 de noviembre de 1970, y está salpicada de flashbacks para contar diversos episodios de su vida relacionados con sus obsesiones y su obra. 

Posibilidad de escape (Light Sleeper, 1992) tiene guión y dirección del propio Schrader y su protagonista sería como un espejo del de Taxi Driver, aunque sin las implicaciones fascistoides de Travis Bickle. Varias películas de Schrader, como 'American Gigolo', 'Posibilidad de escape' o 'The Walker', toman 'Pickpocket', de Robert Bresson, como modelo a la hora de trazar el itinerario del protagonista por un submundo marginal del que se libera a través de un encierro físico que le supone la recuperación de la gracia. El héroe de esta historia es John Letour, un vendedor de drogas de altos vuelos que, como aquél taxista ofuscado, es perseguido por sus demonios y padece insomnio.
También como el más reciente Contador de cartas anota su vida y reflexiones en un diario mientras recorre un mundo sórdido del que acaba atisbando una redención a través de la violencia.

El placer de los extraños (The comfort of strangers, 1990) cuenta con un guión de Harold Pinter sobre novela de Ian McEwan. Se trata de un relato sumamente perturbador sobre la manipulación emocional y la soledad esencial del ser humano. 
Una joven pareja en crisis se ve fatalmente enredada en la perversa telaraña que les tiende una extraña y narcisista pareja con la que se encuentran en un viaje. La atmósfera asfixiante de una decadente Venecia envuelve la enfermiza pugna que mantienen Christopher Walken y Rupert Everett, con la complicidad de sus respectivos cónyuges.

El reverendo (First Reformed, 2017).
De nuevo con guión y dirección del propio Schrader, es uno de sus más brillantes estudios sobre la desesperación, el remordimiento y la soledad espiritual. Schrader se crio en una familia de la Iglesia Reformada que le impidió asistir a una sala de cine hasta que ya fue mayor de edad.
El título original de First Reformed hace referencia a la supuesta primera iglesia calvinista erigida en el condado de Nueva York entre finales del siglo XVIII y principios del XIX por colonos frisones (holandeses). En este hermoso edificio de madera blanca y sobriedad reformista, ejerce de sacerdote Ernst Toller (Ethan Hawke), ante una parroquia más bien escasa.
La película retrata a un sacerdote torturado que al entrar en contacto con un feligrés obsesionado con el deterioro del planeta se sumerge más y más en la autodestrucción. El reverendo plantea reflexiones sobre asuntos como el medioambientalismo, la mercantilización de la religión y los peligros del extremismo ideológico.

Aflicción (Affliction, 1997) 
Con guión y dirección de Schrader se trata de un film brutal y desgarrador sobre el atormentado sheriff Wade Whitehouse (Nick Nolte) y su intento de expiación.  Wade es un hombre gris y menospreciado por todos en el pequeño pueblo donde ejerce. Pero barrunta una oportunidad de redención cuando muere un sindicalista en una partida de caza. Aunque la mayoría cree que se trata de un accidente, él está convencido de que se trata de un asesinato y resolverlo le dará la oportunidad que estaba esperando para demostrar su valía ante su propio padre -un hombre dominante y alcohólico (poderoso James Coburn) - y ante sus vecinos.

viernes, 29 de abril de 2022

El CONEJO y EL ESPEJO


"La carta era breve y, para mi sorpresa, estaba impecablemente bien redactada. Decía que a ella tampoco le había gustado el cuento de Maupassant, pero que le había dado mucha pena admitirlo enfrente de todos. Por eso le escribo, decía. Para explicarle por qué no me gustó el cuento. Primero, quiero que sepa que lo leí dos veces, tal como usted siempre nos dice que debemos hacer, y que también lo entendí, o al menos entendí algo. No es por eso por lo que no me gustó, sino porque me identifiqué demasiado con el protagonista. A veces, yo también me siento igual de sola, y no sé qué hacer, no sé cómo manejarlo. Supongo que odiamos aquello que somos.

Le contesté esa misma noche, y el tono de mi correo resultó más petulante de lo que había previsto. Te felicito, le escribí. Así se lee un cuento: dejándose arrastrar por el río del autor. Ya sean esas aguas plácidas o vertiginosas, no importa. El asunto es tener el coraje y la confianza para zambullirse de lleno. Entonces la literatura, o el arte en general, se vuelve un tipo de espejo, Annie, donde se reflejan todas nuestras perfecciones e imperfecciones. Algunas asustan. Otras duelen. Es curiosa la ficción, ¿no? Un cuento no es más que una mentira. Una ilusión. Y esa ilusión sólo funciona si confiamos en ella. Al igual que los trucos de un mago nos impresionan sabiendo muy bien que son sólo trucos. El conejo no ha desaparecido. La mujer no ha sido serruchada en dos. Pero así lo creemos. Es una ilusión verdadera. La literatura, escribió Platón, es un engaño en el que quien engaña es más honesto que quien no engaña, y quien se deja engañar es más inteligente que quien no se deja engañar."


En el relato "Lejano" del volumen "El boxeador polaco" de Eduardo Halfon, Libros del Asteroide, 2018

miércoles, 23 de junio de 2021

LOS PAPELES de TONY VEITCH - De William McIlvanney



Si tenemos en cuenta las tres mejores características que puedes encontrar en las grandes novelas negras, ésta las tiene en grado sumo: un detective carismático, complejo y comprometido; una ciudad áspera y violenta con la que se identifica aunque tenga que bregarla; y una trama endiabladamente intrincada por donde desfila una fauna tan diversa que va de lo más brutal y violento a lo puramente ingenuo.

La cosa empieza de forma casi anodina, con un vagabundo alcoholizado que a punto de morir llama al inspector Laidlaw. "Me dieron un vino que no era vino" es lo único que llega a farfullarle. Entre sus pertenencias sólo hay un reloj parado, unas monedas y un papel mugriento con unas reflexiones sobre moral:
"Cuanto mayor es la capacidad de elección personal, mayor es la moralidad. Tan sólo pueden ser verdaderamente buenos quienes han explorado su capacidad para el mal. El idealismo es la censura de la realidad". 
Y debajo unas notas a bolígrafo con una dirección, un número de teléfono y dos nombres, Lynsey Farren y Paddy Collins. En el teléfono no contesta nadie y mientras Lynsey Farren es una joven aristócrata, Paddy Collins es un matón que, además, muere esa misma noche asesinado a cuchilladas. Un buen embrollo.
Grafitti en Glasgow


La trama tiene un gran ritmo y en sus vibrantes diálogos el sarcasmo aflora con frecuencia. En Glasgow la cerveza se pide fuerte (no amarga), como nos explica uno de los protagonistas, y ese podría ser el carácter de la novela: con un sabor fuerte, aderezado con peleas y crímenes pero también con una buena ración de reflexiones sobre literatura, arte, historia y moral; las que nos aportan los papeles que Tony Veitch escribe compulsivamente y las que añade el carácter reflexivo del inspector Laidlaw.
"Yo me digo que mi trabajo tiene que ir más allá. Uno de los motivos por los que me dedico a esto es aprender. No sólo a echar el guante a los delincuentes, sino también a conocer cómo son en realidad, y por qué han llegado hasta aquí, con un poco de suerte. No he nacido para ser un perro guardián, un animal adiestrado para responder al silbido del amo. Para salir detrás del que me digan. Yo no me limito a desconfiar de los tipos a los que doy caza. También desconfío de la gente que me empuja a darles caza. Y no voy a cambiar."
El inspector Laidlaw pronto descubre que tanto Lynsey Farren como Paddy Collins están relacionados con Tony Veitch, un joven rico que reniega de su padre, ha dejado la universidad y lleva varios días desaparecido. Lo que ocurre es que Laidlaw no es el único que lo está buscando. Los dos capos locales que gobiernan la ciudad no están dispuestos a que nadie se cargue a uno de los suyos sin haber dado su consentimiento; de modo que también han enviado a sus huestes a buscarlo. Como los dos ejércitos que se enfrentan sobre el tablero del go, Laidlaw por su lado y los matones por el suyo avanzan por callejuelas y garitos indagando por Tony Veitch y su extraña relación con la muerte de un pordiosero y la de un matón.

Uno de los atractivos de la novela es que su personaje clave, Tony Veitch, no aparece en ningún momento; aunque su presencia gravita sobre cada página. Una fórmula que nos recuerda inevitablemente a clásicos como Rebeca de Daphne du Marier, que aunque nunca aparece viva está presente de forma abrumadora. O incluso Laura, de Vera Caspary que, siendo la referencia absoluta del libro, está ausente en la mayor parte de él.
Glasgow


Aunque los verdaderos polos galvanizadores del libro son el inspector Laidlaw y la ciudad que lo enreda, Glasgow. El carácter de Laidlaw daría para todo un ensayo. Un tipo decente y con una gran humanidad a la que no ha logrado mancillar el grosero trabajo que ejecuta. 
"No sé si tú te sientes a gusto en este oficio. Yo me siento tan a gusto como si llevara un cilicio puesto. Y bueno, sí, es mi trabajo y lo hago. Porque a veces me digo que lo que estoy haciendo es importante…Si todo se reduce a tapar el cubo de la basura en nombre de los ricos y poderosos, pues a tomar por saco. Mejor lo dejo. Pero yo me digo que mi trabajo tiene que ir más allá. Uno de los motivos por los que me dedico a esto es aprender. No sólo a echar el guante a los delincuentes, sino también a conocer cómo son en realidad.”
El inspector es un poco filósofo y mantiene un gran compromiso social. Para él el asesinato del vagabundo Eck Adamson es tan relevante como lo pueda ser el de un banquero. Su integridad y su tesón para llegar hasta el final le granjean el hartazgo de sus compañeros, y aunque no es un tipo solitario, su forma de investigar tiende a aislarlo. Su nivel de exigencia, ética y profesional, es difícil de seguir. Aunque todo ello no le exime de arrastrar algunas contradicciones: su vida matrimonial es un desastre y no le hace ascos a la botella.
"Eck era como uno de esos trozos de papel que el viento empuja por la acera. Era imposible considerar que el significado de las cosas estaba en otro lugar, que Eck era irrelevante. Eso sería una traición. Tan sólo nos tenemos los unos a los otros, y si todos somos huérfanos, la única salida honorable es adoptarnos los unos a los otros, desafiar el absurdo de nuestras vidas preocupándonos por el prójimo. Es la única nobleza que nos queda."


El inspector ya tuvo un excelente desarrollo psicológico en la primera novela de las tres que conforman la Trilogía de Glasgow, titulada precisamente Laidlaw. Allí conocimos en profundidad a este policía compasivo, vehemente, terco y abrasivo, portador de una dolorosa paradoja: es adicto a un trabajo que lo destruye y es un agente de la ley que continuamente la cuestiona. Pero no es el único personaje con entidad. Los papeles, cartas y reflexiones que Tony Veitch va entregando a todo aquel con quien se cruza, acaban conformando toda una loa a la juventud más rebelde e idealista...aunque también peligrosamente ingenua. 
Era propenso a tomarse en serio cualquier ocurrencia, a abrazar las ideas más estrafalarias. no podía resistirlo, era superior a sus fuerzas. Porque no vivía en el mundo real. Por eso trataba de adentrarse en la realidad, para conocerla mejor. A ver un momento: Tony es muy inteligente. Pero la suya es una inteligencia sin anticuerpos."
También hay que anotar los choques verbales que Laidlaw mantiene con su compañero Harkness, que no son precisamente intrascendentes: interminables caminatas por la ciudad para "absorber las calles" mientras la conversación adquiere esos tintes existenciales que para Harkness son "como contemplar a un hámster en la noria de su jaula, yendo a ninguna parte con desesperación". 

Todo lo que toca Laidlaw es objeto de su crítica y reflexión. Así Cuando visita al rector de la universidad donde estudiaba Veitch, recoge esta opinión del directivo: 
"Como sabemos, la universidad a veces viene a ser una especie de formol mental. Posibilita que las personas pongan sus cerebros en exposición, por mucho que en realidad no los usen para nada. Tony aspiraba a más. Para él, aceptar una idea quería decir asumir la responsabilidad de vivir según dicha idea." 
Universidad de Glasgow


Y no puede dejar de recordar que él mismo también huyó de la facultad:
"No tenía ganas de pertenecer a aquel círculo de opiniones sustentadas las unas en las otras que tantas veces pasa por ser cultura".
McIlvanney trenza una historia con varias capas donde se depositan todo tipo de reflexiones sobre ética, arte o literatura.
"Algo le decía que muchos de aquellos estudiosos vivían en el interior de sus propias cabezas, sin apenas salir de ellas. hasta considerarlas como el monte Sinaí. Le desgradaba el uso que hacían de la literatura, a fin de aislarse de la vida, y no para intensificarla.
A Laidlaw también le gustaban los libros, pero para él eran una suerte de alimento psíquico a transformar en energía para la existencia."
El otro epicentro de la novela es el territorio, crucial para la ficción criminal, y en esta trilogía McIlvanney da carta de naturaleza a Glasgow (y por extensión a Escocia) como ciudad del crimen. Glasgow se erige como un personaje más de la novela, sucia e industrial; cínica y dura. Escenario prototípico de una novela al más puro estilo hard-boiled; ese género violento y urbano que parecía exclusivamente norteamericano, pero que McIlvanney reproduce en Glasgow con todo su fiero esplendor. Laidlaw vive con intensidad la ciudad, conoce su historia y es una lástima que en la traducción se pierdan los giros y el dialecto local que, según he leído, McIlvanney recrea vívidamente.
"Qué clase de lugar es ése? Se preguntó.
Una ciudad pequeña y grande a la vez, se respondió. Una ciudad que no rehuía la pelea, que plantaba cara al viento y apretaba los dientes. Pero ¿Porqué era una ciudad tan dura? Pues a veces no podía ser más dura. Quizá tenía que ver con el famoso viento, que nunca había dejado de soplar con fuerza. Ni cuando Glasgow era la segunda ciudad del Imperio británico. La prosperidad no había llegado a ablandarla, porque la riqueza material de unos pocos había supuesto la pobreza de muchos. Esos muchos habían sobrevivido -a duras penas, con frecuencia-, y su carácter hoy era el carácter de ese lugar. Habían sobrevivido a la prosperidad y, en consecuencia, sobrevivirían a lo que hiciera falta. Ahora habían llegado las vacas flacas, pero ni reparaban en la diferencia. Si te caía un dinerito encima, lo que hacías era gastarlo. Porque el dinero siempre faltaba. Pues vaya una novedad. Así era Glasgow."
El Glasgow decimonónico


Laidlaw incluso es capaz de compartir con nosotros y con su compañero Harkness, su visión romántica del viejo Glasgow.
"No sé qué le ha pasado a esta ciudad. Antes había un respeto por la gente que vivía en la calle. Un respeto y un reconocimiento. No hace falta que te hable de Hisrstling Kate. O de Rab Ha´, el glotón de Glasgow. Eran personas como Eck.
Hirstling Kate fue una tullida que se desplazaba de rodillas con ayuda de unos bastones con punta. Rab Ha´, quien tenía fama de haberse comido un ternero de una sentada, acabó como vagabundo y murió mientras dormía en un henal en Thistle Street. Laidlaw acaba de sacar uno de los temas preferidos de Eddie Devlin.
Durante los siguiente minutos, Harkness aprendió sobre otras figuras míticas del Glasgow decimonónico, como Old Malabar, el músico ambulante irlandés, y Dungannon, el mozo de cuerda que siempre andaba descalzo por el bazar de Candleriggs."
La novela es muy rica en personajes y tramas que convergen con precisión mezclando, de forma explosiva, a matones, niños ricos, prostitutas y chantajistas. El estilo de McIlvanney es terso, sin florituras, a la vez que reflexivo. Logra una gran ambientación y hace respirar a la página con mordaces comentarios e inusuales digresiones: "De haberse embotellado la atmósfera, se habrían obtenido cócteles Molotov". O "Su rostro parecía un argumento que no se podía ganar". 

La trilogía de Glasgow sentó las bases de lo que luego se ha conocido como Tartan Noir (novela negra escocesa), caracterizada por unos detectives complejos y contradictorios (el síndrome Jekyll/Hyde escocés), un severo humor negro y el ejercicio de una crítica social y moral de la sociedad actual.








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William McIlvanney nació en Kilmarnock en 1936, estudió literatura inglesa en la Universidad de Glasgow, donde posteriormente ejerció de profesor hasta que, en 1975, pasó a dedicarse a la literatura. Poeta, articulista, guionista y narrador de la BBC, fue un novelista muy celebrado ya desde su debut con Remedy is none (1967), por el que ganó el Geoffrey Faber Memorial. Su laureada trilogía de Glasgow, compuesta por Laidlaw (1977), Los papeles de Tony Veitch (1983) y Extrañas lealtades (1992), situó a la urbe escocesa en el mapa de la novela negra y sentó las bases del Tartan noir que inspiró a autores como Ian Rankin e Irvine Welsh.
Fuera de la ficción criminal destacan otras dos novelas, también ambientadas en Glasgow, donde retrata personajes violentos y duros pero cotidianos, de clase trabajadora, que han de luchar contra un destino poco propicio: «Docherty» (1975) ganó el Whitbread Novel Prize y fue muy elogiada por la descripción de la resistencia y coraje de un minero. Mientras que en 1985 publicó "The Big Man", en el que narraba la historia de un hombre que busca un futuro mejor pasando de minero a boxeador. Este libro fue adaptado al cine en 1990 con Liam Neeson y Billy Connolly en sus papeles principales.
McIlvanney murió en 2015.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Un SUEÑO REALIZADO - de Juan Carlos Onetti

                                                                                       Serie NarracionesExtraordinarias













   



a broma la había inventado Blanes; venía a mi despacho —en los tiempos en que yo tenía despacho y al café cuando las cosas iban mal y había dejado de tenerlo— y parado sobre la alfombra, con un puño apoyado sobre el escritorio, la corbata de lindos colores sujeta a la camisa con un broche de oro y aquella cabeza —cuadrada, afeitada, con ojos oscuros que no podían sostener la atención más de un minuto y se aflojaban enseguida como si Blanes estuviera a punto de dormirse o recordara algún momento limpio y sentimental de su vida que, desde luego, nunca había podido tener—, aquella cabeza sin una sola partícula superflua alzada contra la pared cubierta de retratos y carteles, me dejaba hablar y comentaba redondeando la boca:
   —Porque usted, naturalmente, se arruinó dando el Hamlet.
  O también:
  —Sí, ya sabemos. Se ha sacrificado siempre por el arte y si no fuera por su enloquecido amor por el Hamlet…
   Y yo me pasé todo ese montón de años aguantando tanta miserable gente, autores y actores y actrices y dueños de teatro y críticos de los diarios y la familia, los amigos y los amantes de todos ellos, todo ese tiempo perdiendo y ganando un dinero que Dios y yo sabíamos que era necesario que volviera a perder en la próxima temporada, con aquella gota de agua en la cabeza pelada, aquel puño en las costillas, aquel trago agridulce, aquella burla no comprendida del todo de Blanes:
   —Sí, claro. Las locuras a que lo ha llevado su desmedido amor por Hamlet…
   Si la primera vez le hubiera preguntado por el sentido de aquello, si le hubiera confesado que sabía tanto de Hamlet como de conocer el dinero que puede dar una comedia desde su primera lectura, se habría acabado el chiste. Pero tuve miedo a la multitud de bromas no nacidas que haría saltar mi pregunta y sólo hice una mueca y lo mandé a paseo. Y así fue que pude vivir los veinte años sin saber qué era el Hamlet, sin haberlo leído, pero sabiendo, por la intención que veía en la cara y el balanceo de la cabeza de Blanes, que el Hamlet era arte, el arte puro, el gran arte, y sabiendo también, porque me fui empapando de eso sin darme cuenta, que era además un actor o una actriz, en este caso siempre una actriz con caderas ridículas, vestida de negro con ropas ajustadas, una calavera, un cementerio, un duelo, una venganza, una muchachita que se ahoga. Y también William Shakespeare.
   Por eso, cuando ahora, sólo ahora, con una peluca rubia peinada al medio que prefiero no sacarme para dormir, una dentadura que nunca logró venirme bien del todo y que me hace silbar y hablar con mimo, que encontré en la biblioteca de este asilo para gente de teatro arruinada al que dan un nombre más presentable, aquel libro tan pequeño encuadernado en azul oscuro donde había unas hundidas letras doradas que decían Hamlet, me senté en un sillón sin abrir el libro, resuelto a no abrir nunca el libro y a no leer una sola línea, pensando en Blanes, en que así me vengaba de su broma, y en la noche en que Blanes fue a encontrarme en el hotel de alguna capital de provincia y, después de dejarme hablar, fumando y mirando el techo y la gente que entraba en el salón, hizo sobresalir los labios para decirme, delante de la pobre loca:
   —Y pensar… Un tipo como usted que se arruinó por el Hamlet.
  Lo había citado en el hotel para que se hiciera cargo de un personaje en un rápido disparate que se llamaba, me parece, Sueño realizado. En el reparto de la locura aquélla había un galán sin nombre y este galán sólo podía hacerlo Blanes porque, cuando la mujer vino a verme, no quedábamos allí más que él y yo; el resto de la compañía pudo escapar a Buenos Aires.
   La mujer había estado en el hotel a mediodía y, como yo estaba durmiendo, había vuelto a la hora que era, para ella y todo el mundo en aquella provincia caliente, la del fin de la siesta y en la que yo estaba en el lugar más fresco del comedor comiendo una milanesa redonda y tomando vino blanco, lo único bueno que podía tomarse allí. No voy a decir que a la primera mirada —cuando se detuvo en el halo de calor de la puerta encortinada, dilatando los ojos en la sombra del comedor y el mozo le señaló mi mesa y enseguida ella empezó a andar en línea recta hacia mí con remolinos de la pollera— yo adiviné lo que había dentro de la mujer ni aquella cosa como una cinta blanduzca y fofa de locura que había ido desenvolviendo, arrancando con suaves tirones, como si fuese una venda pegada a una herida, de sus años pasados, solitarios, para venir a fajarme con ella, como una momia, a mí y a algunos de los días pasados en aquel sitio aburrido, tan abrumado de gente gorda y mal vestida. Pero había, sí, algo en la sonrisa de la mujer que me ponía nervioso y me era imposible sostener los ojos en sus pequeños dientes irregulares exhibidos como los de un niño que duerme y respira con la boca abierta. Tenía el pelo casi gris peinado en trenzas enroscadas y su vestido correspondía a una vieja moda; pero no era el que se hubiera puesto una señora en los tiempos en que fue inventado, sino, también esto, el que hubiera usado entonces una adolescente. Tenía una pollera hasta los zapatos, de aquellos que llaman botas o botinas, larga, oscura, que se iba abriendo cuando ella caminaba y se encogía y volvía a temblar al paso inmediato. La blusa tenía encajes y era ajustada, con un gran camafeo entre los senos agudos de muchacha, y la blusa y la pollera se unían y estaban divididas por una rosa en la cintura, tal vez artificial ahora que pienso, una flor de corola grande y cabeza baja, con el tallo erizado amenazando el estómago.
   La mujer tendría alrededor de cincuenta años y lo que no podía olvidarse en ella, lo que siento ahora cuando la recuerdo caminar hacia mí en el comedor del hotel, era aquel aire de jovencita de otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco despeinada, apenas envejecida, pero a punto de alcanzar su edad en cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio, desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días. Y la sonrisa era mala de mirar porque uno pensaba que frente a la ignorancia que mostraba la mujer del peligro de envejecimiento y muerte repentina en cuyos bordes estaba, aquella sonrisa sabía, o, por lo menos, los descubiertos dientecillos presentían el repugnante fracaso que los amenazaba.
   Todo aquello estaba ahora de pie en la penumbra del comedor y torpemente puse los cubiertos al lado del plato y me levanté. «¿Usted es el señor Langman, el empresario del teatro?». Incliné la cabeza sonriendo y la invité a sentarse. No quiso tomar nada; separados por la mesa le miré con disimulo la boca con su forma intacta y su poca pintura, allí justamente en el centro donde la voz, un poco española, había canturreado al deslizarse entre los filos desparejos de la dentadura. De los ojos, pequeños y quietos, esforzados en agrandarse, no pude sacar nada. Había que esperar que hablara y, pensé, cualquier forma de mujer y de existencia que evocaran sus palabras iban a quedar bien con su curioso aspecto y el curioso aspecto iba a desvanecerse.
   —Quería verlo por una presentación. Quiero decir que tengo una obra de teatro…
  Todo indicaba que iba a seguir, pero se detuvo y esperó mi respuesta; me entregó la palabra con un silencio irresistible, sonriendo. Estaba tranquila, las manos enlazadas en la falda. Aparté el plato con la milanesa a medio comer y pedí café. Le ofrecí cigarrillos y ella movió la cabeza, alargó un poco la sonrisa, lo que quería decir que no fumaba. Encendí el mío y empecé a hablarle, buscando sacármela de encima sin violencias, pero pronto y para siempre, aunque con un estilo cauteloso que me era impuesto no sé por qué.
   —Señora, es una verdadera lástima… Usted nunca ha estrenado, ¿verdad? Naturalmente. ¿Y cómo se llama su obra?
  —No, no tiene nombre —contestó—. Es tan difícil de explicar… No es lo que usted piensa. Claro, se le puede poner un título. Se le puede llamar El sueño, El sueño realizado, Un sueño realizado.
   Comprendí, ya sin dudas, que estaba loca y me sentí más cómodo.
  Bien; Un sueño realizado, no está mal el nombre. Siempre he tenido interés, digamos personal, desinteresado en otro sentido, en ayudar a los que empiezan. Dar nuevos valores al teatro nacional. Aunque es innecesario decirle que no son agradecimientos lo que se cosecha, señora. Hay muchos que me deben a mí el primer paso, señora, muchos que hoy cobran derechos increíbles en la calle Corrientes y se llevan los premios anuales. Ya no se acuerdan de cuando venían casi a suplicarme…
   Hasta el mozo del comedor podía comprender, desde el rincón junto a la heladera donde se espantaban las moscas y el calor con la servilleta, que a aquel bicho raro no le importaba ni una sílaba de lo que yo decía. Le eché una última mirada con un solo ojo, desde el calor del pocillo de café y le dije:
   —En fin, señora. Usted debe saber que la temporada aquí ha sido un fracaso. Hemos tenido que interrumpirla y me he quedado sólo por algunos asuntos personales. Pero ya la semana que viene me iré yo también a Buenos Aires. Me he equivocado una vez más, qué vamos a hacer. Este ambiente no está preparado, y a pesar de que me resigné a hacer una temporada con sainetes y cosas así…, ya ve cómo me ha ido. De manera que… Ahora, que podemos hacer una cosa, señora. Si usted puede facilitarme una copia de su obra yo veré si en Buenos Aires… ¿Son tres actos?
   Tuvo que contestar, pero sólo porque yo, devolviéndole el juego, me callé y había quedado inclinado hacia ella, rascando con la punta del cigarrillo en el cenicero. Parpadeó:
   —¿Qué?
   —Su obra, señora. Un sueño realizado. ¿Tres actos?
   —No, no son actos.
   —O cuadros. Se extiende ahora la costumbre de…
   —No tengo ninguna copia. No es una cosa que yo haya escrito —seguía diciéndome ella. Era el momento de escapar.
   —Le dejaré mi dirección de Buenos Aires y cuando usted la tenga escrita…
   Vi que se iba encogiendo, encorvando el cuerpo; pero la cabeza se levantó con la sonrisa fija. Esperé, seguro de que iba a irse; pero un instante después ella hizo un movimiento con la mano frente a la cara y siguió hablando.
   —No, es todo distinto a lo que piensa. Es un momento, una escena, se puede decir, y allí no pasa nada, como si nosotros representáramos esta escena en el comedor y yo me fuera y ya no pasara nada más. No —contestó—, no es cuestión de argumento, hay algunas personas en una calle y las casas y dos automóviles que pasan. Allí estoy yo y un hombre y una mujer cualquiera que sale de un negocio de enfrente y le da un vaso de cerveza. No hay más personas, nosotros tres. El hombre cruza la calle hasta donde sale la mujer de su puerta con la jarra de cerveza y después vuelve a cruzar y se sienta junto a la misma mesa, cerca mío, donde estaba al principio.
   Se calló un momento y ya la sonrisa no era para mí ni para el armario con mantelería que se entreabría en la pared del comedor; después concluyó:
   —¿Comprende?
   Pude escaparme porque recordé el teatro intimista y le hablé de eso y de la imposibilidad de hacer arte puro en estos ambientes y que nadie iría al teatro para ver eso y que, acaso sólo, en toda la provincia, yo podría comprender la calidad de aquella obra y el sentido de los movimientos y el símbolo de los automóviles y la mujer que ofrece un bock de cerveza al hombre que cruza la calle y vuelve junto a ella, junto a usted, señora.
   Ella me miró y tenía en la cara algo parecido a lo que había en la de Blanes cuando se veía en la necesidad de pedirme dinero y me hablaba de Hamlet: un poco de lástima y todo el resto de burla y antipatía.
   —No es nada de eso, señor Langman —me dijo—. Es algo que yo quiero ver y que no lo vea nadie más, nada de público. Yo y los actores, nada más. Quiero verlo una vez, pero que esa vez sea tal como yo se lo voy a decir y hay que hacer lo que yo diga y nada más. ¿Sí? Entonces usted, haga el favor, me dice cuánto dinero vamos a gastar para hacerlo y yo se lo doy.
   Ya no servía hablar de teatro intimista ni de ninguna de esas cosas allí, frente a frente con la mujer loca que abrió la cartera y sacó dos billetes de cincuenta pesos —«con esto contrata a los actores y atiende los primeros gastos y después me dice cuánto más necesita»—. Yo, que tenía hambre de plata, que no podía moverme de aquel maldito agujero hasta que alguno de Buenos Aires contestara a mis cartas y me hiciera llegar unos pesos. Así que le mostré la mejor de mis sonrisas y cabeceé varias veces mientras que guardaba el dinero en cuatro dobleces en el bolsillo del chaleco.
   —Perfectamente, señora. Me parece que comprendo la clase de cosa que usted… —mientras hablaba no quería mirarla porque estaba pensando en Blanes y también en la cara de la mujer—. Dedicaré la tarde a este asunto y si podemos vernos… ¿Esta noche? Perfectamente, aquí mismo; ya tendremos al primer actor y usted podrá explicarnos claramente esa escena y nos pondremos de acuerdo para que Sueño, Un sueño realizado
   Acaso fuera simplemente porque estaba loca; pero podía ser también que ella comprendiera, como lo comprendía yo, que no me era posible robarle los cien pesos y por eso no quiso pedirme recibo, no pensó siquiera en ella y se fue luego de darme la mano, con un cuarto de vuelta de la pollera en sentido inverso a cada paso, saliendo erguida de la media luz del comedor para ir a meterse en el calor de la calle como volviendo a la temperatura de la siesta que había durado un montón de años y donde había conservado aquella juventud impura que estaba siempre a punto de deshacerse podrida.
   Pude dar con Blanes en una pieza desordenada y oscura, con paredes de ladrillos mal cubiertos detrás de plantas, esteras verdes, detrás del calor húmedo del atardecer. Los cien pesos seguían en el bolsillo de mi chaleco y hasta no encontrar a Blanes, hasta no conseguir que me ayudara a dar a la mujer loca lo que ella pedía a cambio de su dinero, no me era posible gastar un centavo. Lo hice despertar y esperé con paciencia que se bañara, se afeitara, volviera a acostarse, se levantara nuevamente para tomar un vaso de leche —lo que significaba que había estado borracho el día anterior— y otra vez en la cama encendiera un cigarrillo; porque se negó a escucharme antes y todavía entonces cuando arrimé aquellos restos de sillón de tocador en que estaba sentado y me incliné con aire grave para hacerle la propuesta, me detuvo diciendo:
   —¡Pero mire un poco ese techo!
   Era un techo de tejas, con dos o tres vigas verdosas y unas hojas de caña de la India que venían de no sé dónde, largas y resecas. Miré al techo un poco y no hizo más que reírse y mover la cabeza.
   —Bueno. Déle —dijo después.
   Le expliqué lo que era y Blanes me interrumpía a cada momento, riéndose, diciendo que todo era mentira mía, que era alguno que para burlarse me había mandado la mujer. Después me volvió a preguntar qué era aquello y no tuve más remedio que liquidar la cuestión ofreciéndole la mitad de lo que pagara la mujer una vez deducidos los gastos y le contesté que, en verdad, no sabía lo que era ni de qué se trataba ni qué demonios quería de nosotros aquella mujer. Pero ya me había dado cincuenta pesos y que eso significaba que podíamos irnos a Buenos Aires o irme yo, por lo menos, si él quería seguir durmiendo allí. Se rió y al rato se puso serio y de los cincuenta pesos que le dije haber conseguido adelantados quiso veinte enseguida. Así que tuve que darle diez, de lo que me arrepentí muy pronto porque aquella noche cuando vino al comedor del hotel ya estaba borracho y sonreía torciendo un poco la boca y con la cabeza inclinada sobre el platillo de hielo empezó a decir:
   —Usted no escarmienta. El mecenas de la calle Corrientes y toda calle del mundo donde una ráfaga de arte… Un hombre que se arruinó cien veces por el Hamlet va a jugarse desinteresadamente por un genio ignorado y con corsé.
   Pero cuando vino ella, cuando la mujer salió de mis espaldas vestida totalmente de negro, con velo, un paraguas diminuto colgando de la muñeca y un reloj con cadena del cuello y me saludó y extendió la mano a Blanes con la sonrisa aquélla un poco apaciguada en la luz artificial, él dejó de molestarme y sólo dijo:
  —En fin, señora; los dioses la han guiado hasta Langman. Un hombre que ha sacrificado cientos de miles por dar correctamente el Hamlet.
   Entonces pareció que ella se burlaba mirando un poco a uno y un poco a otro; después se puso grave y dijo que tenía prisa, que nos explicaría el asunto de manera que no quedara lugar para la más chica duda y que volvería solamente cuando todo estuviera pronto. Bajo la luz suave y limpia, la cara de la mujer y también lo que brillaba en su cuerpo, zonas del vestido, las uñas en la mano sin guante, el mango del paraguas, el reloj con su cadena, parecían volver a ser ellos mismos, liberados de la tortura del día luminoso; y yo tomé de inmediato una relativa confianza y en toda la noche no volví a pensar que ella estaba loca, olvidé que había algo con olor a estafa en todo aquello y una sensación de negocio normal y frecuente pudo dejarme enteramente tranquilo. Aunque yo no tenía que molestarme por nada, ya que estaba allí Blanes, correcto, bebiendo siempre, conversando con ella como si se hubieran encontrado ya dos o tres veces, ofreciéndole un vaso de whisky, que ella cambió por una taza de tilo. De modo que lo que tenía que contarme a mí se lo fue diciendo a él y yo no quise oponerme porque Blanes era el primer actor y cuanto más llegara a entender de la obra mejor saldrían las cosas. Lo que la mujer quería que representáramos para ella era esto (a Blanes se lo dijo con otra voz y aunque no lo mirara, aunque al hablar de eso bajara los ojos, yo sentía que lo contaba ahora de un modo personal, como si confesara alguna cosa cualquiera íntima de su vida y que a mí me lo había dicho como el que cuenta esa misma cosa en una oficina, por ejemplo, para pedir un pasaporte o cosa así):
   —En la escena hay casas y aceras, pero todo confuso, como si se tratara de una ciudad y hubieran amontonado todo eso para dar una impresión de una gran ciudad. Yo salgo, la mujer que voy a representar yo sale de una casa y se sienta en el cordón de la acera, junto a una mesa verde. Junto a la mesa está sentado un hombre en un banco de cocina. Ése es el personaje suyo. Tiene puesta una tricota y gorra. En la acera de enfrente hay una verdulería con cajones de tomate en la puerta. Entonces aparece un automóvil que cruza la escena y el hombre, usted, se levanta para atravesar la calle y yo me asusto pensando que el coche lo atropella. Pero usted pasa antes que el vehículo y llega a la acera de enfrente en el momento que sale una mujer vestida con traje de paseo y un vaso de cerveza en la mano. Usted lo toma de un trago y vuelve enseguida que pasa un automóvil, ahora de abajo para arriba, a toda velocidad; y usted vuelve a pasar con el tiempo justo y se sienta en el banco de cocina. Entretanto yo estoy acostada en la acera, como si fuera una chica. Y usted se inclina un poco para acariciarme la cabeza.
   La cosa era fácil de hacer, pero le dije que el inconveniente estaba, ahora que lo pensaba mejor, en aquel tercer personaje que salía de su casa a paseo con el vaso de cerveza.
   —Jarro —me dijo ella—. Es un jarro de barro con asa y tapa.
   Entonces Blanes asintió con la cabeza y le dijo:
   —Claro, con algún dibujo, además, pintado.
  Ella dijo que sí y parecía que aquella cosa dicha por Blanes la había dejado muy contenta, feliz, con esa cara de felicidad que sólo una mujer puede tener y que me da ganas de cerrar los ojos para no verla cuando se me presenta, como si la buena educación ordenara hacer eso. Volvimos a hablar de la otra mujer y Blanes terminó por estirar la mano diciendo que ya tenía lo que necesitaba y que no nos preocupáramos más. Tuve que pensar que la locura de la loca era contagiosa, porque cuando le pregunté a Blanes con qué actriz contaba para aquel papel me dijo que con la Rivas y aunque yo no conocía a ninguna con ese nombre no quise decir nada porque Blanes me estaba mirando furioso. Así que todo quedó arreglado, lo arreglaron ellos dos y yo no tuve que pensar para nada en la escena; me fui enseguida a buscar al dueño del teatro y lo alquilé por dos días pagando el precio de uno, pero dándole mi palabra de que no entraría nadie más que los actores.
   Al día siguiente conseguí un hombre que entendía de instalaciones eléctricas y por un jornal de seis pesos me ayudó también a mover y repintar un poco los bastidores. A la noche, después de trabajar cerca de quince horas, todo estuvo pronto y sudando y en mangas de camisa me puse a comer sándwiches con cerveza mientras oía sin hacer caso historias de pueblo que el hombre me contaba. El hombre hizo una pausa y después dijo:
   —Hoy vi a su amigo bien acompañado. Esta tarde, con aquella señora que estuvo en el hotel anoche con ustedes. Aquí todo se sabe. Ella no es de aquí; dicen que viene los veranos. No me gusta meterme, pero los vi entrar en un hotel. Sí, qué gracia; es cierto que usted también vive en un hotel. Pero el hotel donde entraron esta tarde era distinto… De ésos, ¿eh?
   Cuando al rato llegó Blanes le dije que lo único que faltaba era la famosa actriz Rivas y arreglar el asunto de los automóviles, porque sólo se había podido conseguir uno, que era del hombre que me había estado ayudando y lo alquilaría por unos pesos, además de manejarlo él mismo. Pero yo tenía mi idea para solucionar aquello, porque como el coche era un cascajo con capota, bastaba hacer que pasara primero con la capota baja y después alzada o al revés. Blanes no me contestó nada porque estaba completamente borracho, sin que me fuera posible adivinar de dónde había conseguido dinero. Después se me ocurrió que acaso hubiera tenido el cinismo de recibir directamente dinero de la pobre mujer. Esa idea me envenenó y seguía comiendo los sándwiches en silencio mientras él, borracho y canturreando, recorría el escenario, se iba colocando en posiciones de fotógrafo, de espía, de boxeador, de jugador de rugby, sin dejar de canturrear, con el sombrero caído sobre la nuca y mirando a todos lados, desde todos los lados, rebuscando vaya a saber el diablo qué cosa. Como a cada momento me convencía más de que se había emborrachado con dinero robado, casi, a aquella pobre mujer enferma, no quería hablarle y cuando acabé de comer los sándwiches mandé al hombre que me trajera media docena más y una botella de cerveza.
   A todo esto Blanes se había cansado de hacer piruetas; la borrachera indecente que tenía le dio por el lado sentimental y vino a sentarse cerca de donde yo estaba, en un cajón, con las manos en los bolsillos del pantalón y el sombrero en las rodillas, mirando con ojos turbios, sin moverlos, hacia la escena. Pasamos un tiempo sin hablar y pude ver que estaba envejeciendo y el cabello rubio lo tenía descolorido y escaso. No le quedaban muchos años para seguir haciendo el galán ni para llevar señoras a los hoteles, ni para nada.
   —Yo tampoco perdí el tiempo —dijo de golpe.
   —Sí, me lo imagino —contesté sin interés.
   Sonrió, se puso serio, se encajó el sombrero y volvió a levantarse. Me siguió hablando mientras iba y venía, como me había visto hacer tantas veces en el despacho, todo lleno de fotos dedicadas, dictando una carta a la muchacha.
   —Anduve averiguando de la mujer —dijo—. Parece que la familia o ella misma tuvo dinero y después ella tuvo que trabajar de maestra. Pero nadie, ¿eh?, nadie dice que esté loca. Que siempre fue un poco rara, sí. Pero no loca. No sé por qué le vengo a hablar a usted, oh padre adoptivo del triste Hamlet, con la trompa untada de manteca de sándwich… Hablarle de esto.
   —Por lo menos —le dije tranquilamente—, no me meto a espiar en vidas ajenas. Ni a dármelas de conquistador con mujeres un poco raras —me limpié la boca con el pañuelo y me di vuelta para mirarlo con cara aburrida—. Y tampoco me emborracho vaya a saber con qué dinero.
   Él se estuvo con las manos en los riñones, de pie, mirándome a su vez, pensativo, y seguía diciéndome cosas desagradables, pero cualquiera se daba cuenta de que estaba pensando en la mujer y que no me insultaba de corazón, sino para hacer algo mientras pensaba, algo que evitara que yo me diera cuenta de que estaba pensando en aquella mujer. Volvió hacia mí, se agachó y se alzó enseguida con la botella de cerveza y se fue tomando lo que quedaba sin apurarse, con la boca fija al gollete, hasta vaciarla. Dio otros pasos por el escenario y se sentó nuevamente, con la botella entre los pies y cubriéndola con las manos.
   —Pero yo le hablé y me estuvo diciendo —dijo—. Quería saber qué era todo esto. Porque no sé si usted comprende que no se trata sólo de meterse la plata en el bolsillo. Yo le pregunté qué era esto que íbamos a representar y entonces supe que estaba loca. ¿Le interesa saber? Todo es un sueño que tuvo, ¿entiende? Pero la mayor locura está en que ella dice que ese sueño no tiene ningún significado para ella, que no conoce al hombre que estaba sentado en tricota azul, ni a la mujer de la jarra, ni vivió tampoco en una calle parecida a este ridículo mamarracho que hizo usted. ¿Y por qué, entonces? Dice que mientras dormía y soñaba eso era feliz, pero no es feliz la palabra sino otra clase de cosa. Así que quiere verlo todo nuevamente. Y aunque es una locura tiene su cosa razonable. Y también me gusta que no haya ninguna vulgaridad de amor en todo esto.
   Cuando nos fuimos a acostar, a cada momento se entreparaba en la calle —había un cielo azul y mucho calor—, para agarrarme de los hombros y las solapas y preguntarme si yo entendía, no sé qué cosa, algo que él no debía entender tampoco muy bien, porque nunca acababa de explicarlo.
   La mujer llegó al teatro a las diez en punto y traía el mismo traje negro de la otra noche, con la cadena y el reloj, lo que me pareció mal para aquella calle de barrio pobre que había en escena y para tirarse en el cordón de la acera mientras Blanes le acariciaba el pelo. Pero tanto daba: el teatro estaba vacío; no estaba en la platea más que Blanes, siempre borracho, fumando, vestido con una tricota azul y una gorra gris doblada sobre una oreja. Había venido temprano acompañado de una muchacha, que era quien tenía que asomar en la puerta de al lado de la verdulería a darle su jarrita de cerveza; una muchacha que no encajaba, ella tampoco, en el tipo de personaje, el tipo que me imaginaba yo, claro, porque sepa el diablo cómo era en realidad; una triste y flaca muchacha, mal vestida y pintada que Blanes se había traído de cualquier cafetín, sacándola de andar en la calle por una noche y empleando un cuento absurdo para traerla, era indudable. Porque ella se puso a andar con aires de primera actriz y al verla estirar el brazo con la jarrita de cerveza daban ganas de llorar o de echarla a empujones. La otra, la loca, vestida de negro, en cuanto llegó se estuvo un rato mirando el escenario con las manos juntas frente al cuerpo y me pareció que era enormemente alta, mucho más alta y flaca de lo que yo había creído hasta entonces. Después, sin decir palabra a nadie, teniendo siempre, aunque más débil, aquella sonrisa de enfermo que me erizaba los nervios, cruzó la escena y se escondió detrás del bastidor por donde debía salir. La había seguido con los ojos, no sé por qué, mi mirada tomó exactamente la forma de su cuerpo alargado vestido de negro y apretada a él, ciñéndolo, lo acompañó hasta que el borde del telón separó la mirada del cuerpo.
   Ahora era yo quien estaba en el centro del escenario y como todo estaba en orden y habían pasado ya las diez, levanté los codos para avisar con una palmada a los actores. Pero fue entonces que, sin que yo me diera cuenta de lo que pasaba por completo, empecé a saber cosas y qué era aquello en que estábamos metidos, aunque nunca pude decirlo, tal como se sabe el alma de una persona y no sirven las palabras para explicarlo. Preferí llamarlos por señas y cuando vi que Blanes y la muchacha que había traído se pusieron en movimiento para ocupar sus lugares, me escabullí detrás de los telones, donde ya estaba el hombre sentado al volante de su coche viejo que empezó a sacudirse con un ruido tolerable. Desde allí, trepado en un cajón, buscando esconderme porque yo nada tenía que ver en el disparate que iba a empezar, vi cómo ella salía de la puerta de la casucha, moviendo el cuerpo como una muchacha —el pelo espeso y casi gris, suelto a la espalda, anudado sobre los omóplatos con una cinta clara—, daba unos largos pasos que eran, sin duda, de la muchacha que acababa de preparar la mesa y se asoma un momento a la calle para ver caer la tarde y estarse quieta sin pensar en nada; vi cómo se sentaba cerca del banco de Blanes y sostenía la cabeza con una mano, afirmando el codo en las rodillas, dejando descansar las yemas sobre los labios entreabiertos y la cara vuelta hacia un sitio lejano que estaba más allá de mí mismo, más allá también de la pared que yo tenía a mi espalda. Vi cómo Blanes se levantaba para cruzar la calle, y lo hacía matemáticamente antes que el automóvil, que pasó echando humo con su capota alta y desapareció enseguida. Vi cómo el brazo de Blanes y el de la mujer que vivía en la casa de enfrente se unían por medio de la jarrita de cerveza y cómo el hombre bebía de un trago y dejaba el recipiente en la mano de la mujer que se hundía nuevamente, lenta y sin ruido, en su portal. Vi, otra vez, al hombre de la tricota azul cruzar la calle un instante antes de que pasara un rápido automóvil de capota baja que terminó su carrera junto a mí, apagando enseguida su motor, y mientras se desgarraba el humo azuloso de la máquina, divisé a la muchacha del cordón de la acera que bostezaba y terminaba por echarse a lo largo en las baldosas, la cabeza sobre un brazo que escondía el pelo, y una pierna encogida. El hombre de la tricota y la gorra se inclinó entonces y acarició la cabeza de la muchacha, comenzó a acariciarla y la mano iba y venía, se enredaba en el pelo, estiraba la palma por la frente, apretaba la cinta clara del peinado, volvía a repetir sus caricias.
   Bajé del banco, suspirando, más tranquilo, y avancé en puntas de pie por el escenario. El hombre del automóvil me siguió, sonriendo intimidado y la muchacha flaca que se había traído Blanes volvió a salir de su zaguán para unirse a nosotros. Me hizo una pregunta, una pregunta corta, una sola palabra sobre aquello y yo contesté sin dejar de mirar a Blanes y a la mujer echada; la mano de Blanes, que seguía acariciando la frente y la cabellera desparramada de la mujer, sin cansarse, sin darse cuenta de que la escena había concluido y que aquella última cosa, la caricia en el pelo de la mujer, no podía continuar siempre. Con el cuerpo inclinado, Blanes acariciaba la cabeza de la mujer, alargaba el brazo para recorrer con los dedos la extensión de la cabellera gris desde la frente hasta los bordes que se abrían sobre el hombro y la espalda de la mujer acostada en el piso. El hombre del automóvil seguía sonriendo, tosió y escupió a un lado. La muchacha que había dado el jarro de cerveza a Blanes, empezó a caminar hacia el sitio donde estaba la mujer y el hombre inclinado, acariciándola. Entonces me di vuelta y le dije al dueño del automóvil que podía ir sacándolo, así nos íbamos temprano y caminé junto a él, metiendo la mano en el bolsillo para darle unos pesos. Algo extraño estaba sucediendo a mi derecha, donde estaban los otros, y cuando quise pensar en eso tropecé con Blanes que se había quitado la gorra y tenía un desagradable olor a bebida y me dio una trompada en las costillas gritando:
   —No se da cuenta de que está muerta, pedazo de bestia.
  Me quedé solo, encogido por el golpe, y mientras Blanes iba y venía por el escenario, borracho, como enloquecido, y la muchacha del jarro de cerveza y el hombre del automóvil se doblaban sobre la mujer muerta, comprendí qué era aquello, qué era lo que buscaba la mujer, lo que había estado buscando Blanes borracho la noche anterior en el escenario y parecía buscar todavía, yendo y viniendo con sus prisas de loco: lo comprendí todo claramente como si fuera una de esas cosas que se aprenden para siempre desde niño y no sirven después las palabras para explicar.


Juan Carlos Onetti


Giorgio de Chirico -Melancolía-, 1912




Giorgio de Chirico decía que la finalidad de la pintura no debe consistir solamente en reproducir más o menos fielmente lo que ya se puede ver en la naturaleza, sino sobre todo "mostrar lo que no puede ser visto". Creo que esto está relacionado con una de las características más esenciales de la narrativa de Onetti, expresada en este mismo cuento cuando escribe: "empecé a saber cosas y qué era aquello en que estábamos metidos, aunque nunca pude decirlo, tal como se sabe el alma de una persona y no sirven las palabras para explicarlo."
Para Onetti la verdad está siempre más allá de los hechos y las circunstancias, quizás más cerca de un sueño que elude las realidades y la lógica. En El pozo expresa su intención con claridad meridiana: “Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse."