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viernes, 28 de agosto de 2026

EL SER QUERIDO - de Rodrigo Sorogoyen

España,2026

La película es un potente drama que versa sobre las relaciones paterno-filiales en primer término y las relaciones de poder (aunque sea en un entorno tan artístico como un rodaje) en segundo. Dicho esto a cualquiera le entraría la duda de cómo poner en pie un conflicto sobre la base del reencuentro de un padre con su hija abandonada 13 años antes y que resulte contemporáneo, apasionante y sin afectación. Pero Sorogoyen lo consigue asumiendo riesgos y demostrando que es capaz de articular el tema, acrecentar nuestro interés y traducirlo todo en imágenes de gran tensión dramática y veracidad. 

Tiene mucho mérito este libreto por la sutileza y carga de sus diálogos; y mucha enjundia por el modo de trasladarlo a la pantalla. Todo ello debido al buen hacer de ese tándem maravilloso que conforman Sorogoyen y su co-guionista habitual Isabel Peña. (As bestas, Antidisturbios, El Reino, Que Dios nos perdone

La historia nos acerca al célebre director de cine Esteban Martínez que abandonó a su mujer y a su hija en España para triunfar en EEUU. Ahora vuelve con la intención de rodar una historia de amor en medio del conflicto del Sahara y quiere que su hija, una actriz en ciernes, la protagonice. El reencuentro provocará chispas y abrirá viejas heridas. Está claro que este resumen nos remite directamente a la aclamada ´Valor sentimental´, con la que Joachim Trier ganó el Óscar el año pasado a la mejor película internacional. Efectivamente comparten el esqueleto de la trama -conflicto padre e hija abandonada, cuando el primero regresa para invitarle a protagonizar su siguiente película-; pero nada más. La historia, las implicaciones personales y el modo de contarla difieren notablemente. Sorogoyen amplía los espacios del metacine en su obra y nos propone innovaciones formales que potencian una película que logró el elogio del pasado Festival de Cannes, donde se subrayó la fuerza emocional y profundidad de sus personajes.




Habrá quien se quede en lo superficial de una película que se desarrolla mientras se está rodando otra película o que la historia transcurra en el Sahara, una zona con un conflicto enquistado desde hace décadas, al que Javier Bardem suele prestar voz para que no caiga en el olvido. Pero estos dos asuntos, siendo valiosos, son secundarios. 

Hay una escena en la que los actores y el director Esteban Martínez (Javier Bardem) comparten cena y aquellos le plantean que aparte del Sahara la película que ruedan carece de tema. Éste les inquiere por la película que ellos harían y su tema. El protagonista de la película que ruedan dice, riéndose, que trataría sobre la humildad; mientras otra de las actrices suelta una broma y otro actor se queda en blanco ("uf, me tendría que poner a pensar") antes de decir que la haría "sobre lo difícil que es la vida y las relaciones humanas".
Ahí está. 
Ese es el tema de esta película de Sorogoyen y así nos lo demuestra desde una secuencia inicial tan portentosa como demoledora. Hace mucho tiempo que no veía una escena dialogada tan tensa y emocionalmente violenta, capaz de agarrar al espectador por la pechera y dejarlo colgado pendiente de cada réplica. 



Esteban Martínez ha citado a una actriz en un restaurante para exponerle su idea de que acepte protagonizar su próxima película. Cuando ella llega se saludan afablemente, pero de forma circunspecta. No hay abrazos ni besos. Son dos extraños. Qué tal estás. Bien. Cómo te va todo. Bien. Cómo estas tú. Bien, bien, estoy bien. Qué tal van las cosas. Bien. Así un rato largo hasta que la incomodidad llena toda la sala. La cámara abunda en primerísimos planos. Las miradas se cruzan, huyen y vuelven. La tensión se masca. Son como dos duelistas que se mueven en círculos mientras se van estudiando. Pero poco a poco la conversación los va acercando a algo concreto. Finalmente se revela el asunto. Son padre e hija. La abandonó hace 13 años y ahora quiere darle (y darse) una oportunidad en su nueva película...

En esta espléndida secuencia está contenida toda esta lúcida película. Cuando él saca un recuerdo común para intentar acercarse, ella se sorprende. No ocurrió así. Él ha dulcificado un recuerdo que, en cambio, para ella fue dolorosísimo. Tampoco él le ha pedido perdón en este primer encuentro... ni se lo va a pedir durante las próximas semanas en las que van a convivir -con una tensión enorme- en el rodaje. 




La película tiene una caída de ritmo en el siguiente cuarto, mientras se monta todo el set de rodaje; pero enseguida vuelve a alzar el vuelo gracias a un manejo del tempo y del lenguaje audiovisual extraordinario. Porque Sorogoyen no deja de proponer novedosas ideas visuales y elementos narrativos que hacen que su relato adquiera profundidad y viveza. Pondré tres ejemplos.

El primero y más evidente es el uso del Blanco y Negro hacia el que derivan algunos planos sin saltarse la narración. En el juego de espejos que se establece entre el rodaje y la vida personal de la actriz protagonista y del director, de pronto un plano sobre uno de ellos (observando al otro o escuchando) muda al blanco y negro, como para mostrar ´la verdad´ de lo que está sintiendo. 

En otro momento tanto el director como su hija están en el restaurante del hotel, pero en distintos grupos, y él se dispone a escuchar el primer corte de la música que le han enviado para la banda sonora de su película. Es una partitura que transmite todo el maremágnum de emociones que confluyen en esa historia de amor en medio del Sahara. Pero mientras el director la está escuchando mira absorto a su hija, hablando con unos amigos al otro lado de la sala y de pronto -de forma mágica- esa partitura doliente salta de la película-rodaje a la realidad del director, recogiendo y exaltando sus propias emociones. Fascinante. 



Sólo una más. En una escena del rodaje se ve a los dos actores protagonistas sentados a la mesa en el salón de una casa. La actriz protagonista se acerca desde el fondo con una bandeja que acaba depositando en la mesa, uniéndose a los dos hombres. Sorprendentemente, desde que dicen ´acción´ y tanto la cámara como la actriz inician su movimiento de acercarse a la mesa, el sonido desaparece. El silencio en la sala fue absoluto. Los espectadores ni respirábamos. Estábamos absortos mirando a esa chica que era el centro de todo, de lo que era película y de lo que no. No sé si la escena dura un minuto o menos, pero la escena en absoluto silencio resulta hipnótica. Cuando finalmente la joven deposita la bandeja y se sienta a la mesa la imagen se congela, se abre el plano y vemos que el director le está mostrando la escena a su hija en la pantalla del ordenador. Ella le indica que "resulta raro ver la escena sin sonido", a lo que el director responde que así se aprecian mejor los sentimientos que empujan a los personajes.

Posteriormente tendrán una conversación sobre las máscaras que todos portamos y que los actores tienen que quitarse para poder dejar salir al personaje. Todo ello tiene que ver con otra de las bazas del film, la del cine dentro del cine. Aunque creo que este asunto es secundario, Sorogoyen se las apaña para sacarle rendimiento y, a través de él, definir resolutivamente al personaje del director. Según van surgiendo los problemas vamos conociendo su carácter: colérico, embaucador, dictatorial, volcánico. Paradójicamente la escena cumbre, en la que Esteban Martínez pierde los papeles y humilla a sus actores, es a la vez violenta y de una comicidad descacharrante. 

Victoria Luengo, como siempre, está soberbia (qué naturalidad en la compostura y la dicción) aceptando el duelo cara a cara con un monstruo como Javier Bardem, que nos vuelve a demostrar que es uno de los grandes.





* Aquí puedes leer cómo se rodó esa escena inicial tan formidable. A pelo. En un restaurante de verdad, con cinco cámaras escondidas y ningún técnico a la vista. Dejando que Bardem y Luengo entrasen al set sin haberse cruzado antes y sólo con el apoyo de un par de páginas de texto. Hora y media de metraje que se quedó en esos 18 minutos tan extraordinarios.

lunes, 29 de diciembre de 2025

GOLPES - de Rafael Cobos

España,2025

La película se inicia con un prólogo dramático y directo, un hecho que condicionará la vida entera de dos niños. Todavía estamos en plena dictadura y un antifranquista vive escondido en un lugar remoto con sus dos hijos. Una noche llega la Guardia Civil con intención de apresarlo y entonces él esconde a sus hijos y huye corriendo por el olivar. Es de noche, los niños se temen lo peor y enseguida se oyen unos disparos.
Fundido a negro.

Migueli es uno de aquellos niños, ya es adulto, estamos al inicio de los ochenta y justo ahora sale de prisión. Es un delincuente común, sabe que su vida está echada a perder pero tiene un objetivo digno que la justifica: encontrar el cadáver de su padre y darlo cristiana sepultura. Para ello necesita mucho dinero y lo necesita rápido, porque los terrenos donde sospecha que está enterrado están a punto de urbanizarse. 
No tiene dudas sobre lo que tiene que hacer.  
Enseguida reúne a su antigua banda, y dan varios palos seguidos en sucursales bancarias y joyerías. Es una huida hacia adelante en toda regla. Pero no lo va a tener fácil. Está fichado y además la policía encarga el caso a su propio hermano, Sabino, que ha hecho carrera como "madero". Su jefe le coacciona prometiéndole la jubilación anticipada si atrapa a su hermano. A estas alturas Sabino ya es un poli experto, conoce bien lo tugurios de Sevilla y sus trapicheos... pero también conoce a Migueli y sabe que está dispuesto a todo con tal de llegar hasta el final.





Rafael Cobos se ha ganado un buen prestigio y dos Goya (por La isla mínima y El hombre de las mil caras) como guionista de cabecera de Alberto Rodríguez. Después de estrenarse como director con el drama intimista de la serie El hijo zurdo, debuta en el largometraje con este relato de quinquis en los ochenta; un “thriller de robos sobre los lazos de sangre y la memoria”, según su propia definición; aunque también señala las peculiaridades de su película: "Si el cine quinqui es frontal, explícito y habla de las cosas de un modo evidente y descarnado, Golpes es una fábula sutil que pretende hablar de un país en plena transición, contradictorio, desorientado e incapaz de ajustar cuentas con su pasado".



Creo que ahí está el desajuste que chirría al fondo de la película. En ella no hay "país en plena transición" ni "incapaz de ajustar cuentas con su pasado" por más que esto último sea dolorosamente verdad ya metidos en el siglo XXI. En cambio sí hay una potente historia entre dos hermanos enfrentados que habla de fatalidad y redención. Tras el asesinato de su padre, cada uno orientó su vida de forma dispar. Uno es incapaz de amar porque ha desactivado sus sentimientos (se insinúa que ese carácter esquivo está dando al traste con su matrimonio). El otro es un vividor y pendenciero, incapaz de perdonar a una sociedad que fue injusta con su padre y ahora lo es con él. 



El autor insiste en algunas referencias políticas e históricas, pero no son significativas respecto a la trama. Creo que la película hubiese ganado enteros profundizando más en el drama de estos dos hermanos fuertemente marcados por su pasado. Migueli no puede olvidar, lo que le empuja a una especie de fatalidad. Junto a su pareja emprende una huida hacia adelante que podría haber dado mucho más de sí. Sólo vemos las consecuencias: ella le descubre que está embarazada justo en el peor momento, cuando están rodeados y bajo un fuego intenso. 

La película no es redonda pero sí muy apreciable. La tensión se masca. Se aprecia un fatum. Los actores están convincentes. El enfrentamiento entre estos dos hermanos tiene fuerza, pero no creo que representen las dos Españas. Los dos están a punto de ser derrotados. El trasfondo de la transición política apenas está apuntado. 

Me gustan mucho las historias de Cobos. Tienen negrura y un muy pertinente contexto social; pero encuentro ésta un poco atropellada. Hay alguna elipsis forzada para poder llegar al paralelismo final.  Pero en cualquier caso la propuesta es muy cinematográfica.

La película adquiere verdadera densidad emocional según se va acercando el desenlace, cine puro, negro y vibrante. Migueli está acorralado y acaba refugiándose en la casucha del olivar donde vieron desaparecer a su padre. Los paralelismos son evidentes, pero la época es otra y enfrente está su propio hermano. 

domingo, 16 de noviembre de 2025

LA MESITA del COMEDOR - de Caye Casas



Hoy por fin he podido ver la famosa película española de terror y costumbrismo negro que Stephen King rescató del desván del olvido con un simple tweet en la red social X.
«Hay una película española llamada LA MESITA DEL COMEDOR en Amazon Prime y Apple+. Supongo que nunca, ni una sola vez en toda tu vida, has visto una película tan negra como ésta. Es horrible y también terriblemente divertida. Piensa en el sueño más oscuro de los hermanos Coen”
María (Estefanía de los Santos) y Jesús (David Pareja) acaban de tener un hijo, pero su matrimonio sufre desavenencias. Primero por el niño, luego por el nombre del niño y ahora por la compra de una mesita para el salón que Jesús se emperra en comprar a pesar de ser de lo más kitsch. No sospechan que esta compra se va a convertir en su peor pesadilla. 

En El Mundo  Luis Martínez escribió: "Caye Casas confecciona la película de terror del año con el proverbial, genial y clásico recurso de dejar que sea la imaginación del espectador la que haga el trabajo más duro, quizá insoportable."


Mientras que en la web CineconÑ, Arturo Tena dijo: "Divertida y cruel comedia negra que nos recuerda que en lo más banal puede estar el mayor de los espantos".

Hasta en The Guardian se publicó una crítica firmada por Phil Hoad que él mismo resume así: "El segundo largometraje de Caye Casas es audaz y agudo, pero los cambios entre la ácida comedia de costumbres y el terror carente de humor resultan irritantes."


Para mí ha sido un sufrimiento ver arrastrarse esta historia con poco o nulo contenido y situaciones forzadas hasta la extenuación que, en el mejor de los casos, hubiese podido dar para un corto de aprendizaje de no más de 15 minutos. Es cierto que ocurre un hecho terrible relacionado con la maldita mesa, pero la pretendida tensión a cuenta del estrés postraumático es un juego de lo más ñoño, pretencioso y absurdo.

viernes, 14 de noviembre de 2025

LOS DOMINGOS - de Alauda Ruiz de Azúa

España, 2025

Esta es una película radical. No cae en lugares comunes ni se conforma con una faena de aliño. Mira de frente a los conflictos humanos más cotidianos (como ya hizo la directora en Cinco Lobitos) y los retrata con sentimiento, valentía y desnudez.

Siempre he defendido que la ficción (la mentira) es uno de los mejores modos de contar una verdad; pero Alauda Ruiz de Azúa no debe opinar lo mismo. Es una radical. Quiere personajes de carne y hueso. De esos con los que nos podemos cruzar cualquier día. Muestra temas cotidianos que la interpelan y que, en su aparente sencillez son sumamente complejos, por lo que la directora aprovecha para retratarlos con una mirada apasionada y poliédrica. Problemas como afrontar la hipoteca, tu carrera profesional, la maternidad, el matrimonio o qué hacer con mi vida justo cuando voy a cumplir 18 luminosos años.

En esta última tesitura se encuentra Ainara (Blanca Soroa), una joven con una gran vida interior que está a punto de irse a la universidad. Pero el colegio religioso donde estudia y unas convivencias que acaba de hacer han hecho aflorar en ella una vocación que la impulsa a convertirse en monja de clausura; lo que desencadena un conflicto en su familia. 


Seguro que no es una situación muy común hoy en día, habida cuenta de lo vacíos que están monasterios y seminarios; pero Ruiz de Azúa ha visto aquí un conflicto muy humano y ha buceado en él para mostrárnoslo con hondura y total honestidad. Para ello plantea muchas situaciones incómodas, de las que cualquier familiar quisiera evitar. Hay que hablar con la niña sí, pero ¿se la apoya o reconviene? ¿Le habrán lavado el cerebro los religiosos? ¿Qué saben sus amigas? La directora y guionista nos muestra el asunto con una valentía y naturalidad desarmantes; dejando espacio para cada punto de vista y poniendo el foco en las relaciones familiares y el debate interno de los personajes.

En una entrevista hablaba de su forma de afrontar sus proyectos:
“Cuando me meto en universos desconocidos, intento ser muy rigurosa y muy analítica… casi como un poco antropóloga; me gusta esa perspectiva. Y luego trabajo con las sensaciones y el imaginario que eso me genera. Pero sí, el rigor me parece importante. En el amor al detalle, a lo meticuloso… sacas muchas cosas que hablan de nosotros”.

La directora no esconde su educación laica y su condición de no creyente, pero se enteró de una historia muy semejante a esta que la empujó a tratar de plasmarlo en pantalla. En otra entrevista reconoció: "Cuando una chica cercana a mí ingresó en una orden religiosa, lo viví como una renuncia a la vida". Por eso hay dos grandes antagonistas en esta película. De un lado está la tía Mayte (Patricia López Arnáiz), que ejerce de madre de su sobrina huérfana, Ainara. No es creyente y cree que la joven todavía no ha vivido lo suficiente, así que luchará para convencerla de que retrase su decisión hasta acabar la universidad. Por otro lado está una Ainara que observa y calla, reflexiona y vacila. No solo se enfrenta a su padre y a su tía, sino también a sus propias dudas. En su interior se libra una ardua batalla (casi llega a acostarse con un chico) a la que asistimos conmovidos.



No cabe duda de que el estilo de Ruiz de Azúa para afrontar sus proyectos es inconformista y radical. Sus personajes siempre tienen los pies en el suelo y el conflicto se ilumina desde distintos ángulos, dando cabida al contraste de posiciones con absoluta naturalidad...y yo creo que eso llega al espectador, ávido de superar estos tiempos de polarización fanática. 

Alauda tiene la habilidad de hacer que sus escenas y diálogos siempre aporten algo nuevo y valioso al conflicto. El estupor de sus amigos, la conformidad del padre, la comprensión de la abuela, la resistencia de su tía Mayte, la orientación comprensiva de su director espiritual. Su mapa de la situación siempre es completo y complejo.
  


Precisamente me llama la atención la exquisita neutralidad que la directora logra mantener al mostrar asuntos de la Iglesia. Ante la confesión de Ainara sobre su relación con un chico, su orientador le dice "quizás Dios te está hablando a través de Mikel". Nada más. Ella sola tendrá que discernir si esa voz que parece escuchar le está invitando a abrazar la vida mundana o la contemplativa. 

Quiero subrayar la naturalidad que impera en la película. Tanto en los diálogos como en las interpretaciones de todo el elenco. Blanca Soroa realiza un digno trabajo de contención emocional y Patricia López Arnáiz sencillamente está soberbia, afrontando todo tipo de registros emocionales con gran solvencia. El retrato final resulta lacerantemente vivo y conmovedor. 










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Muchas escenas de la película tienen el fondo musical del coro en el que participa Ainara con sus amigos. El tema que cantan es Into my arms, de Nick Cave y, siendo un tema que está desde hace años en mi playlist particular, cualquier ocasión me parece buena para escucharlo.

lunes, 3 de noviembre de 2025

PELÍCULAS PARA LA ´FIESTA del CINE´











Hoy ha comenzado la Fiesta del Cine y me he apuntado a ver Los Tigres, del tándem creativo formado por el director Alberto Rodríguez y el guionista Rafael Cobos
Una gran película. 
Seca, precisa, por momentos agobiante, ya que contiene una serie de secuencias rodadas bajo el agua de gran intensidad dramática. 
Los Tigres son dos hermanos (interpretados por Bárbara Lennie y Antonio de la Torre) que continúan la tradición del padre, ser buzos profesionales. De él recibieron la alegría de un trabajo único para los que aman el mar; pero también los sinsabores de una profesión que poco a poco te mina la salud. Los problemas familiares y de dinero del hermano les aboca a llevar a cabo un plan temerario, hacerse con un alijo de droga que descubren escondido en los bajos de un petrolero. El plan es arriesgado y mezclarse con los narcos peor. No son conscientes de que se están jugando la vida. Alberto Rodríguez nos sumerge sin concesiones en el mundo de estos Tigres (un apodo que les viene de la infancia) cuya vida transcurre a salto de mata. No en balde una de las expresiones más repetida cuando tienen que afrontar algo es, "ya veré qué se me ocurre". Muy buena. 

Pero ya abundaré en ella en la entrada que estoy preparando.
Ahora quisiera repasar lo que hay en cartelera por si alguien se siente interpelado.

La cena, de Manuel Gómez Pereira, es una comedia de guante blanco y viandas conseguidas de estraperlo. Todo porque el generalísimo dictador quiere organizar un gran banquete para sus generales. Acaban de ganar la guerra, los fusilamientos van viento en popa y quiere celebrarlo en el Hotel Palace de Madrid con lo mejor de lo mejor.... pero resulta que los mejores chefs y cocineros del Palace son rojos y están en la cárcel, esperando el paredón. 

La comedia está perfectamente hilvanada con su juego de equívocos y traiciones. Lo mejor es que está muy medida y nunca peca de ridícula o de exceso. Quizás se eche de menos una ironía más profunda -a lo Berlanga- o los malabares a los que nos acostumbró el maestro Lubitsch; pero es una buena propuesta que, además cuenta con una interpretación soberbia y llena de gracia de Alberto San Juan


La deuda, de Daniel Guzmán, nos pone en la calle, como a esa anciana a la que un fondo buitre quiere desahuciar. Aunque es una película un poco irregular, le sobra honestidad y emoción. La gentrificación viene avasallando y no tiene compasión.

Los trazos de thriller (hay que buscar dinero como sea) mezclados con una gran sensibilidad social nos premian el pago de la entrada.




Del Frankenstein de Guillermo del Toro ya dije aquí lo que tenía que decir. Hay que ir a verlo. Es verdad que patina un poco en su primera parte y que de emoción anda muy justa, pero las imágenes que desfilan por la pantalla son cine de calidad.

He dejado para el final mi favorita de estos días, La vida de Chuck, un film de Mike Flanagan que adapta un relato de Stephen King, de los que escribe lejos de monstruos y terrores. Estoy acabando un artículo sobre ella que pronto publicaré. 

El relato es un puzzle con historias y momentos de la vida de un contable llamado Chuck. Tiene la particularidad de que está contado desde atrás hacia adelante, por lo que primero conoceremos a Chuck ya adulto y terminaremos visitándolo en su infancia. 

La historia está contada sin alharacas, con una sencillez asombrosa, como esos dos vecinos que recorren su barrio a pie mientras charlan de su vida en la primera parte de la película, que es el capítulo III. O como ese entrañable abuelo (Mark Hamill) mientras alecciona a su nieto sobre la magia de la vida, el universo y las matemáticas. 

Todo es sencillo, íntimo. Al fin y al cabo no es más que la vida de un muchacho criado por sus abuelos; pero esa composición de escenas sueltas logra trasladarnos esa filosofía tan vital que anida en un verso de Walt Whitman, "soy grande, contengo multitudes". Una adorable maestra se lo inculca al pequeño y un chispazo fantasmal al final de la película nos hará colocar las piezas logrando una descarga de auténtica emoción. Si además contiene una secuencia de baile fabulosa con Tom Hiddleston y Annalise Basso deslizándose sobre el pavimento de una calle comercial, miel sobre hojuelas.


No he visto todavía Los Domingos, de Alauda Ruiz de Azúa, pero la veré esta semana. Tengo las mejores expectativas para esta historia a contrapelo de los tiempos que corren. 

La que tengo prevista ir a ver mañana es Together, de Michael Shanks (tengo inclinación por el terror). Promete ser una propuesta perturbadora y un poco salvaje; pero muy sugerente, sobre una relación tóxica de pareja con los trazos de body-horror.







¡¡Las películas hay que 
verlas en el cine!!

sábado, 11 de octubre de 2025

UN FANTASMA en LA BATALLA - de Agustín Díaz Yanes

España, 2025

Bueno, parece que el cine español ha encontrado un filón en los sangrientos años en que la banda terrorista ETA zarandeó a la joven democracia española. Ahora bien, si todos los productos tienen la calidad de la serie Patria o de películas como La Intrusa o ésta que nos ocupa, yo creo que hemos de congratularnos. Las tres obras citadas contienen historias potentes, magníficas realizaciones e interpretaciones muy solventes.

Un fantasma en la batalla nos hace recordar inevitablemente a La infiltrada, magnífica película que estrenó el año pasado Arantxa Echevarría. Primero porque las dos tienen como protagonista a una policía infiltrada en las filas de ETA, segundo porque ambas arrancan con el asesinato de Gregorio Ordóñez y tercero porque el contexto de la historia nos hace revivir aquellos años de hierro. Pero las dos tienen su propia personalidad y aunque es verdad que la cinta de Echevarría tiene una mayor potencia dramática, esta de Díaz Yanes no es despreciable. Su principal aportación es ofrecer una especie de resumen emocional de aquellos años terribles salpicados de larguísimos secuestros (Ortega Lara) y crímenes abominables (Tomás y Valiente, Ernest Lluch o Miguel Ángel Blanco).
 


Al inicio se nos avisa de que tanto el ejército como la Policía tuvo infiltrados en ETA que han servido como referencia para crear el personaje de ficción de su protagonista, Amaia (Susana Abaitua). El retrato del contexto histórico, político y social de los años 90 a través de telediarios e imágenes de archivo hace el resto. Creo que este ánimo de retrospectiva ha podido perjudicar a la película. La extensión de hechos que ha querido plasmar le resta intensidad en el desarrollo de los personajes que, a la postre, resultan planos. Por ejemplo las interpretaciones del jefe directo de Amaia, Comandante Silva (Javier Godino), o de los dirigentes etarras Arrieta (Raúl Arévalo) y Anboto (Ariadna Gil) son monocordes; siempre con el ceño fruncido y poco más. 

Me han gustado en cambio las interpretaciones de Susana Abaitua en su papel de infiltrada y la de quien le abre las puertas de ETA, Begoña (Iraia Elías). Este último personaje es el mejor perfilado. Se trata de una directora de eikastola y madre de dos hijos a los que tiene que abandonar cuando pasa a la clandestinidad. Begoña es muy consciente de su situación y le advierte a Amaia que "si eres abertzale no tienes vida privada. Sabes que vas a acabar en la cárcel o muerto". 

El objetivo declarado de la operación es conseguir la ubicación de los cinco zulos más importantes de ETA en el sur de Francia, aquellos donde la banda terrorista escondía su más valioso arsenal de armas y dinero. Aunque falte drama en la cinta lo que no falta es intensidad. La operación policial siempre está en vilo. El peligro de que la infiltrada sea descubierta también. 

Hay una escena cumbre donde Amaia hace de chófer cuando llevan a ejecutar a un infiltrado del ejército español. Uff. Otro momento destacado es cuando ella misma abandona la infiltración por su deseo de casarse con un novio al que tiene medio abandonado; pero la rebelión de la sociedad vasca ante el asesinato del concejal Miguel Angel Blanco le inspira de nuevo para reintegrarse y llevar la operación hasta el final. 


Se agradece que la película tenga un planteamiento y una realización de estilo clásico. La historia funciona con la precisión que exige un thriller.


viernes, 26 de septiembre de 2025

EL CAUTIVO - de Alejandro Amenábar

España,2025


Querido y admirado Alejandro Amenábar:
Por tus tres últimas películas estoy seguro de que la Historia te fascina y que eres un lector empedernido de crónicas. Que cuando descubriste a Hipatia te sedujo hasta el punto de hacerte leer todo lo referente a tan fascinante personaje y su tumultuosa época. Del mismo modo te atrajo ese momento de la historia de España que pudo haber sido un punto y seguido (...hasta que termine la guerra) en nuestra historia y sin embargo se convirtió en un paréntesis de pesadilla que dejó a España en suspenso durante 40 años.

No me cabe duda de que algo semejante te hizo clic en la historia del cautiverio de Cervantes en Argel, episodio que recreas en tu película. Esos cinco años en los que un joven Miguel de 28 años estuvo prisionero, llegando a participar en cuatro arriesgados intentos de fuga.

Quizás te llamó la atención su incipiente don para contar historias, cuestión que le granjea las simpatías de todos los prisioneros... y también las de un culto Hasán Bajá (Alessandro Borghi), su carcelero, del que acaba convirtiéndose en una especie de Sherezade. O quizás te tentó la oportunidad de descubrir su lado más íntimo y sensual más allá del personaje histórico. A lo mejor te atrajo el hecho de abordar -de nuevo- un momento clave del devenir histórico donde confluían dos historias, de las cuales sólo sobreviviría una. El mundo árabe contra el occidental, la voluptuosidad contra el ascetismo y la Inquisición. En tu película fantaseas con el hecho de que Cervantes llegara a entablar una relación afectiva con el Bajá, el cual lo tentó con una vida libre y hedónica junto a él en Constantinopla... en cuyo caso quizás no hubiese llegado a escribir el inmortal Quijote. Este Miguel, igual que el otro (Unamuno), vive un punto de inflexión que marcará su vida... y la Historia. 



Todo esto aparece en tu película, pero de una forma tan impostada que me deja frío. No entro en la polémica sobre si Cervantes tuvo pulsiones homosexuales o no. Me da igual. La ficción tiene la capacidad de crear su propia verdad. Mira, si no, cómo Tarantino hizo volar a Hitler por los aires en un cine de París. Pero tengo que decirte que tu película me parece sólo correcta, casi académica; lo que para mí significa carente de alma. Le falta consistencia y emoción. Las fugas que relatas carecen de tono aventurero. En las imágenes no hay brío. El Argel que nos muestras es preciosista, de cartón piedra. El cautiverio es poco hostil, ni tan siquiera sucio o violento. Las torturas quedan fuera de plano. El maltrato apenas se expresa en forma de gritos. No hay asfixia ni desesperación. Incluso las escenas pretendidamente eróticas son meras postales soft. Todo es demasiado pulcro y como dispuesto para que la cámara lo acaricie. Sin desgarro.

Pero hay dos asuntos que picaron mi interés, ambos relacionados con dos frailes. Lamentablemente pasas por ellos de puntillas pues yo creo que hubiesen insuflado un mayor vigor a tu película. Uno es el del taimado inquisidor Padre Blanco (Fernando Tejero), cautivo junto a Miguel. Dejas sus traiciones, delaciones y pecaminosos secretos en un muy segundo plano cuando podrían haberse erigido en una jugosa subtrama encabezada por un perverso villano. También hubiese fortalecido ese juego de contrastes entre la tolerante vida árabe y la intransigencia cristiana. Cuestión que en la película queda excesivamente simplificada. 

El otro asunto es el juego en torno a la ficción en el que se enredan deliciosamente el Padre Sosa (Miguel Rellán) 一narrador de los hechos一 y el aspirante a escritor. Aunque primero hay que decir que Miguel Rellán borda el papel de fraile cronista, comprensivo con las flaquezas humanas y custodio de sus propios pecados. Su interpretación aporta una incuestionable solidez y humanidad al relato. Él escribe sobre todo lo que ve, lo cual concibe como la descripción del Infierno en la Tierra "con permiso del gran Dante". Aunque este Infierno en la pantalla no se ve. 

Él es el que incita a Miguel a crear la historia de la fuga de los cautivos gracias a la ayuda de una musulmana conversa. Ésta es la espita que alivia a todos la aflicción del cautiverio y da a Cervantes la oportunidad de iniciar su andadura como narrador. Las secuencias de esta fuga literaria se solapan con las de la realidad del cautiverio compartiendo personajes y contexto; de ahí que cuando una de las fugas es descubierta por el Bajá surge un momento mágico (pero desaprovechado) en el que el Bajá exige conocer al autor de la fugapero a cual, ¿al autor literario o al conspirador?. Cervantes aparece maniatado y sangrando por los golpes. Ante la insistencia del Bajá cuestionándole por el autor, Miguel una vez responde "yo", otra vez señala al padre Sosa e incluso en otra ocasión mira al renegado Dorador (Luis Callejo) que los ayudó.



Recordemos que uno de los asuntos más modernos de El Quijote es su anticipación de siglos en cuanto a la inclusión de elementos metaliterarios en su obra. Como todos saben, entre la publicación de la primera y la segunda parte de El Quijote pasaron diez años de tiempo histórico que se convierten en unos treinta días en la novela. A partir de ahí Cervantes introduce un innovador juego metaliterario. Su genialidad consiste en hacernos creer que hay varios narradores ajenos a él. Hasta la aventura del vizcaíno el narrador asegura haberse inspirado en unos documentos históricos, y el resto está basado en el manuscrito encontrado de un tal Cide Hamete Benegeli, un cronista árabe. Esto permite a Cervantes combinar perfectamente la verosimilitud que reclamaba para el hecho literario con la narración de episodios inverosímiles producto de su imaginación. Esta cuarta dimensión está apuntada, pero del mismo modo desaprovechada en tu película. Lástima.

Salgo de la sala sin saber a qué juegas en 'El cautivo'. Si estás hablando de Cervantes o de ti. Sobrevuela en mi mente la frase con que un personaje califica a Miguel en un momento dado: «el impostor más grande que conozco». Está claro que no es una película de aventuras. Tampoco hay épica en nuestro héroe. El choque de civilizaciones que vimos en Ágora está ausente. El cautiverio parece la piedra de toque que desata el talento de Cervantes, pero tu cuentacuentos no nos embruja. Lo peor es que la cámara no parece tuya, se convierte en una simple lente mecánica en manos de un alumno aventajado de la Escuela de Cine. Pero el hecho es que tú saliste por la puerta grande de la Facultad realizando la perturbadora Tesis, te lanzaste a conquistar el mundo con la fantasía philipdickiana de Abre los ojos y demostraste un talento inigualable explorando esa casa de terror mental que es Los otros. No soy quién para decirte esto, pero esos territorios todavía te están esperando.

domingo, 14 de septiembre de 2025

SIRĀT - de Oliver Laxe


SIRĀT es un viaje a ninguna parte. Una exploración del purgatorio donde están ubicados sus personajes. O de los límites adonde se acerca el ser humano para comprobar la aleatoriedad y futilidad de la vida. Una película radical, sin ningún género de dudas.

Luis viaja con su hijo hasta el desierto de Marruecos para buscar a su otra hija, una joven ofuscada con la vida que se fue de casa meses atrás. Las pocas noticias que tienen de ella les indican que podría haber acudido a una rave en pleno desierto marroquí. Integrados en el delirio fiestero, con furgoneta camperizada y todo, van mostrando la fotografía de la joven a todo el mundo, pero sin resultado alguno.

Cuando llega el ejército para desmontar el jolgorio Luis logra unirse a un pequeño grupo que huye, adentrándose en el desierto. Según le dicen van a otra rave que se va a celebrar en un lugar más remoto y secreto. Puede que su hija acuda allí.

La película entonces se convierte en una road movie hacia la nada que nos recuerda a "El salario del miedo" (Clouzot, 1953), a 'Easy Rider' (D. Hopper, 1969) o incluso a la primigenia "Mad Max" (G. Miller, 1979), saga renacida para alumbrar estos tiempos oscuros. A ello contribuye el carácter desesperado del viaje, el territorio inhóspito que cruzan y las confusas noticias que llegan a este grupo errante sobre el aparente inicio de una guerra del alcance mundial.  

A Luis no le queda más remedio que encomendarse a estos cuatro exploradores extremos y enredarse en un viaje que -como ya intuimos- lo transformará. El viaje poco a poco se convierte en algo atroz. Ya no será iniciático, sino un descenso a los infiernos de la desesperación. 



La película logra algo casi imposible, convertirse en un trance, como reza su subtítulo. Algo que logra con la ayuda de un paisaje abrumador y una música lisérgica. La búsqueda de Luis se desarrolla en un entorno frenético, con la música de ritmo repetitivo a tope, algo que en la sala de cine se te incrusta en el pecho. Las primeras imágenes ya nos sumergen en esa especie de liturgia. Son unos prolongados minutos donde vemos instalar una larga hilera de altavoces que enseguida escupen sus potentes ritmos electrónicos mientras los cuerpos empiezan a vibrar y a retorcerse. Todo un ritual.

La película no creo que se proponga darnos a entender el por qué de las raves o su sentido pero, por un momento -sometidos como estamos a un ritmo repetitivo que se vuelve hipnótico-, nos parece intuir la poesía que hay detrás. También el desasosiego vital de unas gentes que sólo buscan aplacar la desesperación de una vida sin sentido. Ellos parecen conocer el fondo más oscuro de la vida y se entregan a un ritmo que lo ocupa todo y que parece absorber su consciencia. Aquí puedes escuchar su BSO.

La última esperanza de Luis está unida a esta tribu nómada en su viaje a ninguna parte. Todos ellos tienen sus vidas mutiladas, tal y como subraya el hecho de que a uno de ellos le falta una pierna y a otro una mano. Pero ninguno se rinde. Su viaje por momentos parece una temeridad. Como afrontar la vida. La película en ningún momento resulta moralizante. Sólo nos obliga a estar presentes en esta atormentada travesía. Poco a poco el ejército, las noticias o la civilización quedan atrás. Todo se desnuda. El paisaje, las expectativas, el mundo.



Ver esta película es una experiencia perturbadora. No te regala nada, ni te da tregua. Su periplo serpentea entre lo físico y lo espiritual. Como al propio Luis, este itinerario salvaje te va despojando de todos los engaños e insensateces con los que crees vivir hasta dejarte solo, con tu vulnerabilidad, en medio de la nada. 

Lo dicho. Toda una experiencia que se define desde el mismo título. Sirât, nos dice en su presentación la película, significa para el Islam la vía que conduce a la verdad. También da nombre al delgadísimo puente que une el infierno y el paraíso.

En una entrevista, el director sentenciaba: Con esta película expreso mi visión de la vida. El significado literal de sirât es "el camino". La vida es un camino con curvas; tiene callejones a ambos lados. La vida te sacude; no llama a la puerta. Aparece, te sacude de repente y te pregunta: "¿Quién eres?".






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O. Laxe en el rodaje de Sirât
Oliver Laxe es una figura singular en el cine español. Nacido en París, hijo de padres gallegos emigrantes, regresó con ellos a la tierra de origen. Estudió cine en Barcelona, emigró a Londres y después vivió muchos años en Marruecos, donde se interesó por el sufismo y lo estudió. Allí impartió un taller de cine para niños en riesgo de exclusión, que fue el origen de su primer largometraje, el documental Todos vosotros sois capitanes (2010). Con él ganó el Premio FIPRESCI del Festival de Cannes con el que el director ha establecido un idilio ya que también ganó allí el Gran Premio de la Semana de la Crítica en 2016 por 'Mimosas' y el Premio del Jurado en la sección Un certain regard en 2019 por 'O que arde'.
"Mimosas" es una suerte de western contemporáneo de autor en el que se combinan como monturas los caballos y los destartalados taxis. Rodada en la región montañosa del Atlas marroquí, arranca con un anciano que desea morir y ser enterrado en el lugar en el que nació. Así se desarrollaba un viaje iniciático con dilema moral que termina en redención mediante el sacrificio. Esto último es relevante, porque está vinculado con el nuevo viaje iniciático que se emprende en Sirât.
Entre Mimosas y Sirât, rodó en un valle de la Galicia interior Lo que arde, sobre un pirómano que, tras cumplir condena, regresa a la casa de su anciana madre en el lugar en el que incendió el bosque. Puede sonar a crudo drama rural, pero el cine de Laxe tira siempre hacia la dimensión poética y espiritual. Los hipnóticos cinco minutos iniciales de esta película bastan para evidenciar que estamos ante un cineasta notable. Parte del mérito de la fuerza de sus imágenes hay que atribuírselo al director de fotografía Mauro Herce, con el que ha rodado todas sus obras desde Mimosas. En Sirât el trabajo de Herce es portentoso. 
Perfil extraído de la web Letra Global

viernes, 11 de julio de 2025

TIERRA de NADIE - de Albert Pintó

España, 2025

Acabo de ver una gran película esta noche. Se titula Tierra de nadie y es una sencilla película de género (narco) pero hecha con habilidad y primor. Se sostiene sobre tres patas muy firmes: un ajustado guión de Fernando Navarro, una dirección con un gran sentido del ritmo y la composición y unas interpretaciones impecables de tres secundarios de lujo convertidos aquí en protagonistas: Luis Zahera, Karra Elejalde y Jesús Carroza. Aunque no me quiero olvidar de un cuarto, otro secundario, que es uno de mis actores preferidos de estos últimos 15 años, el gran Vicente Romero. ¡Que cuatro actorazos!

Esa Tierra de nadie de la que habla el título es la costa de Cádiz, convertida desde hace demasiados años en la puerta de entrada a Europa del narcotráfico. Los cárteles sudamericanos son demasiado potentes y violentos como para que una Guardia Civil con escasos recursos humanos y materiales les haga frente. Este es el caldo de cultivo en el que se van a enfrentar tres amigos de toda la vida a los que el destino ha llevado por distintos derroteros. Mateo "El Gallego" (Luis Zahera) es un indomable capitán de la Guardia Civil que vigila las fronteras desde hace demasiados años... y que está a punto de convertirse en un policía quemado. El sistema parece hacer inútil su trabajo. Benito "El Yeye" (Jesús Carroza) es un resignado joven que está viendo cómo la vida se le escapa entre las manos sin lograr sacarle partido. Y Juan "El Antxale" (Karra Elejalde), un hijo de pescadores que el paro empujó al narcotráfico. Tres amigos atrapados en un polvorín a punto de explotar que pondrá a prueba su amistad.



La película se inicia con la detención de un yate que porta un alijo de droga. Este hecho es el punto de inflexión que nos lleva a conocer el entorno de estos tres colegas. Mientras El Gallego ve cómo los traficantes detenidos son soltados al día siguiente, El Yeye regenta el depósito judicial donde se custodia el barco decomisado y El Antxale se reúne con el cártel colombiano dueño del alijo para exigirle cuentas por utilizar su territorio. 
La tensión se masca. 
Los colombianos no se conforman con perder la carga. Son tipos fieros a los que nos les importa nada. Finalmente el traslado rutinario del yate, para que una juez levante acta, se convertirá en un duelo a muerte para dirimir quien controla esa tierra de nadie. 

Tanto el tema criminal como ese territorio andaluz tan inhóspito y sin oportunidades, nos remite irremediablemente a la excelente La Isla Mínima (Alberto Rodríguez, 2014). También un estilo denso y afiebrado, que describe una situación enquistada que amenaza tragedia.



La película es muy directa, como corresponde a una cinta de género. Las circunstancias personales de cada protagonista y la situación general del narcotráfico en Cádiz se nos muestra con sólo dos brochazos. El primero nos ilumina sobre los sinsabores de unas vidas en descomposición. Los tres coinciden una noche de copas en un chiringuito  para certificar su nostalgia de una amistad que la vida fue llenando de agujeros. El otro se ventila en un amargo diálogo entre la juez y el policía. 
No se necesita más. Prima la acción. 
Los colombianos están matando gente para ajustar cuentas y recuperar su alijo. Cuando el barco inicia su traslado cada bando tiene sus bazas bien guardadas y las garras afiladas.

Me ha gustado el guión tan ajustado que firma Fernando Navarro (Verónica, Bajo Cero) y también las escenas de acción, muy bien rodadas. Como la inicial del asalto y detención del yate en alta mar. Aunque todavía es mejor la escena en la que dos guardias civiles detienen un camión en el puente de la Constitución, en la bahía de Cádiz, para realizar un registro. El suspense hace que el tiempo se detenga. Los dos policías se saben en inferioridad y que la situación está a punto de desbordarlos. Lo mismo ocurre cuando "El Antxale", llega a su casa una noche y empieza a oír crujidos en la habitación de al lado. Uff. Tanto él como los espectadores nos tememos lo peor.

La dirección de Pintó es muy efectiva y la música de Sara Cáceres Huerta subraya con acierto el suspense que nos mantiene cogidos por las solapas. El tiroteo de la escena final con los tres amigos acorralados en las marismas por los colombianos es de los que te deja pegado al sillón.



Creo que el cine español ha descubierto un territorio malsano en la costa andaluza que ofrece mucho rédito. Se beneficia de que es una especie de frontera donde se acumulan personajes turbios, buscavidas y fracasados. Así se aprecia en Toro (Kike Maíllo, 2016), El Niño (Daniel Monzón, 2016) o La maniobra de la tortuga, (Juan Miguel del Castillo, 2022). 

Todas ellas lucen lugares emblemáticos, tal y como aquí brillan el puente de la Constitución 1812, conocido como La Pepa, o la maravillosa playa de la Caleta. 

Puente de la Constitución 1812 en la Bahía de Cádiz


















Albert Pintó ha dirigido anteriormente Matar a Dios y Malasaña 32