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lunes, 21 de noviembre de 2022

EL MAESTRO y MARGARTIA - de Mijaíl Bulgákov




Cultivador como soy de la cultura hago caso al dictador Putin para mantener viva la cultura rusa y no cancelarla. Por ese motivo volví a sacar mi edición de El Maestro y Margarita para deleitarme con su ironía y amargura supremas. Si no fuese tan trágico sería grotesco que la cultura dependiese de un tipo de la calaña de Putin.

Esto viene a cuento de la polémica mundial que se ha generado por la cancelación* en Occidente de todo tipo de actividades y contratos culturales relacionados con instituciones y personajes rusos que apoyan abiertamente la invasión de Ucrania. Se trata de elevar un clamor contra una guerra imperialista y arbitraria además de no alimentar con dinero y propaganda al agresivo oso ruso. Por supuesto se trata de una situación compleja sobre la que sigue existiendo un debate. ¿Cualquier artista ruso debe ser boicoteado por el simple hecho de ser ruso? ¿Sólo si muestra un apoyo público a Putin? ¿Esto es efectivo o corremos el peligro de alimentar la rusofobia?

Por supuesto el dictador Putin aprovechó el debate para presentarse como defensor de la “cultura” frente a la “barbarie” de Occidente. La realidad es que Putin sólo engaña a las ovejas de su redil de acero. Con él no hay libertad de expresión, ni de prensa, ni opciones para una oposición política libre. El exilio, la cárcel o el asesinato esperan a quien ose oponerse. Putin sólo permite la cultura servil que lo adule a él y a su idea imperialista de Rusia.

Mijaíl Bulgákov sí es un representante genuino de lo mejor de la cultura rusa y sufriría con Putin lo mismo o más que sufrió con Stalin; al fin y al cabo, el dictador georgiano admiraba las obras teatrales de Bulgákov. Pero el autor se enfrentó al tirano, en contra de toda censura y a favor de la libertad de creación artística, por lo que fue enterrado en vida negándosele la posibilidad de publicar, así como la de salir de Rusia. Con Putin no le hubiese ido mejor, suele encarcelar o asesinar a sus detractores, como atestigua el hecho de que a día de hoy más de 300 periodistas han perdido la vida en Rusia desde su ascenso al poder. A esta cifra hay que sumar un buen número de empresarios y activistas que han sido envenenados o asesinados a tiro limpio sin que el Kremlin se haya inmutado o promovido investigación alguna (el último, por ahora, el vicegobernador de Jersón). Muchos expertos en Rusia resumen el modo de actuar de Putin como “mafioso”, al ejercer un control absoluto del estado, incluida la judicatura, amañar las elecciones y practicar tácticas criminales para quitar de en medio a las voces disidentes.
Los secuaces del diablo, el gato Behemot y Azazello

De ahí que la obra de Bulgákov esté plenamente vigente. Stalin y Putin son tiranos y comparten un ansia imperialista que en ambos casos impactó en Ucrania. Bulgákov escribió El Maestro y Margarita en los años 30 del siglo XX, cuando Stalin ejercía un poder omnímodo, implantaba sus delirantes planes quinquenales y decretaba el genocidio ucraniano conocido como Holomodor, causando más de tres millones de muertos por hambre. En El Maestro y Margarita Bulgákov ridiculiza a una sociedad rusa aborregada, así como a unos estamentos culturales y políticos más preocupados por la sumisión al poder que por cualquier creación artística. Los críticos oficiales y la Asociación de Escritores dictaban lo que era válido en literatura y Bulgákov centra en ellos buena parte de su burla. La novela cuenta la visita del diablo a Moscú junto a un pequeño séquito, los cuales desencadenan toda una serie de disparatadas peripecias que ponen en solfa la burocracia, estupidez y cobardía de la sociedad soviética. Por ejemplo, en una escena les piden a dos de los ayudantes del diablo el carnet de escritor:
"—Los carnets, por favor —dijo ella mirando sorprendida los impertinentes de Koróviev y el hornillo de Popota y su codo roto.
—Mil perdones, pero, ¿qué carnets? —pregunto Koróviev, extrañado.
—¿Son ustedes escritores? —preguntó a su vez la ciudadana.
—Naturalmente —contestó Koróviev con dignidad.
—¡Sus carnets! —repitió la ciudadana.
—Mi encanto... —empezó dulcemente Koróviev.
—No soy ningún encanto —le interrumpió la ciudadana.
—¡Ah! ¡Qué pena! —dijo Koróviev con desilusión y continuó—: Bien, si usted no desea ser encanto, lo que hubiera sido muy agradable, puede no serlo. Dígame, ¿es que para convencerse de que Dostoievski es un escritor, es necesario pedirle su carnet? Coja cinco páginas cualesquiera de alguna de sus novelas y se convencerá sin necesidad de carnet de que es escritor. ¡Y me sospecho que nunca tuvo carnet! ¿Qué crees? —Koróviev se dirigió a Popota.
—Apuesto a que no lo tenía —contestó Popota, dejando el hornillo en la mesa junto al libro y secándose con la mano el sudor de su frente, manchada de hollín.
—Usted no es Dostoievski —dijo la ciudadana, desconcertada, dirigiéndose a Koróviev.
—¿Quién sabe?, ¿quién sabe? —contestó él.
—Dostoievski ha muerto —dijo la ciudadana, pero no muy convencida.
—¡Protesto! —exclamó Popota con calor—. ¡Dostoievski es inmortal!"
Mijaíl Bulgákov (1891-1940) ya había triunfado como autor teatral cuando Stalin comenzó a marcarlo muy de cerca. La primera novela que había publicado, La Guardia Blanca, había cosechado un éxito notable, pero tenía un déficit peligroso, los protagonistas eran campesinos que luchaban contra los bolcheviques y no contenía ningún héroe comunista. A pesar de ello Stalin era un admirador de la obra de Bulgákov, se dice que vio quince veces la adaptación teatral de La guardia blanca, titulada Los días de los Turbin. Pero la libertad artística del escritor era una amenaza. Su mirada satírica sobre los funcionarios de la cultura en la obra "Zoikina Kvartira" (1926) motivó la creciente censura de sus obras y por lo tanto la falta de ingresos. Ante esta situación Bulgákov le escribió a Stalin una carta desesperada, en 1930, donde le pedía poder salir de Rusia para poder ganarse la vida. A la vez hacía en ella una declaración de principios, conmovedoramente sincera ante la barbarie, sobre la importancia y necesidad de la libertad artística:
‘la lucha contra la censura, de cualquier tipo y bajo cualquier gobierno, es mi deber como escritor, tanto como lo es apelar por la libertad de prensa. Creo firmemente en esta libertad, e incluso diría que, si un escritor sugiriera solamente que esta libertad no es necesaria, sería lo mismo que si un pez declarase que no necesita el agua’.
La respuesta del tirano fue bloquear sus escritos, impedirle salir de la URSS y condenarle a un trabajo de ayudante en un teatro. Bulgákov no vio publicada una sola línea de sus escritos durante los últimos trece años de su vida. En dramas posteriores como Molière y Pushkin aparece una temática que lo obsesionaba, la relación entre el artista y el poder.
Composición con los temas de "El Maestro y Margarita"

Silenciado como artista y postrado como ciudadano llama la atención que crease una novela como esta, con un tono tan desenfadado y fantástico. En algún momento de la lectura me ha recordado a Alicia en el País de las Maravillas, y no sólo por la presencia de un gato (perverso y aficionado al vodka en este caso), sino por la descripción de una realidad con la lógica trastocada donde se instala el disparate. Bulgákov describe una sociedad donde nada es lo que parece. Los moscovitas llevaban décadas mintiéndose rutinariamente, fingiendo que vivían en un paraíso; donde la realidad era sustituida por el relato oficial. Un lugar donde las personas corruptas y dóciles recibían recompensa. Bulgákov se basó en esta vida falaz para confeccionar su novela y dinamitar ese régimen de apariencias a través de la imaginación, el absurdo, la sátira y el humor. 

El novelista ruso Viktor Pelevin dijo que era casi imposible explicar a cualquiera que no hubiera vivido la vida soviética lo que esta novela significó para la gente: “El Maestro y Margarita ni siquiera se molesta en ser antisoviética, pero leer este libro te libera instantáneamente. No te libera de algunas viejas ideas en particular, sino del hipnotismo de todo el orden de las cosas”.

El Maestro y Margarita es una gran ópera bufa sobre la miseria humana, el miedo y la indignidad. Comienza con el diablo llegando a Moscú con una panda de demonios tan taimados como irresistibles: el fino Koróviev (otras veces llamado Fagot), el bruto Azazello, pelirrojo, tuerto y con un colmillo sobresaliente; y el descacharrante Behemot (también llamado Popota), un gato negro, gordo y sarcástico, puesto que sabe hablar, que reparte sus aficiones entre beber vodka, jugar al ajedrez y decapitar majaderos. En menor medida aparece la bella y aterradora Hella, que suele pasearse desnuda. Allí donde aparecen se desencadena el caos y revela la estupidez.

Esculturas de Koróviev y Behemot en un parque de Moscú







Los elementos fantásticos permiten a Bulgákov lanzar una sátira contra la mendacidad de los círculos literarios moscovitas pero, sobre todo, escapar de la realidad del estalinismo hacia un reino donde imperan la verdad y la justicia poética. Paradójicamente la liberación de la estupidez y la cobardía la proporcionará el diablo, dado que Stalin es dios y la sociedad soviética el nuevo paraíso.

Sin duda se trata de un gran clásico ruso, pero tan mordazmente original que nada tiene que ver con otros clásicos rusos como Guerra y Paz, Los Hermanos Karamazov, Ana Karenina o Crimen y Castigo. Al dramatismo de éstos opone ligereza, a la profundidad psicológica un satírico ingenio y al retrato histórico un conjunto de situaciones grotescas muchas veces hilarantes. Si hubiese que buscarle un compañero de baile no podría ser otro que el maestro Gogol, con cuya Almas muertas guarda semejanzas.

La novela se abre con una conversación entre Berlioz, editor y presidente del club de escritores soviéticos Massolit, y el poeta Ivan Nikoláyevich, apodado Desamparado. Debaten sobre la inexistencia de Dios cuando se presenta Voland, el mismísimo diablo, acompañado por sus grotescos secuaces. Voland se sumerge de inmediato en el debate y asegura que por lo menos Jesucristo existe, ya que él lo vio cuando visitó a Pilatos. También vaticina la muerte del editor que, efectivamente, sucede a los pocos minutos, cuando es decapitado por un tranvía en un absurdo accidente. Todo esto sucede en las primeras páginas y fija a los contendientes de la novela: la encorseta sociedad y los organismos moscovitas por un lado y el diablo y su séquito por otro, dedicados a subvertir todo orden establecido.

A continuación, el poeta y testigo del incidente, escucha a Voland contar una extraña historia sobre Poncio Pilato justo antes de escapar por las calles de Moscú. Desamparado los persigue receloso, sufriendo todo tipo de percances hasta acabar trastornado e ingresado en un manicomio. Allí conoce al Maestro, un escritor que precisamente ha escrito una novela sobre el filósofo errante Joshuá Ga-Nozri (Jesús) y el procurador Poncio Pilatos. La obra fue repudiada por el estamento literario oficial provocando el hundimiento del autor que quemó el manuscrito y se recluyó en el psiquiátrico. Los capítulos de esta novela sobre Pilatos aparecen intercalados en el libro, como una novela dentro de la novela.

Fuera del manicomio, Voland se apodera del piso de Berlioz organizando allí todo tipo de desafueros y disparates que culminan con un espectáculo de magia en el gran teatro de Varietés. Allí Voland ridiculiza a la sociedad moscovita desnudando sus miserias: las damas son invitadas al escenario para cambiar su vestimenta por vestidos de lujo, pero cuando salen a la calle resulta que van desnudas. Mientras que los hombres recogen con jolgorio los billetes de rublos que llueven desde el techo, para comprobar después, en las tabernas, que justo al gastarse se vuelven a convertir en simples trozos de papel.

Este piso que Berlioz compartía precisamente con el director del Teatro Varietés, apartamento 50 del inmueble 302bis de la calle Sadóvaya, tiene un papel protagonista y simbólico en la novela.  Se presenta en el capítulo 7 que se titula precisamente "Un apartamento misterioso". En él se relata la multitud de historias que circulaban sobre "los desaparecidos del piso maldito". Una referencia nada velada a las desapariciones repentinas que practicaba el estanilismo. Bulgákov recoge el asunto con negrísimo humor y hace que cualquiera de los que estorba a Voland desaparezca sin dejar rastro: como el pobre Stiopa Lijodéyev, director del Teatro Varietés que, en medio de una discusión con Voland, sintió que la habitación giraba hasta acabar sentado y mareado a mil quinientos kilómetros, en los muelles de Yalta ¡!. 

Si la primera parte de la novela se centra en las barrabasadas de Voland y su cuadrilla, la segunda pone el foco en Margarita, joven que renuncia a una vida acomodada con su marido por el amor incondicional hacia el Maestro y su obra. De hecho el primer capítulo del Libro segundo comienza así:
"¡Adelante lector! ¿Quién te ha dicho que no puede haber amor verdadero, fiel y eterno en el mundo, que no existe? ¡Que le corten la lengua repugnante a ese mentiroso!
¡Sígueme, lector, a mí, y sólo a mí, yo te mostraré ese amor!"
Ella será la fiel amante y valedora del Maestro incluso cuando desaparece para ingresar en el manicomio. Cuando ya Voland ha sembrado el caos en Moscú, organiza el Gran Baile del Plenilunio Primaveral (coincidente con el Viernes Santo) al que invita a Margarita. Para premiar su amor y lealtad le ofrece convertirla en una bruja con poderes mágicos. Ella acepta y vuela desnuda sobre un Moscú donde se extienden los incendios y la confusión. Además Voland le concede el deseo de liberar al Maestro, tanto del manicomio como de la pérdida de su obra. Para convencer al escéptico Maestro, Voland hace aparecer el manuscrito pronunciando una de las sentencias más memorables del libro: "los manuscritos no arden". 

Con el Maestro y su obra rescatados Voland invita a beber a la pareja el mismo vino de Falerno que bebía el procurador de Judea. Mueren envenenados pero resucitan y Voland les hace volar sobre unos corceles negros hasta una especie de limbo donde se encuentran a Pilatos atormentado por los remordimientos de haber condenado a un inocente. Durante siglos ha tenido una pesadilla recurrente: un camino de luz hacia la luna que le llevaría al perdón de Joshuá; pero que algo le impide tomar. Entonces Voland le indica al Maestro que su novela está sin concluir y que puede hacerlo con una sola frase. El Maestro grita: "¡Libre! ¡libre! ¡Te está esperando!" Propiciando que Pilatos pueda acabar su tormento. 

El Maestro pretende seguir esa misma luz, pero Voland se lo impide. Siguiendo una solicitud de Joshuá le indica una casa eterna donde podrá vivir en paz.
¿No dirá que no le gustaría pasear con su amada bajo los cerezos en flor y por las tardes escuchar música de Schubert? ¿No le gustaría, como Fausto, estar sobre una retorta con la esperanza de crear un nuevo homúnculo? ¡Allí irá usted! Allí le espera una casa con un viejo criado, las velas ya están encendidas y pronto se apagarán, porque en seguida llegará el amanecer. ¡Por ese camino, maestro, por ese camino! ¡Adiós, ya es hora de que me marche!
Un final que es célebre por su ambigüedad.
Voland les otorga la paz, pero no la "luz" de la salvación eterna. ¿Por qué Bulgákov no los absuelve y envía al cielo? ¿Por qué tanto Joshuá como el Diablo parecen estar de acuerdo en su "castigo"? Yo creo ver la clave en una frase: "Alguien dejaba libre al maestro, igual que él acababa de liberar a su héroe creado". No se trataba de ganar el cielo o la salvación, sino la libertad para crear, fin supremo para Bulgákov. 

Fausto y Mefistófeles


Como se ve la novela se compone de tres historias interrelacionadas: las peripecias de Voland y compañía sembrando el caos en Moscú, la historia de amor entre el Maestro y Margarita y la novela sobre las dudas de Pilatos. Una trama fácil de resumir pero no de interpretar.

Lo más evidente es considerarla una obra satírico-política ya que Voland y sus secuaces logran poner en solfa la mezquindad y la codicia propios de un sistema político tiránico. Incluso se puede jugar a sustituir a los personajes por figuras históricas del Moscú estalinista: ahí están reflejados el fanático e intolerante Leopold Averbackh como dirigente del RAPP, (Asociación Rusa de Escritores Proletarios) o los juicios sumarios de la represión estalinista en la injusta condena de Joshuá. Incluso no faltan las invectivas sobre el hambre de la población, la corrupción de los burócratas o el problema endémico de la vivienda. 
"—¿Esto? ¡Sencillísimo! —contestó—. Quien conozca bien la quinta dimensión puede ampliar cualquier local todo lo que quiera y sin ningún esfuerzo, y además, le diré, estimada señora, que hasta unos límites incalculables. Yo, personalmente —siguió Koróviev—, he conocido a gente que no tenía ni la menor idea sobre la quinta dimensión, ni sobre nada, y que hacía verdaderos milagros en eso de agrandar sus viviendas. Por ejemplo, me han hablado de un ciudadano que recibió un piso de tres habitaciones y, sin conocer la quinta dimensión ni demás trucos, la convirtió en un piso de cuatro, dividiendo con un tabique una de las habitaciones. Después cambió este piso por dos separados en distintos barrios de Moscú: uno de tres y otro de dos habitaciones. Convendrá usted conmigo en que ya eran cinco habitaciones. Uno de ellos lo cambió por dos pisos de dos y, como fácilmente comprenderá, se hizo dueño de seis habitaciones, aunque completamente dispersas en Moscú. Cuando se disponía a efectuar el último canje, y el más brillante, insertando un anuncio para cambiar seis habitaciones en distintos barrios por un piso de cinco, sus actividades, y por razones ajenas a su voluntad, quedaron paralizadas. Puede que ahora tenga alguna habitación, pero me atrevo a asegurar que no será en Moscú."
Pero el protagonismo de un diablo tan distinguido como desconcertante y la novela inserta sobre Pilatos nos abocan a una interpretación ética más que religiosa; sin olvidar que Margarita y su pacto con el diablo nos remiten directamente al mito de Fausto (aunque con un cambio muy significativo de papeles, ya que es Margarita quien pacta y salva al pusilánime Maestro). Me llama mucho la atención Margarita, un personaje muy moderno y resuelto que se convierte en el centro neurálgico donde confluyen tanto Voland, como el Maestro y su obra. Recordemos que la novela de Pilatos es destruida justo cuando ella y el Maestro se separan y su restauración coincide con su reencuentro. Yo creo que su coraje representa el otro extremo de la cobardía que tanto pesar causa al Maestro (y a Bulgákov): Joshuá había definido la cobardía como el más grande defecto del hombre; mientras que el Maestro por su parte, cuando resucita tras ser envenenado, le anuncia a Margarita, "Nunca me permitiré la cobardía".

La cobardía y el poder están muy relacionados y Bulgákov pone en la boca de Joshuá, cuando cena en casa de Judas de Kerioth, la opinión sobre el poder político que acabará condenándolo:
“(…) que cualquier poder es un acto de violencia contra el hombre y que llegará un día en el que no existirá ni el poder de los césares ni ningún otro. El hombre formará parte del reino de la verdad y de la justicia, donde no es necesario ningún poder”


Entre las muchas cuestiones que suscita la novela quisiera destacar dos.
La primera es la poderosa reflexión que la obra realiza sobre el arte y el artista. El Maestro representa al artista íntegro, casi místico, dedicado en cuerpo y alma a la búsqueda de la verdad y la belleza, cifrada en la escritura de su libro. Tanto Joshuá como el Maestro (y Bulgákov) serán quebrantados por la ignominia. La obra será rechazada por los estamentos literarios de Moscú a la vez que Pilatos, aun sabiendo de la inocencia de Joshuá, acatará la condena que la sociedad le impone.

El Maestro y Margarita se convierte así en un testimonio de la necesidad del arte y la libertad de expresión en tiempos de represión. Bulgákov estuvo trabajando en la novela durante los últimos trece años de su vida (1928-19490) y podemos pensar que la escritura fue el salvavidas creativo al que se aferró en el océano embrutecedor de la Rusia estalinista. Al concluir su novela el Maestro reconoce que ese día “su vida llegó a su fin”.


La segunda cuestión a destacar es la extraña convivencia que se produce en la novela entre el bien y mal. Bulgákov defiende que ambos deben coexistir. Se necesitan. Voland necesita la fe en Dios para obtener poder. Esto también posibilita que las personas cosechen las recompensas o castigos que merezcan. De hecho, Voland castiga a los malhechores (el gerente del teatro también es decapitado por “decir mentiras”) mientras recompensa a Margarita por su devoción, lealtad y valentía. También sitúa al Maestro en un mundo de paz a instancias de Joshuá. El bien y el mal trabajan juntos para proporcionar justicia y equilibrio a nuestras vidas, tal y como Voland argumenta convincentemente:
"Has pronunciado las palabras como si no reconocieras la existencia del mal y de las sombras. Por qué no eres un poco amable y te detienes a pensar en lo siguiente: ¿qué haría tu bien si no existiera el mal y qué aspecto tendría la tierra si desaparecieran las sombras? Los hombres y los objetos producen sombras. Ésta es la sombra de mi espada. También hay sombras de árboles y seres vivos. ¿No querrás raspar toda la tierra, arrancar los árboles y todo lo vivo para gozar de la luz desnuda? Eres un necio."
Finalmente dedicaré unas líneas a la inserción de una novela sobre Pilatos que en principio choca. Me parece un elemento accesorio que cumple una función simbólica centrada en los temas de cobardía, traición y redención. Bulgákov utiliza el símbolo universal que es Jesús, pero cambiando nombres y circunstancias (Judas no se ahorca sino que es asesinado, Pilatos aprecia a Joshuá y éste, en la cruz, no interpela a Dios) para convertirlo en un hombre común ⎼Joshuá Ga-Nozri⎼; cuyos bienes supremos son la verdad y la justicia, no la fe; mientras critica la cobardía. Un hombre como Bulgákov, una víctima más de la arbitrariedad del Poder.















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Mijaíl Afanásievich Bulgákov nació el 15 de mayo de 1891 en Kiev, en pleno Imperio ruso, y murió el 10 de marzo de 1940 en Moscú, durante el absolutismo soviético. Fue dramaturgo de éxito y novelista. Bulgákov tenía una evidente vena satírica que plasmó también en obras como "Corazón de Perro" y "Los huevos fatales". 
Condenado al ostracismo murió sin llegar a cumplir los cincuenta años ni ver publicada la novela en que estuvo trabajando desde 1928. En 1930 quemó una primera versión de su manuscrito como medida preventiva, cuando se enteró que otra de sus obras había sido prohibida por el gobierno de la Unión Soviética. Al año siguiente la reescribió de memoria y en 1936 comienza a redactar una tercera versión, que siguió corrigiendo hasta su muerte. 
Su tercera y última esposa, su fiel Elena Sergeievna, será como la Margarita de la novela y velará por su memoria personal y literaria con coraje y dedicación. Custodió la obra en secreto durante años hasta que pudo circular entre los amigos bajo el formato de samizdat (edición doméstica y clandestina), hasta que se pudo editar en 1967, en un periodo de deshielo de la censura, aunque con notables amputaciones.
Algunos críticos consideran que la novela está inacabada pues Bulgákov escribió al menos seis versiones de la misma y murió antes de poder revisar completamente la segunda parte. Recientemente, la editorial Nevski (especializada en literatura rusa) ha publicado la que hoy en día se considera edición íntegra y canónica, llevada a cabo por la especialista rusa Marietta Chudakova, contando con la traducción de Marta Rebón.

domingo, 21 de marzo de 2021

NOSOTROS - de Evgueni I. Zamiátin



Tengo que decir que las utopías y distopías no son lo mío. Pergeñar todo un sistema social, económico y judicial con sus usos y costumbres particulares es un asunto demasiado complejo y considero que en muchas obras su presentación adolece de simple y esquemática. Más si encima la sociedad se presenta con calles vacías de cualquier ajetreo y con grupos de personas silenciosas y uniformes que, como zombis, apenas siguen cuatro directrices: obedece, admira al líder, come, duerme. Esas sociedades me parecen poco menos que caricaturas y excesivamente artificiales.

Me interesan más las partes de estos relatos que se centran en un protagonista alienado que desconoce el mapa general del sistema. Y todavía me interesa más el camino que sigue hasta descubrir las rendijas de los muros y romper su condicionamiento social e intelectual para apreciar las férreas normas que lo atenazan. 

Todo esto lo encuentro en esta novela de Evgueni Zamiátin. Los apuntes generales del sistema son escuetos y generales, pero aquí tienen el atractivo de delatar una profunda sátira sobre la colectivización uniforme y adormecedora: el Estado Único, el día de la Unanimidad o las Tablas de la Ley como panacea para resolver todas las inquietudes humanas (guerra, pobreza, miedos o inseguridad) parecen un gran sarcasmo. En el libro podemos leer: «¿Con qué sueña la gente? Con alguien que les diga de una vez por todas en qué consiste la felicidad y que luego les encadene a ella».
"Las Tablas de la Ley hacen de cada uno de nosotros el héroe de acero de un gran Poema. Cada mañana, con matemática precisión, nosotros, una legión de millones, nos levantamos como un solo hombre, a una misma hora, a un mismo minuto. A un mismo tiempo comenzamos nuestro trabajo y en el mismo instante lo acabamos. Así, fusionados en un cuerpo con millones de brazos, nos llevamos la cuchara a la boca en el momento determinado por la Tabla, a un mismo tiempo salimos a pasear y vamos al auditorio y a la sala de ejercicio de Taylor. A un mismo tiempo nos acostamos..." pág. 111


Después de la guerra de los Doscientos Años el Estado Único ha logrado una sociedad perfecta que permanece aislada del exterior por un Muro Verde. Fuera está lo salvaje, lo libre, lo ilógico; dentro rige la lógica que nos lleva a la paz y la felicidad. Ya no hay personas sino números y cada uno ocupa un puesto satisfactorio en un engranaje perfecto. El Estado Único está regido por el Benefactor, el cual se somete cada año al Día de la Unanimidad, elección a mano alzada donde todos los ciudadanos lo ratifican, entregándole "las llaves de la infranqueable fortaleza de nuestra felicidad".
"Nada que ver, desde luego, con las caóticas elecciones de los antiguos, cuyos resultados (resulta ridículo contarlo) no se conocían de antemano. ¿Qué puede haber más disparatado que fundar un Estado sobre la base de una ciega casualidad, absolutamente impredecible?" pág 224
En la ciudad de cristal y acero del Estado Único los hombres-número viven y trabajan con horarios fijos, siempre a la vista de todos, sin vida privada: el "yo" ha dejado lugar al "nosotros". La sociedad funciona sobre la base de unas Tablas de la Ley que regulan de forma estricta todas las acciones del día y de la noche: la hora de dormir, la hora destinada a pasear, el número de masticaciones que hay que hacer, las relaciones sexuales que hay que mantener..... La sociedad está guiada por la más estricta lógica como medio seguro para resolver cualquier aspiración humana. Se puede decir que, por la época en que fue escrito y su matemática regulación de todo, la obra es una burla de las pretensiones cientifistas del materialismo histórico.
"Seré sincero: aún no hemos encontrado una solución definitiva para el problema de la felicidad. Dos veces al día, de las 16 a las 17 y de las 21 a las 22 horas, el gigantesco organismo se divide en células individuales. Son las Horas de Asueto Personal que establecen las Tablas de la Ley. A esas horas, verán que los estores de algunas casas están castamente corridos, que unos marchan rítmicamente por la avenida al metálico son de la Marcha del Estado Único, otros (como yo ahora) están trabajando en su escritorio. Pero creo firmemente -llámenme idealista o soñador- que tarde o temprano encontraremos sitio para estas horas en la fórmula general. Algún día las Tablas de la Ley abarcarán los 86.400 segundos del día." pág. 111

Efectivamente el Estado Único se encarga de llevar a cabo las aspiraciones mesiánicas del estalinismo totalitario: la prioridad incondicional de la colectividad sobre el individuo, la primacía de la igualdad sobre la autonomía moral. Como buenos miembros del Estado Único los números deben suprimir todo sentimiento y deseo personal para entregarse sin reserva al ideal de una sociedad perfecta y armoniosa. En este Edén uniforme las garantías individuales, la autonomía moral o el orden jurídico se desprecian en aras de una conciencia de racionalismo extremo en favor del líder y de la colectividad.

Mucho antes de que Orwell imaginara su 1984 inundado de "telepantallas", Zamiátin ya nos presentó una ciudad con viviendas de cristal, en cuyas habitaciones totalmente transparentes sólo se cerraban las cortinas en la hora marcada para el sexo.
«A través de las paredes de cristal, a derecha e izquierda, creo ver mil veces repetida mi propia figura, mi habitación, mi traje y mis movimientos. Esto me anima: me veo como parte de algo enorme, potente, único. ¡Qué belleza tan precisa! Ni un gesto, curvatura o giro de más». pág. 129

Pero como dije más arriba, lo que más me interesa es la vivencia del protagonista y este D-503 que nos relata su experiencia nos ofrece un perfil denso y paradójico. Por un lado está más que satisfecho con su vida mecánica y ordenada en el Estado Único. Es el Ingeniero Constructor de la nave Integral, la que llevará ese mundo feliz hasta otros mundos y llega a decir del Benefactor, "nos ha atado sabiamente de pies y manos con los bienhechores lazos de la felicidad". Pero por otro lado, cuando conoce a I-330, una mujer independiente y de gran vitalidad, atisba la opresión en la que vive. Eso que bulle en su pecho va más allá de las Tablas de la Ley y de la lógica. Zamiátin presenta al amor como el elemento redentor de su protagonista. Aquí el amor equivale a rebelión y el instinto sexual al deseo de libertad.

El soplo que insufla autonomía en D-503 es de uno de los momentos más poéticos de la novela. Después de besar a I-330, D-503 se siente tan independiente como un planeta flotando en el vacío de la libertad.
"Sus labios insoportablemente dulces (supongo que por el sabor del licor) vertieron en mi boca un sorbo de aquel veneno abrasador, luego otro más, y otro. Caí de la tierra al vacío y, como un planeta independiente, empecé a girar, descendiendo cada vez más y más hondo, describiendo una trayectoria imprevisible." pág 150-51
No es el único número que acaba en una encrucijada. Hay otro personaje a través del que Zamiátin subraya la libertad y plenitud que ofrece el amor. O-90 está asignada como amante esporádica de D-503, pero finalmente, por encima de las prohibiciones de las Tablas de la Ley, quiere tener un hijo suyo. El deseo llega a ser tan intenso que persigue y ruega a D-503 por ese acto de amor. 

Pero que nadie piense que D-503 es un ser unidimensional. El combate entre su amor y su condicionamiento es épico, con victorias parciales en cada bando. Sus notas se contradicen de un día para otro. Su deseo de seguridad planta cara a la vida "ilógica" y salvaje: "
La quiero y por lo tanto quiero irme con ella, pero eso es delito", llega a escribir.
"Resulta asombroso comprobar hasta qué punto siguen activos los instintos criminales en la raza humana. Lo digo conscientemente: criminales. La libertad y la criminalidad están indisolublemente ligadas entre sí, como..., pues, como el movimiento de un aerotransportador y su velocidad. Si la velocidad es = 0, el aerotransportado no se mueve. Si la libertad del hombre = 0, este no cometerá crímenes. Está claro.
El único medio de preservar al hombre del crimen es eximirle de la libertad
." pág. 131
D-503 asume de tal modo la lógica del rebaño que incluso después de haberse entregado a I-330 y haber traspasado el Muro Verde, el raciocinio de la seguridad y la obediencia lo atenaza. Su combate interno se hace tan evidente que un compañero le dice con ironía: "malo, muy malo. Por lo visto se le ha formado un alma". Esa conciencia del yo acaba trayéndole por el camino de la amargura hasta llegar a cuestionarse "¿cómo explicar la enfermedad que describo en estas páginas?"

La novela adopta la forma de un diario íntimo que D-503 redacta, con la idea de que la Integral lleve esas notas hasta otros planetas explicando el "bienhechor yugo de la razón". 
"Tenéis por delante la tarea de imponer el bienhechor yugo de la razón a los ignotos seres de otros planetas -quizá aún en estado de salvaje libertad-. Si no comprenden que llevamos la felicidad matemáticamente infalible, nuestro deber es obligarles a ser felices."
Y es que D-503 es un firme defensor de la razón. Como buen ingeniero tiende a verlo todo como un gran engranaje donde cada pieza tiene su función. 
"Por la mañana estaba en el hangar donde se construye la Integral, cuando, de pronto, me fijé en las máquinas: con los ojos cerrados, los rodamientos de los reguladores giraban abstraídos; las manivelas, relucientes, se doblaban a derecha e izquierda; el balancín funcionaba soberbio en los ejes; la tijera del torno taladraba al ritmo de una música imperceptible. entonces se me reveló la belleza de aquel grandioso ballet mecánico que anegaba un tenue sol azul.
Me pregunté enseguida: ¿Por qué es bello? ¿Por qué es bella esa danza? Respuesta: Porque es un movimiento no libre, porque el sentido de esa danza subyace en su absoluta subordinación estética al ideal de la no libertad. Si es verdad que nuestros antepasados, en los instantes de mayor entusiasmo (misterios religiosos, desfiles militares) se abandonaban a la danza, esto solo puede significar una cosa: el instinto de la no libertad es, desde tiempos inmemoriales, innato en el hombre. La única diferencia es que nosotros, en la vida actual, lo hacemos de manera consciente..."
pág 103-4
Pero esta danza de bielas choca con las pulsiones de amor y libertad que asaltan a D-503 desde que conoce a I-330. Siendo un convencido seguidor de los principios morales del estado, siente sus emociones como una traición. Por eso la voz del relato -apasionada y contradictoria- es uno de sus mayores aciertos. Por ejemplo, cuando I-330 logra acercarle hasta el mismísimo Muro Verde se produce uno de esos momentos mágicos cercanos a la revelación. 
"El hombre dejó de ser un animal salvaje cuando construyó el Muro, cuando gracias a él pudimos aislar nuestro perfecto mundo mecánico del irracional y grotesco mundo de los árboles, los pájaros y las bestias.
A través del cristal, entre la niebla y con escasa luz, pude ver el tosco morro de un animal que me miraba, unos ojos amarillos que repetían tercamente una idea incomprensible para mí. Nos miramos durante un buen rato a los ojos, esos pozos a cuyo fondo se penetra desde el mundo exterior. Entonces me picó la curiosidad: "¿Y si ese ojos-amarillo, con su absurdo y sucio lecho de hojas secas, y su imprecisa vida, fuera más feliz que nosotros?"
pág. 185






















La novela convoca muchos asuntos de gran interés, como el mito del buen salvaje, el vértigo de la libertad o el carácter mesiánico de muchas ideologías. De hecho el estudioso puede leer este libro rastreando los hechos históricos y las teorías sociales de la época (como el taylorismo), así como también su traslado a la actualidad. Y es que la alegoría que plantea tiene un amargo reflejo en nuestros días; en las veleidades absolutistas del neoliberalismo económico y en el ataque a la intimidad y a los derechos en aras de la seguridad.

Pero la novela también es una aventura que se lee con ligereza. El drama humano que aflora en D-503 posee intensidad psicológica y moral, del mismo modo que todo lo referente a la Casa Antigua rezuma misterio o sentimiento de amenaza la vigilancia extrema a la que son sometidos. Qué no decir de la intriga que suscitan los preparativos de la rebelión.

El punto de inflexión lo consigue Zamiátin cuando el Estado lanza la campaña de la Gran Operación a la que todos deben someterse para extirpar la fantasía.
"(La fantasía) es una fiebre que os espolea a correr cada vez más adelante, aunque este avanzar comience ahí donde acaba vuestra dicha. La fantasía es la última barricada en el camino hacia la felicidad.
Pero alegraos, este obstáculo ha sido eliminado. La vía está libre.
El Estado Único ha localizado el centro de la fantasía (es su descubrimiento más reciente): un lamentable nudo en la región craneal del puente de Varolio. Pues bien, una triple irradiación aplicada sobre este nudo os curará para siempre de la fantasía.
Sois perfectos como máquinas. El camino hacia la plena felicidad está libre
. Pág. 261


No quiero finalizar mi comentario sin señalar el continuo paralelismo que la obra establece entre el Estado Único y el cristianismo.
"En el viejo mundo, los cristianos, nuestros únicos aunque imperfectos predecesores, sabían que la humildad es una virtud y el orgullo un vicio. El "NOSOTROS" procede de Dios. "YO", del Diablo" pág 216.
Las referencias son constantes y nada veladas. El propio Benefactor se erige, como un dios, en suma autoridad moral y juez implacable (los castigos son públicos y terribles -en la Plaza del Cubo- para abortar cualquier vacilación). También I-330 aparece como una Eva díscola en el Paraíso, mostrándole otro tipo de vida más llena de emociones y libertad. Asimismo la Integral puede verse como la diáspora de los Apóstoles para llevar la buena nueva a todos los pueblos.
"—Comprenda, es la antigua leyenda del Paraíso... Pero adaptada a nuestra realidad. ¡Sí, piense en ello! A aquellos dos, en el Paraíso, se les presentó una alternativa: o dicha sin libertad o libertad sin dicha. No se les dio una tercera opción. Y ellos, unos zoquetes, eligieron la libertad. Así, es comprensible que durante siglos añoraran las cadenas. Las cadenas, ¿comprende?, ahí tiene en qué consistió el dolor del mundo. ¡Durante siglos! Solo nosotros supimos recuperar la felicidad... (…)
De nuevo somos pobres de espíritu, inocentes, como Adán y Eva. No hay confusión sobre el bien y el mal. Todo es imple, paradisíaco, cosa de niños. El Benefactor, la Máquina, El Cubo, la Campana de Gas, los Protectores... Todo es solemne y puro, majestuoso, noble, elevado, cristalino y transparente. Porque protege nuestro estado de no libertad, es decir, nuestra felicidad.
" pág 156
Aunque hay ejemplos en los que el poder se basa en una religión existente (El cuento de la criada, de Margaret Atwood, por ejemplo), en la mayoría de las distopías la religión ha sido sustituida por el Estado.
"A juzgar por las descripciones que han llegado hasta nosotros, los antiguos experimentaban algo similar durante sus «misas». Aunque, claro, ellos le rendían culto a un Dios absurdo y desconocido. En cambio, nosotros servimos a una divinidad racional y conocida de la forma más precisa. Su Dios no les dio nada, a excepción de una búsqueda eterna y tortuosa. A su Dios no se le ocurrió nada mejor que ofrecerse en sacrificio por un motivo ignoto. Pero nosotros brindamos a nuestro Dios, el Estado Único, un sacrificio sereno y juiciosamente razonado.
Sí, una solemne liturgia para el Estado Único, la conmemoración de la Guerra de los Doscientos Años, la grandiosa victoria de la masa contra el individuo, de la suma sobre la cifra...". pág. 140
La incertidumbre que provocan las emociones y el libre albedrío es algo esencialmente humano. Como ingeniero, D-503 lo vislumbra con una gran intensidad gráfica:
"Me diluía, era infinitamente pequeño, un punto...
A fin de cuentas, esta sensación tenía su lógica el día de hoy: el punto está cargado de incertidumbre; cuando se pone en movimiento es capaz de transformarse en miles de curvas distintas y en centenares de cuerpos.
Me aterroriza moverme: ¿en qué me convertiré?"
pág 233










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Evgeueni Ivánovich Zamiátin  antes que escritor fue un brillante ingeniero naval. Estudió en el Instituto Politécnico de San Petersburgo y viajó por toda Rusia además de visitar ciudades extranjeras como Constantinopla, Esmirna, Salónica, Beirut, Jerusalén y Port Said. Simpatizante del partido bolchevique desde sus inicios, se encontraba casualmente en Odessa en 1905 cuando tuvo lugar la rebelión de los marineros del acorazado Pótiomkin.  Durante el transcurso de la I Guerra Mundial fue enviado a Inglaterra para acometer la construcción de buques rompehielos. Allí vivió en un suburbio de Newcastle llamado Jesmond y tuvo la oportunidad de conocer la obra del iniciador de la ciencia-ficción H.G. Wells. Él fue su inspiración para escribir Nosotros. Los planos y especificaciones de su nave favorita, el Alexander Nevski (más tarde rebautizado como Lenin), llevan la peculiar firma de D-503, I-330 y O-90: los principales protagonistas de Nosotros. Su estancia en los alrededores de Newcastle supuso el contacto con el taylorismo, un sistema de eficiencia en el trabajo industrial que le causó profunda inquietud.
Zamiátin fue un convencido revolucionario pero no se dejó tentar por el pensamiento único. Por su personalidad crítica e indomable era conocido como "El hereje" entre los críticos y estudiosos. "Después de publicar Nosotros le condenaron al ostracismo. Zamiátin participó activamente en un grupo de filósofos y escritores conocido como los escitas que defendían la libertad sin rumbo, lo salvaje y lo apasionado. Una posición que superaba los dogmas de la ideología dominante. Para Zamiátin dicha visión no se oponía al movimiento revolucionario. Sin embargo tanto él como sus compañeros fueron tachados de subversivos y antirrevolucionarios. También se vinculó a un grupo de notable influencia, los Hermanos Serapion, comunidad de escritores y académicos formada en Petrogrado en 1921, cuya principal seña de identidad se fundamentaba en la exigencia de que "el arte se mantuviera apartado del compromiso político, con una postura aún más alejada de la moda cultural que la defendida por los para entonces extinguidos escitas" pág 21 del Prólogo.
Nosotros fue escrita en ruso en 1920 pero se publicó primeramente en inglés en 1924. No se pudo leer en ruso en la Unión Soviética hasta 1988, año en que salió a la luz al mismo tiempo que 1984, de G. Orwell.  Estas dos obras junto con a Un Mundo Feliz de Aldous Huxley forman el triunvirato de distopías que definen el siglo XX. El mundo imaginado por Zamiátin influyó en todos ellos. Huxley es claramente deudor, en su obra un "Estado Mundial" omnipotente se esfuerza por estandarizar al género humano con el objetivo de generar una sociedad ordenada y cómoda. Los seres humanos son procreados en una cadena de montaje y condicionados genéticamente para ser incluidos en una de las cinco castas, donde deberán sentirse realizados. El Estado se sirve de cuatro técnicas para asegurar el orden: la eugenesia (al crearlos en tubos de ensayo se busca la uniformización del producto humano); el condicionamiento psicológico (hipnopedia) para aceptar sin crítica tu status y ames tu inevitable destino social; el sistema científico de castas para que te sientas adecuadamente satisfecho; y el uso de drogas (el soma) para controlar la frustración o pensamientos alternativos.

Lo que escribió la gran Margaret Atwood a propósito de Un Mundo Feliz también sirve para Nosotros
"Según los ojos con que se mire, Un mundo feliz retrata una utopía perfecta o su horrendo opuesto, una distopía: sus hermosos habitantes viven seguros y libres de enfermedades y preocupaciones, pero lo hacen de un modo que, queremos creer, sería inaceptable para nosotros."

domingo, 20 de septiembre de 2020

PRIMER AMOR - de Iván Turguénev



Hay libros sin más acción que la ir de una casa a otra o dar un paseo por el jardín y que, sin embargo, pueden albergar en su interior violentas batallas e impetuosos tornados. Los suelo colocar bajo el epígrafe "las zozobras del alma". Aunque claro está, sólo caben allí obras escritas con profundidad y sutileza como es este caso. 

En esta novela corta de Turguénev la historia es liviana, pero la intensidad lírica y dramática que logra imprimir el autor pone en pie un texto de una viveza atemporal, en la que cualquiera de nosotros podemos percibir trazos de nuestra primera juventud. 
"Me perdía en mis pensamientos y buscaba lugares apartados. Sentía predilección por las ruinas de invernadero. Me subía al alto muro, me sentaba y permanecía sentado tan desconsolado, tan solo y tan triste en mi juventud, que me compadecía de mí mismo. ¡Cuánto me complacían estos sentimientos tristes! ¡Cuánto me deleitaba en ellos!".
16 años tiene el protagonista, Vladimir Petrovich. Está pendiente del examen para acceder a la Universidad y en ese verano vacío pero lleno de expectativas se siente mecido por el violento vaivén que produce el ímpetu juvenil y la melancolía: 
"Siempre recordaré las primeras semanas que pasé en la villa. Hacía un tiempo soberbio. Nos habíamos instalado en ella el 9 de mayo, día de San Nicolás. Yo solía ir a pasear por nuestro parque, el Neskuchny, o por el otro lado de la Puerta de Kalugsky; me llevaba cualquier libro de texto -el de Kaidanov, por ejemplo-, pero raras veces lo abría, y me pasaba la mayor parte del tiempo declamando versos, de los cuales sabía muchísimos de memoria. La sangre me hervía, y mi corazón se hallaba henchido de anhelos, dulces y absurdos: lo esperaba todo, lo quería todo y todo me sorprendía, y estaba preparado para cualquier cosa; mi imaginación volaba alrededor y se posaba fugazmente sobre los mismos temas una y otra vez, como los vencejos rodeando un campanario al amanecer. Me perdía en mis pensamientos, me entristecía e incluso me entregaba al llanto. Pero a través de todo aquello, brotaba, como la hierba en primavera, una vida joven e hirviente."
At the window - de Konstantin Korovin


Pronto conocerá a su nueva vecina, la hermosa Zinaida Aleksándrovna, hija de una princesa venida a menos, que es cortejada por varios pretendientes de distinto pelaje. Vladimir sufrirá los embates del amor, el miedo, la osadía, el desconcierto y finalmente el desengaño, como un duro e inexorable aprendizaje del camino a la edad adulta. 
"Por aquellos días comenzó mi pasión. Recuerdo que sentí lo mismo que debe de sentir un hombre cuando ocupa por primera vez un cargo: dejaba de ser un chiquillo, me había enamorado. He dicho que mi pasión comenzó en aquellos días; hubiera podido añadir que a la vez comenzaron mis tribulaciones."
A pesar de que nos encontramos en pleno siglo XIX, con sus reglas morales y sociales ya caducas y un cortejo del todo trasnochado para el lector actual, no creo que nadie deje de sucumbir a la viveza y autenticidad de lo narrado. Nos conmoverá la ternura e inocencia de esa mirada juvenil que descubre el amor. Viviremos de primera mano el alboroto de su corazón. La indecisión, las dudas o la osadía por las que transita. Del mismo modo compartiremos el dolor genuino que le provocará la decepción y el engaño cuando Vladímir descubra que Zinaida está saliendo en secreto con alguien muy cercano a él.

La novela está narrada bajo el esquema de una historia dentro de otra historia, puesto que el asunto comienza con una reunión de amigos que tras la cena se han prometido contar la historia de su primer amor. Turguénev logra así colocarnos en la perspectiva de un adulto rememorando sus recuerdos de juventud, ya que él mismo contaba con 42 años cuando escribió la obra. Una vez metidos en ella me admira el modo en que el autor se convierte en un joven de 16 años, con toda su pasión e inocencia. También percibo que la creación de personajes es su cimiento fundamental. El padre frío y distante, la madre siempre irritable, la princesa venida a menos un tanto zafia y vulgar, los pretendientes de diversa procedencia (el húsar, el médico, el conde y el poeta) y la joven coqueta y apasionada: "De todos mis tipos femeninos el que más me satisface es Zinaida. Pude mostrar en él una persona realmente viva, coqueta por naturaleza, pero un coqueta atractiva", dejó escrito Turguénev.

Por su parte al protagonista no le cabe otra que la candidez. Subyugado por la idealización que ha hecho de Zinaida y por su inocencia en los asuntos mundanos, no se percata de lo que está ocurriendo de verdad, más allá de lo evidente. La relación entre Zinaida y su padre. Esto le permite al autor insinuar los hechos más que narrarlos, dejar que el lector vaya componiendo una realidad más compleja de la puramente narrada. La relación se sugiere en los juegos y adivinanzas que organiza la joven, en cierto diálogos que mantiene con sus invitados, en ciertos avatares del argumento. También en los gestos cómplices y cariñosos que ella tiene con el hijo del hombre al que ama.

Hacia el final de la novela, Turguénev deja correr el tiempo, cuatro años, para ver el poso que dejó aquel verano. Vladimir ha terminado la Universidad, su padre ha fallecido de un súbito ataque; pero inopinadamente, un día tiene la oportunidad de volver a ver a Zinaida, ahora casada. 

El final es amargo y nos ofrece un enorme contraste con aquel verano tan luminoso  y feraz. Es entonces cuando el joven puede reflexionar ya sobre el esplendor de la juventud perdida, sobre la lozanía de ese primer amor que permanecerá inmarcesible ("...la querré y la adoraré hasta el fin de mis días") y la presencia de la muerte hasta entonces omitida.






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Iván Turguénev (1819-1883), es uno de los grandes autores rusos del siglo XIX.
Publicó "Primer amor" en 1860.
Es reconocido sobre todo por la recopilación de relatos Memorias de un cazador (1852) y su novela Padres e hijos (1862), en la que muestra sin medias tintas el sistema aún feudal que persistía a lo largo de toda Rusia.
Fue contemporáneo de Flaubert, con quien mantuvo una buena amistad, y de figuras como Gógol, Dostoyevski y Tolstoi.

martes, 21 de abril de 2020

EL JINETE de BRONCE - Pushkin











PRÓLOGO

A la orilla de las desiertas olas
en grandiosos designios ocupado
se hallaba ÉL, mirando hacia lo lejos.
Ante sus ojos se ensanchaba el río
por el que un pobre esquife navegaba.
Aquí y allá cabañas miserables,
abrigo de los pobres finlandeses,
cubrían las riberas pantanosas,
y bosques ignorados por los rayos
de un sol siempre escondido entre la niebla
por doquier resonaban.
                                         Y ÉL pensó:
«Desde aquí infundiré pavor al sueco
y echaré los cimientos de una urbe
para irritar a ese vecino altivo.
Aquí nos ordenó Naturaleza
que abriéramos a Europa una ventana,
firme puntal a orilla de los mares,
adonde por un mar para ellos nuevo,
vendrán barcos de todas las banderas
para tratos y fiestas a porfía.»

Un siglo transcurrió, y una urbe nueva,
del Septentrión la gloria y el asombro,
se levantó soberbia y suntuosa
de lo obscuro del bosque y la marisma.
Donde los pescadores finlandeses,
de la Naturaleza infaustos hijos,
desde la baja y solitaria orilla
a las ignotas aguas arrojaban
sus decrépitas redes, hoy en día,
por las riberas llenas de bullicio
esbeltos edificios se vislumbran
y alcázares y torres; desde todos
los puntos de la Tierra, multitudes
de naves se dirigen a los muelles.
Ahora el Neva se viste de granito;
cruzan sus aguas puentes incontables,
se cubren los islotes de jardines
verde obscuro. E inclina la cabeza
ante la joven capital la antigua
Moscú, como ante nueva soberana
viuda real de púrpura vestida.

Te amo, creación de Pedro, amo tu aspecto
severo a un tiempo y lleno de armonía,
la corriente del Neva majestuosa
entre sus parapetos de granito,
el arabesco de tus férreas rejas,
el transparente ocaso de tus noches,
cuyo fulgor sin luna me embelesa
cuando estoy en mi cámara escribiendo
y leyendo sin lámpara, y las pálidas
calles adormiladas y vacías,
y la áurea aguja del almirantazgo.
Así, sin dejar paso a las tinieblas,
una aurora a otra aurora le sucede
en el dorado cielo, hasta tal punto
que no dura la noche media hora.
Amo tu cruel invierno, el aire en calma,
la helada y el correr de los trineos
sobre el Neva anchuroso, y la mejilla
doncellil, más purpúrea que la rosa,
la charla, el brillo, el ruido de los bailes
y, a la hora de las fiestas de soltero,
el chocar de las copas espumosas
y la llama azulada de los ponches.
Amo la belicosa animación
de los campos de Marte y sus desfiles,
la uniforme belleza artificiosa
de las masas de infantes y jinetes,
las triunfantes hileras ondulantes
de gloriosas banderas a jirones
y el esplendor de los broncíneos yelmos
que en la guerra las balas traspasaran.
Amo, ciudad marcial, los cañonazos
y la humareda de tu Fortaleza
cuando la Emperatriz del Septentrión
da a luz un hijo en casa de los Zares,
cuando celebra Rusia una vez más
su victoria campal sobre el contrario,
o cuando, tras romper al fin el hielo,
lo arrastra el Neva al mar, y, barruntando
días de primavera, se alboroza.
 

¡Resplandece por siempre, urbe de Pedro,
y permanece firme como Rusia!
¡Que el líquido elemento derrotado
también venga a rendirte pleitesía!
¡Que se olviden las olas de Finlandia
de su hostil cautiverio milenario
y no perturben con su vano encono
de Pedro el Grande el sueño sempiterno!
¡Fue espantoso aquel día, y su memoria
está fresca en nosotros todavía!
Os diré lo ocurrido, amigos míos,
pero será bien triste mi relato.


Apertura a la navegación del río Neva, S. Pertersburgo - Josef J. Charlemagne




PRIMERA PARTE 


Sobre el ensombrecido Petrogrado
soplaba el frío otoño de noviembre.
El Neva con sus olas estruendosas,
batiendo los hermosos malecones,
como enfermo de fiebre se agitaba
en su lecho. La tarde estaba obscura.
La lluvia daba airada en las ventanas
y se quejaba con tristeza el viento
cuando el joven Eugenio se volvía
a su casa, de estar con los amigos…
Bien podemos llamar a nuestro héroe
con ese nombre que agradable suena,
ya que le es familiar desde hace tiempo
a mi pluma. No importa su apellido
porque, bien que en las épocas pasadas
también quizás hubiera sido ilustre
y en las obras de Karamzín, acaso,
resonara en las patrias tradiciones,
para la opinión pública de hoy día
olvidado se hallaba. Nuestro héroe
vive en Kalomna y es un funcionario
que a los grandes esquiva, y que muy poco
se cuidaba de sus parientes muertos
y de otras antiguallas olvidadas.


Así pues, al volver a casa Eugenio
tras quitarse el abrigo, se acostó,
pero tardó muchísimo en dormirse,
sacudido por varias reflexiones.
¿En qué andaba pensando? En que era pobre,
que había de trabajar si pretendía
llegar a una honorable independencia;
en que podría Dios haberle dado
mas talento y dinero —que hay gandules
que son felices sin talento alguno
y cuya vida les resulta fácil—
que él lleva ya dos años de servicio…
También piensa que el tiempo no mejora,
que el río va subiendo, que los puentes
van a cortarlos y que un par de días
estará sin poder ver a Parasha…
Aquí Eugenio suspira con ternura
y empieza a desbarrar como un poeta:


«¿Casarme yo? ¿Por qué no habría de hacerlo?
Me resultará duro, desde luego,
pero soy joven y salud me sobra,
listo para el trabajo noche y día.
así voy preparando poco a poco
un refugio modesto y confortable
donde Parasha y yo descansaremos.
Tal vez, en cuanto pase un par de años,
obtendré una bicoca, y a Parasha
le entregaré las riendas de mi hogar
para que eduque bien a nuestros hijos.
Así será la vida: hasta la tumba
caminaremos ambos de la mano
hasta que nos entierren nuestros nietos…»


Continuaba soñando. Estaba triste
esa noche, y con fuerza deseaba
que el viento fuera menos deprimente
y que no diera tanto en los cristales
la lluvia…
                         Abrió los ojos soñolientos,
huyeron las tinieblas de la noche
y apreció la lívida mañana.
¡Qué día terrible!
                         El Neva había luchado
la noche entera contra la tormenta
y al final, tras inútiles esfuerzos,
comprendió que la lucha era imposible.





Por la mañana acude el pueblo en masa
a la orilla del río, contemplando
las frenéticas olas que se ahuecan
y se encrespan de espuma. Pero el Neva,
por los vientos del golfo derrotado,
retrocede en su cauce y furibundo
se derrama en las islas. La borrasca
ataca con más fuerza. Se hincha el río,
hierve, muge, se encrespa y al momento,
semejante a una fiera enloquecida
salta por la ciudad. Ante su empuje
todos salen corriendo, en torno todo
al punto se vacía —pronto el agua
inunda subterráneos y bodegas,
los canales del Neva se desbordan
y cual tritón Petrópolis emerge
nadando con el agua a la cintura.


¡Es un asedio! Las perversas olas
como un ladrón escalan las ventanas
y lanzan naves contra los cristales.
¡Tenderetes bajo húmedo sudario,
restos de los naufragios, techos, vigas,
mercancías de ricos almacenes,
enseres de la lívida miseria,
puentes que la riada desfondara,
féretros de arrasados cementerios
flotan a la deriva por las calles!
Es castigo de Dios, piensan las gentes,
y aguardan la sentencia. ¡Nada queda,
ni alimento ni techo!


                                    En aquel año
gobernaba Alejandro con gran gloria.
Al balcón se asomó, abatido y triste,
y dijo: «Los monarcas nada pueden
contra los elementos». Y sentándose
contempló con semblante demudado
el terrible desastre: convertidas
en lagos ya las plazas, y las calles
vertiendo en ellas anchurosos ríos.
El Palacio de Invierno era una isla.
El zar habló, y de una punta a otra,
por las calles cercanas y alejadas,
por un camino entre aguas turbulentas,
corren sus generales ayudando
a salvar a los atemorizados
y al pueblo que se ahogaba en sus viviendas.



Entonces, en la Plaza Petrovskaya,
donde un nuevo palacio se erigiera
sobre cuya grandiosa escalinata
monta la guardia con la zarpa en alto
un par de leones que parecen vivos,
a horcajadas sobre una de las fieras
con los brazos cruzados, sin sombrero,
se hallaba Eugenio, lívido e inmóvil,
aunque no era por él por quien temía.
No escuchaba el hincharse de las olas
que llegaban, hambrientas, a sus plantas,
ni la lluvia que le azotaba el rostro,
ni el viento que el sombrero le robó.
Su vista se clavaba, enloquecida,
en un punto lejano, fijamente…
Parecía que montes empujados
desde los más profundos remolinos
levantaran el mar y lo vertieran
allí donde azotaba la tormenta,
donde flotaban restos de naufragios.
¡Dios mío! Allí, a un paso de las olas,
en la boca del golfo hay una valla,
un sauce, una casucha… donde viven
una viuda y su hija… su Parasha…
Pero ¿es que está soñando todo esto
o es nuestra vida, como un sueño vano,
mera burla del cielo a los mortales?


Y como si le hubieran hechizado,
o atado al mármol, descender no puede.
Por doquiera las aguas le rodean.
Pero ante él, volviéndole la espalda,
sobre su pedestal inamovible,
el brazo en alto ante el rebelde Neva,
está el jinete en su corcel de bronce.





PARTE SEGUNDA


Pero el Neva, cansado de destrozos,
ahíto de violencia descarada,
se retira a su cauce, satisfecho
de su furia, dejando negligente
su botín, semejante al forajido
que al frente de su banda de ladrones,
al atacar un pueblo por sorpresa,
decapita, saquea, quema y viola:
¡Riña, gritos y aullidos por doquiera!
Luego, sobrecargados de despojos,
temiendo a sus captores, y agotados,
los bandidos escapan a su cueva
soltando su botín por el camino.


Bajó el nivel del agua; el pavimento
aparece, y Eugenio se apresura,
lleno de angustia, miedo y esperanza
al Neva que se calma poco a poco.
Pero el río aún celebra su victoria,
siguen hirviendo las siniestras olas
como si un fuego las recalentase
escondido debajo de la espuma.
La corriente resopla con fatiga
como un caballo exhausto en la batalla.
Eugenio mira en derredor y encuentra
una barca, y corriendo como un loco,
llama al barquero, y éste, sin pensarlo,
por un ochavo acepta transportarle
a través de las aguas espantosas.


Por largo tiempo el diestro marinero
luchó contra las aguas turbulentas
y sin cesar la barca estuvo a punto
de hundirse con sus bravos pasajeros.
Por fin tocaron tierra.


                                   El desgraciado
atraviesa la calle conocida,
que le lleva a parajes familiares,
pero en ellos no reconoce nada.
Todo está derruido y arrasado:
casuchas ladeadas, desplomadas,
otras arrebatadas por las olas,
el suelo salpicado de cadáveres
como en el campo de batalla. Eugenio,
que no comprende nada, se apresura,
desfalleciente y torturado, al sitio
donde, como una carta bien sellada,
le aguarda la sorpresa del Destino.
Ya ha llegado al lugar: este es el golfo;
la casa ha de estar próxima. ¿Qué ocurre?


Se detiene, se vuelve, avanza, mira.
He aquí el lugar donde la casa estuvo.
El sauce aún está aquí. Falta la valla.
Pero busca la casa y no aparece.
Envuelto en sus siniestros pensamientos
da vueltas y más vueltas, habla en alto
consigo mismo y, dándose en la frente
un golpe con la mano, de improviso
se echa a reír.

Las sombras de la noche
caen sobre la urbe estremecida,
pero tardan sus gentes en dormirse
comentando entre sí lo sucedido.


La luz de la mañana, entre las nubes,
agotadas y pálidas, alumbra
la capital en calma, sin que quede
rastro de aquel desastre, pues el daño
la púrpura imperial lo ha recubierto.
Todo está en orden. Con su acostumbrada
insensibilidad vagan las gentes.
Los funcionarios dejan su refugio
para ir al ministerio. El mercachifle,
emprendedor, sin abatirse, abre
su almacén devastado por el río,
contando resarcirse de sus pérdidas
a costa del vecino. Por las calles
circulan las barcazas sobre carros.
Y Jvostóv, el poeta predilecto
del cielo, con sus versos inmortales,
canta el estrago del airado Neva


Pobre, desventurado Eugenio mío…
contra tantas horribles impresiones
no puede más su mente perturbada
ni cesa en sus oídos el estruendo
atronador del Neva y la ventisca.
Lleno de ideas negras, callejea,
callado, obsesionado por un sueño.
Pasaron las semanas y los meses
sin que volviera a casa. Su tabuco,
al vencer el contrato, la patrona
se lo alquiló a un poeta sin dinero.
Eugenio no volvió a coger sus cosas.
Ya todo le es ajeno. Todo el día
vaga sin rumbo y duerme junto al muelle
y se nutre del pan que le regalan.
La ropa de tan vieja se le pudre,
los golfos tiran piedras a su paso.
A menudo la fusta de un cochero
le sacude por ir por la calzada
(¡ya no sabe ni adonde se dirige!)
pues parece que ya nada le importa.
Le envuelve el ruido de su interna angustia,
y así arrastra su vida de infortunio,
sin ser fiera ni hombre, ni viviente
ni fantasma…



Una noche junto al muelle,
se echó a dormir a fines del verano.
El viento era de lluvia. Negras olas
azotaban el muelle con su espuma
golpeando los lisos escalones,
igual que un acusado suplicante
a la puerta de un juez que no le escucha.
El pobre despertó. Ya estaba obscuro.
Llovía, aullaba el viento, y a lo lejos
desde lo más profundo de la noche
le hacía eco el gritar del centinela…
Eugenio pegó un salto. Se acordaba
de aquel terror pasado y, bruscamente,
se puso a andar y andar, pero de pronto
se paró, examinando horrorizado
el lugar donde estaba. Sin saberlo
se halló frente a la entrada de un palacio
en cuya escalinata montan guardia
con la zarpa en el aire suspendida
unos leones que parecen vivos
y justo enfrente, en la sombría cumbre,
sobre su inamovible pedestal,
el ídolo del brazo levantado
vela montado en su corcel de bronce


Se echó a temblar Eugenio. Por ensalmo
se le aclara la mente y reconoce
el lugar del diluvio, (donde el agua,
bullendo en derredor, lo arrastró todo),
la plaza, los leones y El que inmóvil
yergue en la noche la broncínea testa,
Aquel cuya fatídico designio
fundó la capital sobre las olas.
¡Qué terrible parece en la tiniebla!
¡Qué ideas en su frente! ¡Qué energía
se oculta en él! ¡Qué fuego en su caballo!
Orgulloso caballo, ¿adonde corres?
¿Donde se pararán al fin tus cascos?
Y tú, potente dueño del Destino
¿no eres tú, por ventura, quien del fondo
de los abismos, con tu férrea brida
has conseguido encabritar a Rusia?



Rodeando el pedestal del monumento
se acerca el pobre loco, y la mirada
clava en la faz del Zar de medio mundo.
Con el pecho turbado y oprimido
posa en la helada verja la cabeza.
Se le nubla la vista y una llama
le corre por las venas, y la sangre
le empieza a hervir. Se le ensombrece el gesto
ante el soberbio monstruo, le rechinan
los dientes y las manos se le crispan
cuando poseso por obscura fuerza
le susurra con rabia estremecida:
«¡Espérate, arquitecto de milagros!
¡Ya verás!…» y se escapa a la carrera
creyendo que el terrible zar, ardiendo
en ira, la cabeza había girado…





Echa a correr por la desierta plaza
pero escucha tras él, como rugido
del trueno desatado, el poderoso
galope que sacude el pavimento
y, por la luna pálida alumbrado,
con el brazo tendido hacia la altura,
el jinete de bronce le persigue
montado en su caballo retumbante.
Y así toda la noche, el pobre loco,
sin importar adonde caminara,
el jinete de Bronce iba al galope tras él,
con el estruendo de sus cascos.


Desde la noche aquella, si, por caso,
tenía que cruzar aquella plaza,
se leía en su rostro la congoja.
Con la mano crispada sobre el pecho,
como si un cruel dolor le atenazase,
sin atreverse a levantar los ojos,
se quitaba la gorra y se alejaba.


Un islote se ve frente a la costa.
A veces a él arriba con sus redes
un pescador a quien se le hizo tarde
y su mísera cena se prepara.
visita en barca la desierta isla
donde ni hierba crece. La riada
arrastró allá, juguete de las olas,
una casucha rota y renegrida
como una rama echada en la ribera.
Llegó la primavera y se acercaron
a llevársela en barca, aunque estuviera
vacía y destrozada por completo.
En el umbral hallaron a mi loco
y allí mismo a su gélido cadáver
por caridad le dieron sepultura.




Traducción de Eduardo Alonso Luengo
Aquí se puede leer la composición en edición bilingüe





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El Jinete de Bronce es uno de los principales símbolos de San Petersburgo. Representa al Emperador ruso Pedro el Grande, fundador de la ciudad, y fue erigido por Catalina la Grande. Parece increíble pero en 1700, donde hoy está la ciudad no existía más que un delta del río Neva batido por las olas del Mar Báltico. Después de que los rusos vencieran a los suecos en la batalla de Poltava (1708), el Emperador quiso fundar una ciudad-fortaleza parea abrirse al mar y a Europa: "Vendrán barcos de todas las banderas, para tratos y fiestas a porfía". Un titánico esfuerzo que pretendía por sacar a Rusia de la Edad Media y abrirla al racionalismo ilustrado europeo. Para ello invitó a arquitectos y artistas de toda Europa ofreciéndoles grandes contratos para diseñar la más hermosa ciudad de su tiempo, trazar sus canales (tiene más de 80 y se la conoce como la Venecia del Norte) y construir sus plazas y palacios. San Petersburgo alberga numerosas casas-museo que guardan la memoria de los grandes escritores que la habitaron: Pushkin, Gogol, Dostoievsky, Lermontov, Ajmatova, Babel, Nabokov, Brodsky.

La escultura fue erigida en 1782 y presenta al emperador sin espada, en una actitud que irradia nobleza y poder, semejándose a la efigie de Marco Aurelio en el Capitolio. El caballo está pisando una serpiente que simboliza los enemigos del Imperio Ruso. Llama muchísimo la atención el contraste entre la abrupta escarpadura del pedestal y la elegancia de la estatua. La mole de granito sobre la que se encuentra pasa por ser la roca más grande transportada por humanos, sin ayuda mecánica. Y se la conoce con el nombre de la Piedra del Trueno. Según su autor,  Falconet, esta roca en forma de ola simboliza a Rusia como un estado del mar, que era el deseo de su emperador. 
Muchos han cantado las bellezas de San Petersburgo, no así Gógol o Dovstoievski, que la veían ajena a las tradiciones rusas y, sobretodo, construida con la sangre de inocentes anónimos.
El poema cuenta la inundación de la ciudad, el 7 de noviembre de 1824, y la desesperación de un humilde funcionario, Yevgueni, cuando pierde a su prometida en el desastre. Perdida su hacienda y su cordura, en uno de sus vagabundeos se tropieza con la estatua de Pedro el Grande, imprecándole con rabia por construir una ciudad en terrenos tan salvajes e inhóspitos. Alucinado cree que la escultura reacciona altiva y lo persigue por toda la ciudad. Esta obra oscura y plenamente romántica finaliza en una breve y trágica coda.

Desde su primera publicación, las interpretaciones de este poema han sido dispares.
El crítico Vissarion Belinsky lo interpretó como "el fin justifica los medios": el extraordinario esfuerzo de sacar a Rusia de la barbarie se impone al destino individual de sus súbditos.
Otros vieron en el poema una crítica al zar y al sistema social que lo sostenía. Consideran a Eugenio una víctima de una estructura social opresora, ya que el funcionario loco representaría a las masas víctimas de la autocracia.
En menor medida, algunos críticos han leído el poema en términos puramente alegóricos, como una representación simbólica de la conspiración de los Decembristas contra Nicolás I en 1825.
El autor de las ediciones en castellano de poemas de Pushkin en editorial Hiperión, el diplomático Eduardo Alonso Luengo, aventura una interpretación diferente: “Probablemente existe una alegoría de la fuerza de la revolución simbolizada por las aguas desbordadas (que ni la potencia mágica del autócrata puede refrenar), pero el que la sufre no es el propio zar, sino el hombre de la calle que lo pierde todo y enloquece de desesperación” (Alonso, 1997: 32).
"Lo que es cierto es que el poema recoge varios conflictos que se entrecruzan y amplifican: el ser humano frente a la naturaleza, el individuo frente al poder, la fragilidad del deseo ante la fuerza destructora de la muerte, la razón frente a la locura, la vida frente al sueño, la cosmovisión romántica de espectros y desesperación frente a la mentalidad optimista ilustrada de la oda inicial… El texto conserva el poder vivo de todo un clásico, que sigue teniendo cosas que decir a cada nuevo lector. "




Este comentario recoge extractos del Prólogo de Alonso Luego y de la Reseña de Juan Antonio Cardete en LenguasyLiterarutas.com