lunes, 26 de octubre de 2026

EMPATÍA - de Guillaume Lonergan y Florence Longpré

Canadá, 2025


Si te paras a pensar un poco, la vida es un drama. Así, en minúscula y con todas las letras. Y esta serie se dedica a dar cuenta de ello. El drama nos acecha en cada esquina en forma de miedo, pérdida, angustia, frustración, ira, vergüenza, desesperación, humillación o culpa; pero creo que todos sabemos ya que estas emociones son parte ineludible de la experiencia humana, por muy indeseadas y adversas que sean. Suelen ser indicadores que nos sirven para adaptarnos mientras transitamos por la vida... aunque a veces nos cueste un mundo manejarlas. Y, en no pocas ocasiones, nos atropellan. De eso trata esta formidable serie.

Esta primera temporada consta de 10 episodios y comienza con Suzanne Bien-Aimée (Florence Longpré) incorporándose a su nuevo trabajo como Jefa de Psiquiatría del Pabellón D, en el Hospital Mont-Royal de Montreal, un auténtico "agujero", como le indica rápidamente uno de sus nuevos compañeros. Allí están ingresados locos, criminales y neuróticos, varios de ellos derivados de la penitenciaría de la ciudad. La cosa se complica cuando conocemos que esta antigua criminóloga reconvertida en psiquiatra, se reincorpora a su trabajo con el ánimo de sumergirse en él para olvidar sus problemas personales, marcados por el duelo tras una tragedia personal. 



De modo que la vamos a acompañar en su ronda por esas salas y habitaciones llenas de sufrimiento en las que intentará hallar algún rayo de luz. Allí se encontrará con una mujer que sufre intensos ataques de ira y quiere que la trasladen desde la cárcel al hospital psiquiátrico. También con el señor Dallaire (Benoît Briére), un hombre mayor aplastado por el dolor de la guerra y la pérdida de sus compañeros de armas. Su único consuelo está en que ahora lo acompañan en forma de alucinación mientras tocan la gaita. También está el asesor financiero que, tras la muerte de su esposa en un accidente, tuvo un ataque disociativo que le llevó a transferir decenas de millones de dólares de los que era custodio a las cuentas de su hija.

Suzanne no es una psiquiatra al uso. Conoce el dolor y el desequilibrio mental por experiencia propia, de ahí que practique una empatía muy humana... cosa que puede ser tan sanadora como devastadora. El mejor ejemplo es el señor Dallaire que tiene una vida tranquila y apagada gracias a los fármacos que le suministran. Pero Suzanne cree que eso no es vida. Que una cosa es ayudarte a superar el trauma y otra drogarte para taparlo. Aunque reducir los fármacos nos puede llevar a un terreno muy resbaladizo.  



Florence Longpré lidera “Empatía” como creadora, guionista y protagonista,  una de las voces más singulares de la ficción canadiense reciente, con títulos ya consolidados como "M’entends-tu?". Su doble rol, desarrollando el libreto y mostrándose en pantalla, aporta coherencia emocional al relato y una mirada muy personal y genuina sobre la vulnerabilidad y la salud mental.

Además, la serie tiene una subtrama muy pertinente que nos muestra esos mismos problemas, pero en la calle, fuera del hospital. La doctora Bien-Aimée acabará haciendo buenas migas con su auxiliar, Mortimer (Thomas Ngijol), que cuida a su madre en casa, aquejada de demencia senil. A través de pequeños flashbacks repartidos por los capítulos iremos conociendo la historia de ambos... que tampoco ha sido un camino de rosas. Mortimer resume su vida así: "La mía no es una historia agradable. Soy el fruto de gente herida que fue herida por personas heridas".



Episodio tras episodio, la serie irá desvelando la capas de esta criminóloga y psiquiatra hasta llegar a su corazón, profundamente lastimado. El quinto episodio, el de la puerta del patio y las palomitas rosas, nos revelará el trauma que esconde y es devastador. El episodio nos brinda las pistas para comprender la angustia y la culpa que atormentan a Suzanne; un personaje tan imperfecto como entrañable. 

Este episodio es memorable no sólo encontramos los hechos traumáticos que narra, sino también porque está rodado de forma magnífica, sin audio, exclusivamente con imágenes. Son de esos capítulos que hacen que se te congele el corazón.



Otro notable aspecto cinematográfico que aporta la serie es que, cuando las emociones son más intensas y amenazan con anegar el alma de algún protagonista, aparece un ballet con tutú negro bailando a su alrededor. A mí me pareció una metáfora de esas sombrías amenazas que nos rondan la cabeza.

La fuerza de Empatía reside en la honestidad de su acercamiento a la salud mental y en la profundidad de sus personajes, cada uno con su mochila de frustraciones y traumas. Por ejemplo Suzanne no es que cargue con su tragedia personal como un simple truco dramático, sino que su pasado constituye el fondo emocional sobre el que ha construido su manera de estar en el mundo. Escucha a los demás porque necesita escucharse a sí misma.



En este sentido creo que el personaje del señor Dallaire puede ser el epítome de la serie y del quehacer de la psiquiatra. El hombre tiene asignada una medicación muy potente que lo deja semiinconsciente todo el día. Pero Suzanne cree que esto no es vida y que "tiene derecho a vivir la realidad". Le rebaja la medicación, pero entonces el entrono y los recuerdos inundan los sentidos del señor Dallaire haciéndole sufrir con su catarata de estímulos. Pero la psiquiatra sabrá ayudarle a encauzar ese cúmulo de emociones que le abrirán la puerta a una vida más consciente y satisfactoria. 
Ese es el espíritu de la serie. 
Suzanne no es de las que marca una pauta de medicación y se olvida del enfermo; sino que busca con tenacidad y empatía el resquicio por el que penetrar entre las brumas de su mente hasta llegar a la persona angustiada que hay al fondo. Su terapia es de sentido común: tenemos que ser conscientes de nuestros miedos, frustraciones y culpas y aprender a convivir con ellos.



La propia Florence Longpré ha referido el origen casi accidental de la serie: “Empecé escribiendo una serie de true crime sobre un psicópata, pero al hablar con psiquiatras me di cuenta de que eso era muy aburrido. A mí me interesa hablar de las emociones y de la experiencia de vivir. Llamé a mi productor y le dije que iba a tirar ese proyecto a la basura, porque había encontrado lo que realmente quería contar: lo que ocurre dentro de la cabeza de las personas, la salud mental y la vida dentro de un hospital psiquiátrico”.

El resultado es esta tragicomedia inteligente y veraz que logra exponer toda una extensa gama de emociones de forma muy natural.






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El mundo desarrollado ha reducido de manera muy significativa los manicomios clásicos, pero no ha resuelto qué hacer con las personas que necesitan atención intensiva y continuada. A mediados del siglo XX, los manicomios eran una pieza central del sistema sanitario en Europa y Norteamérica. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de pacientes ingresados en hospitales psiquiátricos públicos alcanzó su máximo en 1955 con más de medio millón de personas. Desde entonces, la cifra se desplomó de manera sostenida hasta situarse por debajo de las 100.000 en los años noventa. Es una reducción de más del 80% en cuatro décadas. En Reino Unido el proceso fue similar. En 1954 había unos 150.000 en hospitales psiquiátricos, mientras que a principios del siglo XXI la cifra había caído por debajo de 30.000.

viernes, 23 de octubre de 2026

EL LENGUAJE y LA MAGIA - según Graham Dunstam Martin














Serie Libro de Arena


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"Doneval", de Graham Dunstan Martin,  es un libro de fantasía épica juvenil que rinde homenaje a las leyendas celtas y al maestro Tolkien. Entre las aventuras que corre su ingenioso protagonista junto con la aprendiz de bruja Favila, se entreveran reflexiones sobre lo bueno y lo malo, lo genuino y lo simulado, la necesidad de los contrarios y también una aguda reflexión sobre el poder y la capacidad del lenguaje. En este caso los dos protagonistas debaten sobre el lenguaje común y el que emplean los magos. 
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"—Pero —dijo Evan—, si el lenguaje de la magia hay que vivirlo y sentirlo, ¿por qué no se usa nuestra propia lengua? ¿No es eso lo que vivimos y sentimos más de cerca?—Sí, desde cierto punto de vista —dijo Favila, entrando en la conversación—. Pero no desde otro. Dime, Evan, ¿tú al hablar normalmente vas pensando en lo que significan las palabras?
—Claro.
—¡Qué va! —dijo Favila riendo—. Cuando vas al mercado de Villatrampa y pides una libra de mantequilla, ¿al pedirla sientes en la mano el peso de la libra? Cuando dices «mantequilla», ¿sientes la dorada mantequilla sobre la lengua?
—Hombre, no —dijo Evan—. Sí, tendrás razón. ¿Pero quieres decir con eso que una lengua distinta puede ser mejor?
—¡Sí, para que sientas el sabor de la mantequilla!
—¿Y eso por qué?
—Pues precisamente porque no es la lengua acostumbrada. Todos los sabores y colores, todos los aromas y texturas del mundo los llevamos aprisionados en el fondo del alma, tapados por el lenguaje. Verás, es que el lenguaje es como el dinero. Es un montón de moneditas que se pueden cambiar y permutar sin pensar. Tú, cuando sopesas un real en la mano, ¿piensas «Esto es una hogaza de buen pan negro»? No. Por la misma razón, cuando empleas la palabra «pan» no piensas en la cosa en sí, en los granos de cebada sobre la lengua, en el hambre que se te alza en el estómago. No. Lo único que haces es tirar la palabra «pan» sobre el mostrador como se tira una moneda. Es un mero indicador, no es una cosa de verdad.


—Pero ¿Por qué es mejor una lengua desconocida?
—Como te digo, precisamente porque es desconocida. Porque obliga a la mente a salir de sus hábitos. De su hábito de olvidar cómo es verdaderamente la realidad. Si has aprendido a vivir esa nueva lengua, sus palabras te llevarán directamente a la realidad, directamente a las cosas y los sentimientos reales que indican.
—Sí, es igual que la poesía —dijo Brincante—. En realidad es eso lo que es la poesía. La poesía reconstruye mediante las palabras el verdadero mundo real, sin desgastar. Aquel en el que se vivía de niño, cuando el mundo era nuevo y cada gusto y cada sensación se saboreaban hasta el fondo.
—Y por eso —añadió Favila— los hechizos tienen siempre forma poética. Tienen ritmo, a veces tienen rima. Hablan a los oscuros ritmos ocultos del cuerpo y del espíritu, al propio corazón. Porque ahí están las sensaciones profundas, los tactos, los sabores, las emociones de la niñez. Lo concreto. Lo que se siente de verdad."   
pág 247

jueves, 22 de octubre de 2026

EL PRECIO de LA RED - de Aaron Sorkin

EEUU, 2026


Es triste decirlo pero la película a estas alturas resulta tan inútil... como necesaria.
Llega tarde.
El mundo ya está un par de pantallas más adelante (con la IA nada menos). A día de hoy ya sabemos que la redes sociales son nocivas para la salud mental, la convivencia y la democracia... y también que esto a nadie le importa una mierda.  

Aunque es cierto que las demandas contra Meta (matriz de Facebook) siguen hoy en día su recorrido en los tribunales. Por eso está bien saber de qué lodos proviene todo este ambiente envenenado que estamos viviendo: las redes sociales ofreciendo una herramienta poderosísima a los bulos, al odio, al bullying y a la peor ralea de la humanidad.



La película relata la investigación que llevó a cabo el periodista del Wall Street Journal Jeff Horwitz (Jeremy Allen White) para descubrir si el algoritmo de Facebook estaba manipulado para potenciar ciertas acciones, sabiendo a ciencia cierta que produciría adicción (scroll infinito), problemas de salud mental y radicalización política. Después de tocar múltiples teclas, una joven ingeniera de Facebook, Frances Haugen (Mikey Madison) se ofrece a darle los datos que destaparán los secretos más ocultos y perversos de la red social. 

Horwitz acabaría publicando una serie de artículos conocida como 'The Facebook Files' (Los archivos de Facebook) que se publicaron en 2021. En ellos se confirmaba que en Facebook eran plenamente conscientes de los efectos nocivos que su algoritmo tenía en los adolescentes y que habían hecho proliferar a sabiendas los bulos y la desinformación que contribuyeron a actos de violencia política.





Los datos marcan el valor de la película... y también son su perdición; porque peca de expositiva. Aunque es muy importante que sepamos que el 64 % de las personas que aterrizaban en las webs de grupos radicales señalados por el propio FBI como peligrosos, llegaban allí orientados por el propio Facebook; o que un estudio interno había fijado en un 32 % los adolescentes que sufrirían problemas de salud mental con los cambios introducidos en el algoritmo. También es importante que sepamos que estas advertencias fueron ignoradas por los mandamases de Facebook, eligiendo potenciar el negocio en vez de la salud y la integridad. 

La multitud de datos y algunos diálogos excesivamente técnicos se comen el desarrollo de dos aspectos fundamentales que hubiesen hecho crecer a la película. Uno sería el debate en profundidad sobre la responsabilidad de las tecnológicas como propagadoras de todo tipo de fango y por su propia arquitectura adictiva. Otro, todavía más fundamental, hubiese sido el desarrollo dramático de los personajes implicados en esta investigación. Horwitz aparece demasiado plano. Es cierto que muestra suma honestidad con su fuente, pero poco más. Tampoco llegamos a conocer a Haugen por más que repita varias veces que ella adora su trabajo y que le parece que está participando en un proyecto muy importante para la Humanidad, ya que pone en contacto a la gente y da voz a todas las personas por igual. Pero incluso cuando decide ofrecerse para dar el siguiente paso, salir del anonimato y testificar, lo hace en un pis pas. Sin mayores dudas. 



El nivel dramático sólo lo aprecio en dos momentos muy escuetos. Por un lado en el Prólogo, titulado "Una mujer borracha de raza blanca", cuyo título describe perfectamente la escena. Una mujer joven y hermosa está en el arcén de una carretera, esperando a la grúa junto a su coche averiado. Una pareja de policías se para con la intención de ayudarle pero ella, borracha y con todas las de perder, pasa al ataque. Pone el teléfono delante para grabar todo a la vez que acomete a los policías, increpándolos, mientras expone a su audiencia que a esto hemos llegado: una mujer blanca no es libre en América porque un policía negro y una "zorra" inmigrante (en su placa pone ´Díaz´) "a la que seguro que se la tira" la están acosando. 

Esta joven radicalizada fue amiga de Frances Haugen y su video en internet es el detonante para que esta ingeniera empiece a plantearse qué pasó con aquella amiga que recuerda, progresista y amiga de causas humanitarias. El otro momento dramático es justo hacia el final cuando, durante unos pocos segundos, vemos a esta misma anarcopatriota entre los asaltantes al Capitolio en enero de 2021. Quizás el guión debiera haber profundizado más en estas dos mujeres, la cara y la cruz de esta cloaca en que se han convertido las redes. 



Aunque... también puede ser que la película tenga ese trazo tan impersonal que luce por el rigurosísimo escrutinio legal al que se ha tenido que someter.  En una escena donde un directivo de Facebook se reúne con el periodista, aquel le suelta esta velada amenaza: "Somos el doble que el país más grande de la Tierra, no tenemos miedo al Congreso", como diciendo, nosotros ponemos las reglas. El estudio llegó a contratar un bufete de abogados externo para asegurarse que cada hecho y dato que aparece en la película estuviese contrastado.

A pesar de todo esto tengo que decir que la narración de Aaron Sorkin te mantiene enganchado, menos a la intriga de la investigación periodística que a la sucesión de episodios donde se toman las decisiones cruciales que derivaron en esta "máquina de odio". En inglés se titula The Social Reckoning (algo así como la Red del Ajuste de Cuentas) y es que en ese nicho de cabreo, violencia y bulos es donde detectaron que el negocio no paraba de crecer. La indignación, la frustración y la rabia son los combustibles más rentables para la economía digital, porque sus usuarios son los que más comparten. Así que, como dice el eslogan de la película "se acabó aquello de hacer amigos" (´we're way past making friends´), hemos venido a hacer dinero caiga quien caiga. 

















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Aaron Sorkin (Nueva York, 1961) es uno de los grandes cronistas de las instituciones americanas y las grietas del sistema democrático. También de la función de los medios de comunicación, especialmente la televisión, como vehículo masivo de comunicación que perfila la opinión pública. Así lo ha abordado en obras de teatro como 'Algunos hombres buenos', luego adaptada al cine por Rob Reiner, en guiones como el de 'El presidente y Miss Wade', y en series tan populares como 'Studio 60', 'El ala oeste de la Casa Blanca' y 'The Newsroom'. En sus producciones el creador ha sabido combinar la crítica a diversos estamentos del poder con cierta idealización de personajes que simbolizan la honestidad y la defensa del bien común. 
Pefil tomado del artículo de José M. Romero en la web de la Cadena Ser.

lunes, 19 de octubre de 2026

Los BAILES ROBADOS - de David Coria


















Hace dos noches pude ver este espectáculo de Flamenco y Danza contemporánea dirigido y coreografiado por David Coria. 
Salí del teatro sobrecogido.

No soy un connaisseur de la danza, pero creo que el espectáculo es tan potente que no necesita un folleto explicativo para conectar con el público.



El baile era muy físico, por momentos violento y frenético. Había en el ambiente una sensación a la vez de duelo y rebeldía. El contraste entre la voz rasgada del cantaor flamenco David Lagos (sin guitarra, a capela) y la voz de Isidora O´Ryan, dulce y atmosférica, logró trasladarme a una especie de auto sacramental. 

El escenario estaba electrizado por el extenuante trabajo físico de los bailarines reproduciendo movimientos tribales y los ritmos complejos y percutidos que eran acompañados de golpes en el pecho y en los muslos. Todo, la luz tenebrosa, la música y el movimiento te empujaban a sentir, pero ¿Qué?: Opresión y liberación, obsesión y alivio, encuentro y soledad.








Los cuerpos se retorcían, deslizaban y acompasaban dentro de un espacio sonoro onírico, sostenido por voces de ecos antiguos y unos instrumentos insólitos en el flamenco, el saxo de Juan Jiménez y el violonchelo de Isidora O´Ryan.



En el escenario se reunían coreografías, teatralidad, cante, zapateado y danza sostenido todo por un sonido hipnótico, muy heterogéneo, pero unificado por el ritmo de la sístole y la diástole del latido. El zapateado de David Coria es capaz de todos los matices. A veces se desliza como un susurro, sin que apenas notes el movimiento de sus botines; para luego acelerar hasta el frenesí y de pronto plantarse como un grito.

Esta obra crispada y emocional tiene una inspiración legendaria, las epidemias de baile que se produjeron en algunos puntos de Europa en el siglo XVI para exorcizar los males. La más documentada ocurrió en Estrasburgo en 1518. En estos episodios el esfuerzo físico y el baile sirvieron para buscar una salida al colapso social. 


Me entero a posteriori que este espectáculo se estrenó en 2023 y ha tenido un gran recorrido internacional, por lo que está al final de su singladura. Más teniendo en cuenta que el coreógrafo sevillano ha estrenado, este pasado mes de septiembre, su nuevo espectáculo "Babel. Torre viva". 
Seguiré y perseguiré a David Coria. No me dejaré robar ninguno de sus bailes. 

jueves, 15 de octubre de 2026

PIEZAS en FUGA - de Anne Michaels



Este libro es un vórtice de memoria en el que se entrechocan constantemente presente y pasado de un niño judío rescatado de la barbarie nazi. Jakob Beer, de siete años, es salvado por un geólogo griego de cincuenta, Athos Roussos. Primero vivirán escondidos en una isla griega y posteriormente se trasladarán a Canadá; pero Jakob arrastrará toda su vida una piedra enorme (la memoria del exterminio, los recuerdos de su hermana Bella, desaparecida) que condicionará cada minuto de su existencia. Dos vidas en fuga para emprender la tarea más dura a la que uno se puede enfrentar: seguir viviendo tras el horror.
"La ausencia no existe si permanece al menos el recuerdo de la ausencia. El recuerdo perece si no se le da uso. O como hubiera podido decir Athos: cuando ya no poseemos la tierra, pero sí el recuerdo de la tierra, entonces podemos alzar un mapa". pág. 205
Jakob sobrevivía en Polonia enterrándose en el bosque, durmiendo escondido entre rocas... hasta que lo encontró Athos, "su guía y compañero, no solo a través del tiempo geológico sino también a través de la adolescencia y hacia la madurez", como recordará más tarde. Ambos permanecerán escondidos en la isla de Zakynthos hasta el final de la guerra, cuando se irán a vivir a Atenas con los amigos de Athos, Kostas y su mujer Dafne. En esa dura posguerra los cuatro compartirán recuerdos y atrocidades mientras intentan sobrellevar el hambre. Finalmente le ofrecerán a Athos un puesto en la Universidad de Toronto y allí los dos intentarán reconstruir sus vidas. Jakob acabará siendo poeta y traductor hasta sentir la necesidad de escribir sus memorias porque "la experiencia que un hombre tiene de la guerra nunca termina con la guerra".



Así vemos cómo, a lo largo de todo el libro, la guerra y la infancia están absolutamente presentes en cada conversación, en cada gesto, en cada pensamiento y detalle.
"Cuando yo vacilaba en el umbral de la puerta, Athos no entendía que estaba dejando a Bella pasar primero, asegurándome de que no la dejábamos atrás. Al comer hacía pausas, recitando un encantamiento silencioso: Un bocado yo, un bocado tú, un bocado extra para Bella. "Jakob, comes muy despacio; tienes los modales de un aristócrata.". Despierto en mitad de la noche la escuchaba respirar o cantar a mi lado en la oscuridad, y me sentía mitad consolado y mitad aterrado de que mi oído estuviera pegado al muro fino que divide a los vivos de los muertos." pág 39
Estos son los dos valores esenciales de este libro, un ejercicio de memoria tan obstinado como lacerante y un esfuerzo absolutamente penoso por reconstruir una vida rota. De ahí que el relato destile hermosura y dolor, tal y como indica una de las enseñanzas de Athos: "Encuentra el modo de hacer necesaria la belleza; encuentra el modo de hacer bella la necesidad". Tras la guerra y la pérdida de su familia, Jakob ya será para siempre un hombre en trance. Nunca estará al cien por cien en el presente. Su rescatador, amigo y mentor, Athos, le llega a decir: "A veces no puedo mirarte a los ojos; eres como un edificio que se ha quemado por dentro, cuyos muros exteriores permanecen".



El libro tiene un carácter marcadamente elegíaco. Los recuerdos de Bella inundan cada página formando en ocasiones piezas tan líricas como fugaces. La forma de narrar reproduce el sentimiento capital de Jakob, obsesionado con que "cada momento es dos momentos"; el que está viviendo en el presente (como un sueño) y el que se solapa con los recuerdos de su infancia. De ahí que el relato resulte necesariamente fragmentario, basculando entre lo bárbaro y el amanecer a una nueva vida: "Sobrevivir era escapar al destino. Pero si te escapas de tu destino, ¿en la vida de quién te metes entonces?".

Este carácter elegíaco se acrecienta por la estructura del libro, dividido en dos partes; la primera está narrada por el propio Jakob hasta que con sesenta años vuelve a vivir en una isla griega con su segunda mujer Michaela. En ese regreso a Grecia, cuando visita la casa donde vivió con Athos, la autora logra transmitir auténtica emoción. El sentimiento de pérdida llegó a oprimirme el pecho al seguir a este hombre que parece caminar siempre entre tumbas quizás buscando la suya. 

Isla de Hydra en Grecia

La segunda parte está narrada por Ben, un estudiante canadiense, también judío, que viaja a Grecia para buscar los cuadernos poéticos de Jakob Beer, ya fallecido, por el que está fascinado. Son dos experiencias muy distintas, pero tienen en común el intenso hálito vital que desprenden y una insoportable sensación de pérdida; como cuando Jakob fue abandonado por sus padres en un escueto habitáculo para preservarlo: "algunas piedras pesan tanto que solo el silencio te ayuda a llevarlas a cuestas."

El libro te regala una intensidad emocional inusitada. Su lectura es muy vívida y fulgurante, cargada de reflexiones y apuntes derivados de los numerosos estudios e intereses de los protagonistas; siendo Jakob traductor, Athos un experimentado geólogo y apasionado de la expedición Terra Nova al Polo Sur, mientras que Bella sentía devoción por la música. Notas sueltas, apuntes y comentarios vivifican la lectura y denotan una labor de documentación monstruosa. 

Se habla con detalle de la barbarie en los campos de concentración nazis, de la rebelión que supuso inventarse una canción propia, "Moorsoldaten"(1); de formas de ejecuciones escalofriantes, de estudios de geología, de literatura clásica, de costumbres griegas, de la música y los músicos a los que Bella adoraba ("¿Te das cuenta de que Beethoven compuso toda su música sin haber mirado el mar ni una sola vez?"), de una investigación histórica sobre la influencia del clima en la guerra (El invierno de Rusia contra Napoleón o el granizo que arrasó la cosecha provocando la escasez de alimentos que contribuiría a la Revolución Francesa), de la física de los rayos, de los vientos con nombre propio que cruzan Grecia o de la expedición de Scott al Polo Sur que evidenciaba las diferencias entre estos dos amigos. El científico y zoólogo Edward Adrian Wilson fue amigo de Athos y participó en dicha expedición: Athos admiraba que el cadáver de este explorador fuese hallado con un bolsa de fósiles muy pesada con la que cargó durante kilómetros, incluso moribundo. La pasión por la ciencia. En cambio a Jakob le fascinaba que Wilson, aun en los peores momentos, cargara con un libro de poemas de Tennyson que le habían prestado pues, según sus notas, pensaba devolverlo. Un tipo íntegro.



Al finalizar la lectura me quedo con el lirismo y profundidad con que Michaels trata el dolor y con una inquietante reflexión sobre la memoria. 
       "La historia es amoral: sucedieron hechos. Pero la memoria es moral; lo que recordamos conscientemente es lo que recuerda nuestra conciencia. La historia es el Totenbuch, el Libro de los Muertos, recopilado por los administradores de los campos. La memoria es el Memorburcher, los nombres de aquellos por lo que se debe guardar luto, leídos en voz alta en la sinagoga.
       La historia y la memoria comparten datos; es decir, que comparten el tiempo y el espacio. Cada momento es dos momentos. Pienso en los estudiosos de Lublin, que vieron cómo sus libros más queridos y santos eran arrojados a la calle por las ventanas del segundo piso de la Academia Talmúdica y quemados -tantos libros que la hoguera duró veinte horas-. Mientras los académicos sollozaban en la acera, una banda militar tocaba marchas y los soldados cantaban con toda la fuerza de sus pulmones para ahogar los lamentos de aquellos ancianos; sus sollozos sonaban como soldados cantando. Pienso en el gueto de Łódź, donde los soldados tiraban a los niños por las ventanas del hospital para que otros soldados los "recogieran" con las bayonetas. cuando el juego se volvió demasiado sucio, los soldados lo lamentaron en voz alta, gritando que la sangre les corría por las mangas, les manchaba los uniformes, mientras los judíos en la calle gritaban de horror, con las gargantas secas de tanto gritar. Una madre sintió el peso de su hijo en los brazos al mismo tiempo que veía el cuerpo de su hija en la acera".  pág. 150
Debo concluir aquí el comentario de este admirable libro. Dejo para la siguiente entrada los sentimientos tan encontrados que me ha provocado. 





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(1)"Moorsoldaten" o "Soldados del pantano" fue la primera canción que se compuso en un campo de concentración, en Borgermoor. Los nazis no permitían cantar nada a los prisioneros mientras extraían el carbón... a excepción de las marchas nazis. De ahí que inventarse una canción propia supusiese una verdadera rebelión.
«Die Moorsoldaten» o  
«Soldados del Pantano» en español y «Peat Bog Soldiers» en inglés es una de las canciones políticas más conocidas en Europa que acabó convertida en un himno antifascista. La canción tiene una melodía lenta y simple, evocando la marcha de un soldado, y es deliberadamente repetitiva, reflejando y narrando la rutina diaria del trabajo duro en condiciones difíciles.