Muchos asuntos atraviesan esta película empeñada en mostrarnos el dolor, las transferencias emocionales y la falta de comunicación en una familia rota hasta hacernos reflexionar sobre quienes somos, cómo vivimos y cómo nos relacionamos. Tres asuntos destacan en su confección. Una sensibilidad a la vez extraordinaria y seca en su desarrollo, una estructura compuesta de cuadros, con una duración de 6-7 minutos, donde se mezclan presente y pasado para ayudarnos a componer la historia de esta familia durante cuatro generaciones y, finalmente, la presencia totémica de la casa familiar como conjuro de fantasmas, infancias y fracasos.
Este cúmulo de fragmentos de historias y personajes, unidos por un simple fundido a negro, se podrían calificar como las estrofas de un poema épico sobre la vida y zozobras de una familia. En un cuadro las niñas (Nora y Agnes) ven desaparecer a su padre y en el siguiente Nora ya está debutando en el teatro. En otro el padre (Georg) está ensayando una película con una actriz en la casa familiar y en otro se nos muestra la vida de su madre cuando participó en la Resistencia durante la guerra, siendo luego detenida y torturada. Todos estos fragmentos suman y conforman estas vidas impregnadas de dolor.
La casa familiar tiene tanta presencia en el relato que la película arranca con ella, soportando golpes, gritos y carreras mientras una voz en off nos introduce en el palpitante devenir de esta estirpe:
"Cuando Nora iba a sexto les mandaron hacer una redacción en la que tenían que ser un objeto, enseguida supo que ella sería su casa. Describió cómo el vientre de la casa temblaba cuando ella y su hermana bajaban las escaleras y salían corriendo, que las veía atajar por el agujero de la valla antes de torcer hacia la calle y perderlas de vista. Se preguntaba si a la casa le gustaba más estar vacía y ligera o llena y pesada, si al suelo le hacía gracia que lo pisotearan, ¿las paredes tenían cosquillas? ¿sentiría dolor? Y pensaba que sí, que le gustaba más estar llena.
Antes de ellos otras personas y mascotas tuvieron sus destellos de tiempo en la vida de la casa. Su tatarabuelo murió en el dormitorio de la primera planta. La misma habitación en la que nació su abuela y que ahora era el dormitorio de sus padres. Su padre decía que la casa estaba torcida por un defecto que se descubrió justo al acabarla de construir, hacía 100 años. En la redacción puso que era como si la casa siguiera hundiéndose, desmoronándose pero a cámara muy lenta y que todo el tiempo que su familia llevaba viviendo allí no era más que un abrir y cerrar de ojos en plena caída.
Al leer la redacción más adelante se dio cuenta de que no había utilizado la palabra reñían, sino que sus padres hacían ruido; y si había algo que a la casa le gustaba aún menos que el ruido era el silencio. Cuando su padre se fue para no volver se aligeró. El ruido de sus padres desapareció, pero echaba de menos los demás sonidos del padre.
La maestra le puso un sobresaliente y a su padre le encantó. Nora la desempolvó cuando buscaba un monólogo para las pruebas de acceso a la Escuela Superior de Teatro, pero se llevó un chasco por lo poco emotiva que era, así que optó por el monólogo de Nina de La Gaviota."
En esta introducción ya están presentes todos los ecos, grietas y silencios de esta historia.
Tras esta primera pieza en torno a la casa, nos llega otra sobre el debut de Nora (Renate Reinsve) en un gran teatro, con ataque de ansiedad e intento de huida incluido. Aunque finalmente sale y triunfa. En el tercer cuadro la madre ha muerto y las dos hermanas están atendiendo a los invitados cuando se presenta el padre (Stellan Skarsgård), un director de cine reconocido y muy veterano. Se presenta como si nada. Él ha primado su carrera sobre la familia y ahora, ya mayor, quiere hacer una última película. Tiene el guión acabado y no tarda en comunicar a Nora que lo ha escrito para ella. Quiere que lo protagonice, pero ella se niega. Ha arrastrado mucho dolor en su vida y no quiere ni dirigirle la palabra. Parece que la vida familiar y el arte en esta familia son excluyentes y fuente de desavenencias.
El duelo está servido entre padre e hija. Una retrospectiva en el Festival de Deauville le proporciona la oportunidad de contar con una actriz norteamericana tremendamente mediática (Elle Fanning), aunque ella misma acabará comprobando que es ajena a esta historia, por más que le hayan hecho teñirse el pelo del mismo color que Nora.
Al comienzo del último tercio hay una secuencia que revela la esencia de la película. Recortado contra un fondo negro aparece el rostro del padre que se va transformando en el rostro de Nora primero y de Agnes después para volver él. Un fundido que palpita mezclando los rostros y alternándolos sin solución de continuidad. Son padre e hijas y están indisolublemente unidos por ese vínculo a pesar de que han pasado la vida separados.
Los éxitos cinematográficos del padre ya son cosa del pasado; pero no reniega de su vocación ni de reconectar con sus hijas. Se ha volcado en el nuevo guión, quizás el último, quizás el más sincero. Trata de las dificultades de una madre joven con un niño de siete años. Un paralelismo de cuando él tenía precisamente esa edad... y su madre se ahorcó. Aunque él insiste en que la película no va sobre su madre, sino que la ha escrito para Nora, por más que ahora mismo los separe un abismo.
Nora nunca superó el abandono de su padre. Con gran esfuerzo ha rehecho su vida, aunque carga con un intento de suicidio. En una escena de íntima sororidad se abraza a su hermana pequeña y le confiesa, ¿Por qué tú estás tan bien y has llegado a formar una familia y yo estoy tan jodida?. La pequeña (Inga Ibsdotter Lilleaas) le reconoce que "hay una gran diferencia en cómo nos criamos tú y yo. Yo te tuve a tí (...) tú no me fallaste."
Como he dicho hay muchos asuntos que atraviesan esta película: La relación entre padres e hijos y el peso de la memoria familiar, las cosas que no se dicen y, por lo tanto, se enquistan y nunca se resuelven, la relación absorbente con el arte y hasta la conexión que puede haber entre ficción y realidad. La película recorre el camino de la expiación a través del arte y la íntima vinculación de éste con la propia experiencia vital. En este sentido, el plano secuencia final de nuestra película coincide con el que está rodando Georg para su cinta. Lo hemos visto previamente en un ensayo, pero en esta toma definitiva adquiere un nuevo giro significativo e inesperado.





















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