Este libro es un pastiche de cuidado donde el gran Chesterton luce sus mejores galas intelectuales y literarias. Se trata de una novela policíaca que mezcla trazos de thriller político y hasta filosófico para desembocar en una alegoría religiosa cargada de simbolismo místico-cristiano.
Todo ello entretejido con una persecución frenética por las calles de Londres, el Canal de la Mancha y un puñado de pueblos franceses con el objetivo de detener un atentado. Lo cual no hace sino confirmar la habilidad de este periodista y polemista para vestir de aventura y entretenimiento popular cualquier debate filosófico. La obra tiene por subtítulo Una Pesadilla y sus páginas no dejan de recordárnoslo. Enfatizan constantemente una sensación de extrañeza y alucinación que va ganando enteros según avanza la novela.
La peripecia se inicia en un Londres onírico que empieza a transitar por el siglo XX. En uno de sus parques se encuentran dos poetas, Lucian Gregory y Gabriel Syme. Tras debatir en torno a su visión del arte, Gregory invita a Syme a una reunión secreta que no será más que la entrada a un verdadero laberinto. Gregory revela a su compañero que es un anarquista y Syme le corresponde confesándole que es un policía.... no sin antes comprometer cada uno su palabra de caballero para guardar silencio.
"¿Acaso no se da cuenta de que nos hemos dado mutuamente jaque mate? -exclamó Syme-. No puedo decirle a la policía que usted es un anarquista, y usted no puede decirle a los anarquistas que yo soy policía. Sólo puedo vigilarle al saber quién es; usted sólo puede vigilarme, sabiendo quién soy. En suma, se trata de un duelo solitario e intelectual, mi mente contra la suya." pág. 53
En la reunión de esa sección anarquista, Syme es nombrado su representante en el Consejo Anarquista Central, al que acudirá bajo el nombre en clave de "Jueves". El Consejo lo forman los siete días de la semana bajo la autoridad de "Domingo", quien planea un magnicidio en París que ponga el mundo a sus pies.
El combate entre policías y terroristas llena de acción y enfrentamientos toda la novela; pero no es más que el reflejo de otro combate más profundo entre ideas que no dejan de chocar y alumbrarse: el Bien contra el Mal, la anarquía contra el Estado o el relativismo moral contra la moral cristiana.
"El jefe de uno de nuestros departamentos, uno de los detectives más famosos de Europa, hace tiempo que sostiene la opinión de que una conspiración puramente intelectual amenazará muy pronto la existencia de la civilización. Tiene la certeza de que los mundos científico y artístico se han unido en secreto para emprender una cruzada contra la Familia y el Estado. Para afrontar este peligro, ha creado un cuerpo especial de policías, policías que también son filósofos." pág. 74
Una vez decidido el magnicidio la maquinaria anarquista se pone en marcha y también Syme para desactivarla. Los lances son constantes. Syme perseguirá y será perseguido en coche, a caballo y en globo; tendrá que esquivar disparos y enfrentarse en duelo... pero todo ocurre siempre bajo un aura de extrañeza. Como cuando es perseguido por un anciano medio paralítico por todo el centro de Londres, sin poder despistarlo. Cuando el viejo camina casi no se sostiene y sin embargo cuando Syme se incorpora a un ómnibus a la carrera o se esconde en una esquina tras correr por un amasijo de callejuelas, al final siempre aparece el infernal tullido, haciendo resonar su bastón en el tosco empedrado. En otra ocasión se enfrenta en duelo al anarquista que va camino de París, y aunque le clava la espada en el torso y en el cuello ¡de allí no mana sangre alguna, ni frena al dinamitero!
Esta aventura vibrante y enigmática tiene todos los ingredientes del misterio y la fantasía. A Syme lo recluta un superior ignoto que lo interroga en una habitación a oscuras, y cuando reconoce no poseer experiencia alguna, el jefe le responde: "Nadie tiene experiencia en la batalla del Armagedón". Ya desde el primer y nocturno encuentro el autor nos introduce en un Londres fantasmagórico de tabernas y callejuelas. La discusión de Syme y Gregory sobre la poesía aborda el propósito de todo arte. Chesterton utiliza este debate para presentar las oposiciones binarias que sostienen la arquitectura del libro: orden versus caos, creación versus destrucción, fe versus escepticismo y significado versus sinsentido.
"Gregory prosiguió con buen humor en su elevado tono retórico:
—Un artista es idéntico a un anarquista -exclamó-. Puede transponer los términos como usted quiera. Un anarquista es un artista. El hombre que arroja una bomba es un artista, ya que prefiere un gran momento a todo lo demás. Comprende que es mucho más valioso un estallido de luz cegadora, el estruendo de un trueno perfecto que los vulgares cuerpos de unos cuantos policías informes. Un artista hace caso omiso de todos los gobiernos, suprime todas las convenciones. El poeta sólo encuentra placer en el caos. Si no fuera así, la cosa más poética del mundo sería el ferrocarril suburbano. (...)
—¡Es usted el que carece de espíritu poético! —replicó el poeta Syme—. (...) ¿Acaso no es épico cuando una persona alcanza una estación distante gracias a una máquinas azarosa? El caos es tedioso, y precisamente porque en el caos el tren puede ir a cualquier parte, ya sea a Baker Street o a Bagdad. Pero el hombre es un mago, y toda su magia consiste en eso, en que él dice Victoria y, ¡mira!, es Victoria. No, quédese con sus libros de prosa y poesía y déjeme leer un horario de trenes con lágrimas de orgullo. Llévese a su Byron, que conmemora las derrotas del hombre, y tráigame el Bradshaw, que conmemora sus victorias." pág. 28
Hay una constante tensión o juego entre apariencia y realidad. El paradojista Chesterton compone una novela que es una persecución frenética entre anarquistas y policías y a la vez una peregrinación al empíreo. Me llama la atención que se describa minuciosamente el paisaje, los rostros y ropajes cuando la acción deriva rápidamente hacia lo irreal. Esto se acrecienta más según nos acercamos al final, como cuando todos los que han venido ayudando a Syme en su persecución acaban volviéndose contra él, persiguiéndolo y cercándolo. Y por supuesto en el fantástico final, cuando los seis detectives filósofos son invitados a una mansión donde se prepara una especie de mascarada para la que les han preparado unas túnicas. Al colocarse la suya Syme reconoce que "esos disfraces no disfrazaban, revelaban."
Pero precisamente lo que no se puede revelar en una reseña es el desenlace y mucho menos uno tan radical y alegórico como este. La novela tiene el trazo policíaco, la velocidad de la aventura y el misterio de la intriga, pero sus episodios también son poderosamente simbólicos. Sólo referiré dos. Cuando Syme y sus compañeros se ven acosados por un horda anarquista buscan la ayuda del doctor Renard que, en el último momento, descuelga un farol de su vestíbulo que les iluminará el camino como hace la fe: "Había cierta alegoría en el contraste que se producía entre el moderno automóvil y su extraño y eclesiástico farol". En otro momento muy apurado un compañero de Syme se declarada sin embargo esperanzado.
—Por extraño que parezca aún tengo una esperanza. Hay una esperanza demencial que no me puedo quitar de la cabeza. El poder de todo el planeta se ha puesto contra nosotros, pero aún me pregunto si esta pequeña esperanza estúpida tiene sentido.
—¿En quién reside esa esperanza? —preguntó Syme con curiosidad.
—En un hombre al que nunca he visto —dijo el otro, contemplando el mar plomizo.
—Sé a quién te refieres —dijo Syme en voz baja—, al hombre de la habitación oscura."
Baste recordar que Chesterton fue un filósofo y también un apologista cristiano. El anarquismo que cobraba fuerza en su época, le hacía imaginar un caos que le horrorizaba. Del mismo modo su espíritu religioso sentía vértigo ante el mundo sin Dios al que conducía el relativismo moral que se extendía por las sociedades occidentales. En su novela se corre, lucha y pelea con la jovialidad de una historia policíaca pero, también, bajo la sombra de un Leviatán.
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| George Grosz, "Camino peligroso" (detalle) - 1918- |
Conocido como el rey de la paradoja, Chesterton, en esta novela, elige defender al estado y la fe cristiana vestido con la chaqueta de un anarquista. En su búsqueda del contraste narra su defensa de la seguridad pública desde el motín, y de la fe cristiana desde el descreimiento. Así se puede apreciar en los argumentos con los que un policía intenta atraer a Syme hacia el servicio de los policías filósofos.
"Recordamos a los príncipes del Renacimiento. Nosotros decimos que el criminal peligroso es el criminal educado. Decimos que el criminal más peligroso de todos ahora es el filósofo moderno que no conoce ninguna ley. Comparados con él, los ladrones y los bígamos son hombres esencialmente morales; en el fondo de mi corazón los comprendo. Ellos aceptan el ideal esencial del hombre, lo único que ocurre es que lo buscan erróneamente. Los ladrones respetan la propiedad. La mayoría de ellos desean que una propiedad sea de su propiedad para respetarla como tal con mayor perfección. no obstante, los filósofos rechazan la propiedad en sí misma, desean destruir la idea de la posesión personal. los bígamos respetan el matrimonio, si no no cumplirían con el elevado ceremonial e incluso con la formalidad ritual que exige la bigamia. Los asesinos respetan la vida humana, la mayoría pretende obtener una mayor sensación de vida con el sacrificio de las vidas que a ellos les parecen menos valiosas. Pero los filósofos odian la vida en si misma, tanto la suya propia como la de los demás." pág. 75
En un Prólogo que Alfonso Reyes escribió para esta obra defendía que, al contrario de lo comúnmente aceptado, Chesterton "no es un paradojista. Bajo el aire de la paradoja, hace que los estragados lectores del siglo xx acepten, a lo mejor, un precepto del Código o una enseñanza del Catecismo. El contraste, el sistema de sorpresas, que es, como dije, su procedimiento mental, es también su procedimiento verbal. Posee una lengua ingeniosa, pintoresca, llena de retruécanos a su manera: sube, baja, salta, riza el rizo encaramado peligrosamente en una palabra, y a la postre resulta que ha estado defendiendo alguna noción eterna y humilde: la Fe, la Esperanza, la Caridad. En la boca de "Syme", personaje de esta novela, pone una sentencia que explica muy bien su situación. La paradoja, dice Syme, tiene la ventaja de hacernos recordar alguna verdad olvidada."
Quiero terminar con otro párrafo de ese Prólogo de Alfonso Reyes respecto al valor perdurable de Chesterton:
"En todo caso, cuando todos los valores dogmáticos de la obra de Chesterton hayan sido discutidos —su ortodoxia, que acaba por admitir todas las heterodoxias cristianas en su seno; su antisocialismo especial, su democracia caprichosa, su política díscola, sus teorías históricas y críticas— Chesterton, el literato, quedará ileso. Sus libros seguirán siendo bellos libros, su vigorosa elocuencia seguirá cautivando"
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G. K. CHESTERTON (1874-1936) nació y vivió en Londres. Escribió incansablemente durante toda su vida llegando a publicar alrededor de cien libros. Sus obras más reconocidas aparte de la presente son El Napoleón de Notting Hill (1904) y La esfera y la cruz (1910) en el ámbito de la novela; Herejes (1905) y Ortodoxia (1908) en el del ensayo y Charles Dickens (1909) y William Blake (1910) en el del estudio biográfico. Aunque sin duda su producción más popular son las aproximadamente 50 historias que protagoniza el sacerdote detective Padre Brown.
En 1901 se casó con Francis Blogg, quien tuvo una gran influencia en su religiosidad posterior. Comenzó a escribir una columna semanal en un periódico al año siguiente, y continuó por el resto de su vida. Durante las siguientes tres décadas, Chesterton fue un pilar furiosamente polemista, pero muy respetado, de los círculos literarios británicos.
























