miércoles, 10 de junio de 2026

LA JAULA BLANCA de TÚNEZ EN FORMA DE PAGODA - de Mirolad Pavic

Serie Narraciones Extraordinarias








os pensamientos humanos son como cuartos. Entre ellos hay salas lujosas y cuartuchos saturados. Los hay soleados y sombríos. Algunos dan al río y al cielo, otros al traspatio o al sótano. Las palabras en ellos semejan cosas y pueden ser cambiadas de un cuarto a otro. Los pensamientos dentro de nosotros en realidad, esas habitaciones en nuestro interior, agrupadas en palacios o cuarteles, pueden ser moradas de otros donde uno resulta ser sólo un inquilino. A veces, sobre todo de noche, encontramos que las salidas de esos aposentos están cerradas con llave y no podemos abandonarlos. Estamos encerrados como en un calabozo hasta que nuestros sueños nos liberan y nos dejan salir. Pero los sueños son como los invitados de una boda, hay que esperarlos. Mientras tanto, reina el insomnio. Dicen que existen dos insomnios, como dos hermanas. El de antes de dormirse y el otro, después de despertar en plena noche. El primero es madre de la mentira, el otro es madre de la verdad.

     Desde que vivo solo el insomnio me atormenta cada vez más a menudo y yo lo resisto con un método que desarrollé con mucho afán. Todo ocurre en la cama y en mi mente. Y todo, de alguna manera, está relacionado con mi profesión de experto en decoración de interiores. Primero selecciono una casa en la ciudad que mejor me sirva para estos propósitos. Alguna construida con paja de avena que impide que las energías maléficas del inframundo suban hasta los aposentos. Al ubicar una casa con esas características empiezo a amueblarla y a arreglarla cada noche en mi mente. A llenarla de muebles de mi invención. Pero yo no arreglo esa casa motivado sólo por el deseo de que luzca bien. Yo la estoy acondicionando para una persona en particular. Para JM. Y exclusivamente para las necesidades de esa persona. 
     Todo empezó así.
     Durante mis paseos por las tardes escogí un pequeño palacio e indagué todo lo que podía sobre su origen. Está en el mismo principio de la calle Kraljevića Marka que sube curvada desde el muelle del Sava hacia Zeleni Venac rompiendo el viento. Su fachada está llena de bonitas ventanas divididas en cruz que hoy en día ya no se hacen. Está erigido sobre la base de un “nueve vivo” cuya forma no encierra el cero como la mayoría de los demás números nueve. El edificio se conoce como “La casa de Lika 
Ćelović”. Fue construido en 1903 según los planos del ingeniero Miloć Savćić en el estilo neorrenacentista con elementos del neobarroco, a juzgar por los manuales de G. Gordic y B. Vujović. Es una “construcción angular con fines residenciales y comerciales con sótano, planta baja, dos pisos y el desván. A la fachada principal le dan especial vivacidad unas aberturas grandes en la planta baja donde hay algunas tiendas y los sólidos tímpanos arriba de las ventanas del primer piso. El edificio termina con una cornisa de techo, rematada con vigas voladizas, arriba de la cual se elevan el ático revocado y las clásicas ventanas de mansarda…”. Encima de la entrada está el escudo con letras L.C.T. entrelazadas y una placa que dice que fue donado a la universidad de Belgrado. Su dueño, el famoso comerciante belgradense, Luka Ćelović (1854-1929), por muchos años presidente de la cooperativa de Belgrado, tenía su sede comercial en el edificio vecino, una belleza que daba a la plaza antaño conocida como el “pequeño mercado”. Su busto de bronce está no lejos de ahí, en la esquina de un edificio de varios pisos en la calle Karadjordjeva. Mira hacia el suroeste, hacia Trabinje, desde donde Luka había llegado a Belgrado en 1872 para comprar tierras y levantar algunas de las casas más hermosas del puerto. Fue uno de los fundadores del movimiento chetnik-komita¹ en Serbia, creador de la bolsa de Belgrado y benefactor de instituciones científicas. De él dicen que por el chirrido de las plumas podía adivinar lo que sus contadores escribían.
     Durante mis insomnios, en vez de contar cuántas veces en la vida compré zapatos bonitos que no me quedaban bien, decidí poblar y amueblar la casa de Luka Ćelović. Sabía que esta casa le gustaba a JM y eso fue decisivo para mi elección. JM tenía un profundo sentido de “zonas” con energía positiva, como de otras también. La parte entre la Catedral y el río Sava era para ella una “zona” indiscutiblemente preciosa. Allí, en la cuesta que baja al Sava el invierno huele a otoño y la primavera a invierno, y JM consideraba que al entrar en esa “zona” empezaba a llevar su verdadero nombre. Apenas salía de dicha “zona” se llamaba de otra manera, era otra persona. Es decir, la elección cayó sobre la casa familiar de Luka Ćelović que estaba en esa “zona”.
     Al entrar en ese edificio en mi memoria susurré como un embrujo en cada una de sus habitaciones una de las diecisiete letras del nombre de JM.
     Ahora puedo decir que en aquel entonces ya tenía bien avanzados ciertos preparativos de particular índole. Durante el tiempo en que pude observar a JM a diario notaba los movimientos de sus brazos y sus manos delicadas, su manera de andar y peinarse, la postura del cuello y de los hermosos hombros y muslos, el movimiento de sus pechos al sentarse, los giros del cuerpo, el papel de sus piernas ovilladas en el sillón o corriendo, la vuelta de su cabeza detenida al oír, mucho antes que nosotros, el rugido del avión que traía las bombas… Luego compuse un pequeño “diccionario de movimientos” de JM. Para cada uno de ellos establecí un signo. Fue particularmente difícil crear signos para sus irrepetibles pasos de danza. Siempre bailaba sola, ni siquiera conmigo bailaba jamás, pero esa danza era lo más hermoso en ella. En mi diccionario había signos parecidos a los usados por expertos rusos de ballet de principios del siglo pasado, como Nizhinski por ejemplo, para marcar sus partituras. Los puse en el diccionario para una fácil localización. Era como un catálogo de movimientos; como un alfabeto secreto. Algo semejante al teclado de la computadora desde el cual se controlan saltos, carreras, nado o giros de héroes de videojuegos para adultos que JM y yo solíamos llamar “novelas sin palabras”. Para provocar dichas actividades inventaba distintos tipos de muebles, porque cada pieza de mensaje preveía otro movimiento de JM: abrir una puerta, sacar un cajón, bajar la tabla del escritorio. Así provisto empecé a amueblar la casa de manera que mejor satisfaría los gustos y la naturaleza de los movimientos de JM, decidido a invocar de ese modo, al menos en la mente, todas mis reservas de sus actividades, vueltas, entradas, subidas por la escalera y salidas…
     En mis operaciones nocturnas no quise cambiar la fachada de la casa. Sólo le lavé la cara con pinturas, con colores del vino blanco Bermet y de un azulado vino espumoso de Italia. Al revisar el interior de la casa de Luka Ćelović durante mi siguiente insomnio decidí remodelar la escalera. Recordé la manera de caminar de JM y un ademán en la escalera barroca bifurcada del Palacio de Ausperg en Viena; el de su mano que quiso apoyarse en el lujoso barandal metálico y luego desistió. También recuerdo que al bajar desvió su paso sobre el borde redondeado del último peldaño. Además, recordé que el palacio vecino de la Cooperativa de Belgrado también tenía una escalera bifurcada, así que enseguida proyecté otra igual en la casa de Luka Ćelović. Una noche demolí en la mente las dos tiendas a los lados de la entrada y obtuve el espacio para llegar con la escalera bifurcada justo a la ventana en el centro del primer piso y de ahí más arriba, lo cual ya resultaba mucho más fácil. La nueva escalera era de piedra con el barandal de hierro forjado y el pasamanos de madera de roble para que el frío no ahuyentara la mano como en Viena. En la cama, mientras inhalaba el aire, con claridad veía en mi mente esa nueva escalera en la casa de Luka Ćelović, pero al exhalarlo la escalera desaparecía.

Escalinata del palacio de la Cooperativa de Belgrado


     En los escaparates de las tiendas demolidas coloqué vitrales que representaban dos sueños de JM que una vez me había contado. Uno de ellos, en el escaparate a la izquierda de la entrada, era un sueño sobre las nubes:
     “Nubes inmóviles y espesas como musgo ocultan el cielo. 
―¡Son verdes como el moho!― dice alguien cerca. La gente yace sobre el pasto de los lugares de recreo boca arriba o, sumida en los asientos de los cabriolés, observa esas nubes juntándose alrededor de los árboles más altos. En las grandes ciudades se ve ese musgo adherido a las cimas de los rascacielos rodeando como un caparazón todo el planeta. A veces esos compactos tapetes muertos de lama celeste se rompen y todo el musgoso firmamento se agita en esa parte y se inclina de manera que la gente empieza a marearse. Los aviones ya no despegan…”. 
     Durante uno de mis siguientes desvelos coloqué en la parte trasera del edificio de Luka Ćelović los cuartos auxiliares, las cocinas de verano y de invierno y dos baños, uno grande y otro pequeño. Convertí la mansarda con tres ventanas en un jardín botánico. Allí JM podría desayunar y fumar sus cigarrillos, todos de colores diferentes.
     Al acabar así la obra negra empecé a arreglar el interior. No hay que pensar que, por ocurrir todo de noche, en la cama y en la mente, yo no aplicaba los métodos necesarios y usuales de mi profesión. Ordené los picaportes y cerraduras del maestro Lunich, cuyo taller estaba cerca de Kalemegdan. De él ordeno todo el latón cuando trabajo en edificios reales. Pero aquí los pedidos eran especiales. Ni siquiera dos picaportes debían ser iguales. La razón era simple. Cada uno de los picaportes induciría un ademán diferente en los largos dedos de JM. Cuando los trajeron y distribuyeron los revisé con deleite. Uno tenía la forma de pájaro que estaría en la mano de JM cada vez que abriera la puerta de la sala de baile en el piso superior, otro era como el mango de un arco de violín, el tercero como un abanico chino. Había picaportes que llevaban manzanas de vidrio y botas de mármol o picaportes hechos de cuernos del chivo montés, y en el dormitorio de JM se encontró un picaporte de madera de abeto que olía eternamente a bosques cubiertos de nieve. El picaporte de entrada se parecía a un pequeño revólver de dama del siglo XVIII. La puerta se abría apretando el gatillo. Si se juntaran todos los ademanes necesarios para usar estos picaportes se obtendría una cincuentena de compases de la danza basada en la melodía favorita de JM, Ausencia...
    Desde luego que a veces me iba a observar la casa de Luka Ćelović de día y desde afuera. Estaba deteriorada y se veía mucho peor que en mis fantasías. Las cuatro tiendas en la planta baja tenían sus escaparates polvorientos y en un rincón del portón un anciano con sombrero remendado fumaba su pipa. La boquilla apestaba a cuernos de cabra húmedos y las orejas del viejo mostraban la espuma rancia del rasurado. Todo era sumamente decepcionante.
     Por eso de noche, en la oscuridad, me empeñaba aún más en amueblar cada parte de esa casa. Le encargué al hojalatero Lunich que vaciara en bronce cincuenta pares de labios, los masculinos con bigote y los femeninos cubiertos de lápiz labial, y distribuí esos labios metálicos por las paredes de los cuartos en vez de ceniceros. Conectados con los tubos aspiradores del edificio, succionaban ansiosamente la ceniza y las colillas de los cigarrillos que JM fumaba y tiraba por toda la casa. Derribé las paredes del segundo piso y obtuve un “cuarto de música” espacioso, en realidad una sala de baile con tres ventanas que daban al antiguo “pequeño mercado”. JM podría liberar allí su incontenible energía para el baile en la estampida musical de Claro de luna. Para ese propósito se colocó un parqué nuevo en forma del laberinto de Chartres, que JM recordaba consagrado.


     Situé el baño grande en el segundo piso con vista al patio. Un picaporte en forma de narguile llevaba a un gran espacio rectangular casi completamente vacío. El techo estaba iluminado como si encima del baño hubiera un cielo medio nublado. Al pisar las losetas de un negro pálido y violeta se notaba al fondo una cama de vidrio adornada con un cojín rojo a prueba de agua. Presionando el botón regulador de la densidad y la inclinación del agua empezaba a llover en el baño. De ese modo JM podrá dormir bajo una lluvia cálida en la cama de vidrio o, lo que le gustará sobremanera, poner la música y con los sonidos de Camino jázaro bailar bajo un chubasco. Aún recuerdo los movimientos laterales de sus hombros que parecían salir de las pinturas de mujeres egipcias de tumbas faraónicas, siempre retratadas de lado, de perfil. La ventana del baño es un semicilindro de cristal de tamaño humano y al entrar en él uno parece haber entrado en un poste de anuncios callejeros. Sobre su cristal lechoso se reprodujo una enorme ampliación de una foto del pequeño hijo de JM. De pie, está bebiendo una coca cola con un popote.
     Del techo de su estudio en el primer piso colgué una cadena con la mecedora de mimbre cuyo asiento era una auténtica silla de montar con estribos y perilla, a la que JM podrá aferrarse mientras descansa en este columpio su cuello y espalda del trabajo en la computadora. Una pared era el monitor de su computadora. Podrá ver y sentir a su heroína favorita, Lara Croft, en su tamaño natural. En las alforjas le dejé como regalo la libreta electrónica que cargué con todas las obras publicadas de JM y una pequeña biblioteca de sus libros favoritos. Sobre la pared colgué una pequeña vitrina forrada de terciopelo en el que descansaba un lápiz escolar de JM.
     La cocina grande está orientada de tal manera que las sombras de pájaros, en verano, vuelan a través de ella, y en invierno las sombras de copos de nieve caen sobre el piso. La luz brilla por las falsas ventanas con mapas de vidrio de Cornwall y Egipto, las regiones favoritas de JM. En la pared está un lienzo de tela rústica con un bordado de dos bellas campesinas junto a la estufa con una olla. La inscripción en el lienzo registra sus palabras con hilo rojo:
   ―¡Come, comadre, mientras está caliente!
   
―¡Comí queso antes de comer y no tengo hambre!
     En el rincón junto a un sillón coloqué la jaula blanca de Túnez en forma de pagoda. En ella duerme Constantina, la gata rayada parecida a aquella que JM encontró y amó en Grecia afirmando que Constantina en vez de soñar sus propios sueños soñaba los míos. JM jamás cocinaba platos cuya preparación durará más que el tiempo necesario par escuchar dos veces la canción Los noventa.
     Sin embargo, dada la rapidez de JM eso significaría una hora u hora y media en el caso de otra persona. En broma decía que vivía tan rápidamente que en unos años sería mayor que yo, que podría ser su padre. En realidad, cuando cocinaba seguía una extraña sabiduría considerando que la preparación de una comida no debe durar más que el tiempo necesario para comerla.
     El baño pequeño tenía un jacuzzi triangular y en la cabina un botiquín de vidrio con un vaso de cristal y una botella de amaro Ramazzotti. Se podía alcanzar sin levantarse del jacuzzi con ese ademán alcanza todo de su mano que JM usaba en la cama. En medio de ese pequeño baño está una silla de manos medieval para mujeres. Al levantar el cojín de su sillón aparece el asiento de marfil con el ovalado orificio y su tapa. Debajo de éste, un cubo vacío de mármol baja hacia el subterráneo. Allí, en el fondo, corre el agua del drenaje…
     La alcoba de JM estaba en el segundo piso junto al baño grande. Al lado de ella construí un pequeño cuarto para la ropa y el calzado. A JM le quedaban bien tanto las prendas y sombreros femeninos como los masculinos. Usaba con el mismo placer los suyos y los míos. Sus zapatos permanecían como nuevos por décadas. Por eso llené el vestidor con la ropa de ambos. Pero, ahí mi trabajo se detuvo…

     Aparte de un sofá azul que puse enseguida entre dos ventanas y un espejo extraño con un pequeño agujero en una esquina, no lograba emprender en mis insomnios el arreglo del dormitorio de JM. Después de todo, era de esperarse. Porque allí estaba el puto clave. Yo no emprendía todas esas labores reflexivas sobre la decoración interior de esa casa sólo para apagar mis insomnios. Tenía otra razón más importante: anhelaba invocar a JM para que estuviera en mi vida de nuevo. Aunque fuera de esa manera absurda e insensata, establecía en mi recuerdo todo el repertorio de sus movimientos desde que entraba a la casa hasta que se iba a acostar. Los objetos distribuidos en esa casa formaban en mi mente y en mi memoria una película sobre sus movimientos. Ella era rápida, más rápida que cualquiera que yo conociera. Sabía ver, tender la mano o lanzar una palabra como un tiragomas antes que nadie. Tan rápida como era, pensaba, tal vez sentirá ese tejido espeso de sus movimientos en mi imaginación y reaccionará antes que sea tarde. Tal vez vendrá a ver en la realidad la casa en el “pequeño mercado” habitada por su paso y su danza a través de mis insomnios.


*
     

     Por supuesto que tales esperanzas se disipaban cada mañana en la gris cotidianeidad. Bastaba ver el cielo con unos cuantos pájaros sucios y las nubes que se derretían. Una mañana de esas encontré en mi oficina con la solicitud de un proveedor para que me reportara. No pude hacerlo enseguida, pero uno o dos días después me llamó una voz masculina, se presentó y me propuso que interviniera en el arreglo de un edificio residencial. Demostró que sabía de varios interiores que yo había ideado en algunas casa belgradenses, así que acepté. Entonces me dio la dirección y casi me desmayé. La casa donde habría de trabajar era la de Kraljevića Marka número 1.
     ―Tal vez se acuerda de ese edificio 
―agregó la voz― se conoce como la “casa familiar de Luka Ćelović”. Algunas partes no están arregladas, por eso lo llamo de parte de mi cliente.
     En ese mismo instante, sin esperar el día de la cita con el cliente, corrí hacia allá como enajenado. Desde lejos noté los cambios en la casa de Luka Ćelović. La fachada estaba pintada decolores del Bermet blanco y del azulado vino espumoso italiano. Los dos escaparates de las tiendas a cada lado tenían vitrales nuevos. El izquierdo mostraba un paisaje con nubes extrañas. Era una pintura sobre el vidrio. Las nubes espesas como musgo, verdes e inmóviles, ocultaban el cielo. En esa pintura de cristal la gente yacía en el pasto de los lugares de recreo boca arriba o, sumida en los asientos de los cabriolés, observaba esas nubes juntándose alrededor de los árboles más altos…
     Con asombro agarré el picaporte en forma de revólver de dama del siglo XVIII y jalé el gatillo. La cerradura crujió y la puerta se abrió ante mí. Apareció una escalera barroca bifurcada y me inundó un tufo a cuernos de cabra húmedos. Allí me tope con un viejito de sombrero remendado y pipa, tal vez el cuidador, un poco sorprendido por mi presencia. Sin prestar atención a sus gritos me aferré al pasamanos de madera de roble y corrí como enajenado al piso superior. Pasé junto al estudio de JM, donde la mecedora con asiento de silla de montar aún se mecía, y fui a la cocina, donde asusté a la gata Constantina. Yo estaba temblando y repitiendo a media voz:
    ―Esto no es posible, esto no es posible… ―hasta que un chubasco que empapó hasta los huesos. En realidad, apurado por llegar cuando antes al dormitorio, tomé el atajo y atravesé el baño grande en el que aún estaba lloviendo como si alguien acabara de salir de la ducha. Completamente mojado me detuve en la puerta del único cuarto que no alcancé a amueblar en mi insomnio. El dormitorio. Tampoco aquí, en la realidad, había muebles. Sólo estaba el sofá azul entre las dos ventanas al fondo.
     JM estaba sentada en él sobre sus piernas ovilladas, bajo su flequillo negro, con el pelo bien corto muy por encima de la nuca y aretes parecidos a cigarrillos dorados. Con aquella sonrisa más vieja que ella misma. Como siempre, debajo de su vestido negro y medias relucientes, sentí la densidad de su cuerpo. La rapidez bajo la carne inmóvil de hembra. Me paré como golpeado y dije:
     ―¡Dime que esto no es verdad!
     
―¿Cómo no si estás empapado como un ratón?
     ―Pues ¿cómo? -agregué tontamente. JM se rió.
     ―Tú quieres una explicación para todo esto, ¿no?. Pero, ¿para qué la necesitas, si aquí estamos de nuevo tú y yo? ¿Acaso el amor necesita explicaciones? Pero si insistes que te diga, va. Todo esto es mentira. Desde el picaporte en el portón hasta el techo de vidrio, esta casa arreglada de esta manera no existe en la realidad. Todo esto es un infinito simulado y una eternidad temporal.
     ―¿Y tú? -pregunté con voz temblorosa
     ―Yo tampoco existo, desde luego.
     ―No lo creo ―dije y me acerqué un paso. Aspirar el perfume de una mujer es como escuchar su pensamiento. Sentí el aroma de su cabello, pero ella no se movió. Y dijo:
     ―No importa si lo crees o no, porque tampoco tú existes.
     ―¿Tampoco yo?
     ―Tampoco tú. Éste es un juego sobre nosotros que la verdadera JM cargó en la computadora.




Milorad Pavic




 
¹ Grupos armados en Serbia y Montenegro que luchaban contra los invasores turcos en la segunda mitad del siglo XIX y contra las fuerzas del Eje durante la primera guerra mundial.









* Este es el primer cuento de los siete 
que componen el libro "Siete Pecados Capitales" de Milorad Pavic, un auténtico prestidigitador de la literatura y la imaginación.  En el libro todo gira alrededor de un peculiar espejo que porta un pequeño agujero en una esquina. El espejo conecta los siete relatos y por su agujero la literatura y el mundo se comunican hasta convertir al escritor en personaje y al lector en el reflejo de su pensamiento.

lunes, 8 de junio de 2026

ANTE la INMIGRACIÓN FUERA FANATISMOS

















Hoy en su visita al Congreso de los Diputados, el Papa se ha pronunciado de forma contundente contra la discriminación de los inmigrantes que la ultraderecha lleva por bandera y la derecha asume con naturalidad. El Papa ha dicho que “allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”. 
Además ha recordado que “el extranjero debe ser acogido conforme a su dignidad”.

Esa ética humanitaria debería prevalecer por sí misma sobre cualquier política discriminatoria y xenófoba; pero es que además los datos económicos y sociales sobre la inmigración en España avalan la inclusión. Antes de ayer, en ElPaís.com sección Negocios, María Fernández escribió un artículo extenso y muy documentado sobre la realidad de la inmigración en España y su impacto tanto en la economía como en los servicios sociales. Sus datos son de lo más elocuente y están basados en estudios de organismos y Bancos de reconocido prestigio, así que NO SON OPINIÓN. SON DATOS.

En una situación normal esta información serviría de "callabocas" para todas aquellas personas que repiten las consignas xenófobas de la ultraderecha sin ninguna reflexión. Lamentablemente los debates hoy tienen un carácter más emocional que racional y muchos se dejan arrastrar por las más bajas pasiones. Así nos va.

He aquí un extracto. Los subrayados son míos.




"La política de puertas abiertas está generando un debate intenso entre los que la defienden como la única alternativa a un crecimiento estable frente al envejecimiento y los que la atacan aludiendo a que desestabiliza el sistema social añadiendo presión sobre los servicios asistenciales, que pese a cifras récord de recaudación fiscal no parecen avanzar a la par de la población.

(...)

La solución de poner el contador a cero no es algo nuevo ni exclusivo de aquí, como recuerda Ana Damas, economista de la división de migraciones internacionales de la OCDE. “Italia, Portugal, Francia o Chile han recurrido a regularizaciones extraordinarias. Incluso sin acudir a ellas, todos los países de la OCDE cuentan con mecanismos para regularizar la situación de los extranjeros”. En el año 2000, siendo presidente el popular José María Aznar, se llevó a cabo un proceso similar que se saldó con 264.000 autorizaciones de residencia y trabajo. Un año después, su Gobierno otorgó otros 239.000 permisos por arraigo. El último proceso extraordinario, impulsado en 2005 durante la presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero, se saldó con 576.506 concesiones. ¿Qué impacto tuvieron? Estudios posteriores, como el firmado por Ferrán Elías, Joan Monras y Javier Vázquez en 2005, demuestran que el empleo formal de los inmigrantes aumentó, mientras que el de los nativos no se vio afectado. Sin embargo, se produjo una disminución del empleo sumergido, tanto de trabajadores poco cualificados nativos como inmigrantes. Además, cada persona aportó una media de 4.000 euros a los ingresos fiscales sin que se observara un aumento del gasto público."


(...)

"En esta nueva regularización exprés algunas cosas han cambiado (como los requisitos para el acceso), pero la práctica totalidad de los expertos consultados coinciden en que ayudará a aflorar la economía sumergida y tendrá un efecto positivo en la afiliación y las cotizaciones a la Seguridad Social, los precios y el PIB. Aunque con algunos matices. Pablo Pumares, de la Universidad de Almería, señala que la consecuencia más directa será la del afloramiento de trabajo sumergido “que se va a convertir en trabajo formal, con todo lo que ello significa de mejoras salariales, derechos y cotizaciones”. Sobre el empleo de los autóctonos, “en una situación de bonanza económica no debe tener impacto negativo en general”.

(...)

"Es falso que los inmigrantes vengan a “robar” empleos. La economía es un sistema flexible que tiende a agrandarse y a generar más actividad (y más empleos) a medida que se dinamiza. Entre 1998 y 2007, por ejemplo, España recibió 3,8 millones de inmigrantes y la tasa de empleo aumentó en 17 puntos."


Puedes consultar el artículo completo aquí.

viernes, 5 de junio de 2026

MURIÓ con los OJOS ABIERTOS - Derek Raymond


Se podría decir que esta novela desarrolla el tema de una extraña suplantación, la de un policía que según avanza en la investigación de un asesinato va convirtiéndose en la víctima.
"Para mí, Staniland no era otro cadáver esperando en el depósito. A través de sus textos y sus cintas seguía vivo en lo que a mí respectaba. Había empezado a pensar, soñar, casi a ser Charles Staniland por poderes, incluso antes de conocer a Bárbara. Ahora, debido a la relación que había iniciado con ella, yo, como el mismo Staniland, estaba moldeándome a una forma nueva y mucho más retorcida y compleja."
Charlie Staniland aparece brutalmente asesinado en el oeste de Londres. Lo han matado con mucha saña a pesar de ser un don nadie. Tenía cincuenta y un años, era alcohólico y su vida había sido un auténtico desastre. Era un fracasado confeso al que además torturaba la pérdida de su hija. Incapaz de mantener el rumbo lo había perdido todo, incluso la dignidad. La cara del muerto "no era un rostro fuerte, sino un rostro que lo había visto todo sin entender nada hasta que ya fue demasiado tarde". Un sargento detective sin nombre, de un departamento olvidado (el de Muertes Inexplicadas de Scotland Yard) llevará a cabo un investigación que a nadie importa.
 
Desde el principio queda claro que el mundo en el que nos va a introducir este sargento narrador es atroz e inclemente. Cada uno de los tipos que aparecen, sean principales o secundarios, son gentuza. Los de la ambulancia recogen el cadáver como si fuera basura, el forense actúa de forma rutinaria, el propio jefe del detective le recomienda no perder demasiado tiempo en un caso que no le servirá para ascender... Tampoco el camarero del bar que frecuentaba el muerto demuestra ninguna compasión. 
ⓒ Sir Don McCullin "Aldgate, London"

Para descubrir a los responsables del crimen, nuestro policía se dedicará a reconstruir la miserable existencia de Staniland. Dónde vivió, qué familia tenía, en qué trabajó, qué tipo de persona era, a quién conocía. Su encuesta es minuciosa. Habla con toda persona relacionada con Staniland, lo cual le hará recorrer todos los antros de la ribera sur del río, un verdadero descenso a los infiernos. Replicará los mismos itinerarios que Staniland, se emborrachará en los mismos tugurios y se enamorará de la buscona y voluptuosa Bárbara hasta prácticamente convertirse en él. ¿Por qué? Necesita comprenderlo y para eso nada mejor que ponerse en su pellejo. Encima cuanto más lo conoce más le interesa. 

Le ayudará mucho la colección de cintas de casete que el difunto grababa como un poseso. Ahí está todo él, como un flujo encapsulado de su conciencia. Sus anhelos de escritor, sus múltiples fracasos, su obsesión con la lasciva Bárbara, su visión de la sociedad como una cloaca corrupta. 

Las escenas de sexo son muy vívidas, pero representan una penosa batalla entre una mujer frígida y un amante apasionado.
"La cinta de Staniland dice:

Bárbara fue incubada en la rabia como una avispa, y morirá envuelta de rabia. Su promiscuidad es una agresión: utiliza el sexo para aniquilar a los hombres. Así se venga de la existencia humana."

Escuchar las cintas es asistir a una ristra de fracasos y humillaciones, pero con una entereza desesperada que fascina al detective. Cuanto más escucha, más personal se vuelve el caso. Conocerlo a él se está convirtiendo en conocerse a sí mismo. Hay un poso existencialista muy potente en esas cintas del que se impregna el policía y que junto al retrato de un mundo inhóspito y despiadado constituyen las dos señas de identidad de la novela.
"Cuando estoy demasiado borracho para escribir, hablar de lo que me pasa me alivia el dolor. No padezco de autocompasión, sin embargo. Lo que me hace sufrir es tener que habérmelas con lo absoluto. El suplicio que se fija un escritor es el de localizar la existencia y entonces, cuando los dos estén completamente en cueros, resolverlo a hostia limpia." pág. 252
El policía es un tipo íntegro y reflexivo. Se vislumbra en él cierta amargura o tormento vital. Quiere saber cómo y por qué la vida de Staniland se fue por las cloacas porque intuye que todos, en determinados momentos, estamos a punto de sufrirlo. Las cintas nos permiten asomarnos al abismo de un alma abrasada por la culpa, la desesperación y el fracaso. Las notas son tan genuinas y desnudas que provocan en el detective una insólita  identificación con la víctima. Le parece que Staniland no sólo reclama justicia sino también comprensión. 
"En otra cinta, Staniland había dicho: "¿Por qué tenemos que sufrir de esta forma? Otros se han comportado peor que yo y sin embargo, han salido impunes. Tengo el cerebro totalmente magullado." Y: "He recibido una terrible paliza a manos de la verdad y me siento domado, sabio y desesperado, como si hubiese cortado por el atajo a la sabiduría a través de un espejo y me hubiese hecho un corte profundo mientras intentaba llegar al otro lado." p. 229
Aaron´s room, by Smiler 


El estilo es muy singular, brutal y realista a la vez que portador de una verdad emocional única. El detective nos transmite el recorrido de un alma sombría que vaga a la intemperie. Los capítulos son cortos y precisos, de no más de cinco páginas. En cada uno se van desgranando alternativamente los textos de las cintas y los encuentros con los testigos de la vida de Staniland. El puzle es brutal.

En esta mezcla tan personal de existencialismo y hard-boiled no falta el comentario sociopolítico. Derek Raymond era hijo de un magnate textil, pero huyó de una vida acomodada. Abandonó el exclusivo Eton a los dieciséis años y frecuentó los círculos de la delincuencia londinense de los años cincuenta trabajando en las apuestas ilegales, el tráfico de pornografía e incluso de carnicero. Para cambiar de aires, se estableció en el París de los existencialistas. También viajó por España y EEUU. Durante años fue taxista nocturno en los peores barrios de Londres, lo que le permitió conocer de primera mano los bajos fondos de la capital. De ahí que el mundo que retrata sea feroz.
"Bajo su follaje cuidado con esmero, los guardas de Battersea Park cierran las verjas a las diez y media de la noche, recordándote que ya no estás en el campo. Menos de tres calles más allá, los rastafaris vagan y aúllan. Excluidos de todos los bares de la zona según alguna ley no escrita, son los reyes de la calle: salen a la caza de los asiáticos, de aquellos blancos que son demasiado indefensos para tomar represalias; y por lo general, de cualquier persona que les parezca inteligente, y por lo tanto, seguramente rica. La única posesión que tienen los negros desempleados son las losas. Battersea representa una situación nacional desesperada, y sólo una sucesión de gobiernos típicamente británicos iba a ser capaz de guiarnos hacia ella. No soporto Battersea. lo único que deseo es volverme loco." p.32




Un guionista con el que trabajó Staniland en la BBC opina que los dos problemas que tenía eran el aburrimiento y las relaciones amorosas. Poco a poco las cintas nos irán dando claves más profundas. 
"Puse otra de las cintas de Staniland:
La mayoría vive con los ojos cerrados pero, cuando me muerta, quiero tenerlos bien abierto. Por instinto, todos queremos morir de la forma menos complicada posible. Personalmente tengo dos soluciones. La primera es beber, Bebo para olvidarme y cuando ya no soy capaz de pensar ni de sentir, me caigo o me doy un golpe. Esa sería una forma de morir con los ojos cerrados. La otra forma es racionalizar mi experiencia. Sin embargo, por muy racional que sea la forma de pensar de cada uno, es fácil confundirse. la existencia es ciega: no juega ni a tu favor ni en tu contra. Esta imparcialidad contradice todo lo que supone la existencia humana; no hay ni amor ni odio, ni caricias ni agresiones en tu forma de vivir el día a día. La existencia es como la bolsa: puedes vivir haciendo el ridículo hasta el final y seguir hasta que caigas destrozado."
pág. 126

La novela cuenta con un estupendo Prólogo del gran James Sallis. Según él Derek Raymond mantenía que "la novela negra describe a hombres y mujeres cuyas circunstancias los han llevado al límite, gente cuya existencia se ha torcido y deformado. Trata de convertir una batalla pequeña y estremecedora con uno mismo en una lucha mucho más trascendente: la lucha universal humana contra el contrato vital que a todos nos ata, cuyos términos son incumplibles, en el que la derrota está asegurada.

Pues eso. Una novela muy negra y desgarradora. 






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Robin William Arthur Cook (1931-1994) firmó sus novelas como Derek Raymond.  Junto 
a Ted Lewis y su famosa trilogía de Carter, en la década de los setenta, están considerados como los padres de la novela negra inglesa. Lewis retrata la Inglaterra industrial de los 60 que Thatcher se encargaría de liquidar. 
Murió con los ojos abiertos es la primera de cuatro novelas que escribió en torno a La Fábrica: «Los malos la llaman La Fábrica porque tiene la mala reputación de hacer sospechosos en las salas de interrogatorios; la gente que aún piensa que nuestros policías británicos son maravillosos deberían pasar una noche en la Fábrica golpeados o bajo a luz con un grupo de tres».  Las otras tres novelas son The Devil´s Home on Leave (El diablo vuelve a casa), I Was Dora Suarez (Requiem por Dora Suárez) y How the Dead Live. Las dos primeras también han sido publicadas en España aunque son difíciles de encontrar. Todas comparten el mismo narrador, ese policía sin nombre y ajeno a los ascensos, que tiene a la mujer internada en un manicomio. Su método de investigación no varía en ninguna de ellas, él necesita identificarse con las víctimas. 

martes, 26 de mayo de 2026

EL MISTERIO de LA MUJER TATUADA - de Akimitsu Takagi



Esta novela negra de estilo clásico nos traslada a Tokio durante el verano de 1947. Tras la Segunda Guerra Mundial, la influyente Sociedad de Tatuajes de Edo retoma su actividad celebrando un gran concurso en torno al antiguo arte japonés del tatuaje de cuerpo entero. Toda la ciudad está expectante. El arte del tatuaje es parte de una tradición inmemorial, lo que no ha impedido que haya pasado por períodos de prohibición y rechazo. El concurso es una gran oportunidad para volver a sentirse orgullosos de Japón justo después de haber perdido la guerra y tener que soportar la presencia de las tropas de ocupación norteamericanas. 

Ya en esta primera escena se nos presenta a todos los personajes implicados. Primero Kinue Nomura, la única mujer que participa entre todos los concursantes masculinos. Kinue une a su belleza el ser portadora en su espalda de una obra maestra del tatuaje, una gigantesca serpiente que ilustra una antigua leyenda nipona. Pero Kinue no sólo es una mujer hermosa, también es dominante y además es la pareja del capo Takezo Mogami con cuyo hermano, el vividor Hisashi Mogami, acude al concurso. Por supuesto está presente el profesor Hayakawa, tío de los hermanos Mogami, y experto coleccionista de pieles humanas tatuadas hasta el punto de que es conocido como el Doctor Tatuaje

Quien nos introduce en este mundo un tanto clandestino es Kenzo Matsushita, un joven patólogo que será el narrador de la aventura y cuya curiosidad científica lo ha llevado hasta allí. Kenzo todavía es muy joven e ingenuo aunque está aprendiendo mucho de su hermano mayor, el inspector jefe de la Policía Metropolitana Daiyu Matsushita. Tanto la hermosa Kinue Nomura como su acompañante Takezo se muestran interesados en él hasta el punto de que Kinue lo cita para el día siguiente en un bar sólo para socios que regenta, El Serpiente. No tardarán en iniciar una relación pasional que acabará de la peor manera. 


Kinue se mueve como pez en el agua por los bajos fondos, donde Kenzo es un bisoño: pero un día le confiesa que tiene miedo de ser asesinada y lo cita en su casa para esa misma noche. Cuando Kenzo acude se encuentra con una situación de lo más extraña: la casa está desierta, en el suelo del dormitorio de Kinue hay tres grandes manchas de sangre y sólo se escucha el correr del agua en el baño que está perfectamente cerrado por dentro. Tras llamar a su hermano Daiyu descubren el cadáver desmembrado de Kinue. Cabeza, brazos y piernas están esparcidos por el baño pero no hay rastro del impresionante y codiciado torso tatuado. Se plantea así todo un misterio en una habitación cerrada.

Akimitsu Takagi (1920–1995) estudió ingeniería en la Universidad de Kioto y luego trabajó para la Compañía Aeronáutica Nakajima. Tras la Segunda Guerra Mundial perdió su empleo debido a las prohibiciones en la industria militar japonesa. Por recomendación de una adivina, decidió dedicarse a la escritura. Envió el segundo borrador de su primera novela, El caso del asesinato del tatuaje, al gran escritor de misterio Edogawa Rampo, quien reconoció su talento y la recomendó a una editorial. Fue publicada en 1948. Desde entonces publicó un buen número de novelas (como Luna de miel a ninguna parte El informante) que lo convirtieron en un clásico.

De esta novela me llaman la atención dos asuntos. Por un lado el enorme atractivo de la inmersión en el submundo del tatuaje en Japón y por otro la sorpresa por el carácter tan "occidental" de la novela, a la que se puede considerar clásica en su desarrollo por cuanto nos recuerda irremediablemente a las obras de Dashiell Hammett o Raymond Chandler. Como ellos Takagi es un poderoso urdidor de tramas y sus escenas están llenas de acerados diálogos. El protagonista entrevista a cada testigo e implicado y nos expone los hechos sin apenas conclusiones. Como en las novelas protagonizadas por Sam Spade o Philipe Marlowe, la acción siempre sigue a Takezo y sólo sabemos lo que sabe él. 

Takagi hace patente su homenaje a los clásicos. En los momentos de espera su protagonista, Kenzo, aparece leyendo Los tres ataúdes de Dickson Carr (también conocida como El hombre hueco, una de las mejores novelas del tipo "cuarto cerrado" en las que Dickson Carr fue un experto). En otro momento le interrumpen la lectura de El halcón Maltés y Adiós, muñeca; aunque el homenaje más notorio lo introduce en el último tercio de la novela, en el que aparece un antiguo amigo de Kenzo, Kyosuke, cuya inteligencia y capacidad de deducción, al modo de Sherlock Holmes, conduce la novela hacia su desenlace. Uno de los detalles más brillantes es cuando detecta al asesino por su forma de jugar al ajedrez.


La novela tiene lugar justo después de la 2ª Guerra Mundial pero esa sensación de derrota, edificios destruidos y dificultades apenas se trasluce en un par de pinceladas; como cuando Kenzo reflexiona que "este terrible caso era un reflejo de la ruina moral y la corrupción espiritual de Japón tras la Segunda Guerra Mundial." O cuando se refiere que Kenzo y Kyosuke "discutieron sobre la guerra, la ocupación y el futuro de un Japón con la economía destrozada y al mando de un emperador que había anunciado que no era, después de todo, un dios". 

Esta falta de "color local" también se trasluce en las escasas notas sobre lenguaje, usos y costumbres. Los diálogos son directos y nada ceremoniosos a excepción de un par de ocasiones en que surge el ritual mediante el cual se suele invitar a entrar en casa: "Este sitio es una pocilga repugnante pero, por favor, siéntase como en su casa". Frase que se suele decir por más que la casa luzca inmaculada. En ese sentido está muy lejos de los escombros físicos y emocionales en que nos sumerge la desoladora Tokyo, año cero, de David Peace

Aquí prima la trama sobre la ambientación y en su corazón sí que hay una tradición plenamente nipona, el irezumi, el arte tradicional del tatuaje que se remonta a varios siglos antes de Cristo. En el capítulo 10 el Doctor Tatuaje le hace una completa exposición histórica a Kenzo, mientras visitan la famosa Sala de Especímenes de la Universidad de Tokio.


Hay otro aspecto adscrito a la tradición del país del sol naciente que no solamente está presente sino que dota al relato de un aura oscura y diabólica: el padre de Kinue fue un maestro tatuador que tatuó a sus tres hijos con los tres animales de un mito clásico: "la serpiente se come a la rana, la rana se come a la babosa, la babosa disuelve a la serpiente". Esto sitúa a Kinue y a sus dos hermanos tatuados en el centro de una trama maléfica que amenaza con devorarlos a todos, bajo una dimensión simbólica que trasciende lo meramente detectivesco.
"El hechicero Orochimaru aparece siempre representado sobre una enorme serpiente mágica, ¿no es cierto? -explicó ella señalando la cabeza de serpiente que tenía en el hombro-. Y, si lees la historia, verás que Jiraiya va siempre montado en un sapo gigantesco, y Tsunedahime, sobre una inmensa babosa. Esos tres personajes vivían en la espesura del monte Togakushi, en la prefectura de Nagano, y competían constantemente para ver quién podía formular los hechizos más crueles y poderosos. Cuando mi padre se encontró con una serie de xilografías que relataban una versión antigua de ese mito, se enamoró de las imágenes, así que nos tatuó esas tres maldiciones a sus tres hijos: Jiraiya a mi hermano mayor, Tsunediahime a mi hermana Tamae y Orochimaru a mí."
El profesor Hayakawa completará los conocimientos de Kenzo al informarle que esa superstición se conoce como la de Las Tres Maldiciones y que quizás el gran Horiyasu lo que hizo fue maldecir a sus propios hijos grabando en sus espaldas a estos tres animales.
"Estos animales son los espíritus que acompañan a los tres hechiceros rivales. El hechicero Jiraiya siempre aparece montado sobre un sapo gigante, Orochimaru sobre una serpiente y Tsunedahime sobre una babosa. Si alguien alguna vez tatuara una serpiente, una rana y una babosa en el cuerpo de una persona, las tres criaturas lucharían hasta la muerte, por eso está prohibido. Incluso si un cliente suplicara que se lo hicieran y ofreciera una fortuna a cambio, el artista tendría la obligación moral de negarse."
En este laberinto que forman Kinue y sus hermanos y los dos hermanos Mogami, sólo queda por saber si el caso se resolverá cumpliéndose la maldición o descubriendo motivaciones más infames. 
 










viernes, 15 de mayo de 2026

VALOR SENTIMENTAL - de Joachim Trier



Muchos asuntos atraviesan esta película empeñada en mostrarnos el dolor, las transferencias emocionales y la falta de comunicación en una familia rota hasta hacernos reflexionar sobre quienes somos, cómo vivimos y cómo nos relacionamos. Tres asuntos destacan en su confección. Una sensibilidad a la vez extraordinaria y seca en su desarrollo, una estructura compuesta de cuadros, con una duración de 6-7 minutos, donde se mezclan presente y pasado para ayudarnos a componer la historia de esta familia durante cuatro generaciones y, finalmente, la presencia totémica de la casa familiar como conjuro de fantasmas, infancias y fracasos. 

Este cúmulo de fragmentos de historias y personajes, unidos por un simple fundido a negro, se podrían calificar como las estrofas de un poema épico sobre la vida y zozobras de una familia. En un cuadro las niñas (Nora y Agnes) ven que su padre las abandona y en el siguiente Nora ya está debutando en el teatro. En otro el padre (Georg) está ensayando una película con una actriz en la casa familiar y en otro se nos muestra la vida de su madre cuando participó en la Resistencia durante la guerra, siendo luego detenida y torturada. Todos estos fragmentos suman y conforman estas vidas impregnadas de dolor.



La casa familiar tiene tanta presencia en el relato que la película arranca con ella, soportando golpes, gritos y carreras mientras una voz en off nos introduce en el palpitante devenir de esta estirpe:
"Cuando Nora iba a sexto les mandaron hacer una redacción en la que tenían que ser un objeto, enseguida supo que ella sería su casa. Describió cómo el vientre de la casa temblaba cuando ella y su hermana bajaban las escaleras y salían corriendo, que las veía atajar por el agujero de la valla antes de torcer hacia la calle y perderlas de vista. Se preguntaba si a la casa le gustaba más estar vacía y ligera o llena y pesada, si al suelo le hacía gracia que lo pisotearan, ¿las paredes tenían cosquillas? ¿sentiría dolor? Y pensaba que sí, que le gustaba más estar llena.
Antes de ellos otras personas y mascotas tuvieron sus destellos de tiempo en la vida de la casa. Su tatarabuelo murió en el dormitorio de la primera planta. La misma habitación en la que nació su abuela y que ahora era el dormitorio de sus padres. Su padre decía que la casa estaba torcida por un defecto que se descubrió justo al acabarla de construir, hacía 100 años. En la redacción puso que era como si la casa siguiera hundiéndose, desmoronándose pero a cámara muy lenta y que todo el tiempo que su familia llevaba viviendo allí no era más que un abrir y cerrar de ojos en plena caída.
Al leer la redacción más adelante se dio cuenta de que no había utilizado la palabra reñían, sino que sus padres hacían ruido; y si había algo que a la casa le gustaba aún menos que el ruido era el silencio. Cuando su padre se fue para no volver se aligeró. El ruido de sus padres desapareció, pero echaba de menos los demás sonidos del padre.
La maestra le puso un sobresaliente y a su padre le encantó. Nora la desempolvó cuando buscaba un monólogo para las pruebas de acceso a la Escuela Superior de Teatro, pero se llevó un chasco por lo poco emotiva que era, así que optó por el monólogo de Nina de La Gaviota."

En esta introducción ya están presentes todos los ecos, grietas y silencios de esta historia. 



Tras esta primera pieza en torno a la casa, nos llega otra sobre el debut de Nora (Renate Reinsve) en un gran teatro, con ataque de ansiedad e intento de huida incluido. Aunque finalmente sale y triunfa. En el tercer cuadro la madre ha muerto y las dos hermanas están atendiendo a los invitados cuando se presenta el padre (Stellan Skarsgård), un director de cine reconocido y muy veterano. Se presenta como si nada. Él ha primado su carrera sobre la familia y ahora, ya mayor, quiere hacer una última película. Tiene el guión acabado y no tarda en comunicar a Nora que lo ha escrito para ella. Quiere que lo protagonice, pero ella se niega. Ha arrastrado mucho dolor en su vida y no quiere ni dirigirle la palabra. Parece que la vida familiar y el arte en esta familia son excluyentes y fuente de desavenencias. 

El duelo está servido entre padre e hija. Una retrospectiva en el Festival de Deauville le proporciona la oportunidad de contar con una actriz norteamericana tremendamente mediática (Elle Fanning), aunque ella misma acabará comprobando que es ajena a esta historia, por más que le hayan hecho teñirse el pelo del mismo color que Nora. 

Al comienzo del último tercio hay una secuencia que revela la esencia de la película. Recortado contra un fondo negro aparece el rostro del padre que se va transformando en el rostro de Nora primero y de Agnes después para volver él. Un fundido que palpita mezclando los rostros y alternándolos sin solución de continuidad. Son padre e hijas y están indisolublemente unidos por ese vínculo a pesar de que han pasado la vida separados. 






Los éxitos cinematográficos del padre ya son cosa del pasado; pero no reniega de su vocación ni de reconectar con sus hijas. Se ha volcado en el nuevo guión, quizás el último, quizás el más sincero. Trata de las dificultades de una madre joven con un niño de siete años. Un paralelismo de cuando él tenía precisamente esa edad... y su madre se ahorcó. Aunque él insiste en que la película no va sobre su madre, sino que la ha escrito para Nora, por más que ahora mismo los separe un abismo.

Nora nunca superó el abandono de su padre. Con gran esfuerzo ha rehecho su vida, aunque carga con un intento de suicidio. En una escena de íntima sororidad se abraza a su hermana pequeña y le confiesa, ¿Por qué tú estás tan bien y has llegado a formar una familia y yo estoy tan jodida?. La pequeña (Inga Ibsdotter Lilleaas) le reconoce que "hay una gran diferencia en cómo nos criamos tú y yo. Yo te tuve a tí (...) tú no me fallaste."















Como he dicho hay muchos asuntos que atraviesan esta película: La relación entre padres e hijos y el peso de la memoria familiar, las cosas que no se dicen y, por lo tanto, se enquistan y nunca se resuelven, la relación absorbente con el arte y hasta la conexión que puede haber entre ficción y realidad. La película recorre el camino de la expiación a través del arte y la íntima vinculación de éste con la propia experiencia vital. En este sentido, el plano secuencia final de nuestra película coincide con el que está rodando Georg para su cinta. Lo hemos visto previamente en un ensayo, pero en esta toma definitiva adquiere un nuevo giro tan significativo como inesperado.