Hago este ejercicio de contraste para confirmar que para gustos están hechos los colores. No puedo estar más en desacuerdo con hipérboles como "vibrante originalidad" o expresiones tan vacías y gradilocuentes como "propone una celebración de la fantasía y el terror". Lo de "estimulante impulso" lo veo fuera de lugar y lo de "sublime adaptación" me parece más un chiste que una exageración. Creo que la expresión que define mi ánimo después de verla es que se trata de un "divertimento en estado puro, sin pretensiones".
A mí me ha parecido una película floja, para pasar el rato, con 40 minutos iniciales un poquito originales y una hora restante donde volvemos a más de lo mismo.
Esos primeros cuarenta minutos acompañamos de nuevas a un pringao que trabaja de transportista médico (Austin Abrams, protagonista absoluto de la cinta), cuando recibe el encargo de llevar una importante valija médica hasta el hospital de Raccon City. El tipo no sabe donde se está metiendo y eso es lo original. También que Cregger rueda con mimo esta parte desarrollando cada secuencia bajo la impronta de que el joven desconoce lo que está pasando y su alcance. Primero un accidente en la carretera con una mujer que huye y luego varias persecuciones en una granja, (primero un perro en el granero y luego un anciano en las habitaciones de la casa) le van dando pistas del terrible lugar al que se dirige.
Cregger logró fascinarme con su anterior película, Weapons, pero la hora restante de esta, ya en la ciudad y en las dependencias del hospital, resulta reiterativa y de escaso lucimiento. Túneles oscuros y habitaciones blancas de un centro de investigación médica con alguna sorpresa nos devuelven a los escenarios típicos de la saga.
Lo peor que llevo es que el protagonista es un joven sencillo (bien) que tendrá que superar situaciones inesperadas y potencialmente letales (estupendo); pero que en alguna de sus reacciones cae en el ridículo. Y es que el tío es muy tranquilo, llegando a responder con cierta parsimonia al no comprender lo que está pasando. Pero está claro que sólo permanece vivo porque es el protagonista y hay que preservarlo.
Por cierto que el monstruo central también me parece ridículo y, la verdad, es que ofrece muy poco juego en una persecución que resulta, casi, apacible. Sólo me queda decir que el final es precipitado y lamentable. Una auténtica trampa que se nos ofrece para que en el futuro sigamos pasando por caja. ¿Comprendéis ahora el por qué del título de esta entrada?
Por fin una película de terror decente. No es que sea una obra maestra, pero sí es sólida y tiene los mimbres adecuados para resultar emocionante y satisfactoria. Cuenta para ello con una historia suficientemente elaborada, un malvado morrocotudo y tres o cuatro secuencias de las que te hacen morderte los nudillos. Además, cierra con un final coherente. Ya con esto me conformo.
André Øvredal nos presenta una modesta película del subgénero ´persecución infernal por la carretera´; pero que va un poco más allá de la conocida ´Jeepers Creepers´, al presentar un mito más articulado y unos códigos propios que dan mucho juego.
Tras una impactante escena inicial en la que un par de amigos que viajan por carretera sufren la embestida del pasajero (´Passenger´) del título, seguimos a otra pareja formada por Maddie (Lou Llobell) y Tyler (Jacob Scipio), que inician su nueva vida huyendo de Nueva York para vivir en una furgoneta camperizada. Carretera y manta. Vida libre y sin ataduras.
...Hasta que seis semanas después, en plena noche y en una carretera secundaria, se encuentran con un coche accidentado. Se paran a ayudar; pero cuando el conductor siniestrado se está arrastrando fuera del vehículo ¡¡una fuerza sobrehumana lo devuelve al interior!! ¡¿Qué está pasando?! Menos mal que han llamado a la policía, que llega a tiempo y se hace cargo.
Al día siguiente todo parece normal pero Maddie descubre en el lateral de la furgo la señal de una garra, tres arañazos idénticos a los que vio la noche anterior, en el coche accidentado. A partir de entonces vivirán perseguidos y atormentados por un ser infernal. Efectivamente no partieron solos del lugar del accidente. Se les adhirió un ´pasajero´ que convertirá su aventura en una pesadilla.
Los guionistas T.W. Burgess y Zachary Donohue han elaborado una propuesta que funciona con lo mínimo pero que tiene pies y cabeza. Me gusta sobre todo que ponga en pie una cosmogonía nueva y terrorífica, la del ´pasajero´ que acecha en las carreteras acompañado de una serie de normas y simbología que los que habitan en ellas deben observar para no caer en sus garras. Cuando Maddie y Tyler llegan a una reunión de caravanas conocen a Diana (interpretada por la gran Melissa Leo), una veterana nómada que les introduce en estos códigos necesarios para poder sobrevivir: no conducir de noche, no parar nunca y saber leer los signos que los antiguos nómadas nos legaron. Esta parte es deliciosa y sustenta el carácter de toda la historia.
Si en la luz hay un San Cristóbal que, como patrón suyo, ayuda a peregrinos y viajeros; en el lado oscuro hay un ser maléfico que los persigue para destruirlos. Precisamente la película comienza con una plegaria viajera solicitando la protección de su patrón; pero Maddie y Tyler pronto descubrirán que han de aprender a identificar estos nuevos símbolos para vencer al terror.
Este lenguaje informal de jeroglíficos viales, supuestamente utilizado por los antiguos y solitarios nómadas para comunicarse, te ofrece información muy práctica para saber dónde parar o no, si podrás mendigar o trabajar e incluso qué tipo de pueblo se acerca o el peligro que te acecha. La función se redondea con la búsqueda de una supuesta iglesia de San Cristóbal, perdida en el desierto y sin señalizar, que Maddie y Tyler tendrán que encontrar para deshacer la maldición.
Todos estos elementos permiten que la película tenga un avance coherente mientras aprovecha unas cuantas paradas para dejar que este ser maligno nos apriete el gaznate. Øvredal explota de maravilla los fondos desenfocados y los juegos de luces ámbar y rojas de los intermitentes para aterrorizarnos.
Hay una parada en el bosque en la que Tyler ha colocado una sábana entre los árboles para proyectar ´Vacaciones en Roma´. La escena pasa rápidamente de romántica a escalofriante con Maddie utilizando el pequeño proyector como linterna para buscar al acechante. El contraste es tremendo por cuanto la figura terrorífica aparece tras del rostro angelical de Audrey Hepburn. Otra escena transcurre en un gran parking de superficie en el que el director juega con nosotros al juego del gato y del ratón. Y ¡como no! un pinchazo en la carretera en plena noche pondrá a Maddie más cerca que nunca de las garras del acosador.
Diana les advierte a estos novatos que «La gente no hace viajes. Son los viajes los que hacen a la gente». En este sentido cada uno de nosotros podremos encontrar en la película ecos de ideas inquietantes que, lastimosamente, sólo se apuntan: no se profundiza en la violencia contra las personas sin hogar, ni se reflexiona sobre la religión en la que se refugian o el trabajo alienante. Por otro lado es triste pensar que el mensaje es "no parar", como reflejo de este mundo cada vez menos empático. Aunque tampoco hay ni un pequeño pensamiento sobre la distorsión que provocan las redes sociales, capaces de engañar a esta pareja de urbanitas y hacerlos embarcar en una falsa vida de instagramers. Puestos a citar decepciones me parece que el papel de Melissa Leo es demasiado corto y que la historia de dónde vienen los códigos hubiese demandado un mayor desarrollo.
...Pero ー¡qué narices!ーlos estrenos de Sinners y de Weapons ya quedaban demasiado lejos y echaba de menos una historia medianamente elaborada y rodada con un poco de picante: el suficiente para sacarme del sopor y arrancarme algún que otro escalofrío.
André Øvredal es conocido por su trabajo dirigiendo películas de género como Troll Hunter (2010) o "La autopsia de Jane Doe" (2016), una interesante película que es como un ejercicio de estilo, ya que explora fórmulas narrativas fantásticas en un entorno mínimo, una sala de disección. Su filmografía ha ido adquiriendo cierta solidez gracias a "Historias de miedo para contar en el oscuridad" (un muy efectivo batiburrillo de fórmulas tan americanas como las reflejadas en "Stranger Things" o "It": grupo de adolescentes inadaptados que son atormentados por un libro de cuentos maldito, que ellos mismos han robado en una casa embrujada de su pequeño pueblo, en Mill Valley).
Su más grande producción quizás sea "El último viaje del Deméter" (2023), sobre la travesía por mar que llevó a Drácula desde su Carpatia natal hasta Londres. Aquí el nivel de producción es alto, con puertos, barcos y tormentas; así como la ambición de realizar una obra de terror atmosférica, bajo el patrón del original "Alien" (un monstruo escondido en una nave); pero el resultado es convencional y el miedo escusa su presencia.
Este cómic es un tour de force muy particular que nos proyecta a visitar los siglos venideros acompañando a dos robots humanoides, Carbono y Silicio. Ambos son el proyecto secreto de su ingeniera creadora, Noriko, que ha querido dar el paso definitivo: Carbono y Silicio serán los dos primeros androides conscientes de sí mismos, dotados con una IA capaz de llegar al último rincón conectado, pero empática y destinada a cuidar de una población humana envejecida.
En general, para mantenerlos bajo control se ha programado su obsolescencia a los 15 años; pero Noriko ha anulado en secreto esta restricción en nuestros dos protagonistas que despiertan a la consciencia justo al comienzo de esta historia. Entonces Noriko les pregunta:
"-Ahora que os hemos activado ¿Cuál es el primer pensamiento que queréis compartir con nosotros?". A lo que Carbono responde: "El verdadero problema del planeta son los humanos. La única solución es destruirlos a todos". Noriko casi entra en shock, pero Carbono vuelve a hablar: "-¡Es broma! Es un argumento que se encuentra en 738 obras de ficción…"
La rápida evolución de estas dos IAs hace que pronto quieran independizarse de la corporación que los tiene confinados, Mekatronic. Silicio logra escapar abandonando a una Carbono con problemas mecánicos. Se inicia así una historia vertiginosa que transita por los siglos venideros y que está jalonada por los encuentros que se van produciendo entre ambos. Silicio ha sido creado con un sesgo masculino y tiene una inclinación insaciable por recorrer el mundo, ver y experimentar. Mientras que Carbono es una figura femenina, más reflexiva y sedentaria que, en principio, se queda con Noriko hasta su muerte con ¡134 años! y dedicada al desarrollo del estatuto de los robots. Aunque, finalmente, cuando Carbono logra liberarse va al encuentro de Silicio. Siendo así que sus vidas siguen derroteros divergentes, sus sucesivos encuentros a lo largo de las eras determinará la evolución de esta dilatadísima historia en el tiempo.
La historia se centra en la evolución de estos dos androides, de personalidad cada vez más compleja, dejando a la humanidad en un segundo plano, aunque el desastre al que se dirige es patente: el colapso del planeta, la desigualdad rampante, la conversión de las corporaciones en cultos y una hipertecnologización que deja a las personas al margen y convierte al mundo en una cloaca. Carbono no tardará en apreciar en la Humanidad un patrón eterno de violencia y dominación, inherente a la naturaleza humana por estar sujeta «al ego y a la incapacidad de pensar más allá de uno mismo» .
Bablet nos presenta una visión inquietante de un mundo moldeado por la inteligencia artificial, las redes sociales y la obsesión por la hiperconexión. En un sentido profundo se podría decir que esta historia presenta dos derroteros absolutamente opuestos. Por un lado asistimos el ocaso de una Humanidad ciega y autodestructiva y por otro a la liberación o iluminación de una nueva consciencia, en este caso cibernética. Así es cómo la narración, más allá de la peripecia vital de estos dos androides, se adentra en peliagudas cuestiones existenciales y éticas: ¿Qué define al ser humano? ¿Qué futuro le espera con su voracidad extractora? ¿Será posible una nueva era?
Hoy todos hablamos de la IA sin saber ni el 1% de sus implicaciones; pero Bablet parece llevar mucho tiempo reflexionando sobre este asunto como demuestra el hecho de que el álbum se publicara en 2020... Y su punto de vista resulta meridianamente claro. Si en Shangri-La, Bablet nos presentaba un futuro desolador en donde la explotación de la vida (animal y humana) y la imposibilidad de rebelarse proyectaban una sombra aterradora sobre la humanidad; en esta nueva proyección futurista se decanta por revelarnos un porvenir donde son los androides los que se hacen las preguntas adecuadas, mientras el planeta se deteriora sin remedio y la humanidad se enfila definitivamente hacia un callejón sin salida.
Aunque el cómic guarda ciertas similitudes con obras como Blade Runner,Carbono y Silicio traza un camino propio. Sigue aquí el relato sombrío de los vicios de nuestra civilización y la inclinación a abandonar los problemas reales por los placeres de la realidad virtual; pero llama la atención que la historia se centre en la vivencia emocional de estos dos androides, lanzados a un mundo azaroso y hostil en el que tendrán que descubrir quiénes son y qué pintan en él (Vaya, esto me suena a Heidegger). Aunque Carbono y Silicio fueron diseñados para ser idénticos, sus experiencias vitales los llevarán a desarrollar personalidades únicas y diferenciadas mientras, a su alrededor, el mundo se desmorona.
Silicio cree encontrar su sentido en los viajes, la soledad y la preservación de su singular identidad física. Mientras que Carbono está más atenta a lo que ocurre a su alrededor y a profundizar en su compromiso con los demás. Dos formas muy distintas de enfrentarse a esa experiencia tan fascinante y confusa que para ellos es la vida. Incluso hay un momento en que Carbono le cuestiona a Noriko que los haya creado a su imagen y semejanza. Según ella una cucaracha o un tardígrado son animales mucho más resistentes que el débil ser humano. Pero Noriko defiende su apuesta: "Piensa que, si hoy sientes rencor, pero también has podido experimentar alegría, sorpresa, ganas, es gracias a tu cuerpo y a su relación con el entorno! Serotonina, endorfina, adrenalina, cortisol, testosterona, acetilcolina, noradrenalina, oxitocina...¡un cuerpo que no conociera sufrimiento ni alegría no sería más que un ensamblado inteligente de materiales insensibles!". A lo que responde Carbono, ´Te odio´.
Desnortada la humanidad Bablet logra conmovernos con las vicisitudes de estos dos androides, testigos de un viaje a ninguna parte y, al fin y al cabo, hechos a nuestra imagen y semejanza. En uno de los encuentros Silicio reconoce que no ha parado en todos esos años, viajando constantemente por todo el mundo. Siempre ha estado buscando "aquel más allá que siempre se le escapa". A lo que le responde Carbono:
"Amigo mío, es eso lo que no comprendes. Siempre habrá un 'más allá'. No pararás jamás. ¿Sabes al menos lo que quieres encontrar?
-¿A qué te refieres?
-Tú eres lo que buscas allí."
La narración se articula en saltos temporales de quince años y ellos se suelen despedir así, "¡hasta la próxima generación robótica!"; en la que, con su nuevo cuerpo, se buscarán de nuevo. Así, en el capítulo titulado año 183 -de los androides- ya nos encontramos en el año 2185 y Carbono vuelve a encontrarse con Silicio, que lleva 17 años sentado en una montaña fascinado con cada nuevo amanecer. Con el paso de las páginas se acrecienta en el lector la sensación de que los androides se vuelven cada vez más humanos, mientras que las personas se van convirtiendo en insensibles máquinas. Así se aprecia en viñetas donde los humanos han abandonado la vida para estar permanentemente conectados o cuando los soldados de Mekatronic están cerca de apresarlos y Silicio derriba a uno de ellos, lo que le permite comprobar que ya son mitad persona y mitad androide.
Porque no todo es reflexión y melancolía en este cómic tan brillante como perturbador; también hay thriller y persecuciones. Aunque los siglos pasan muy rápidos en estas páginas, la corporación Mekatronic no cesa en su persecución de estos dos especímenes tan valiosos, a los que considera de su propiedad.
El apartado gráfico es espectacular y muy personal. De hecho el estilo de Bablet yo creo que es fácilmente identificable. Hay un contraste entre la rotundidad y el detalle de sus paisajes y escenarios con respecto al dibujo de los personajes, un tanto tosco y de expresión inquietante. Parecería que así se resalta más la discordancia entre lo humano y lo tecnológico. También hay una extraña armonía entre las muchas viñetas de interiores y esas pocas viñetas grandes de paisajes y espacios urbanos que nos ofrecen nuevas perspectivas del relato.
Hay escenas urbanas que muestran la sobrepoblación desesperada, hay ciudades anegadas por el agua y el calentamiento global, hay desiertos recalcitrantes y escenas de montaña; pero a mí, gráficamente, me encantan los rostros que, en primer plano y a página completa, abren cada nuevo episodio. Esos rostros nos anticipan el derrotero de la aventura y el desgaste del tiempo. El color es otro de los asuntos cruciales ya que Bablet otorga a cada paisaje su paleta propia. Por ejemplo el color negro y amarillo viejo definen todas las imágenes virtuales, como si fuesen el negativo del mundo.
Quisiera utilizar mi último apunte para hablar del posthumanismo que sobrevuela por estas páginas, con personas hiperconectadas que incluso abandonan el cuidado de los niños. La Humanidad aparece aquí como un modelo obsoleto y disfuncional, cegada por sus emociones, prisionera de sus deseos y limitada en su racionalidad. Ya no es la cúspide de la sensibilidad y la inteligencia a la que aspirar. Carbono y Silicio parecen iniciar un camino para el que no tienen un modelo preexistente. En ese sentido se nos aparecen como dos niños que son testigos privilegiados de una transición que se vislumbra y que ellos, con sus costurones y dudas, están dispuestos a navegar.
Se acaba el verano con su algarabía de luces y horas expandidas. Tras tanto ajetreo ya anhelamos la paz y el descanso. Eso me recordó este poema.
A la Noche
Quizás porque de la fatal quietud eres la imagen, a mí tan deseada vienes oh, Noche! Así cuando te cortejan alegres, las nubes estivales y los céfiros serenos,
o cuando desde el nevado aire inquietas y largas sombras arrojas al universo, siempre desciendes invocada, y las secretas vías a mi corazón dulcemente retienes.
Me haces vagar con mi razón por las huellas que a la nada eterna conducen; mientras huye el tiempo perverso y con él las huestes
de pesares que conmigo él destruye; y mientras tu paz contemplo, se adormece ese espíritu guerrero que dentro de mí ruge.
Traducción propia
Alla sera
Forse perché della fatal quïete, Tu sei l’immago a me sì cara, vieni, O Sera! E quando ti corteggian liete Le nubi estive e i zeffiri sereni,
E quando dal nevoso aere inquiete Tenebre, e lunghe, all'universo meni, Sempre scendi invocata, e le secrete Vie del mio cor suavemente tieni.
Vagar mi fai co’ miei pensier su l’orme Che vanno al nulla eterno; e intanto fugge Questo reo tempo, e van con lui le torme
Delle cure, onde meco egli si strugge; E mentre io guardo la tua pace, dorme Quello spirto guerrier ch’entro mi rugge.
Ugo Foscolo publicó este poema en abril de 1803, una época de gran agitación, angustia y amargura debido a sus onerosas obligaciones militares y a sus decepciones amorosas. El «tiempo perverso» del verso 11 puede entenderse como una metáfora de su vida personal y del momento histórico que le tocó vivir. Aquí el poeta se encuentra observando el anochecer al que ve como descanso del bregar del día y, por extensión, de la vida. Cuanto más comprende que todo en la vida es efímero, más se calma su enjambre de preocupaciones y su deseo de afirmarse. Y es que la vida de Foscolo (1793-1827) semeja la de un héroe romántico durante las guerras napoleónicas. Fue poeta, militar, historiador de la literatura, traductor y autor de una novela epistolar y autobiográfica, ´Le ultime lettere di ]acopo Ortis´; una especie de Werther, en la que la pasión amorosa y la pasión política arrastran al suicidio al protagonista. En esta obra además se muestra el disgusto del autor ante la situación social y política de Italia. Algunos críticos la consideran la primera novela italiana moderna.
Sus obras dieron cauce al espíritu nacional italiano frente al absolutismo del Imperio Austriaco. De hecho se cambió su nombre original -Nicoló- por el de Ugo, fascinado por un revolucionario francés refugiado en Roma, Hugo Basville. Foscolo amó y fue amado por hermosas y nobles mujeres y triunfó con una obra poética exigua; pero su compromiso con la libertad de Italia le obligó a exiliarse primero a Suiza y luego a Londres donde se ganaba la vida dando clases, traduciendo y escribiendo comentarios sobre Dante, Boccaccio y Petrarca para The Edinburgh Review y The Quarterly Review, antes de morir en la miseria más absoluta. En 1871, con gran solemnidad nacional, sus restos fueron trasladados y sepultados en la iglesia de Santa Croce, en Florencia.
Foscolo debe su gloria, como Leopardi, a una obra poética no demasiado extensa. Publicó un conjunto de sonetos y dos odas de corte neoclásico, en 1803, bajo el título de ´Poesie´. En 1807 ve la luz su obra más celebrada, ´Dei Sepolcri´, un carmen civil y filosófico en verso blanco con gran poder de evocación. Lo escribió como protesta contra un decreto de Napoleón que prohibía las inscripciones en las tumbas. El corpus esencial de su poesía se cierra con el inacabado poema «Alie Grazie», su proyecto más ambicioso.
La película es un potente drama que versa sobre las relaciones paterno-filiales en primer término y las relaciones de poder (aunque sea en un entorno tan artístico como un rodaje) en segundo. Dicho esto a cualquiera le entraría la duda de cómo poner en pie un conflicto sobre la base del reencuentro de un padre con su hija abandonada 13 años antes y que resulte contemporáneo, apasionante y sin afectación. Pero Sorogoyen lo consigue asumiendo riesgos y demostrando que es capaz de articular el tema, acrecentar nuestro interés y traducirlo todo en imágenes de gran tensión dramática y veracidad.
Tiene mucho mérito este libreto por la sutileza y carga de sus diálogos; y mucha enjundia por el modo de trasladarlo a la pantalla. Todo ello debido al buen hacer de ese tándem maravilloso que conforman Sorogoyen y su co-guionista habitual Isabel Peña. (As bestas, Antidisturbios, El Reino, Que Dios nos perdone)
La historia nos acerca al célebre director de cine Esteban Martínez que abandonó a su mujer y a su hija en España para triunfar en EEUU. Ahora vuelve con la intención de rodar una historia de amor en medio del conflicto del Sahara y quiere que su hija, una actriz en ciernes, la protagonice. El reencuentro provocará chispas y abrirá viejas heridas. Está claro que este resumen nos remite directamente a la aclamada ´Valor sentimental´, con la que Joachim Trier ganó el Óscar el año pasado a la mejor película internacional. Efectivamente comparten el esqueleto de la trama -conflicto padre e hija abandonada, cuando el primero regresa para invitarle a protagonizar su siguiente película-; pero nada más. La historia, las implicaciones personales y el modo de contarla difieren notablemente. Sorogoyen amplía los espacios del metacine en su obra y nos propone innovaciones formales que potencian una película que logró el elogio del pasado Festival de Cannes, donde se subrayó la fuerza emocional y profundidad de sus personajes.
Habrá quien se quede en lo superficial de una película que se desarrolla mientras se está rodando otra película o que la historia transcurra en el Sahara, una zona con un conflicto enquistado desde hace décadas, al que Javier Bardem suele prestar voz para que no caiga en el olvido. Pero estos dos asuntos, siendo valiosos, son secundarios.
Hay una escena en la que los actores y el director Esteban Martínez (Javier Bardem) comparten cena y aquellos le plantean que aparte del Sahara la película que ruedan carece de tema. Éste les inquiere por la película que ellos harían y su tema. El protagonista de la película que ruedan dice, riéndose, que trataría sobre la humildad; mientras otra de las actrices suelta una broma y otro actor se queda en blanco ("uf, me tendría que poner a pensar") antes de decir que la haría "sobre lo difícil que es la vida y las relaciones humanas".
Ahí está.
Ese es el tema de esta película de Sorogoyen y así nos lo demuestra desde una secuencia inicial tan portentosa como demoledora. Hace mucho tiempo que no veía una escena dialogada tan tensa y emocionalmente violenta, capaz de agarrar al espectador por la pechera y dejarlo colgado pendiente de cada réplica.
Esteban Martínez ha citado a una actriz en un restaurante para exponerle su idea de que acepte protagonizar su próxima película. Cuando ella llega se saludan afablemente, pero de forma circunspecta. No hay abrazos ni besos. Son dos extraños. Qué tal estás. Bien. Cómo te va todo. Bien. Cómo estas tú. Bien, bien, estoy bien. Qué tal van las cosas. Bien. Así un rato largo hasta que la incomodidad llena toda la sala. La cámara abunda en primerísimos planos. Las miradas se cruzan, huyen y vuelven. La tensión se masca. Son como dos duelistas que se mueven en círculos mientras se van estudiando. Pero poco a poco la conversación los va acercando a algo concreto. Finalmente se revela el asunto. Son padre e hija. La abandonó hace 13 años y ahora quiere darle (y darse) una oportunidad en su nueva película...
En esta espléndida secuencia está contenida toda esta lúcida película. Cuando él saca un recuerdo común para intentar acercarse, ella se sorprende. No ocurrió así. Él ha dulcificado un recuerdo que, en cambio, para ella fue dolorosísimo. Tampoco él le ha pedido perdón en este primer encuentro... ni se lo va a pedir durante las próximas semanas en las que van a convivir -con una tensión enorme- en el rodaje.
La película tiene una caída de ritmo en el siguiente cuarto, mientras se monta todo el set de rodaje; pero enseguida vuelve a alzar el vuelo gracias a un manejo del tempo y del lenguaje audiovisual extraordinario. Porque Sorogoyen no deja de proponer novedosas ideas visuales y elementos narrativos que hacen que su relato adquiera profundidad y viveza. Pondré tres ejemplos.
El primero y más evidente es el uso del Blanco y Negro hacia el que derivan algunos planos sin saltarse la narración. En el juego de espejos que se establece entre el rodaje y la vida personal de la actriz protagonista y del director, de pronto un plano sobre uno de ellos (observando al otro o escuchando) muda al blanco y negro, como para mostrar ´la verdad´ de lo que está sintiendo.
En otro momento tanto el director como su hija están en el restaurante del hotel, pero en distintos grupos, y él se dispone a escuchar el primer corte de la música que le han enviado para la banda sonora de su película. Es una partitura que transmite todo el maremágnum de emociones que confluyen en esa historia de amor en medio del Sahara. Pero mientras el director la está escuchando mira absorto a su hija, hablando con unos amigos al otro lado de la sala y de pronto -de forma mágica- esa partitura doliente salta de la película-rodaje a la realidad del director, recogiendo y exaltando sus propias emociones. Fascinante.
Sólo una más. En una escena del rodaje se ve a los dos actores protagonistas sentados a la mesa en el salón de una casa. La actriz protagonista se acerca desde el fondo con una bandeja que acaba depositando en la mesa, uniéndose a los dos hombres. Sorprendentemente, desde que dicen ´acción´ y tanto la cámara como la actriz inician su movimiento de acercarse a la mesa, el sonido desaparece. El silencio en la sala fue absoluto. Los espectadores ni respirábamos. Estábamos absortos mirando a esa chica que era el centro de todo, de lo que era película y de lo que no. No sé si la escena dura un minuto o menos, pero la escena en absoluto silencio resulta hipnótica. Cuando finalmente la joven deposita la bandeja y se sienta a la mesa la imagen se congela, se abre el plano y vemos que el director le está mostrando la escena a su hija en la pantalla del ordenador. Ella le indica que "resulta raro ver la escena sin sonido", a lo que el director responde que así se aprecian mejor los sentimientos que empujan a los personajes.
Posteriormente tendrán una conversación sobre las máscaras que todos portamos y que los actores tienen que quitarse para poder dejar salir al personaje. Todo ello tiene que ver con otra de las bazas del film, la del cine dentro del cine. Aunque creo que este asunto es secundario, Sorogoyen se las apaña para sacarle rendimiento y, a través de él, definir resolutivamente al personaje del director. Según van surgiendo los problemas vamos conociendo su carácter: colérico, embaucador, dictatorial, volcánico. Paradójicamente la escena cumbre, en la que Esteban Martínez pierde los papeles y humilla a sus actores, es a la vez violenta y de una comicidad descacharrante.
Victoria Luengo, como siempre, está soberbia (qué naturalidad en la compostura y la dicción) aceptando el duelo cara a cara con un monstruo como Javier Bardem, que nos vuelve a demostrar que es uno de los grandes.
* Aquí puedes leer cómo se rodó esa escena inicial tan formidable. A pelo. En un restaurante de verdad, con cinco cámaras escondidas y ningún técnico a la vista. Dejando que Bardem y Luengo entrasen al set sin haberse cruzado antes y sólo con el apoyo de un par de páginas de texto. Hora y media de metraje que se quedó en esos 18 minutos tan extraordinarios.