La muerte de Vivek Oji es una novela sumamente emocional y devastadora que explora las fronteras de la identidad personal en contraste con la sociedad y la familia. Habla de la necesidad de conocerse, de liberarse para poder ser uno mismo y de la pérdida que constantemente nos acecha. Nadie que lea el libro podrá evitar conmoverse.
Este libro me ha abierto los ojos en muchos sentidos. Me ha hecho ver las dificultades ímprobas que arrostra una persona cuyo ser está fuera de la norma social...y lo que le cuesta a sí misma aceptarse. También me ha hecho aterrizar en África y ver cómo la habitan sus gentes. Hay padres, hijos, tíos, vecinos, amigos, barbacoas, colegios, calles y ríos como en cualquier parte del mundo, pero desconocía cómo se relacionaban entre sí, cómo viven, qué les preocupa a los padres, con qué sueñan los jóvenes, qué presencia tiene la religión en esa sociedad o cual es su nivel de tolerancia con extranjeros, gays o lesbianas, por ejemplo.
Creo que el libro me ha puesto en contacto con personas de carne y hueso que viven en África. Y no son muy distintas. Está la tía Mary enfervorizada con la religión, están los chicos y las chicas a la gresca para reafirmarse, está la preocupación de los padres por dar un futuro a sus hijos... y está Vivek; un joven que se siente diferente, pero no sabe por qué ni cómo debe sentir. Ahí está la almendra de esta historia. Vivek va ser el epicentro de una auténtica vorágine emocional, que es lo que es esta novela.
"Cuatro
Vivek
No soy lo que todo el mundo cree que soy. Nunca lo fui. No tuve la boca para concretarlo en palabras, para explicar lo que no iba bien, para cambiar las cosas que notaba que necesitaba cambiar. Y cada día costaba. Costaba caminar por la calle y saber que la gente me veía de cierta manera, saber que se equivocaban, que se equivocaban tan rotundamente que mi yo de verdad era invisible para ellos. A sus ojos, ni siquiera existía.
Y yo me pregunto: si nadie nos ve, ¿seguimos ahí?" pág. 51
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| Collage "Somos agua" ⓒ René Dissel |
La novela demuestra que en el viaje para descubrir quién eres, los otros son tan necesarios como peligrosos. En este sentido cabe recordar el proverbio africano que dice que "para educar a un niño, hace falta la tribu entera". Emezi debe ser consciente de ello porque alrededor de Vivek crea toda una comunidad de personajes complejos y bien articulados cuya existencia marcó y fue marcada por Vivek. El triángulo formado por los valores de la sociedad, la familia y la propia intimidad batallan constantemente para darnos forma y a veces el proceso es muy doloroso. Las vivencias gloriosamente intensas de Osita y su primo Vivek así lo reflejan, compartiendo vida y alejándose, incluso pegándose, hasta que finalmente se descubren mutuamente en una escena brutal, delicadísima y desgarradora.
"Era como si hubiéramos dejado atrás todo lo que conocíamos y nos hubiéramos adentrado en un lugar completamente diferente, como si hubiéramos cruzado un umbral y lo que acaba de suceder, fuera lo que fuera, solo pudiera suceder a este lado." pág. 136
La historia está ambientada en el sureste de Nigeria alrededor de 1990 y gira alrededor de Vivek Oji, un joven cuyo cadáver aparece en la puerta de sus padres nada más comenzar la novela. El relato se estructura a través de las distintas voces de quienes lo amaban, incordiaban y sufrían. De su padre Chika, que lo envió a una academia militar para endurecerlo, harto de su extrema delicadeza. De su madre Kavita siempre preocupada por su sensibilidad y ausencias hasta el punto de traérselo de la universidad viendo la crisis que lo consumía. También Juju y su grupo de amigas con las que Vivek finalmente se siente identificado y liberado. Con ellas encuentra la senda de su autodescubrimiento.
"Fueron las chicas las que me sacaron. No creo que se lo propusieran. Yo sabía que lo de venir a visitarme era idea de mi madre; fue una de las pocas veces que un plan suyo funcionó.
Me estaba ahogando. No muy rápido, no lo bastante para dejarme llevar por el pánico. Era un hundimiento lento e inexorable, como cuando ya sabes dónde vas a ir a parar, y por eso dejas de resistirte y esperas a que todo termine." pág. 121
Y sobre todo Osita, su primo y mejor amigo. Ellos dos trenzan el hilo central del relato, compartiendo primero una infancia feliz, luego una adolescencia de provocaciones y peleas hasta llegar el distanciamiento en la universidad y, por fin, el reencuentro en la vuelta al pueblo. Las chicas y Osita le ayudarán simplemente por aceptarlo tal como es, sin intentar cambiarlo. Aunque esa dicha inicial será segada por la muerte. ¿Qué ocurrió? ¿Quién lo llevó hasta la puerta de la casa de su madre? Sólo se sabe que coincidió con unas revueltas que provocaron el incendio del mercado.
En la lista de agradecimientos que cita la autora al final del libro, ha incluido dos obras clave para ella: Amor de Tony Morrison y El amor en los tiempos del cólera de García Márquez. Aunque es evidente que el trazo de la novela nos recuerda irremediablemente a otra obra del mismo autor colombiano, ´Crónica de una muerta anunciada´. "El día que murió Vivek Oji prendieron fuego al mercado", esta es la primera línea de la novela y el resto de las páginas nos irán revelando los hechos que la rodearon. Aunque ya aviso de que tan cierto es que la novela gravita en torno a esa misteriosa muerte, como que lo que nos impacta de verdad es el misterio de su alma.
La novela tiene una estructura facetada, como los diamantes. En el libro se alternan capítulos donde escuchamos a Vivek con otros en los que escuchamos a su primo Osita y otros en los que, en tercera persona, se nos informa de esa sociedad en plena ebullición y de la preocupación de los padres que quieren protegerlo. Los capítulos en los que escuchamos a Vivek son muy intensos y cortos, de apenas media página. En ellos se nos muestra el desgarro de una persona que no se comprende a sí misma o que no se acepta; que necesita buscarse porque está perdida.
Según avanzaba en la lectura me daba cuenta de la cantidad de asuntos cotidianos que pueblan la novela: la abuela, los niños, la comida (garri, ndara, ñame), las etnias (igbo, hausa, fulani) y los más diversos asuntos de la vida cotidiana en Nigeria. En un momento dado Juju se hace la dormida para escuchar cómo sus padres se pelean. Su madre ha descubierto que el marido tiene otra familia, incluso con un hijo, en otra ciudad. Se gritan, él la pega y huye del hogar. Mientras los otros jóvenes están dudando sobre si ir a la Universidad. Dan la sensación de que todos están perdidos... hasta el punto de que la tía Mary lleva a Vivek a su iglesia tradicional para que curen su decaimiento y ¡¡es azotado para exorcizarlo!!
"—¿Qué acabas de decir? —preguntó, con la esperanza de haber entendido mal.
—El demonio que tiene dentro —repitió Mary—. Sí o, eso es lo que dijo el pastor. El niño está poseído por un espíritu maligno, un demonio muy fuerte. Es el que está provocando todo esto, lo del pelo largo, que se le esté consumiendo el cuerpo físico. Hay fuerzas sobrenaturales alimentándose de él...¡de tu hijo! El pastor dijo que había que cortarle el pelo porque de ahí sacan su poder, como los cabellos de Sansón. Es una de las fuentes de su fuerza. Pero cuando uno de los diáconos se le acercó con unas tijeras, ¡el demonio empezó a resistirse!" pág. 89
La narración tiene la textura de un relato oral en torno a una saga familiar que empieza con la abuela Ahunna, muerta el mismo día en que nació Vivek. Posteriormente su padre, Chika, descubrirá en el pie de su hijo una cicatriz idéntica a la que tenía su abuela Ahunna. Los ancestros y el presente se conjugan sin problema. Del mismo modo Emezi hace fluir su relato a través del tiempo, utilizando los recuerdos de los personajes para construir una cascada de flashbacks que van completando el puzle de la vida de Vivek.
Ese puzle de voces hace que el lenguaje sea muy vivo y directo, casi coloquial, mezclando constantemente el igbo y el inglés... a excepción de las apostillas que provienen de Vivek y de Osita, que tienen una potencia lírica tremenda.
El libro tiene un intenso color local, se le ven las raíces. Todo se nombra con el lenguaje igbo, las plantas, las telas, los apodos, el parentesco o la comida. La impresión que nos transmite el libro sobre Nigeria es contradictoria, un país a la vez ancestral y moderno, el más poblado de África, con 240 millones de habitantes y más de 250 grupos étnicos. Me llama la atención el grupo de las Niggerwives, mujeres inmigrantes procedentes de Filipinas, Malasia o India que se casan con nigerianos y se apoyan entre ellas mientras van adaptándose a las costumbres locales. La madre de Vivek es una niggerwife, al igual que la de la autora.
Nigeria es una de las tres economías más fuertes de África lo que no impide que también sea uno de los países con mayor desigualdad. El país también es una potencia cultural, con una música que llega a todo el globo y una industria cinematográfica que no tiene envidia de Hollywood. Sin embargo sus leyes contra el colectivo LGBTI se encuentran entre las más draconianas del mundo contando, además, con un gran respaldo de la población. En religión el país se distribuyen casi al 50 % entre católicos y musulmanes. Estas dos últimas cuestiones aparecen en la novela, si bien tangencialmente. No olvidemos la presencia violenta del grupo fundamentalista islámico Boko Haram que opera en el noreste del país. Por su parte, a Kavita le da un vuelco el estómago cuando su cuñada Mary le dice: "Ya sabes cómo son las cosas aquí. Es un peligro que se pasee por Ngwa con ese aspecto tan... femenino. ¿Te imaginas lo que le pueden hacer si alguien lo malinterpreta, si se creen que es un homosexual?"
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Cuando empezaba esta reseña diciendo que este libro me había abierto los ojos a otros mundos, también me estaba refiriendo a una autora que desconocía y a una nueva editorial -Cosonni- que se presenta así en su web: "consonni es una editorial interdependiente con un espacio cultural en el barrio bilbaíno de San Francisco. Desde 1996 producimos cultura crítica y en la actualidad apostamos por la palabra escrita y también susurrada, oída, silenciada, declamada; la palabra hecha acción, hecha cuerpo. Desde el campo expandido del arte, la literatura, la radio y la educación ambicionamos afectar el mundo que habitamos y afectarnos por él."** Akwaeke Emezi (1987) es una autora transgénero no binaria que reside en espacios liminales y cuya fulminante trayectoria le propulsó a la portada de junio de 2021 de la revista TIME, como parte de un grupo de líderes para la próxima generación. Akwaeke nació en Umuahia, una ciudad del sureste de Nigeria, hija de padre igbo y madre tamil. Crecieron en Aba, en una comunidad multicultural; su madre pertenecía a las Nigerwives.
De niña siempre escribía pero fue en la universidad, ya en EEUU, donde uno de sus profesores les sugirió especializarse en escritura creativa. Su práctica artística se ubica en la metafísica del espíritu negro, valiéndose del vídeo, la performance, la escritura y la escultura para crear rituales en los que procesar su encarnación como entidad no humana/ogbanje/descendiente de una deidad.
En la revista RoundTable encontré esta presentación de su primera novela, Agua dulce (Freshwater), que en 2018 revolucionó la escena literaria estadounidense:
En la revista RoundTable encontré esta presentación de su primera novela, Agua dulce (Freshwater), que en 2018 revolucionó la escena literaria estadounidense:
"Esta historia visceral, con tintes semiautobiográficos, narra la vida de Ada, un personaje que lucha contra múltiples personalidades que habitan en su mente. Algunas son diabólicas, otras más contenidas. A medida que estas personalidades cobran mayor protagonismo y Ada sufre una agresión traumática, su vida se sumerge en la oscuridad y la autodestrucción. Es un retrato impactante de la neurodivergencia, que se centra en la ontología igbo y en ideas no occidentales sobre la enfermedad mental.
Akwaeke comenta: “El libro se basa probablemente en un 99% en mi experiencia personal. Mientras lo escribía, utilizaba la ontología igbo para analizar toda mi vida, y todo lo que me había sucedido empezó a tener sentido. Me crie en una familia católica, así que intenté abordarlo desde la perspectiva cristiana, pero no funcionó; no me sentía en paz. Había ido a terapia; había intentado abordar temas de salud mental, pero tampoco me ayudó. Estaba aterrorizada porque, como nigerianos, no nos educan para pensar que esto sea algo en lo que debamos incursionar. Está muy estigmatizado. Pero fui a Lagos, hablé con un historiador y con amigos que practican la espiritualidad africana. Todos me dijeron: «Si sientes el llamado, tienes que obedecerlo, y la razón por la que te sientes tan estresada es porque lo estás combatiendo».”

















