Si te paras a pensar un poco, la vida es un drama. Así, en minúscula y con todas las letras. Y esta serie se dedica a dar cuenta de ello. El drama nos acecha en cada esquina en forma de miedo, pérdida, angustia, frustración, ira, vergüenza, desesperación, humillación o culpa; pero creo que todos sabemos ya que estas emociones son parte ineludible de la experiencia humana, por muy indeseadas y adversas que sean. Suelen ser indicadores que nos sirven para adaptarnos mientras transitamos por la vida... aunque a veces nos cueste un mundo manejarlas. Y, en no pocas ocasiones, nos atropellan. De eso trata esta formidable serie.
Esta primera temporada consta de 10 episodios y comienza con Suzanne Bien-Aimée (Florence Longpré) incorporándose a su nuevo trabajo como Jefa de Psiquiatría del Pabellón D, en el Hospital Mont-Royal de Montreal, un auténtico "agujero", como le indica rápidamente uno de sus nuevos compañeros. Allí están ingresados locos, criminales y neuróticos, varios de ellos derivados de la penitenciaría de la ciudad. La cosa se complica cuando conocemos que esta antigua criminóloga reconvertida en psiquiatra, se reincorpora a su trabajo con el ánimo de sumergirse en él para olvidar sus problemas personales, marcados por el duelo tras una tragedia personal.
Suzanne no es una psiquiatra al uso. Conoce el dolor y el desequilibrio mental por experiencia propia, de ahí que practique una empatía muy humana... cosa que puede ser tan sanadora como devastadora. El mejor ejemplo es el señor Dallaire que tiene una vida tranquila y apagada gracias a los fármacos que le suministran. Pero Suzanne cree que eso no es vida. Que una cosa es ayudarte a superar el trauma y otra drogarte para taparlo. Aunque reducir los fármacos nos puede llevar a un terreno muy resbaladizo.
Florence Longpré lidera “Empatía” como creadora, guionista y protagonista, una de las voces más singulares de la ficción canadiense reciente, con títulos ya consolidados como "M’entends-tu?". Su doble rol, desarrollando el libreto y mostrándose en pantalla, aporta coherencia emocional al relato y una mirada muy personal y genuina sobre la vulnerabilidad y la salud mental.
Además, la serie tiene una subtrama muy pertinente que nos muestra esos mismos problemas, pero en la calle, fuera del hospital. La doctora Bien-Aimée acabará haciendo buenas migas con su auxiliar, Mortimer (Thomas Ngijol), que cuida a su madre en casa, aquejada de demencia senil. A través de pequeños flashbacks repartidos por los capítulos iremos conociendo la historia de ambos... que tampoco ha sido un camino de rosas. Mortimer resume su vida así: "La mía no es una historia agradable. Soy el fruto de gente herida que fue herida por personas heridas".
Episodio tras episodio, la serie irá desvelando la capas de esta criminóloga y psiquiatra hasta llegar a su corazón, profundamente lastimado. El quinto episodio, el de la puerta del patio y las palomitas rosas, nos revelará el trauma que esconde y es devastador. El episodio nos brinda las pistas para comprender la angustia y la culpa que atormentan a Suzanne; un personaje tan imperfecto como entrañable.
Este episodio es memorable no sólo encontramos los hechos traumáticos que narra, sino también porque está rodado de forma magnífica, sin audio, exclusivamente con imágenes. Son de esos capítulos que hacen que se te congele el corazón.
Otro notable aspecto cinematográfico que aporta la serie es que, cuando las emociones son más intensas y amenazan con anegar el alma de algún protagonista, aparece un ballet con tutú negro bailando a su alrededor. A mí me pareció una metáfora de esas sombrías amenazas que nos rondan la cabeza.
La fuerza de Empatía reside en la honestidad de su acercamiento a la salud mental y en la profundidad de sus personajes, cada uno con su mochila de frustraciones y traumas. Por ejemplo Suzanne no es que cargue con su tragedia personal como un simple truco dramático, sino que su pasado constituye el fondo emocional sobre el que ha construido su manera de estar en el mundo. Escucha a los demás porque necesita escucharse a sí misma.
En este sentido creo que el personaje del señor Dallaire puede ser el epítome de la serie y del quehacer de la psiquiatra. El hombre tiene asignada una medicación muy potente que lo deja semiinconsciente todo el día. Pero Suzanne cree que esto no es vida y que "tiene derecho a vivir la realidad". Le rebaja la medicación, pero entonces el entrono y los recuerdos inundan los sentidos del señor Dallaire haciéndole sufrir con su catarata de estímulos. Pero la psiquiatra sabrá ayudarle a encauzar ese cúmulo de emociones que le abrirán la puerta a una vida más consciente y satisfactoria.
Ese es el espíritu de la serie.
Suzanne no es de las que marca una pauta de medicación y se olvida del enfermo; sino que busca con tenacidad y empatía el resquicio por el que penetrar entre las brumas de su mente hasta llegar a la persona angustiada que hay al fondo. Su terapia es de sentido común: tenemos que ser conscientes de nuestros miedos, frustraciones y culpas y aprender a convivir con ellos.
La propia Florence Longpré ha referido el origen casi accidental de la serie: “Empecé escribiendo una serie de true crime sobre un psicópata, pero al hablar con psiquiatras me di cuenta de que eso era muy aburrido. A mí me interesa hablar de las emociones y de la experiencia de vivir. Llamé a mi productor y le dije que iba a tirar ese proyecto a la basura, porque había encontrado lo que realmente quería contar: lo que ocurre dentro de la cabeza de las personas, la salud mental y la vida dentro de un hospital psiquiátrico”.
El resultado es esta tragicomedia inteligente y veraz que logra exponer toda una extensa gama de emociones de forma muy natural.
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El mundo desarrollado ha reducido de manera muy significativa los manicomios clásicos, pero no ha resuelto qué hacer con las personas que necesitan atención intensiva y continuada. A mediados del siglo XX, los manicomios eran una pieza central del sistema sanitario en Europa y Norteamérica. En Estados Unidos, por ejemplo, el número de pacientes ingresados en hospitales psiquiátricos públicos alcanzó su máximo en 1955 con más de medio millón de personas. Desde entonces, la cifra se desplomó de manera sostenida hasta situarse por debajo de las 100.000 en los años noventa. Es una reducción de más del 80% en cuatro décadas. En Reino Unido el proceso fue similar. En 1954 había unos 150.000 en hospitales psiquiátricos, mientras que a principios del siglo XXI la cifra había caído por debajo de 30.000.



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