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miércoles, 10 de junio de 2026

LA JAULA BLANCA de TÚNEZ EN FORMA DE PAGODA - de Mirolad Pavic

Serie Narraciones Extraordinarias








os pensamientos humanos son como cuartos. Entre ellos hay salas lujosas y cuartuchos saturados. Los hay soleados y sombríos. Algunos dan al río y al cielo, otros al traspatio o al sótano. Las palabras en ellos semejan cosas y pueden ser cambiadas de un cuarto a otro. Los pensamientos dentro de nosotros en realidad, esas habitaciones en nuestro interior, agrupadas en palacios o cuarteles, pueden ser moradas de otros donde uno resulta ser sólo un inquilino. A veces, sobre todo de noche, encontramos que las salidas de esos aposentos están cerradas con llave y no podemos abandonarlos. Estamos encerrados como en un calabozo hasta que nuestros sueños nos liberan y nos dejan salir. Pero los sueños son como los invitados de una boda, hay que esperarlos. Mientras tanto, reina el insomnio. Dicen que existen dos insomnios, como dos hermanas. El de antes de dormirse y el otro, después de despertar en plena noche. El primero es madre de la mentira, el otro es madre de la verdad.

     Desde que vivo solo el insomnio me atormenta cada vez más a menudo y yo lo resisto con un método que desarrollé con mucho afán. Todo ocurre en la cama y en mi mente. Y todo, de alguna manera, está relacionado con mi profesión de experto en decoración de interiores. Primero selecciono una casa en la ciudad que mejor me sirva para estos propósitos. Alguna construida con paja de avena que impide que las energías maléficas del inframundo suban hasta los aposentos. Al ubicar una casa con esas características empiezo a amueblarla y a arreglarla cada noche en mi mente. A llenarla de muebles de mi invención. Pero yo no arreglo esa casa motivado sólo por el deseo de que luzca bien. Yo la estoy acondicionando para una persona en particular. Para JM. Y exclusivamente para las necesidades de esa persona. 
     Todo empezó así.
     Durante mis paseos por las tardes escogí un pequeño palacio e indagué todo lo que podía sobre su origen. Está en el mismo principio de la calle Kraljevića Marka que sube curvada desde el muelle del Sava hacia Zeleni Venac rompiendo el viento. Su fachada está llena de bonitas ventanas divididas en cruz que hoy en día ya no se hacen. Está erigido sobre la base de un “nueve vivo” cuya forma no encierra el cero como la mayoría de los demás números nueve. El edificio se conoce como “La casa de Lika 
Ćelović”. Fue construido en 1903 según los planos del ingeniero Miloć Savćić en el estilo neorrenacentista con elementos del neobarroco, a juzgar por los manuales de G. Gordic y B. Vujović. Es una “construcción angular con fines residenciales y comerciales con sótano, planta baja, dos pisos y el desván. A la fachada principal le dan especial vivacidad unas aberturas grandes en la planta baja donde hay algunas tiendas y los sólidos tímpanos arriba de las ventanas del primer piso. El edificio termina con una cornisa de techo, rematada con vigas voladizas, arriba de la cual se elevan el ático revocado y las clásicas ventanas de mansarda…”. Encima de la entrada está el escudo con letras L.C.T. entrelazadas y una placa que dice que fue donado a la universidad de Belgrado. Su dueño, el famoso comerciante belgradense, Luka Ćelović (1854-1929), por muchos años presidente de la cooperativa de Belgrado, tenía su sede comercial en el edificio vecino, una belleza que daba a la plaza antaño conocida como el “pequeño mercado”. Su busto de bronce está no lejos de ahí, en la esquina de un edificio de varios pisos en la calle Karadjordjeva. Mira hacia el suroeste, hacia Trabinje, desde donde Luka había llegado a Belgrado en 1872 para comprar tierras y levantar algunas de las casas más hermosas del puerto. Fue uno de los fundadores del movimiento chetnik-komita¹ en Serbia, creador de la bolsa de Belgrado y benefactor de instituciones científicas. De él dicen que por el chirrido de las plumas podía adivinar lo que sus contadores escribían.
     Durante mis insomnios, en vez de contar cuántas veces en la vida compré zapatos bonitos que no me quedaban bien, decidí poblar y amueblar la casa de Luka Ćelović. Sabía que esta casa le gustaba a JM y eso fue decisivo para mi elección. JM tenía un profundo sentido de “zonas” con energía positiva, como de otras también. La parte entre la Catedral y el río Sava era para ella una “zona” indiscutiblemente preciosa. Allí, en la cuesta que baja al Sava el invierno huele a otoño y la primavera a invierno, y JM consideraba que al entrar en esa “zona” empezaba a llevar su verdadero nombre. Apenas salía de dicha “zona” se llamaba de otra manera, era otra persona. Es decir, la elección cayó sobre la casa familiar de Luka Ćelović que estaba en esa “zona”.
     Al entrar en ese edificio en mi memoria susurré como un embrujo en cada una de sus habitaciones una de las diecisiete letras del nombre de JM.
     Ahora puedo decir que en aquel entonces ya tenía bien avanzados ciertos preparativos de particular índole. Durante el tiempo en que pude observar a JM a diario notaba los movimientos de sus brazos y sus manos delicadas, su manera de andar y peinarse, la postura del cuello y de los hermosos hombros y muslos, el movimiento de sus pechos al sentarse, los giros del cuerpo, el papel de sus piernas ovilladas en el sillón o corriendo, la vuelta de su cabeza detenida al oír, mucho antes que nosotros, el rugido del avión que traía las bombas… Luego compuse un pequeño “diccionario de movimientos” de JM. Para cada uno de ellos establecí un signo. Fue particularmente difícil crear signos para sus irrepetibles pasos de danza. Siempre bailaba sola, ni siquiera conmigo bailaba jamás, pero esa danza era lo más hermoso en ella. En mi diccionario había signos parecidos a los usados por expertos rusos de ballet de principios del siglo pasado, como Nizhinski por ejemplo, para marcar sus partituras. Los puse en el diccionario para una fácil localización. Era como un catálogo de movimientos; como un alfabeto secreto. Algo semejante al teclado de la computadora desde el cual se controlan saltos, carreras, nado o giros de héroes de videojuegos para adultos que JM y yo solíamos llamar “novelas sin palabras”. Para provocar dichas actividades inventaba distintos tipos de muebles, porque cada pieza de mensaje preveía otro movimiento de JM: abrir una puerta, sacar un cajón, bajar la tabla del escritorio. Así provisto empecé a amueblar la casa de manera que mejor satisfaría los gustos y la naturaleza de los movimientos de JM, decidido a invocar de ese modo, al menos en la mente, todas mis reservas de sus actividades, vueltas, entradas, subidas por la escalera y salidas…
     En mis operaciones nocturnas no quise cambiar la fachada de la casa. Sólo le lavé la cara con pinturas, con colores del vino blanco Bermet y de un azulado vino espumoso de Italia. Al revisar el interior de la casa de Luka Ćelović durante mi siguiente insomnio decidí remodelar la escalera. Recordé la manera de caminar de JM y un ademán en la escalera barroca bifurcada del Palacio de Ausperg en Viena; el de su mano que quiso apoyarse en el lujoso barandal metálico y luego desistió. También recuerdo que al bajar desvió su paso sobre el borde redondeado del último peldaño. Además, recordé que el palacio vecino de la Cooperativa de Belgrado también tenía una escalera bifurcada, así que enseguida proyecté otra igual en la casa de Luka Ćelović. Una noche demolí en la mente las dos tiendas a los lados de la entrada y obtuve el espacio para llegar con la escalera bifurcada justo a la ventana en el centro del primer piso y de ahí más arriba, lo cual ya resultaba mucho más fácil. La nueva escalera era de piedra con el barandal de hierro forjado y el pasamanos de madera de roble para que el frío no ahuyentara la mano como en Viena. En la cama, mientras inhalaba el aire, con claridad veía en mi mente esa nueva escalera en la casa de Luka Ćelović, pero al exhalarlo la escalera desaparecía.

Escalinata del palacio de la Cooperativa de Belgrado


     En los escaparates de las tiendas demolidas coloqué vitrales que representaban dos sueños de JM que una vez me había contado. Uno de ellos, en el escaparate a la izquierda de la entrada, era un sueño sobre las nubes:
     “Nubes inmóviles y espesas como musgo ocultan el cielo. 
―¡Son verdes como el moho!― dice alguien cerca. La gente yace sobre el pasto de los lugares de recreo boca arriba o, sumida en los asientos de los cabriolés, observa esas nubes juntándose alrededor de los árboles más altos. En las grandes ciudades se ve ese musgo adherido a las cimas de los rascacielos rodeando como un caparazón todo el planeta. A veces esos compactos tapetes muertos de lama celeste se rompen y todo el musgoso firmamento se agita en esa parte y se inclina de manera que la gente empieza a marearse. Los aviones ya no despegan…”. 
     Durante uno de mis siguientes desvelos coloqué en la parte trasera del edificio de Luka Ćelović los cuartos auxiliares, las cocinas de verano y de invierno y dos baños, uno grande y otro pequeño. Convertí la mansarda con tres ventanas en un jardín botánico. Allí JM podría desayunar y fumar sus cigarrillos, todos de colores diferentes.
     Al acabar así la obra negra empecé a arreglar el interior. No hay que pensar que, por ocurrir todo de noche, en la cama y en la mente, yo no aplicaba los métodos necesarios y usuales de mi profesión. Ordené los picaportes y cerraduras del maestro Lunich, cuyo taller estaba cerca de Kalemegdan. De él ordeno todo el latón cuando trabajo en edificios reales. Pero aquí los pedidos eran especiales. Ni siquiera dos picaportes debían ser iguales. La razón era simple. Cada uno de los picaportes induciría un ademán diferente en los largos dedos de JM. Cuando los trajeron y distribuyeron los revisé con deleite. Uno tenía la forma de pájaro que estaría en la mano de JM cada vez que abriera la puerta de la sala de baile en el piso superior, otro era como el mango de un arco de violín, el tercero como un abanico chino. Había picaportes que llevaban manzanas de vidrio y botas de mármol o picaportes hechos de cuernos del chivo montés, y en el dormitorio de JM se encontró un picaporte de madera de abeto que olía eternamente a bosques cubiertos de nieve. El picaporte de entrada se parecía a un pequeño revólver de dama del siglo XVIII. La puerta se abría apretando el gatillo. Si se juntaran todos los ademanes necesarios para usar estos picaportes se obtendría una cincuentena de compases de la danza basada en la melodía favorita de JM, Ausencia...
    Desde luego que a veces me iba a observar la casa de Luka Ćelović de día y desde afuera. Estaba deteriorada y se veía mucho peor que en mis fantasías. Las cuatro tiendas en la planta baja tenían sus escaparates polvorientos y en un rincón del portón un anciano con sombrero remendado fumaba su pipa. La boquilla apestaba a cuernos de cabra húmedos y las orejas del viejo mostraban la espuma rancia del rasurado. Todo era sumamente decepcionante.
     Por eso de noche, en la oscuridad, me empeñaba aún más en amueblar cada parte de esa casa. Le encargué al hojalatero Lunich que vaciara en bronce cincuenta pares de labios, los masculinos con bigote y los femeninos cubiertos de lápiz labial, y distribuí esos labios metálicos por las paredes de los cuartos en vez de ceniceros. Conectados con los tubos aspiradores del edificio, succionaban ansiosamente la ceniza y las colillas de los cigarrillos que JM fumaba y tiraba por toda la casa. Derribé las paredes del segundo piso y obtuve un “cuarto de música” espacioso, en realidad una sala de baile con tres ventanas que daban al antiguo “pequeño mercado”. JM podría liberar allí su incontenible energía para el baile en la estampida musical de Claro de luna. Para ese propósito se colocó un parqué nuevo en forma del laberinto de Chartres, que JM recordaba consagrado.


     Situé el baño grande en el segundo piso con vista al patio. Un picaporte en forma de narguile llevaba a un gran espacio rectangular casi completamente vacío. El techo estaba iluminado como si encima del baño hubiera un cielo medio nublado. Al pisar las losetas de un negro pálido y violeta se notaba al fondo una cama de vidrio adornada con un cojín rojo a prueba de agua. Presionando el botón regulador de la densidad y la inclinación del agua empezaba a llover en el baño. De ese modo JM podrá dormir bajo una lluvia cálida en la cama de vidrio o, lo que le gustará sobremanera, poner la música y con los sonidos de Camino jázaro bailar bajo un chubasco. Aún recuerdo los movimientos laterales de sus hombros que parecían salir de las pinturas de mujeres egipcias de tumbas faraónicas, siempre retratadas de lado, de perfil. La ventana del baño es un semicilindro de cristal de tamaño humano y al entrar en él uno parece haber entrado en un poste de anuncios callejeros. Sobre su cristal lechoso se reprodujo una enorme ampliación de una foto del pequeño hijo de JM. De pie, está bebiendo una coca cola con un popote.
     Del techo de su estudio en el primer piso colgué una cadena con la mecedora de mimbre cuyo asiento era una auténtica silla de montar con estribos y perilla, a la que JM podrá aferrarse mientras descansa en este columpio su cuello y espalda del trabajo en la computadora. Una pared era el monitor de su computadora. Podrá ver y sentir a su heroína favorita, Lara Croft, en su tamaño natural. En las alforjas le dejé como regalo la libreta electrónica que cargué con todas las obras publicadas de JM y una pequeña biblioteca de sus libros favoritos. Sobre la pared colgué una pequeña vitrina forrada de terciopelo en el que descansaba un lápiz escolar de JM.
     La cocina grande está orientada de tal manera que las sombras de pájaros, en verano, vuelan a través de ella, y en invierno las sombras de copos de nieve caen sobre el piso. La luz brilla por las falsas ventanas con mapas de vidrio de Cornwall y Egipto, las regiones favoritas de JM. En la pared está un lienzo de tela rústica con un bordado de dos bellas campesinas junto a la estufa con una olla. La inscripción en el lienzo registra sus palabras con hilo rojo:
   ―¡Come, comadre, mientras está caliente!
   
―¡Comí queso antes de comer y no tengo hambre!
     En el rincón junto a un sillón coloqué la jaula blanca de Túnez en forma de pagoda. En ella duerme Constantina, la gata rayada parecida a aquella que JM encontró y amó en Grecia afirmando que Constantina en vez de soñar sus propios sueños soñaba los míos. JM jamás cocinaba platos cuya preparación durará más que el tiempo necesario par escuchar dos veces la canción Los noventa.
     Sin embargo, dada la rapidez de JM eso significaría una hora u hora y media en el caso de otra persona. En broma decía que vivía tan rápidamente que en unos años sería mayor que yo, que podría ser su padre. En realidad, cuando cocinaba seguía una extraña sabiduría considerando que la preparación de una comida no debe durar más que el tiempo necesario para comerla.
     El baño pequeño tenía un jacuzzi triangular y en la cabina un botiquín de vidrio con un vaso de cristal y una botella de amaro Ramazzotti. Se podía alcanzar sin levantarse del jacuzzi con ese ademán alcanza todo de su mano que JM usaba en la cama. En medio de ese pequeño baño está una silla de manos medieval para mujeres. Al levantar el cojín de su sillón aparece el asiento de marfil con el ovalado orificio y su tapa. Debajo de éste, un cubo vacío de mármol baja hacia el subterráneo. Allí, en el fondo, corre el agua del drenaje…
     La alcoba de JM estaba en el segundo piso junto al baño grande. Al lado de ella construí un pequeño cuarto para la ropa y el calzado. A JM le quedaban bien tanto las prendas y sombreros femeninos como los masculinos. Usaba con el mismo placer los suyos y los míos. Sus zapatos permanecían como nuevos por décadas. Por eso llené el vestidor con la ropa de ambos. Pero, ahí mi trabajo se detuvo…

     Aparte de un sofá azul que puse enseguida entre dos ventanas y un espejo extraño con un pequeño agujero en una esquina, no lograba emprender en mis insomnios el arreglo del dormitorio de JM. Después de todo, era de esperarse. Porque allí estaba el puto clave. Yo no emprendía todas esas labores reflexivas sobre la decoración interior de esa casa sólo para apagar mis insomnios. Tenía otra razón más importante: anhelaba invocar a JM para que estuviera en mi vida de nuevo. Aunque fuera de esa manera absurda e insensata, establecía en mi recuerdo todo el repertorio de sus movimientos desde que entraba a la casa hasta que se iba a acostar. Los objetos distribuidos en esa casa formaban en mi mente y en mi memoria una película sobre sus movimientos. Ella era rápida, más rápida que cualquiera que yo conociera. Sabía ver, tender la mano o lanzar una palabra como un tiragomas antes que nadie. Tan rápida como era, pensaba, tal vez sentirá ese tejido espeso de sus movimientos en mi imaginación y reaccionará antes que sea tarde. Tal vez vendrá a ver en la realidad la casa en el “pequeño mercado” habitada por su paso y su danza a través de mis insomnios.


*
     

     Por supuesto que tales esperanzas se disipaban cada mañana en la gris cotidianeidad. Bastaba ver el cielo con unos cuantos pájaros sucios y las nubes que se derretían. Una mañana de esas encontré en mi oficina con la solicitud de un proveedor para que me reportara. No pude hacerlo enseguida, pero uno o dos días después me llamó una voz masculina, se presentó y me propuso que interviniera en el arreglo de un edificio residencial. Demostró que sabía de varios interiores que yo había ideado en algunas casa belgradenses, así que acepté. Entonces me dio la dirección y casi me desmayé. La casa donde habría de trabajar era la de Kraljevića Marka número 1.
     ―Tal vez se acuerda de ese edificio 
―agregó la voz― se conoce como la “casa familiar de Luka Ćelović”. Algunas partes no están arregladas, por eso lo llamo de parte de mi cliente.
     En ese mismo instante, sin esperar el día de la cita con el cliente, corrí hacia allá como enajenado. Desde lejos noté los cambios en la casa de Luka Ćelović. La fachada estaba pintada decolores del Bermet blanco y del azulado vino espumoso italiano. Los dos escaparates de las tiendas a cada lado tenían vitrales nuevos. El izquierdo mostraba un paisaje con nubes extrañas. Era una pintura sobre el vidrio. Las nubes espesas como musgo, verdes e inmóviles, ocultaban el cielo. En esa pintura de cristal la gente yacía en el pasto de los lugares de recreo boca arriba o, sumida en los asientos de los cabriolés, observaba esas nubes juntándose alrededor de los árboles más altos…
     Con asombro agarré el picaporte en forma de revólver de dama del siglo XVIII y jalé el gatillo. La cerradura crujió y la puerta se abrió ante mí. Apareció una escalera barroca bifurcada y me inundó un tufo a cuernos de cabra húmedos. Allí me tope con un viejito de sombrero remendado y pipa, tal vez el cuidador, un poco sorprendido por mi presencia. Sin prestar atención a sus gritos me aferré al pasamanos de madera de roble y corrí como enajenado al piso superior. Pasé junto al estudio de JM, donde la mecedora con asiento de silla de montar aún se mecía, y fui a la cocina, donde asusté a la gata Constantina. Yo estaba temblando y repitiendo a media voz:
    ―Esto no es posible, esto no es posible… ―hasta que un chubasco que empapó hasta los huesos. En realidad, apurado por llegar cuando antes al dormitorio, tomé el atajo y atravesé el baño grande en el que aún estaba lloviendo como si alguien acabara de salir de la ducha. Completamente mojado me detuve en la puerta del único cuarto que no alcancé a amueblar en mi insomnio. El dormitorio. Tampoco aquí, en la realidad, había muebles. Sólo estaba el sofá azul entre las dos ventanas al fondo.
     JM estaba sentada en él sobre sus piernas ovilladas, bajo su flequillo negro, con el pelo bien corto muy por encima de la nuca y aretes parecidos a cigarrillos dorados. Con aquella sonrisa más vieja que ella misma. Como siempre, debajo de su vestido negro y medias relucientes, sentí la densidad de su cuerpo. La rapidez bajo la carne inmóvil de hembra. Me paré como golpeado y dije:
     ―¡Dime que esto no es verdad!
     
―¿Cómo no si estás empapado como un ratón?
     ―Pues ¿cómo? -agregué tontamente. JM se rió.
     ―Tú quieres una explicación para todo esto, ¿no?. Pero, ¿para qué la necesitas, si aquí estamos de nuevo tú y yo? ¿Acaso el amor necesita explicaciones? Pero si insistes que te diga, va. Todo esto es mentira. Desde el picaporte en el portón hasta el techo de vidrio, esta casa arreglada de esta manera no existe en la realidad. Todo esto es un infinito simulado y una eternidad temporal.
     ―¿Y tú? -pregunté con voz temblorosa
     ―Yo tampoco existo, desde luego.
     ―No lo creo ―dije y me acerqué un paso. Aspirar el perfume de una mujer es como escuchar su pensamiento. Sentí el aroma de su cabello, pero ella no se movió. Y dijo:
     ―No importa si lo crees o no, porque tampoco tú existes.
     ―¿Tampoco yo?
     ―Tampoco tú. Éste es un juego sobre nosotros que la verdadera JM cargó en la computadora.




Milorad Pavic




 
¹ Grupos armados en Serbia y Montenegro que luchaban contra los invasores turcos en la segunda mitad del siglo XIX y contra las fuerzas del Eje durante la primera guerra mundial.









* Este es el primer cuento de los siete 
que componen el libro "Siete Pecados Capitales" de Milorad Pavic, un auténtico prestidigitador de la literatura y la imaginación.  En el libro todo gira alrededor de un peculiar espejo que porta un pequeño agujero en una esquina. El espejo conecta los siete relatos y por su agujero la literatura y el mundo se comunican hasta convertir al escritor en personaje y al lector en el reflejo de su pensamiento.
En este blog hay otro cuento de este maestro, ´Té para dos´.

sábado, 8 de marzo de 2025

EL MURCIÉLAGO - de Luigi Pirandello

ⓒ  Pimlico Prints


Serie Narraciones Extraordinarias












odo bien. En la comedia no había nada nuevo que pudiera irritar o trastornar a los espectadores. Y estaba montada con un espectacular atrezo. Un gran prelado entre los personajes: una eminencia vestida de rojo que hospeda en casa a una cuñada viuda y pobre, de quien, cuando era joven, antes de emprender la carrera eclesiástica, había estado enamorado. Una hija de la viuda, ya en edad de merecer, que Su Eminencia quisiera casar con un joven protegido suyo, que se ha criado en su casa desde niño, aparentemente hijo de un viejo secretario, pero en realidad… En fin, vamos, un antiguo error de juventud, que ahora no se podría reprochar a un gran prelado con la crudeza que necesariamente derivaría de la brevedad de un resumen. Sobre todo porque es, por decirlo así, el centro de todo el segundo acto, en una escena de grandísimo efecto: con la cuñada, en la oscuridad, o mejor, bajo el claro de luna que inunda la galería, porque Su Eminencia, antes de empezar la confesión, le ordena a su confiado sirviente Giuseppe: «Giuseppe, apague las luces». Todo bien, todo bien, en fin. Los actores: todos en orden y enamorados, uno por uno, de su papel. También la pequeña Gàstina, sí. Contentísima, contentísima en el papel de la sobrina huérfana y pobre, que por supuesto no quiere casarse con aquel protegido de Su Eminencia y protagoniza algunas escenas de violenta rebelión, tan del agrado de la pequeña Gàstina, porque prometían una lluvia de aplausos.
En resumen, el amigo Faustino Perres no podía estar más contento, en la espera ansiosa de un éxito rotundo para su nueva comedia, la víspera de su representación. 
Pero había un murciélago. 
Un maldito murciélago que cada noche, durante aquella temporada teatral de nuestra Arena Nacional, o entraba por las aberturas del techo del pabellón, o se despertaba a cierta hora en el nido que debía de haber hecho allí arriba, entre las estructuras de hierro, los tornillos y los bulones, y se ponía a revolotear como enloquecido, no por el enorme techo de la Arena sobre las cabezas de los espectadores, porque durante la representación las luces de la sala estaban apagadas, sino allí, donde lo atraían la luz del proscenio, de las balanzas y de los bastidores, las luces de la escena. Sobre el escenario, justo en la cara de los actores. 
La pequeña Gàstina le tenía un miedo irracional. Durante las noches anteriores tres veces había estado a punto de desmayarse al verlo pasar, rasante, por su rostro, sobre el pelo, ante sus ojos, y la última vez, ¡Dios, qué repugnancia!, hasta casi rozarle la boca con aquella membrana viscosa. No había gritado de milagro. La exasperaba la tensión de los nervios para obligarse a permanecer inmóvil, representando su papel (mientras no podía evitar seguir con los ojos, asustada, el revoloteo de aquella bestia asquerosa, para defenderse de ella o, si no aguantaba, para huir del escenario y encerrarse en su camerino), hasta el punto de afirmar que ella, con aquel murciélago allí, si no se encontraba la manera de impedirle que viniera a revolotear por el escenario durante la representación, no se sentía segura de sí misma, de lo que haría una de aquellas noches.
Se obtuvo la prueba de que el murciélago no venía de fuera, sino que había establecido su domicilio en los envigados del techo de la Arena, porque, la noche anterior al estreno de la nueva comedia de Faustino Perres, todas las aberturas del techo se mantuvieron cerradas, y a la hora acostumbrada se vio al murciélago lanzarse, como todas las noches anteriores, al escenario, con su revoloteo desesperado. Entonces Faustino Perres, aterrado por el destino de su nueva comedia, rezó, imploró al empresario y al director para que hicieran subir al techo a dos, tres, cuatro obreros, incluso a cargo suyo, para encontrar el nido y dar caza a aquel animal tan insolente; pero fue tachado de loco. Especialmente el director se enfureció frente a la propuesta, porque estaba cansado, así era, cansado, muy cansado, realmente cansado de aquel miedo ridículo de la señorita Gàstina a echar a perder su magnífico pelo.
—¿El pelo?
—¡Seguro! ¡Seguro! ¿Aún no se ha enterado? Le han dado a entender que si por casualidad le cae en la cabeza, el murciélago tiene en sus alas no sé qué viscosidad, por lo cual sería imposible desenredarlo del pelo sin cortarlo. ¿Ha entendido? ¡Esa es la razón de su miedo! ¡Debería interesarse por su papel, identificarse con el personaje, al menos hasta el punto de no pensar en tales tonterías! ¿Tonterías, el pelo de una mujer? ¿El magnífico cabello de la pequeña Gàstina?



El terror de Faustino Perres, frente al arrebato del director, se centuplicó. ¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Si realmente la pequeña Gàstina temía por eso, su comedia estaba perdida! Para desairar al director, antes de que empezara el ensayo general, la pequeña Gàstina, con el codo apoyado en la rodilla de una pierna cruzada sobre la otra y el puño bajo la barbilla, le preguntó seriamente a Faustino Perres si la frase de Su Eminencia en el segundo acto: «Giuseppe, apague las luces», no podía ser repetida, de ser necesario, alguna vez más durante la representación, visto y considerado que no había otro medio para echar a un murciélago que entra de noche en una habitación que no fuera apagar las luces.
Faustino Perres sintió que se le helaba la sangre en las venas.
—¡No, no, lo digo en serio! Porque, perdone, Perres: ¿usted quiere dar, con su comedia, una perfecta ilusión de realidad?
—¿Ilusión? No. ¿Por qué dice ilusión, señorita? El arte crea verdaderamente una realidad.
—Ah, está bien. Pues yo le digo que el arte la crea y el murciélago la destroza.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Porque sí. Ponga por caso que, en la realidad de la vida, en una habitación donde se está desarrollando, de noche, un conflicto familiar, entre marido y mujer, entre una madre y una hija, ¡qué sé yo!, o un conflicto de intereses o de otro tipo, entra por casualidad un murciélago. Bien: ¿qué se hace? Le aseguro que, por un momento, el conflicto se interrumpe por culpa de aquel murciélago que ha entrado, o se apaga la luz, o se va a otra habitación, o alguien va a coger un bastón, se sube a una silla e intenta golpearlo para acabar con él en el suelo, y entonces todos los demás, créame, en aquel momento, se olvidan del conflicto y corren a mirar, sonrientes o con asco, de qué está hecha aquella bestia odiadísima.
—¡Ya! ¡Pero esto pasa en la vida ordinaria! —objetó Faustino Perres, con una sonrisa cadavérica en los labios—. En mi obra de arte, señorita, no he puesto a ningún murciélago.
—Usted no lo ha puesto, pero, ¿y si él se mete sólo en ella?
—¡No hay que hacerle caso!
—¿Y le parece natural? Le aseguro, yo que debo vivir en su comedia el papel de Livia, que eso no es natural, porque Livia, yo lo sé, lo sé mejor que usted, ¡le tiene miedo a los murciélagos! Su Livia, cuidado, no yo. Usted no lo ha pensado, porque no podía imaginar el caso en que un murciélago entrara por la puerta, mientras ella se rebelaba furiosamente a la imposición de su madre y de Su Eminencia. Pero esta noche, puede estar seguro de ello, el murciélago entrará en la habitación durante aquella escena. Y entonces yo le pregunto, por la realidad misma que usted quiere crear, si le parece natural que Livia, con el miedo que le tiene a los murciélagos, con la repugnancia que la hace retorcerse y gritar al imaginarse un posible contacto, se quede allí como si nada, impasible, con un murciélago que revolotea alrededor de su rostro. ¡Usted bromea! Livia se escapa, se lo digo yo; deja la escena y se escapa, se esconde bajo la mesa, gritando como una loca. Le aconsejo, por eso, que reflexione si no le conviene más que Su Eminencia llame a Giuseppe y repita la frase: «Giuseppe, apague las luces», o… espere, o… ¡Sí, sí, mejor! ¡Sería la solución! Si le ordenara que coja un bastón, que se suba a una silla y…
—¡Ya! ¡Sí! Interrumpiendo la escena a la mitad, ¿verdad?, en la hilaridad fragorosa de todo el público.
—¡Pero sería el colmo de la naturalidad, querido mío! Créame. También para su comedia, dado que aquel murciélago está ahí y que en aquella escena (es inútil, lo quiera usted o no) se mete: ¡un murciélago de verdad! Si no lo tiene en cuenta, parecerá falsa, por fuerza. Livia que no le hace caso, los otros dos que no le hacen caso y continúan recitando la comedia, como si no estuviera allí. ¿No lo entiende?
Faustino Perres dejó caer los brazos, desesperadamente.
—Oh, Dios mío, señorita —dijo—, que usted quiera bromear es una cosa…
—¡No, no! ¡Le repito que estoy hablando en serio, en serio, realmente en serio! —rebatió Gàstina.
—Y entonces yo le contesto que usted está loca —dijo Perres, levantándose—. Aquel murciélago tendría que ser parte de la realidad que yo he creado, para que pudiera tenerlo en cuenta y hacer que los personajes de mi comedia lo tuvieran en cuenta; ¡tendría que ser un murciélago de mentira y no real, en fin! Porque un elemento de la realidad casual no puede, así, incidentalmente, de un momento a otro, introducirse en la realidad creada, esencial, de la obra de arte.
—¿Y si se introduce en ella?
—¡Pero no es verdad! ¡No puede! Aquel murciélago no se introduce en mi comedia, sino en el escenario donde usted actúa.
—Muy bien. Donde yo represento su comedia. Por tanto estamos entre dos posibilidades: allí arriba, o está viva su comedia o está vivo el murciélago. El murciélago, se lo aseguro yo, está vivo, vivísimo, de todas formas. Le he demostrado que con él así de vivo allí arriba, Livia y los otros dos personajes no pueden parecer naturales, que tendrían que seguir interpretando la escena como si él no estuviera allí, mientras lo cierto es que está. Conclusión: o se va el murciélago, o se va su comedia. Si considera imposible eliminar al murciélago, póngase en las manos de Dios, querido Perres, con respecto al destino de su comedia. Ahora le voy a demostrar que conozco mi papel y que actúo con todo el empeño, porque me gusta. Pero esta noche no respondo de mis nervios.

H. Aldegreve, 1550  -METROP.  MUSEUM of ART


Todo escritor, cuando es un verdadero escritor, aunque sea mediocre, para quien lo esté mirando en un momento como aquel en que se encontraba Faustino Perres la noche antes del estreno, tiene esto de conmovedor, o también, si se quiere, de ridículo: que se deja secuestrar —él mismo antes que nadie, él mismo a veces solo entre todos— por lo que ha escrito, y llora y ríe y pone caras, sin saberlo, con las diferentes emociones de los actores en escena, con la respiración acelerada y el alma en suspenso y tambaleante, que le hace levantar ora esta, ora aquella mano, en acto de parar algo o de sostenerlo.
Puedo asegurar, yo que lo vi y le hice compañía, que Faustino Perres, mientras estaba escondido detrás de los bastidores, entre los bomberos que estaban de guardia y los ayudantes de escena, durante todo el primer acto y durante parte del segundo, no pensó en absoluto en el murciélago, tan concentrado estaba en su trabajo e identificado con él. Y no quiero decir con esto que no pensaba en ello porque el murciélago no había hecho su habitual aparición en el escenario. No. No pensaba en ello porque no podía pensarlo. Es tan cierto que, cuando a la mitad del segundo acto, el murciélago al fin apareció, él ni se dio cuenta; ni tampoco entendió por qué yo lo tocaba con el codo y se giró a mirarme como un insensato:
—¿Qué ocurre?
Empezó a pensar en ello sólo cuando el destino de la comedia, no por culpa del murciélago, ni por la aprensión de los actores a causa de él, sino por defectos evidentes del texto, empezó a ir mal. Ya el primer acto, para ser sincero, no había despertado más que unos pocos y tibios aplausos.
—Oh, Dios mío, ahí está, mira… —empezó a decir el pobrecito, con sudores fríos; y se encogía de hombros, movía la cabeza hacia atrás o la inclinaba a un lado y al otro, como si el murciélago revoloteara alrededor suyo y quisiera evitarlo; se retorcía las manos, se cubría el rostro—. Dios, Dios, Dios, parece enloquecido… ¡Ah, mira, casi se tira a la cara de Rossi!… ¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? ¡Piensa que justo ahora Gàstina entra en escena!
—¡Cállate, por caridad! —lo exhorté, aferrándolo por los brazos e intentando sacarlo de allí.
Pero no pude. Gàstina entraba por los bastidores de enfrente y Perres, mirándola, como fascinado, temblaba.
El murciélago giraba en lo alto, alrededor de los ocho globos de la lámpara que colgaba del techo y Gàstina no parecía darse cuenta, claramente halagada por el gran silencio con el cual el público había recibido su aparición en la escena. Y la escena seguía en aquel silencio, y evidentemente gustaba al público. ¡Ah, si aquel murciélago no estuviera ahí! ¡Pero ahí estaba! ¡Ahí estaba! El público no se daba cuenta de ello, concentrado en el espectáculo, pero ahí estaba, como si, a propósito, hubiera apuntado a Gàstina, precisamente a ella que, pobrecita, hacía todo lo que estaba en sus manos para salvar la comedia, conteniendo su creciente terror por aquella persecución obstinada y feroz de la bestia asquerosa y maldita.
De repente, Faustino Perres vio el abismo que se abría ante sus ojos, en la escena, y se llevó las manos al rostro, frente a un grito imprevisto, agudísimo, de Gàstina, que desfallecía en los brazos de Su Eminencia.
Fui muy rápido en arrastrarlo fuera, mientras por su parte en el escenario los actores arrastraban a Gàstina, desmayada.
Nadie, en la confusión del primer momento, en el desorden del escenario, pudo pensar en lo que, mientras tanto, procedía de la sala del teatro. Se oía como un gran estruendo lejano, al cual nadie hacía caso. ¿Estruendo? ¡No! ¿Qué estruendo? Eran aplausos. ¿Qué? ¡Sí! ¡Aplausos! ¡Aplausos! ¡Era un delirio de aplausos! Todo el público, de pie, aplaudía desde hacía cuatro minutos, frenéticamente, y quería al autor, a los actores en el proscenio, para decretar el triunfo de aquella escena del desmayo, que había tomado por real como si estuviera en la comedia y que había visto representar con un realismo absolutamente prodigioso.



¿Qué hacer? El director, enfurecido, corrió a coger por los hombros a Faustino Perres, que miraba a todos, temblando de perplejidad angustiosa, y lo echó de un empujón fuera de los bastidores, al escenario. Fue recibido por una ovación clamorosa, que duró más de dos minutos. Y tuvo que presentarse otras seis o siete veces a dar las gracias al público, que no se cansaba de aplaudir, porque quería a Gàstina.
—¡Que salga Gàstina! ¡Que salga Gàstina!
¿Pero cómo conseguir que se presentara Gàstina, quien en su camerino aún se debatía en una violenta convulsión de nervios, entre la agitación de quienes la rodeaban para socorrerla?
El director tuvo que subir al proscenio para anunciar, con pesar, que la actriz aclamada no podía comparecer ahora para agradecer, porque aquella escena, vivida con tanta intensidad, le había provocado un síncope imprevisto, por lo cual la representación de la comedia, aquella noche, tenía que ser interrumpida.
Se pregunta en este punto si aquel réprobo murciélago podía rendirle a Faustino Perres un servicio peor que este.
Hubiera sido, en cierto sentido, confortante poderle atribuir el hundimiento de la comedia, ¡pero deberle ahora el triunfo, un triunfo que no tenía otra razón de ser que el vuelo loco de sus alas asquerosas!
Cuando se recuperó del trastorno inicial, aún más muerto que vivo, corrió hacia el director que lo había empujado con tan mala sombra sobre el escenario a agradecer al público y con las manos en el pelo, le gritó:
—¿Y mañana?
—¿Pero qué tenía que decir? ¿Qué tenía que hacer? —le gritó, furioso, el director—. ¿Tenía que decirle al público que aquellos aplausos los merecía el murciélago y no usted? Remédielo, por caridad, remédielo enseguida: ¡haga que mañana le aplaudan a usted!
—¡Ya! Pero, ¿cómo? —preguntó, con dolor, el pobre Faustino Perres, perdido.
—¡Cómo! ¡Cómo! ¿Me lo pregunta a mí, cómo?
—¡Pero si aquel desmayo no está en mi comedia y no tiene nada que ver con ella, caballero!
—¡Es necesario que usted lo introduzca, querido señor, a toda costa! ¿No ha visto qué gran éxito? Mañana todos los diarios hablarán de él. ¡Ya no se podrá evitar! No dude, no dude de que mis actores sabrán hacer con el mismo realismo lo que esta noche han hecho sin querer.
—Ya… Pero, entienda usted —intentó hacerle observar Perres—, ¡ha ido tan bien porque la representación, después de aquel desmayo, ha sido interrumpida! Si mañana, en cambio, tiene que seguir…
—¡Pero si es ese, en nombre de Dios, el remedio que usted tiene que encontrar!—el caballero volvió a gritarle a la cara.
Pero, en este punto:
—¿Cómo? ¿Cómo? —dijo la pequeña Gàstina, que ya se había recuperado, poniéndose el sombrero de piel con las dos manos resplandecientes de anillos—. ¿De verdad no entienden que eso debe decirlo el murciélago y no ustedes, señores míos?
—¡Pare ya con esa historia del murciélago! —dijo el director, acercándose a ella, amenazador.
—¿Que pare yo? ¡Pare usted, caballero! —contestó, plácida y sonriente Gàstina muy segura de hacerle así, ahora, el mayor desaire—. Porque, mire, caballero, razonemos: yo podría sufrir, si me lo ordenan, un desmayo fingido, durante el segundo acto, si el señor Perres, siguiendo su consejo, lo introdujera. ¡Pero usted también tendría que tener bajo sus órdenes al murciélago verdadero, para que no me provoque otro desmayo (no fingido sino real) en el primer acto, o en el tercero, o quizás en el segundo mismo, inmediatamente después del primero, fingido! ¡Porque yo les ruego que crean, señores míos, que yo me he desmayado de verdad, al sentirlo aquí, en mi rostro, aquí, aquí, en mi mejilla! ¡Y mañana no actúo, no, no, no actúo, caballero, porque ni usted ni nadie puede obligarme a actuar con un murciélago que se lanza contra mi cara!
—¡Ah, no, sabe! ¡Esto se verá! ¡Se verá! —le contestó el director, meneando la cabeza enérgicamente.
Pero Faustino Perres, plenamente convencido de que la única razón de los aplausos de aquella noche había sido la intrusión imprevista y violenta de un elemento extraño, casual, que en lugar de poner patas arriba (como hubiera tenido que hacer) la ficción del arte, se había milagrosamente insertado en ella, confiriéndole, en el momento, en la ilusión del público, la evidencia de una verdad prodigiosa, retiró su comedia y no se habló más de ella.



Luigi Pirandello

miércoles, 16 de octubre de 2024

LA NOCHE de MARGARET ROSE - de Francisco Tario






Serie NarracionesExtraordinarias


















ecía la carta, escrita poco menos que ilegiblemente:

                   X. X. Esq.,
           97 Cromwell Road
              Londres S. W. 7.

                Margaret Rose Lane, inglesa, de 28 años, casada con
         un multimillonario yanqui, lo invita a usted muy íntimamente 
         a jugar al ajedrez el sábado en la noche.

   Y al pie, con caracteres de imprenta, aparecía una serie de indicaciones muy minuciosas referentes a la situación exacta de la finca, sobre la ruta de Brighton, a unos veinticinco kilómetros de la costa.

  Margaret Rose Lane, en mis borrosos recuerdos, se reducía exclusivamente a esto: a una chiquilla muy pálida, etérea, vestida de verde y que jugaba al ajedrez admirablemente.
     Escarbando en la memoria, logré, no obstante, reconstruir más tarde determinados pormenores.

     Nos conocimos en Roma —no acierto a precisar con ocasión de qué sencillo incidente— en la iglesia de San Sebastián, momentos antes de descender a las catacumbas. La acompañaba, creo, una institutriz francesa, présbita o algo por el estilo, y la chiquilla debía contar por aquel entonces diecisiete o dieciocho años. Recuerdo con singular perfección, por cierto, la figura de ella en el antro subterráneo, un poco adelante de mí, portando la misteriosa vela encendida, y cuyos reflejos azules o grises temblaban sobre su cabellera negra como una lengua de fuego sobre cualquier superficie húmeda. Resultaba indescriptiblemente sugestivo el contraste de los dos personajes que precedían: el guía —un carmelita de cabellos rizosos y nariz aguileña— y aquella espiritual muchacha, silenciosa, tímida, frecuentemente suspirante, que caminaba altivamente por entre las fosas abiertas y los cráneos diseminados.
   Tres veces más nos encontramos. Una, fortuitamente, en el Foro Romano, y las restantes, de común acuerdo, en su propio hotel —¿Hotel Londres?— acompañada de sus familiares. (No recuerdo en qué número, pero tres probablemente.) Durante estas dos últimas entrevistas me fue dado comprobar con natural sorpresa la habilidad poco común de la joven para jugar al ajedrez. Creo que no logré ganarle una sola partida.
     Ya a punto de despedirnos la última noche —ellos zarpaban de Nápoles próximamente— recuerdo muy bien que me dijo:
     —Pronto, muy pronto, Mr. X, se olvidará usted de Margaret Rose…
     Esto no tiene mayor importancia y lo habría olvidado sin lugar a dudas, a no ser por lo que ocurrió a continuación.
    Nos hallábamos ambos en la sala de lectura del hotel, sentados ante una mesita cuadrada, con mi rey en jaque mate, cuando la joven tendió su mano sobre el tablero y añadió compungidamente:
     —¿Por qué es tan ingrata la gente, Mr. X?
  Yo aduje no sé qué falso y estúpido razonamiento, pretendiendo disuadirla de tan amarga verdad, mas contra lo que podría esperarse, su reacción fue de lo más inusitado. Retiró el brazo lentamente, palideció de un modo angustioso, clavó en mí sus ojos febriles y balbució con un acento, diré de justo sonambulismo:
     —Está bien. Sí, no nos volveremos a ver más… Acto seguido se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar desconsoladamente.
     Apareció la dama francesa, y he aquí lo más singular del caso. Lejos de mostrarse sorprendida o alarmada, se aproximó silenciosamente a la chiquilla, la ayudó a incorporarse ofreciéndole la mano y procedió a secar sus lágrimas, según se hace con una criatura. Entonces, dirigiéndose a mí, con la gravedad más embarazosa, suplicó:
     —Disculpe usted, caballero. Creo que le sea fácil comprender.
   Las vi alejarse rumbo al vestíbulo y nunca más volví a ver a Miss Margaret Rose.
     Yo regresé a América, y veinte días después de mi llegada a Nueva York recibí inesperadamente una tarjeta postal desde Londres. Margaret Rose me recordaba, «agradeciendo infinitamente los excelentes ratos que le había deparado en Italia».
     Ésta, su imprevista y extraña misiva de hoy, es, a partir de aquella fecha, la primera noticia suya.
     ¡Cuán sensacional e insospechada es a pesar de todo la vida!



   A mis cincuenta años, con el cabello blanco y roído el espíritu por un sinfín de achaques físicos y morales, me satisface plenamente percatarme de las reservas de optimismo y vigor que aún conservo bajo estos huesos. No es común ni mucho menos que un hombre en semejantes condiciones logre hallar algo realmente interesante o atractivo en las sencillas y melancólicas cosas que nos rodean. El amor, la perfecta salud física, la avidez por tanto placer ignorado, exageran las bellezas existentes. Un día azul y cálido nos exalta; una luna redonda y limpia nos conmueve; sentimos, como parte de nuestra circulación sanguínea, el flujo y reflujo de la marea; la música nos arranca lágrimas o gritos de insensato júbilo; el alcohol remueve nuestros más profundos instintos; la noche nos place por obscura y propicia; el día, por luminoso y alegre. Y ese vibrar de nuestros músculos, ese estampido continuo de nuestro corazón, esa hambre insaciable de todas nuestras potencias físicas e intelectuales, dotan a la realidad de un ropaje opulento de lozanía, transparencia y ardor. De un ropaje que, por desdicha, va destiñéndose lamentablemente a medida que el tiempo avanza, hasta que definitivamente, inexorablemente, como una bella tarde que concluye o un cacharro que se rompe, nos encontramos rodeados de una inanición, una frialdad y unas espantosas tinieblas.
    A través de la ventanilla del ferrocarril, contemplo ahora el campo fecundado por los transportes de la primavera. Una dulce y variable brisa mece los juncos, los tallos vivos de las flores, las ramas irisadas de los árboles, la ropa blanca puesta a secar sobre las piedras de los corrales. Pasta o abreva el ganado, sumergidas sus pezuñas en el corazón húmedo de la hierba. Cruzan ligeras y alegres las golondrinas, chillando estridentemente. Los arroyos tiemblan con un temblor divinamente musical y tierno. El humo azul o pardo del carbón se tiende alto, alto, bajo el firmamento metálico, desgarrándose en fragmentos —nubes sin coordinación, inconsistentes, absorbidas fatalmente por esa inmensidad solemne y luminosa—.
     Y yo experimento, en virtud de estos nada sensacionales y siempre repetidos acontecimientos, una impresión de impaciencia que recuerda la del sediento frente a un manantial de agua pura y susurrante. Como un genuino adolescente o un ser que jamás ha rebasado los linderos de sus comarcas, presto una atención desmedida a cuanto se desarrolla a mi alrededor. Lógico sería, no obstante, que tras recorrer la mitad del mundo y presenciar —y sufrir también— hechos por demás dolorosos, esta campiña inglesa tan lisa, tan insubstancial, tan flemática, me impulsara a desdoblar el diario y apartar mi vista de lo que mi vista ha contemplado innúmeras veces. Pero lejos de ser así, miro al sol bajar, bajar allá en el horizonte, y en mi interior algo también desciende, se ensombrece, calla, y temo —algún día necesariamente ha de ser— que fenezca.
     Tal noción de lo inevitable y la luz que se va extinguiendo ocasionan, como de costumbre, que mi ánimo decline y mis pensamientos sean más densos.
     Tiro, pues, de la cortinilla, y en el solitario compartimiento del express me entrego a otro género de reflexiones.
    Margaret Rose… Margaret Rose… ¡Cuán lejano y obscuro se me representa aquel encuentro! Como si hubieran caído otros diez años a partir del día en que recibí su última carta, escasamente logro ahora revivir el más insignificante detalle. Sin embargo, no he dejado de pensar en todo ello durante los últimos días; no he cejado, hasta obtener de mi memoria una información conveniente. Y repito, hoy, ahora más intensamente que nunca, la existencia y proximidad de semejante mujer se me antoja absurda.
     Leo y releo su incomprensible mensaje, que conservo en el bolsillo.
    Margaret Rose… Cierro los ojos, con objeto de acoplar bien sus rasgos fisonómicos y, en cambio, evoco intempestivamente un ademán suyo, olvidado por completo: aquel de extender su mano fina y blanca hacia una pieza del ajedrez, tocarla después por la punta y hacerla al fin deslizarse sobre el tablero con un movimiento raudamente misterioso… Margaret Rose… singular y extraña criatura, siempre vestida de verde, a quien veo ahora reclinada contra un árbol, exhausta, sofocada por el tórrido sol italiano, observando cuanto la rodea con una expresión peculiar de insensibilidad o desconfianza… Margaret Rose… en la actualidad casada con un multimillonario yanqui…
     El tren da una brusca sacudida, se detiene ruidosamente, y cruzan por el pasillo en ese instante gran número de viajeros con su exiguo equipaje en la mano.
     … ¿Una chocante aventura de amor? ¿Un candoroso e inocente rapto de sentimentalismo? ¿Una excentricidad, entre infantil y enfermiza, de una mujer rica y joven que se aburre? ¿Un propósito secreto, una necesidad urgente y grave de ayuda, insoluble para mí, pero angustiosa e intransferible para ella? ¿Un chantaje? ¿Una cobarde venganza de mis numerosos enemigos…?
     Cuando echo pie a tierra, un hombrecillo azafranado se me acerca en el andén de la estación e inquiere mi nombre. Tan luego me identifica toma mi maleta decididamente, invitándome con un gesto a seguirlo. Él delante, yo detrás, cruzamos la sala de espera, descendemos unos peldaños negruzcos y llegamos hasta un espléndido carruaje tirado por un magnífico tronco de caballos blancos.
     De la obscuridad total de la noche emergen a ambos lados del camino aisladas luces muy débiles, a cuyo resplandor, sin embargo, el follaje adquiere una vivacidad submarina y misteriosa. Los caballos, en pleno galope, se internan por regiones profundas, inusitadamente sombrías, y cuyo murmullo es en extremo agradable. Las curvas son numerosas, a veces muy pronunciadas, y yo tengo que asirme fuertemente del vehículo a fin de no salir despedido. Percibo, casi a intervalos iguales, el golpe del látigo en el aire. Croan las ranas en un próximo estanque que adivino, desaparecen ocasionalmente los faroles, los caballos aceleran su marcha y, arriba, un puñado de insignificantes estrellas tiembla sobre el cielo cárdeno y compacto.


   De pronto, las luces de una casa que a simple vista me parece gigantesca se destacan sobre las copas de los árboles, a regular distancia. Nos detenemos frente a una gran verja, cubierta a tramos por floridas y exuberantes enredaderas. En el edificio —simultáneamente a nuestra llegada— se van apagando las luces, hasta quedar una sola ventana iluminada en la planta alta. Se apea el cochero y yo lo imito, disponiéndome a seguirlo. Enciende una lamparilla eléctrica. Durante diez minutos, más o menos, bordeamos la enorme huerta, bajo una imponente masa de fronda que el viento arrulla blandamente. Una pequeña puerta ojival, empotrada en el espeso muro a manera de cripta, parece ser de momento nuestro destino. Mi acompañante posa la maleta, extrae una llave del bolsillo, introduce ésta en la cerradura y la puerta cede, no sin cierta resistencia. En el interior la luz es escasa, algo amarillenta y titubeante. Ascendemos a tientas a lo largo de una empinada escalera de caracol que trepa hacia las tinieblas. Las paredes desnudas, la ausencia total de mobiliario y cierto olor penetrante a guisos y especias, me advierten que nos hallamos en la zona de servicio. Empero, no se escucha ruido o voz alguna, cual si la casa estuviese deshabitada o todos sus moradores durmieran.
    Ya arriba, cruzamos un vasto corredor de piedra, que cubre raída alfombra escarlata. Otra puerta que franqueamos. Un pequeño recibidor, totalmente a obscuras, y una puerta más, contra la cual el cochero golpea enérgicamente. Pretendo, a un tiempo, hacer aceptar a éste una propina, dando por terminado mi viaje, pero él rehúsa una vez y otra. Desaparece al cabo con mi equipaje y yo distingo los pasos blandos de alguien que se aproxima en la silenciosa estancia. La puerta, en efecto, se abre, y me encuentro de manos a boca con Margaret Rose Lane en persona.
    Margaret Rose —ahora sí recuerdo— exactamente igual a como la conocí hace diez años. Igual de lánguida, de pálida, tal vez un poco más frágil, con sus dos ojos negros, fenomenales —¡no sé cómo haberlos llegado a olvidar tan fácilmente!— y su cabellera negra, lacia, recogida sobre la nuca.
   Permanecemos en pie uno frente a otro, en silencio, mirándonos atentamente. Ella esboza una sonrisa y yo, sin explicarme la causa, no encuentro nada oportuno que decir. Lo intento en vano repetidas veces.
     —Margaret… —articulo al cabo trabajosamente.
    Muy grave, muy aérea, con su bata verde hasta los tobillos, cierra la puerta con llave y me muestra un asiento.
     Ocupo el sillón, exageradamente mullido y amplio, del cual emerge mi tronco como el de un exiguo arbusto en una gran zanja. Se sienta ella frente a mí, con una extraña impasibilidad en el rostro. Nos separa una mesita de ajedrez con las piezas listas. Arde —no sé por qué razón en primavera— un fuego gigantesco en la chimenea de piedra. El salón parece inmenso, dando la impresión de hallarse vacío.
    —Margaret… —prorrumpo de nuevo; y mi voz es tan lejana que me sorprendo de ser yo mismo quien esté hablando—. ¿Es todo esto acaso un sueño?
     Ella sonríe, fijas, fijas sus fenomenales pupilas en mí.
   —¿Es esto un sueño? —repito instintivamente, tratando de provocar otra vez aquel terrible eco que se escurre por los muros, casi corpóreo.
     Ríe y no habla, tal vez complacida de mi turbación.
     Y en efecto: una desazón agudísima, completamente indescifrable, vase apoderando de mí a cada minuto que transcurre. Una sensación por demás extraña, ni de incomodidad o angustia, ni de ansiedad o sobresalto, ni de pavor o desconfianza, sino propiamente de vacío, de inestabilidad o ausencia, como si mi personalidad, pongo por caso, fuese anulada gradualmente por otra personalidad intrusa que ocupara su lugar. Bien como al despertar de un sueño, bien como al entrar en él…
     —Margaret —insisto; y del techo se desploma una voz que no es la mía—: «Margareeeet».
     Continúo:
     —No sé de qué singular impresión he sido víctima al penetrar en este lugar y encontrarme con usted de nuevo. ¡Discúlpeme! Cuando recibí su carta, hace apenas unos días, me sentí poseído por un vivo afán de recordar, recordar juntos y libremente aquellos lejanos momentos de Italia. Pero ahora, vistas sensatamente las cosas, no sé si deba reprocharme el haber acudido a la cita. No es prudente ser irreflexivo y considero haberlo sido esta vez de sobra…
     Ríe, ríe ella; mostrando sus dientes pequeños, cuadrados. Y la risa le agita el cuerpo y se estrella después contra los muros, con un sonido semejante al que produce el granizo golpeando un tejado de lámina.
     —No, no es prudente lo que hemos hecho…
     No cesa de reír, tapándose el rostro con ambas manos, y estoy a punto de saltar sobre ella para hacer cesar de una vez por todas aquella risa.
   —¿Se burla usted de mí? —exclamo reprimiéndome, pero comprendiendo ya que algo más grave y siniestro se esconde tras de aquellos labios convulsos.
     Ríe, ríe y me mira, un poco ladeada la cabeza.
     —¿Es para esto, Margaret Rose, es para esto para lo que usted me ha hecho venir a su casa? ¿Es para esto…?
     Una sobreexcitación inaudita se ha apoderado ya de mí. No acierto a coordinar bien mis reflexiones y mucho menos a buscar un medio juicioso de acallar aquella risa que, penetrándome por los oídos, se derrumba en las tinieblas de mi cuerpo resquebrajándome los nervios.
     —¡Basta, basta ya, Margaret! —suplico incorporándome, aunque sin decidirme a ir hasta ella—. Es posible que se halle usted fatigada, un poco enferma… Convendría que se retirara a descansar ¿le parece? ¡Le prometo volver en cuanto usted me lo indique!
     Ríe ahora más escandalosamente, examinándome de arriba abajo. Ríe, y aquella catarata de risa que amenaza con no terminar nunca le ha sonrojado levemente las mejillas y llenado de lágrimas los ojos. Ríe, y en la lóbrega intimidad de la estancia aquella boca abierta, crispada, se ilumina intermitentemente con el fulgor de las llamas. Ríe, ríe, mientras me apresto a salir, encaminándome hacia la puerta. Pero de pronto calla.





     Y un silencio desmesurado, sobrenatural, se extiende en torno mío; un silencio no semejante a ningún otro, que me hace detenerme. Vuelvo el rostro, temiendo encontrarme con un cuerpo exánime sobre la alfombra y me hallo, en cambio, con un semblante hierático, frío, perfectamente inmóvil, sobre un cuello erizado y firme como la punta de una roca. Nos miramos desconfiadamente, tal vez asustados de nosotros mismos. Permanecemos así largo rato, yo al extremo opuesto de la estancia. El silencio o mi sangre zumba. Llamean los leños. Y, maquinalmente, como si aquella extraña personalidad a que he aludido antes actuara ahora sobre mis músculos, hasta tal punto que todo intento de defensa es vano, giro en redondo, vuelvo sobre mis pasos, torno al sillón, y me siento.
     Enorme, profundo y alucinante es el silencio que reina.
  Pero Margaret Rose echa atrás la cabeza, entrecierra un poco sus fenomenales ojos y musita con una languidez malsana, moviendo rítmicamente los labios:
     —¡Esta estúpida risa!
     Suspira.
     —¡Es horrible esta risa, Mr. X! ¡Horrible horrible esta risa que no sé de dónde me brota…!
    Yace inmóvil, con una visible expresión de tristeza, en un completo abandono, dejando fluir las palabras, dulces, acariciantes, dolorosas.
    —Horrible horrible, porque en las noches, cuando todos duermen y nadie escucha, la risa anda por ahí suelta, golpeándose contra las puertas siempre cerradas. ¡También son horribles las puertas cerradas, Mr. X!
     No sé qué especie de fascinación emana de su rostro, ahora extático.
    —Contra una puerta cerrada uno llama ansiosamente y nadie abre… Contra una puerta cerrada no queda nada qué hacer: sólo reír, reír, y la risa es un tormento. ¡Mas ni aun así se abre! Podemos dejar allí nuestras entrañas, caer sin sentido o volvernos locos, y no hay una sola mano que empuje la puerta… ¿No es esto detestable, Mr. X?
     Más y más su inmovilidad se intensifica, y su mirada se pierde en la bóveda invisible, y sus palabras brotan enervantes, demasiado lentas, como un veneno mortífero aunque de sabor extraordinariamente exquisito.
     —¡Esta maldita risa!
     Otra vez el silencio insufrible.
    Y una idea pavorosa, incomprensiblemente olvidada, se ilumina en mi cerebro. Una idea de cuya naturaleza no habla tenido hasta ahora el menor atisbo y que me deja paralizado allí sobre el asiento, en estado poco menos que inconsciente.
     «Margaret Rose Lane había fallecido hace tiempo».
   ¿Cuánto? No puedo aclararlo en tan espantosos momentos, pero la certeza de tal hecho no ofrece lugar a dudas. Tal vez cinco años, seis… ¿Acaso no recuerdo muy distintamente el momento preciso de recibir la noticia? Un diario en el club, cierta noche…
     —¡Margaret! —exclamo incorporándome bruscamente, con un temblor irreprimible en los labios—. ¡Margaret! ¿Es cierto?
     Debió sobrecogerla mi voz, el sudor que me arroyaba por las sienes, mi expresión indudablemente diabólica, porque su actitud es por completo distinta a la adoptada hasta ahora. Se incorpora también, avanza sin ruido —como un verdadero fantasma— y muy próxima a mí, hasta hacerme sentir la tibieza de su aliento, pregunta:
     —Mr. X, ¿qué le ocurre? ¿Se siente usted enfermo? ¡Oh, tranquilícese!
    —¡Margaret! ¡Margaret! —prorrumpo retrocediendo, tratando de evitar a toda costa el menor contacto con aquel ser abominable—. ¡Dígame la verdad, es preciso!
 —¿La verdad? —sonríe muy tristemente y, ante mi creciente anonadamiento, reclina con suavidad su cabeza en mi hombro—. La verdad, Mr. X, es que soy muy desdichada…
     Prosigue:
    —¡He pensado en usted como no puede imaginarse! —y dos lentas y amargas lágrimas le arroyan hasta los labios, se le desprenden del rostro y saltan sobre mi hombro—. ¡Mi vida pudo haber sido tan distinta…! Pero era aún una chiquilla, ¿me recuerda usted bien? No tuve valor. ¡Oh! Si aquella misma tarde la tierra se hubiera desplomado y todo hubiese concluido en un segundo habría sido mejor…
     Llora, llora, y ambos, de pie junto a la lámpara encendida, no somos sino dos seres absurdos, especie de ilusiones, cuya presencia habría sobrecogido al ánimo más templado de la tierra.
    —¡Algún día si usted gusta le haré mis confesiones y usted se horrorizará! ¡Qué terrible, oh, qué terrible y espantoso ha sido todo!
      Mira con inquietud repentina a todos lados, como temiendo que esté por presentarse aquello de lo que tan desesperadamente habla.
     —Cuando subíamos de las catacumbas, sobre el último peldaño de la escalera, usted me ofreció su mano. Era ya dentro de la iglesia… El carmelita aguardaba… Mademoiselle Fournier se había quedado un poco atrás… Yo dije: «Lléveme con usted para siempre, se lo ruego». Era mi salvación, la única oportunidad de ser realmente libre. Pero el miedo ahogó mi voz y usted no me oyó, Mr. X. Ni al día siguiente, ni después, volví a atreverme; no, no me atreví. ¡Y el drama no tuvo remedio!
     Sus cabellos fríos rozándome el rostro y el temblor convulso de sus brazos alrededor de mi cuello son las dos únicas cosas que percibo con mediana realidad. El resto: aquella voz melodiosa y titubeante; el fuego que vomita la chimenea; los muros altos y ennegrecidos; los muebles en las sombras; las lágrimas ya frías sobre mi carne… son testigos confusos y horripilantes del dolor de una mujer infame que sufre sobrehumanamente, con dolores nada parecidos a los de los hombres.
    —¡El drama no tuvo remedio! ¡El drama no tuvo remedio! —insiste ciñéndose a mí.
     Y otra voz en las alturas, por encima de la gran araña en penumbra, repite melancólicamente: «¡El drama no tuvo remedio!»
     Criatura inconsolable, infinitamente desdichada, víctima tal vez de algún tormento monstruoso y secreto, Margaret Rose vacía su alma en mi alma; y yo, progresivamente, sin esperanza, inevitablemente, como un moribundo en su sopor, voy abandonándome al éxtasis, a cierta especie de ebriedad espiritual —no sé si inconsciente o tácita— y a un desmoronamiento físico, típicamente agónico. No obstante, mediante un segundo de lucidez intensísima capaz de iluminar el cerebro de todos los hombres, logra sustraerme al hechizo de aquella voz de ultratumba y me desprendo de la mujer con violencia. La arrojo contra el asiento. Cae ella del primer golpe, su débil cuerpo enrollado como un trozo de serpentina. Negros, fenomenales los ojos, fijos en mí sin expresión alguna.
     Puedo gritar:
    —¡Estás muerta! ¡Estás muerta! ¡No oses moverte más porque estás muerta!
    Y ella calla, infinitamente triste, mirándome bien a los ojos, con una mirada tan semejante a la de un perro, que me estremezco.
     —¡Estás muerta! ¡Estás muerta! —continúo gritando—. ¡Aparta, porque estás muerta!
     De pie, bajo el invisible techo, pregoné mil veces creo durante la noche entera la verdad pavorosa y escalofriante. Y creo también que, durante todo ese tiempo, sus ojos no pestañearon o se movieron, fijos, fijos en mí, fenomenales y negros.
     —¡Estás muerta! ¡Estás muerta!
     Debió ser un rapto de locura mutua, no sé.
    A poco, Margaret Rose tendía graciosamente su mano blanca y larga hacia un alfil del tablero y, haciéndole deslizar por entre las demás piezas, balbucía tiernamente, con su voz cálida y tranquila:
     —Jaque mate.
     De nuevo me derrotaba, y de nuevo iniciábamos otra partida.
     —Jaque mate —otra vez.
     Así repetidas veces.
     —¡Oh, Margaret Rose!, juega usted admirablemente.
   Y el humo de nuestros dos cigarrillos se mezclaba en la atmósfera pesada, ascendía hasta el techo, formaba bellas nubes ondulantes y se perdía, perfumado y alegre, en las dulces sombras nocturnas. Y reíamos confiadamente, y evocaba ella con frases interrumpidas tantas y tantas olvidadas reminiscencias: el carmelita austero, de espesos cabellos ensortijados, que pronunciaba el inglés con cierta entonación sollozante; los pinos lánguidos y solitarios de la Vía Apia, semejantes, en los atardeceres romanos, a largas copas de zafiro, rebosantes de un vino denso y escarlata; el Pincio, con sus fuentes espumosas; Santa María la Mayor, San Pietro in Vincoli; el Trevi, el Foro, las negras rejas de encaje… Y las piezas se deslizaban sobre el tablero, gemía muy dulcemente la brisa, asomaba a intervalos la luna, y un bienestar casi voluptuoso me recorría las venas.
     No, no logré derrotarla.
     —Admirablemente, admirable… —exclamo al fin, dándome por vencido.
   Mas, inopinadamente —clarea ya el alba—, Margaret Rose me mira aterrada, pálida como un trozo de mármol. Sus ojos rebasan las órbitas, sus brazos tiemblan convulsamente. No sé qué dentro de ella, como un pájaro endemoniado, comienza a despertar y manifestarse. Chasca los dientes, gime, contrae los músculos del cuello, trata de apartar la mesa con sus piernas rígidas, se endereza un poco, ríe, y, al cabo, lanza un pavoroso grito, increíblemente prolongado que recorre la estancia y después huye por la casa. Fijos, fijos en mí sus fenomenales ojos, parecen no lograr desasirse de algo que los cautiva, que los subyuga, que los espanta y los somete irresistiblemente. Me pongo en pie, sobresaltado, comprendiendo que algo muy grave sucede. La llamo inútilmente por su nombre; la sacudo por los hombros; fríos, fríos están sus brazos y cubierta de sudor su frente…
     Ha transcurrido el tiempo y aún aquel grito se enrosca afuera entre los árboles.
     —¡Margaret! ¡Margaret Rose! —imploro.
     Y los ojos fijos, irracionales.
     —¡Margaret Rose!
     Suenan pasos cercanos y una puerta se abre. De la penumbra, no sé a través de qué cortinajes o sombras, emerge un hombre en pijama, alto, joven, atlético. Viene descalzo y con los cabellos enmarañados sobre la frente. Justamente conturbado, no repara en mí. Por el contrario, cruza a mi lado a toda prisa, en dirección a la joven. La acaricia, la besa, le ordena unos cabellos sueltos tras de la oreja. Se sienta sobre el brazo del sillón.
   —Margaret Rose… Mi pobre Margaret Rose… —le dice persuasiva, doloridamente, pasándole sin cesar la mano por la frente.
    —¡Caballero! —me decido a exclamar, con un febril estremecimiento en los párpados.
    Mas el hombre continúa sin advertirme, acariciando aquel exangüe y sudoroso cuerpo.
     —Margaret Rose, anda a dormir, criatura… Otro día jugarás al ajedrez, ¿te parece? Margaret Rose, obedéceme…
  —¡Caballero! —grito por segunda vez, con todas mis fuerzas—. ¡Caballero!
     Margaret Rose abre suavemente los ojos y, al verme de pie frente a ella, torna a gritar tan frenéticamente como antes, señalándome con un dedo.
     —¡James! ¡Ahí está, ahí…! ¡Míralo!
     Y se desploma sin sentido.
    Su marido mira hacia donde yo estoy —rozándole casi la espalda— y mueve tristemente la cabeza. Luego, con su esposa en brazos, cruza a mi lado misteriosamente. Así los veo desaparecer, lúgubres, silenciosos, lentos, por entre los cortinajes rojos…
    Y yo descubro, alarmado, que no soy ya sino un melancólico y horripilante fantasma.