lunes, 16 de noviembre de 2020

GOLIATH T1 - creada por David E. Kelley y J. Shapiro

Amazon Prime - T1, 2016



Una de abogados. Uno de mis placeres.
Me gusta la pelea, la dialéctica, los trucos legales, las trampas, el corsé de la ley, los alegatos y las traiciones. Dicen que lo que hace grande al ajedrez es porque en esa batalla entre 2 reyes y 2 ejércitos sobre un tablero está representado el mundo y toda su historia. Creo que podría decirse lo mismo de una buena película o serie de abogados. Ahí está todo el género humano con sus fortalezas y debilidades, con el ánimo civilizatorio representado por la ley y el espíritu torticero del ser humano que busca ventaja para sus intereses. Todo un ritual condicionado por el carácter y las interpretaciones de jueces y abogados y por el fuego cruzado de testigos y argumentos.  

Encima los creadores de esta serie son dos guionistas fabulosos que conocen muy bien el percal. David E. Kelly era ya un abogado que bajo la tutela de Steven Bochco aprendió el oficio en la ya clásica "La Ley de Los Ángeles". Posteriormente ha creado series tan reconocibles como "Picket Fences" o "Ally McBeal". Por su parte Jonathan Shapiro también es abogado y de hecho ejerció durante muchos años, llegando a ser ayudante del fiscal federal en California. En 2000 Kelley le invitó a curtirse como guionista en su serie "El abogado" y posteriormente han colaborado en "Boston Legal". 

David E. Kelley es un guionista y creador de series formidable. Ahí están Ally McBeal, Mr. Mercedes y Big Little Lies para demostrarlo. Sus personajes son creíbles, afrontan todo tipo de problemas legales y morales, sin eludir sus contradicciones y debilidades. Sus diálogos son rápidos y directos. Sus tramas suelen recorrer situaciones muy actuales revelando sus luces y sombras. En sus dramatizaciones caben lo más crudo y avieso del juego político, la emigración, el racismo o la violencia de género. Ver sus series no sólo entretiene sino que también nos ilustra sobre nuestro enfangado mundo actual. 























En Goliath sus dos creadores se centran en la figura de un abogado brillantísimo, Billy McBride (Billy Bob Thorton), que llegó a crear junto a su socio uno de los bufetes más poderosos de Los Angeles; pero que, por un problema de conciencia, entró en barrena y terminó alcohólico, despachando sus asuntillos de tres al cuarto en la barra del bar donde prácticamente vive. 

Un día se cruza con una abogada de pequeños asuntos que le propone llevar un caso de muerte imprudente de un trabajador. El reto es mayúsculo. La empresa demandada es Borns Technologies, una poderosa corporación que fabrica material armamentístico para el Gobierno, y su bufete defensor es el que él mismo creó, "Cooperman&McBride", dirigido por su antiguo socio y hoy enemigo, Donald Cooperman (William Hurt). Un David contra Goliath en toda regla que reactiva sus viejos instintos legales.

Billy no busca la redención, para él es imposible. En su brillante ejercicio de letrado libró a un asesino de ir a la cárcel. A los pocos meses volvió a asesinar, en este caso a una familia entera. Billy no pudo soportarlo. Su particular descenso a los infiernos le ha llevado a una vida anegada en alcohol y a la ruptura con su mujer Michelle (María Bello) que se quedó en el bufete como socia y mantiene las distancias, mientras su hija intenta rescatarlo sin mucha suerte. El único colega que le aguanta es su Ford Mustang de 1966 color Candyapple Red *, un coche de coleccionista que sufre junto al abogado todas las tropelías y amenazas (en una ocasión lo llenan de cabezas de pescado y sangre)  que le lanza el amenazante Goliath.



Yo diría que la serie se apoya en tres personajes muy característicos. Por supuesto el abogado cínico y alcoholizado que nos transmite credibilidad y empatía; pero su socio y enemigo no le va a la zaga en claroscuros. Cooperman es un tipo turbio y enigmático que exuda poder. Vive enclaustrado y prácticamente a oscuras en la última planta de su bufete, vigilando por circuito cerrado todo lo que es de su interés. Desde allí vigila a cada abogado, reunión y despacho; desde allí sigue los juicios en directo y desde allí mueve los hilos de un emporio que esconde una enorme sentina. 

En tercer lugar colocaría a Patty Solís-Papagian (una gran Nina Arianda), la abogada que engancha a Billy al caso y que, pese a su escasa experiencia legal, demuestra un desparpajo entre vulgar y callejero que la convierte en una fuerza imparable. Ella no se corta ante nada ni nadie y será el pegamento del peculiar equipo de Billy que incluye a una joven administrativa, Brittany Gold (Tania Raymonde) que ejerce esporádicamente la prostitución porque de Billy saca poco. 

A pesar de que los dos gallos de la función son masculinos, el elenco abunda en personajes femeninos modernos, independientes y muy bien desarrollados. No solo está la mujer de Billy que lidia entre dos fieras, también está Callie (Mollie Parker), la mejor leona del bufete, que sale a la caza de Billy con la ayuda de una joven arribista (Olivia Thirlby) que está echando todas las horas del mundo en la preparación del caso y si es necesario en la cama del jefazo.


A pesar de que Patty busca una indemnización rápida y segura, Billy se percata desde el principio de que el asunto tiene una gran envergadura. Sus pequeñas victorias iniciales le ratificarán que la causa que han abierto puede ser letal. Ni la Corporación, ni Cooperman, ni tan siquiera el juez le van a dar ningún cuartel.... y ahí es donde más brilla el desahuciado Billy. El juego legal es lo suyo. Él sabe aprovechar cada recoveco de la ley y sus trámites... si vive para contarlo. 

En ocasiones se percibe que la pelea va del que busca la Justicia con mayúsculas contra los que la utilizan como negocio y están dispuestos a lo que sea por ganar. De hecho ése fue el germen de la serie. Cuando Kelley y Shapiro colaboraban en “Boston Legal”, empezaron a barajar la idea de una serie sobre el gigantismo desproporcionado de algunos bufetes que acababan convertidos en verdaderos lobbys de poder. De ahí que más allá de lo predecible que tiene la serie, un abogado fracasado pero carismático y una vasta conspiración, el título remite a esas grandes firmas de abogados que arrasan con cualquier debate ético que se cruce con sus intereses económicos y corporativos. 

Finalmente subrayar la estructura de Goliath. Del mismo modo que en la serie Unforgotten, un único caso ocupa toda la temporada, lo que nos permite profundizar y disfrutar de los detalles y procedimientos que pone en juego cada bando.

 



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*Candyapple Red es un nombre/código que los fabricantes de autos utilizan para definir un tono rojo similar a las manzanas cubiertas de dulce

sábado, 14 de noviembre de 2020

EL ENIGMA de OSSIAN - Fred Hoyle




Matemático, astrónomo, físico, divulgador científico y autor de novelas, este científico inglés heterodoxo y de enorme creatividad tiene una historia de lo más peculiar. 

Fred Hoyle tenía acreditada una inteligencia prodigiosa y fue capaz de demostrar la nucleosíntesis (una disciplina de la astrofísica que antes de él ni siquiera existía), que explica el origen de los elementos más pesados que el helio a partir de diferentes reacciones nucleares. Hoyle propuso que algunas de las reacciones precisas para crear estos elementos más pesados sólo sucedían cuando las estrellas estallaban en forma de supernovas. Sin embargo también mantuvo teorías muy polémicas: acuñó el término "Big Bang", que posteriormente se haría mundialmente popular, pero dentro de un comentario totalmente peyorativo sobre la teoría del origen y expansión del universo. Él defendía la teoría del Universo Estacionario (1948) que ve el universo como algo eternamente idéntico a sí mismo, sin ningún cambio, ni origen, ni final. Asimismo, junto a su colaborador indio Chandra Wickramasinghe, promovió la Teoría de la Panspermia que defiende que la vida llegó a la Tierra procedente del espacio y que, gracias a los cometas, la vida puede extenderse por el universo.

No hay duda de que fue todo un personaje y sus intereses llegaron hasta la escritura de novelas de ciencia ficción, cuya obra más famosa fue "La nube negra" (1957). El título se refiere a una enorme nube de gas que llega al sistema solar y amenaza la vida en la Tierra, aunque finalmente se revelará como un superorganismo de inteligencia superior. 

Pero hoy hablaremos de otra de sus novelas, El Enigma de Ossian (Ossian's Ride), publicada en 1959 y ambientada en un futuro próximo (en aquel momento), 1970. Por este motivo y la resolución final se la suele encuadrar como novela de ciencia ficción, pero hay que decir que el 95 % de su desarrollo y acción es sobre todo una apasionante novela de espías con todas las de la ley. 

La novela nos sitúa en 1970 y presenta a Irlanda como una nación que en poco más de una década ha dado un salto tecnológico tan enorme que ha dejado muy atrás al resto del mundo. En ese corto lapso de tiempo ha resuelto problemas científicos de todo tipo, ha sido capaz de hacer funcionar un reactor termonuclear, usa computadores digitales de alta velocidad, son productores de una inmensa y barata energía eléctrica que se sospecha que "extraen del agua mediante un proceso termonuclear" y han convertido extensas ciénagas baldías en los más fértiles campos: "Todo esto hablaba, no sólo de una vasta empresa industrial, sino de un mundo nuevo, de una nueva civilización".

Todos estos avances se han producido bajo los auspicios de la C.I.E., la Corporación Industrial del Eire, fundada en 1958 como una humilde empresa para comercializar productos químicos extraídos de la turba. La C.I.E. ha promovido el advenimiento del poder de la fisión nuclear y otras tecnologías avanzadas, pero no comparte sus conocimientos con el resto de un mundo desconcertado y receloso. De hecho, el condado de Kerry, donde se encuentra la C.I.E., está herméticamente cerrado para cualquier visitante, excepto para los científicos de todo el mundo que eligen sumarse a los proyectos de la Corporación. 

De este modo la C.I.E. se ha convertido en un gigante tan admirado como temido por las potencias mundiales, que lo ven como una amenaza para el delicado equilibrio mundial. Tanto EEUU como Rusia y Reino Unido han enviado allí a todo tipo de agentes con resultados siempre infructuosos. Inexorablemente son prematuramente detectados y expulsados.

Como en toda buena novela de espías hay un territorio cerrado a cal y canto donde se guardan los secretos más codiciados. Así ocurre con la península de Kerry, oculta tras un telón policial que no puede traspasar ningún viajero común, ni tan siquiera irlandés. Irlanda se beneficia de los avances y riqueza que proporciona la C.I.E., pero la Corporación mantiene al país y a sus ciudadanos al margen de sus estructuras.

Ese territorio secreto tiene además ecos mitológicos que se reflejan en el título de la obra y en algo más: 
"Detrás de este muro cerrado están sucediendo cosas increíbles. La actividad más importante parece restringida a la península central de Kerry, justamente al sur del lago Caragh, donde se dice que en otros tiempos Ossian cabalgó por sobre las montañas de Occidente, hasta la Tierra de la Juventud."
Después de fracasos varios la inteligencia británica recluta a un joven científico de Cambridge, Thomas Sherwood, para que se infiltre en la C.I.E. y desentrañe su naturaleza y propósito. Desde el mismísimo viaje en tren que le conduce a Dublín como estudiante en vacaciones, Sherwood se verá asediado por los agentes enemigos y varias veces cercado, cuando intenta contactar con los escasos agentes encubiertos que el Reino Unido mantiene allí. El grueso de la novela está ocupado por esta persecución sin fin mientras Sherwood intenta acceder a las instalaciones secretas. Una aventura muy entretenida y emocionante que mantiene el suspense en todo lo alto gracias a una lucha sin cuartel en la que el protagonista corre peligro de muerte en varias ocasiones. A sus conocimientos de física y matemáticas el joven añade una buena porción de sangre fría y astucia para escapar varias veces de las zarpas del lobo. 
Costa de Irlanda

















Una vez que el joven comprueba que tanto trenes como autobuses y hoteles están intervenidos, tendrá que lanzarse a un viaje a la intemperie por colinas y granjas que resulta de lo más emocionante. Me llama la atención que muchas aventuras de espías contengan un importante periplo campo a través. Así ocurre en la inaugural El enigma de las arenas (1903), de Robert Erskine Childers, en la que el protagonista lleva a cabo un recorrido casi topográfico por los canales y bancos de arena de la costa holandesa en plena escalada para la Gran Guerra. También en la reciente película de Agnieszka Holland, Mr. Jones (2019), sobre el periodista que se infiltró en Ucrania para documentar el Holodomor, la hambruna que asoló el país en 1932, bajo la mirada indiferente de Stalin. 

También he recordado el brillantísimo thriller Bajo los montes de Kolima, de Lionel Davidson; pero la novela/película que más he revivido siguiendo las aventuras del joven Sherwood, ha sido la maravillosa 39 escalones: libro de John Buchan, película de Alfred Hitchcock; donde el protagonista Richard Hannay (interpretado por Robert Donat) no tiene ni un minuto de respiro y ha de recorrer media Escocia perseguido por la policía y esposado a una rubia (interpretada por Madeleine Carroll) hasta acabar metiéndose en la mismísima boca del lobo de una organización secreta. 
Fotograma de Los 39 escalones -1935-






























Pero la resolución de la aventura que presenta Hoyle varía sustancialmente. En ella toda la historia cobra un giro inesperado y desconcertante. Quizás un giro demasiado brusco y alejado de todo lo que hasta entonces se ha expuesto. Pero hay que tener en cuenta que lo que estamos leyendo es el informe que Sherwood ha enviado al primer ministro británico, según se nos hace saber al comienzo del volumen. Así, al concluir la lectura, nos asaltan las mismas dudas que al gobernante: ¿Descubrió el misterio más profundo? ¿Desertó y se quedó como científico en la C.I.E.? ¿Qué grado de credibilidad tiene dicho informe para el gobierno de su Majestad? 

La novela es una trepidante aventura con apenas tres párrafos científicos que son coherentes con la historia que se narra y un par de reflexiones sobre el papel de la tecnología en el mundo. Del mismo modo se puede decir que los avances científicos que se exponen, efectivamente, se referían a un futuro cercano al que nosotros ya hemos llegado... aunque no tan lejos como llegó Ossian.

jueves, 5 de noviembre de 2020

EL VISITANTE - Creada por Richard Price




Notable serie que adapta una novela de Stephen King siguiendo un ritmo lento y pastoso como una pesadilla en la que te vas hundiendo sin remedio. El Visitante huye de sustos y fuegos artificiales para basar su fuerza en los guiones y en un amplio puñado de personajes con un gran desarrollo dramático.

La serie tiene un inicio muy potente con dos capítulos de puro procedimiento policial ante el asesinato del niño Frankie Peterson en un pueblo del medio oeste. El crimen ha sido brutal. El cadáver aparece lleno de desgarros, mordiscos y laceraciones y tanto las huellas como el ADN además de algunos testigos delatan al entrenador Terry Maitland (Jason Bateman) como autor. Es detenido con escarnio público en medio de un partido, pero hay una sorprendente discrepancia: el mismo día y a la misma hora del crimen testigos presenciales, e incluso grabaciones de video, demuestran que el entrenador se encontraba asistiendo a una conferencia a cien kilómetros de distancia. 


Los dos primeros capítulos están dirigidos, y muy bien por cierto, por el propio Jason Bateman, con un estilo que permanece a lo largo de la serie, pausado, denso y lleno de diálogos que se toman sus respiros; hasta entregar una narración introspectiva que deja que el agobio y la opresión se vayan apoderando de ti, mientras los personajes se maceran en su propia desazón.

La investigación está a cargo del agente Ralph Anderson (Ben Mendelsohn) que arrastra el sufrimiento de haber perdido a su hijo pequeño. El tormento de un nuevo niño muerto lo espolea hacia una indagación muy meticulosa de cada indicio. Pero cuando las pistas te llevan a un callejón sin salida hay que buscar un enfoque nuevo. En el tercer capítulo aparece la investigadora Holly Gibney (Cynthia Erivo) ¡qué personaje tan extraordinario, capaz de irradiar un gran poder de empatía y sugestión!. Sufre un trastorno obsesivo compulsivo pero, a la vez, posee una sensibilidad especial que impulsará el caso. Ella aportará la navaja de Ockham, un enfoque radicalmente nuevo por improbable que parezca: puede que alguien o algo haya suplantado al entrenador Maitland.

La primera conversación entre el reacio policía Anderson y la investigadora Gibney es genial:
-...Yo no tengo tolerancia hacia lo inexplicable.
-Entonces, señor, no tendrá tolerancia hacia mí.
-Bueno, allá vamos.- dice el otro policía.
-Puedo decirle en qué cae el 1 de mayo de dentro de 204 años muchos más rápido que cualquier ordenador, mirar un rascacielos dos segundos desde un coche en marcha y decirle, con un margen de error de 15 cm, la altura del edificio y no solo puedo recitar las letras de todas las canciones de rock and roll escritas desde 1954 hasta la actualidad sino que puedo decirle en qué posición de la lista de bill-board estaban hasta que desaparecieron, pero ¿sabe qué?...No escucho música porque no me gusta, las alturas me hacen vomitar y si me pregunta qué día es hoy, tengo que mirar un calendario.
Holly empieza a investigar hacia atrás para ver quién y cómo se hizo con el ADN de Maitland para poder suplantarlo y encuentra una cadena de suplantaciones y asesinatos que se remonta al albor de los tiempos.... pero que deja pruebas físicas. De modo que se centran en quién se está duplicando en ese mismo momento para anticipar el ataque y atrapar a tan maligna entidad.


La serie tiene un enfoque narrativo muy particular y definido. Por más que el derrotero apunte hacia algo sobrenatural, nunca se abandona el carácter de investigación policial, el análisis de las pruebas físicas. Lo sobrenatural está planteado más como una amenaza abominable, pero encubierta, que como un monstruo con sustos. También tiene sus picos de violencia. Pero en lo que brilla la serie es en su desarrollo dramático, en unos personajes que demuestran más densidad de lo habitual y en unos diálogos muy naturales y creíbles que muestran el dolor y los intentos por llegar al fondo de la cuestión. 

Quienes mejor representan este debate entre las dos formas de afrontar la investigación, son el agente Ralph Anderson y la investigadora Gibney. Esta pugna por entender algo que las pruebas físicas no pueden explicar es el juego y la intensidad creciente de la serie.

Pero, como digo, el elenco es amplio, goza de muy buenas interpretaciones y presenta un desarrollo dramático inusitado. Jack (Marc Menchaca), es el policía alcohólico y compañero de Anderson, que intenta luchar contra sus adicciones y algo que lo está cambiando. La mujer de Anderson, Jeannie (Mare Winningham) que aporta un gran humanismo al intentar ayudar a la mujer del entrenador Maitland (Julianne Nicholson) que, aun habiéndose demostrado su inocencia, está siendo socialmente agredida y aislada. O el gerente del night-club del pueblo, una sorprendente aparición de un Paddy Considine que se luce en un papel clave.


El acierto de poner el foco en la investigación y el desarrollo dramático de los personajes, va parejo con el de esconder al "visitante" hasta casi el final, para dejar que sea su presencia/ausencia, la que sobrevuele, ominosa, sobre cada situación y pesquisa. Primero se habla de un Doppelgänger o sosias, para luego identificarlo como el Coco, el inmemorial Baba-Yaga y hasta el Hombre del saco; el cual no sólo mata y devora a niños, sino que llega para quedarse y alimentarse del sufrimiento y la desesperación de sus familias. Una visión atroz que Stephen King vuelve a tomar de los cuentos populares para darle una textura plenamente inquietante. 





 


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Richard Price lleva a cabo una adaptación original y modélica de la novela de Stephen King; lo cual no es extraño ya que él mismo es novelista, autor de obras como Hermanos de sangre (1976), The Wanderers (1974), Clokers (1992), Freedomland (1998), Vida Fácil (Lush Life, 2008) o Los impunes (2016); estas dos últimas escritas después de haber recibido el Premio Edgar por sus guiones para la serie The Wire. Además ha demostrado su solvencia como guionista a las órdenes de Martin Scorsese (El color del dinero, 1986) o Spike Lee (Clokers, 1995) y ha participando con varios guiones en la estupenda miniserie "The Night of".

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Un SUEÑO REALIZADO - de Juan Carlos Onetti

                                                                                       Serie NarracionesExtraordinarias













   



a broma la había inventado Blanes; venía a mi despacho —en los tiempos en que yo tenía despacho y al café cuando las cosas iban mal y había dejado de tenerlo— y parado sobre la alfombra, con un puño apoyado sobre el escritorio, la corbata de lindos colores sujeta a la camisa con un broche de oro y aquella cabeza —cuadrada, afeitada, con ojos oscuros que no podían sostener la atención más de un minuto y se aflojaban enseguida como si Blanes estuviera a punto de dormirse o recordara algún momento limpio y sentimental de su vida que, desde luego, nunca había podido tener—, aquella cabeza sin una sola partícula superflua alzada contra la pared cubierta de retratos y carteles, me dejaba hablar y comentaba redondeando la boca:
   —Porque usted, naturalmente, se arruinó dando el Hamlet.
  O también:
  —Sí, ya sabemos. Se ha sacrificado siempre por el arte y si no fuera por su enloquecido amor por el Hamlet…
   Y yo me pasé todo ese montón de años aguantando tanta miserable gente, autores y actores y actrices y dueños de teatro y críticos de los diarios y la familia, los amigos y los amantes de todos ellos, todo ese tiempo perdiendo y ganando un dinero que Dios y yo sabíamos que era necesario que volviera a perder en la próxima temporada, con aquella gota de agua en la cabeza pelada, aquel puño en las costillas, aquel trago agridulce, aquella burla no comprendida del todo de Blanes:
   —Sí, claro. Las locuras a que lo ha llevado su desmedido amor por Hamlet…
   Si la primera vez le hubiera preguntado por el sentido de aquello, si le hubiera confesado que sabía tanto de Hamlet como de conocer el dinero que puede dar una comedia desde su primera lectura, se habría acabado el chiste. Pero tuve miedo a la multitud de bromas no nacidas que haría saltar mi pregunta y sólo hice una mueca y lo mandé a paseo. Y así fue que pude vivir los veinte años sin saber qué era el Hamlet, sin haberlo leído, pero sabiendo, por la intención que veía en la cara y el balanceo de la cabeza de Blanes, que el Hamlet era arte, el arte puro, el gran arte, y sabiendo también, porque me fui empapando de eso sin darme cuenta, que era además un actor o una actriz, en este caso siempre una actriz con caderas ridículas, vestida de negro con ropas ajustadas, una calavera, un cementerio, un duelo, una venganza, una muchachita que se ahoga. Y también William Shakespeare.
   Por eso, cuando ahora, sólo ahora, con una peluca rubia peinada al medio que prefiero no sacarme para dormir, una dentadura que nunca logró venirme bien del todo y que me hace silbar y hablar con mimo, que encontré en la biblioteca de este asilo para gente de teatro arruinada al que dan un nombre más presentable, aquel libro tan pequeño encuadernado en azul oscuro donde había unas hundidas letras doradas que decían Hamlet, me senté en un sillón sin abrir el libro, resuelto a no abrir nunca el libro y a no leer una sola línea, pensando en Blanes, en que así me vengaba de su broma, y en la noche en que Blanes fue a encontrarme en el hotel de alguna capital de provincia y, después de dejarme hablar, fumando y mirando el techo y la gente que entraba en el salón, hizo sobresalir los labios para decirme, delante de la pobre loca:
   —Y pensar… Un tipo como usted que se arruinó por el Hamlet.
  Lo había citado en el hotel para que se hiciera cargo de un personaje en un rápido disparate que se llamaba, me parece, Sueño realizado. En el reparto de la locura aquélla había un galán sin nombre y este galán sólo podía hacerlo Blanes porque, cuando la mujer vino a verme, no quedábamos allí más que él y yo; el resto de la compañía pudo escapar a Buenos Aires.
   La mujer había estado en el hotel a mediodía y, como yo estaba durmiendo, había vuelto a la hora que era, para ella y todo el mundo en aquella provincia caliente, la del fin de la siesta y en la que yo estaba en el lugar más fresco del comedor comiendo una milanesa redonda y tomando vino blanco, lo único bueno que podía tomarse allí. No voy a decir que a la primera mirada —cuando se detuvo en el halo de calor de la puerta encortinada, dilatando los ojos en la sombra del comedor y el mozo le señaló mi mesa y enseguida ella empezó a andar en línea recta hacia mí con remolinos de la pollera— yo adiviné lo que había dentro de la mujer ni aquella cosa como una cinta blanduzca y fofa de locura que había ido desenvolviendo, arrancando con suaves tirones, como si fuese una venda pegada a una herida, de sus años pasados, solitarios, para venir a fajarme con ella, como una momia, a mí y a algunos de los días pasados en aquel sitio aburrido, tan abrumado de gente gorda y mal vestida. Pero había, sí, algo en la sonrisa de la mujer que me ponía nervioso y me era imposible sostener los ojos en sus pequeños dientes irregulares exhibidos como los de un niño que duerme y respira con la boca abierta. Tenía el pelo casi gris peinado en trenzas enroscadas y su vestido correspondía a una vieja moda; pero no era el que se hubiera puesto una señora en los tiempos en que fue inventado, sino, también esto, el que hubiera usado entonces una adolescente. Tenía una pollera hasta los zapatos, de aquellos que llaman botas o botinas, larga, oscura, que se iba abriendo cuando ella caminaba y se encogía y volvía a temblar al paso inmediato. La blusa tenía encajes y era ajustada, con un gran camafeo entre los senos agudos de muchacha, y la blusa y la pollera se unían y estaban divididas por una rosa en la cintura, tal vez artificial ahora que pienso, una flor de corola grande y cabeza baja, con el tallo erizado amenazando el estómago.
   La mujer tendría alrededor de cincuenta años y lo que no podía olvidarse en ella, lo que siento ahora cuando la recuerdo caminar hacia mí en el comedor del hotel, era aquel aire de jovencita de otro siglo que hubiera quedado dormida y despertara ahora un poco despeinada, apenas envejecida, pero a punto de alcanzar su edad en cualquier momento, de golpe, y quebrarse allí en silencio, desmoronarse roída por el trabajo sigiloso de los días. Y la sonrisa era mala de mirar porque uno pensaba que frente a la ignorancia que mostraba la mujer del peligro de envejecimiento y muerte repentina en cuyos bordes estaba, aquella sonrisa sabía, o, por lo menos, los descubiertos dientecillos presentían el repugnante fracaso que los amenazaba.
   Todo aquello estaba ahora de pie en la penumbra del comedor y torpemente puse los cubiertos al lado del plato y me levanté. «¿Usted es el señor Langman, el empresario del teatro?». Incliné la cabeza sonriendo y la invité a sentarse. No quiso tomar nada; separados por la mesa le miré con disimulo la boca con su forma intacta y su poca pintura, allí justamente en el centro donde la voz, un poco española, había canturreado al deslizarse entre los filos desparejos de la dentadura. De los ojos, pequeños y quietos, esforzados en agrandarse, no pude sacar nada. Había que esperar que hablara y, pensé, cualquier forma de mujer y de existencia que evocaran sus palabras iban a quedar bien con su curioso aspecto y el curioso aspecto iba a desvanecerse.
   —Quería verlo por una presentación. Quiero decir que tengo una obra de teatro…
  Todo indicaba que iba a seguir, pero se detuvo y esperó mi respuesta; me entregó la palabra con un silencio irresistible, sonriendo. Estaba tranquila, las manos enlazadas en la falda. Aparté el plato con la milanesa a medio comer y pedí café. Le ofrecí cigarrillos y ella movió la cabeza, alargó un poco la sonrisa, lo que quería decir que no fumaba. Encendí el mío y empecé a hablarle, buscando sacármela de encima sin violencias, pero pronto y para siempre, aunque con un estilo cauteloso que me era impuesto no sé por qué.
   —Señora, es una verdadera lástima… Usted nunca ha estrenado, ¿verdad? Naturalmente. ¿Y cómo se llama su obra?
  —No, no tiene nombre —contestó—. Es tan difícil de explicar… No es lo que usted piensa. Claro, se le puede poner un título. Se le puede llamar El sueño, El sueño realizado, Un sueño realizado.
   Comprendí, ya sin dudas, que estaba loca y me sentí más cómodo.
  Bien; Un sueño realizado, no está mal el nombre. Siempre he tenido interés, digamos personal, desinteresado en otro sentido, en ayudar a los que empiezan. Dar nuevos valores al teatro nacional. Aunque es innecesario decirle que no son agradecimientos lo que se cosecha, señora. Hay muchos que me deben a mí el primer paso, señora, muchos que hoy cobran derechos increíbles en la calle Corrientes y se llevan los premios anuales. Ya no se acuerdan de cuando venían casi a suplicarme…
   Hasta el mozo del comedor podía comprender, desde el rincón junto a la heladera donde se espantaban las moscas y el calor con la servilleta, que a aquel bicho raro no le importaba ni una sílaba de lo que yo decía. Le eché una última mirada con un solo ojo, desde el calor del pocillo de café y le dije:
   —En fin, señora. Usted debe saber que la temporada aquí ha sido un fracaso. Hemos tenido que interrumpirla y me he quedado sólo por algunos asuntos personales. Pero ya la semana que viene me iré yo también a Buenos Aires. Me he equivocado una vez más, qué vamos a hacer. Este ambiente no está preparado, y a pesar de que me resigné a hacer una temporada con sainetes y cosas así…, ya ve cómo me ha ido. De manera que… Ahora, que podemos hacer una cosa, señora. Si usted puede facilitarme una copia de su obra yo veré si en Buenos Aires… ¿Son tres actos?
   Tuvo que contestar, pero sólo porque yo, devolviéndole el juego, me callé y había quedado inclinado hacia ella, rascando con la punta del cigarrillo en el cenicero. Parpadeó:
   —¿Qué?
   —Su obra, señora. Un sueño realizado. ¿Tres actos?
   —No, no son actos.
   —O cuadros. Se extiende ahora la costumbre de…
   —No tengo ninguna copia. No es una cosa que yo haya escrito —seguía diciéndome ella. Era el momento de escapar.
   —Le dejaré mi dirección de Buenos Aires y cuando usted la tenga escrita…
   Vi que se iba encogiendo, encorvando el cuerpo; pero la cabeza se levantó con la sonrisa fija. Esperé, seguro de que iba a irse; pero un instante después ella hizo un movimiento con la mano frente a la cara y siguió hablando.
   —No, es todo distinto a lo que piensa. Es un momento, una escena, se puede decir, y allí no pasa nada, como si nosotros representáramos esta escena en el comedor y yo me fuera y ya no pasara nada más. No —contestó—, no es cuestión de argumento, hay algunas personas en una calle y las casas y dos automóviles que pasan. Allí estoy yo y un hombre y una mujer cualquiera que sale de un negocio de enfrente y le da un vaso de cerveza. No hay más personas, nosotros tres. El hombre cruza la calle hasta donde sale la mujer de su puerta con la jarra de cerveza y después vuelve a cruzar y se sienta junto a la misma mesa, cerca mío, donde estaba al principio.
   Se calló un momento y ya la sonrisa no era para mí ni para el armario con mantelería que se entreabría en la pared del comedor; después concluyó:
   —¿Comprende?
   Pude escaparme porque recordé el teatro intimista y le hablé de eso y de la imposibilidad de hacer arte puro en estos ambientes y que nadie iría al teatro para ver eso y que, acaso sólo, en toda la provincia, yo podría comprender la calidad de aquella obra y el sentido de los movimientos y el símbolo de los automóviles y la mujer que ofrece un bock de cerveza al hombre que cruza la calle y vuelve junto a ella, junto a usted, señora.
   Ella me miró y tenía en la cara algo parecido a lo que había en la de Blanes cuando se veía en la necesidad de pedirme dinero y me hablaba de Hamlet: un poco de lástima y todo el resto de burla y antipatía.
   —No es nada de eso, señor Langman —me dijo—. Es algo que yo quiero ver y que no lo vea nadie más, nada de público. Yo y los actores, nada más. Quiero verlo una vez, pero que esa vez sea tal como yo se lo voy a decir y hay que hacer lo que yo diga y nada más. ¿Sí? Entonces usted, haga el favor, me dice cuánto dinero vamos a gastar para hacerlo y yo se lo doy.
   Ya no servía hablar de teatro intimista ni de ninguna de esas cosas allí, frente a frente con la mujer loca que abrió la cartera y sacó dos billetes de cincuenta pesos —«con esto contrata a los actores y atiende los primeros gastos y después me dice cuánto más necesita»—. Yo, que tenía hambre de plata, que no podía moverme de aquel maldito agujero hasta que alguno de Buenos Aires contestara a mis cartas y me hiciera llegar unos pesos. Así que le mostré la mejor de mis sonrisas y cabeceé varias veces mientras que guardaba el dinero en cuatro dobleces en el bolsillo del chaleco.
   —Perfectamente, señora. Me parece que comprendo la clase de cosa que usted… —mientras hablaba no quería mirarla porque estaba pensando en Blanes y también en la cara de la mujer—. Dedicaré la tarde a este asunto y si podemos vernos… ¿Esta noche? Perfectamente, aquí mismo; ya tendremos al primer actor y usted podrá explicarnos claramente esa escena y nos pondremos de acuerdo para que Sueño, Un sueño realizado…
   Acaso fuera simplemente porque estaba loca; pero podía ser también que ella comprendiera, como lo comprendía yo, que no me era posible robarle los cien pesos y por eso no quiso pedirme recibo, no pensó siquiera en ella y se fue luego de darme la mano, con un cuarto de vuelta de la pollera en sentido inverso a cada paso, saliendo erguida de la media luz del comedor para ir a meterse en el calor de la calle como volviendo a la temperatura de la siesta que había durado un montón de años y donde había conservado aquella juventud impura que estaba siempre a punto de deshacerse podrida.
   Pude dar con Blanes en una pieza desordenada y oscura, con paredes de ladrillos mal cubiertos detrás de plantas, esteras verdes, detrás del calor húmedo del atardecer. Los cien pesos seguían en el bolsillo de mi chaleco y hasta no encontrar a Blanes, hasta no conseguir que me ayudara a dar a la mujer loca lo que ella pedía a cambio de su dinero, no me era posible gastar un centavo. Lo hice despertar y esperé con paciencia que se bañara, se afeitara, volviera a acostarse, se levantara nuevamente para tomar un vaso de leche —lo que significaba que había estado borracho el día anterior— y otra vez en la cama encendiera un cigarrillo; porque se negó a escucharme antes y todavía entonces cuando arrimé aquellos restos de sillón de tocador en que estaba sentado y me incliné con aire grave para hacerle la propuesta, me detuvo diciendo:
   —¡Pero mire un poco ese techo!
   Era un techo de tejas, con dos o tres vigas verdosas y unas hojas de caña de la India que venían de no sé dónde, largas y resecas. Miré al techo un poco y no hizo más que reírse y mover la cabeza.
   —Bueno. Déle —dijo después.
   Le expliqué lo que era y Blanes me interrumpía a cada momento, riéndose, diciendo que todo era mentira mía, que era alguno que para burlarse me había mandado la mujer. Después me volvió a preguntar qué era aquello y no tuve más remedio que liquidar la cuestión ofreciéndole la mitad de lo que pagara la mujer una vez deducidos los gastos y le contesté que, en verdad, no sabía lo que era ni de qué se trataba ni qué demonios quería de nosotros aquella mujer. Pero ya me había dado cincuenta pesos y que eso significaba que podíamos irnos a Buenos Aires o irme yo, por lo menos, si él quería seguir durmiendo allí. Se rió y al rato se puso serio y de los cincuenta pesos que le dije haber conseguido adelantados quiso veinte enseguida. Así que tuve que darle diez, de lo que me arrepentí muy pronto porque aquella noche cuando vino al comedor del hotel ya estaba borracho y sonreía torciendo un poco la boca y con la cabeza inclinada sobre el platillo de hielo empezó a decir:
   —Usted no escarmienta. El mecenas de la calle Corrientes y toda calle del mundo donde una ráfaga de arte… Un hombre que se arruinó cien veces por el Hamlet va a jugarse desinteresadamente por un genio ignorado y con corsé.
   Pero cuando vino ella, cuando la mujer salió de mis espaldas vestida totalmente de negro, con velo, un paraguas diminuto colgando de la muñeca y un reloj con cadena del cuello y me saludó y extendió la mano a Blanes con la sonrisa aquélla un poco apaciguada en la luz artificial, él dejó de molestarme y sólo dijo:
  —En fin, señora; los dioses la han guiado hasta Langman. Un hombre que ha sacrificado cientos de miles por dar correctamente el Hamlet.
   Entonces pareció que ella se burlaba mirando un poco a uno y un poco a otro; después se puso grave y dijo que tenía prisa, que nos explicaría el asunto de manera que no quedara lugar para la más chica duda y que volvería solamente cuando todo estuviera pronto. Bajo la luz suave y limpia, la cara de la mujer y también lo que brillaba en su cuerpo, zonas del vestido, las uñas en la mano sin guante, el mango del paraguas, el reloj con su cadena, parecían volver a ser ellos mismos, liberados de la tortura del día luminoso; y yo tomé de inmediato una relativa confianza y en toda la noche no volví a pensar que ella estaba loca, olvidé que había algo con olor a estafa en todo aquello y una sensación de negocio normal y frecuente pudo dejarme enteramente tranquilo. Aunque yo no tenía que molestarme por nada, ya que estaba allí Blanes, correcto, bebiendo siempre, conversando con ella como si se hubieran encontrado ya dos o tres veces, ofreciéndole un vaso de whisky, que ella cambió por una taza de tilo. De modo que lo que tenía que contarme a mí se lo fue diciendo a él y yo no quise oponerme porque Blanes era el primer actor y cuanto más llegara a entender de la obra mejor saldrían las cosas. Lo que la mujer quería que representáramos para ella era esto (a Blanes se lo dijo con otra voz y aunque no lo mirara, aunque al hablar de eso bajara los ojos, yo sentía que lo contaba ahora de un modo personal, como si confesara alguna cosa cualquiera íntima de su vida y que a mí me lo había dicho como el que cuenta esa misma cosa en una oficina, por ejemplo, para pedir un pasaporte o cosa así):
   —En la escena hay casas y aceras, pero todo confuso, como si se tratara de una ciudad y hubieran amontonado todo eso para dar una impresión de una gran ciudad. Yo salgo, la mujer que voy a representar yo sale de una casa y se sienta en el cordón de la acera, junto a una mesa verde. Junto a la mesa está sentado un hombre en un banco de cocina. Ése es el personaje suyo. Tiene puesta una tricota y gorra. En la acera de enfrente hay una verdulería con cajones de tomate en la puerta. Entonces aparece un automóvil que cruza la escena y el hombre, usted, se levanta para atravesar la calle y yo me asusto pensando que el coche lo atropella. Pero usted pasa antes que el vehículo y llega a la acera de enfrente en el momento que sale una mujer vestida con traje de paseo y un vaso de cerveza en la mano. Usted lo toma de un trago y vuelve enseguida que pasa un automóvil, ahora de abajo para arriba, a toda velocidad; y usted vuelve a pasar con el tiempo justo y se sienta en el banco de cocina. Entretanto yo estoy acostada en la acera, como si fuera una chica. Y usted se inclina un poco para acariciarme la cabeza.
   La cosa era fácil de hacer, pero le dije que el inconveniente estaba, ahora que lo pensaba mejor, en aquel tercer personaje que salía de su casa a paseo con el vaso de cerveza.
   —Jarro —me dijo ella—. Es un jarro de barro con asa y tapa.
   Entonces Blanes asintió con la cabeza y le dijo:
   —Claro, con algún dibujo, además, pintado.
  Ella dijo que sí y parecía que aquella cosa dicha por Blanes la había dejado muy contenta, feliz, con esa cara de felicidad que sólo una mujer puede tener y que me da ganas de cerrar los ojos para no verla cuando se me presenta, como si la buena educación ordenara hacer eso. Volvimos a hablar de la otra mujer y Blanes terminó por estirar la mano diciendo que ya tenía lo que necesitaba y que no nos preocupáramos más. Tuve que pensar que la locura de la loca era contagiosa, porque cuando le pregunté a Blanes con qué actriz contaba para aquel papel me dijo que con la Rivas y aunque yo no conocía a ninguna con ese nombre no quise decir nada porque Blanes me estaba mirando furioso. Así que todo quedó arreglado, lo arreglaron ellos dos y yo no tuve que pensar para nada en la escena; me fui enseguida a buscar al dueño del teatro y lo alquilé por dos días pagando el precio de uno, pero dándole mi palabra de que no entraría nadie más que los actores.
   Al día siguiente conseguí un hombre que entendía de instalaciones eléctricas y por un jornal de seis pesos me ayudó también a mover y repintar un poco los bastidores. A la noche, después de trabajar cerca de quince horas, todo estuvo pronto y sudando y en mangas de camisa me puse a comer sándwiches con cerveza mientras oía sin hacer caso historias de pueblo que el hombre me contaba. El hombre hizo una pausa y después dijo:
   —Hoy vi a su amigo bien acompañado. Esta tarde, con aquella señora que estuvo en el hotel anoche con ustedes. Aquí todo se sabe. Ella no es de aquí; dicen que viene los veranos. No me gusta meterme, pero los vi entrar en un hotel. Sí, qué gracia; es cierto que usted también vive en un hotel. Pero el hotel donde entraron esta tarde era distinto… De ésos, ¿eh?
   Cuando al rato llegó Blanes le dije que lo único que faltaba era la famosa actriz Rivas y arreglar el asunto de los automóviles, porque sólo se había podido conseguir uno, que era del hombre que me había estado ayudando y lo alquilaría por unos pesos, además de manejarlo él mismo. Pero yo tenía mi idea para solucionar aquello, porque como el coche era un cascajo con capota, bastaba hacer que pasara primero con la capota baja y después alzada o al revés. Blanes no me contestó nada porque estaba completamente borracho, sin que me fuera posible adivinar de dónde había conseguido dinero. Después se me ocurrió que acaso hubiera tenido el cinismo de recibir directamente dinero de la pobre mujer. Esa idea me envenenó y seguía comiendo los sándwiches en silencio mientras él, borracho y canturreando, recorría el escenario, se iba colocando en posiciones de fotógrafo, de espía, de boxeador, de jugador de rugby, sin dejar de canturrear, con el sombrero caído sobre la nuca y mirando a todos lados, desde todos los lados, rebuscando vaya a saber el diablo qué cosa. Como a cada momento me convencía más de que se había emborrachado con dinero robado, casi, a aquella pobre mujer enferma, no quería hablarle y cuando acabé de comer los sándwiches mandé al hombre que me trajera media docena más y una botella de cerveza.
   A todo esto Blanes se había cansado de hacer piruetas; la borrachera indecente que tenía le dio por el lado sentimental y vino a sentarse cerca de donde yo estaba, en un cajón, con las manos en los bolsillos del pantalón y el sombrero en las rodillas, mirando con ojos turbios, sin moverlos, hacia la escena. Pasamos un tiempo sin hablar y pude ver que estaba envejeciendo y el cabello rubio lo tenía descolorido y escaso. No le quedaban muchos años para seguir haciendo el galán ni para llevar señoras a los hoteles, ni para nada.
   —Yo tampoco perdí el tiempo —dijo de golpe.
   —Sí, me lo imagino —contesté sin interés.
   Sonrió, se puso serio, se encajó el sombrero y volvió a levantarse. Me siguió hablando mientras iba y venía, como me había visto hacer tantas veces en el despacho, todo lleno de fotos dedicadas, dictando una carta a la muchacha.
   —Anduve averiguando de la mujer —dijo—. Parece que la familia o ella misma tuvo dinero y después ella tuvo que trabajar de maestra. Pero nadie, ¿eh?, nadie dice que esté loca. Que siempre fue un poco rara, sí. Pero no loca. No sé por qué le vengo a hablar a usted, oh padre adoptivo del triste Hamlet, con la trompa untada de manteca de sándwich… Hablarle de esto.
   —Por lo menos —le dije tranquilamente—, no me meto a espiar en vidas ajenas. Ni a dármelas de conquistador con mujeres un poco raras —me limpié la boca con el pañuelo y me di vuelta para mirarlo con cara aburrida—. Y tampoco me emborracho vaya a saber con qué dinero.
   Él se estuvo con las manos en los riñones, de pie, mirándome a su vez, pensativo, y seguía diciéndome cosas desagradables, pero cualquiera se daba cuenta de que estaba pensando en la mujer y que no me insultaba de corazón, sino para hacer algo mientras pensaba, algo que evitara que yo me diera cuenta de que estaba pensando en aquella mujer. Volvió hacia mí, se agachó y se alzó enseguida con la botella de cerveza y se fue tomando lo que quedaba sin apurarse, con la boca fija al gollete, hasta vaciarla. Dio otros pasos por el escenario y se sentó nuevamente, con la botella entre los pies y cubriéndola con las manos.
   —Pero yo le hablé y me estuvo diciendo —dijo—. Quería saber qué era todo esto. Porque no sé si usted comprende que no se trata sólo de meterse la plata en el bolsillo. Yo le pregunté qué era esto que íbamos a representar y entonces supe que estaba loca. ¿Le interesa saber? Todo es un sueño que tuvo, ¿entiende? Pero la mayor locura está en que ella dice que ese sueño no tiene ningún significado para ella, que no conoce al hombre que estaba sentado en tricota azul, ni a la mujer de la jarra, ni vivió tampoco en una calle parecida a este ridículo mamarracho que hizo usted. ¿Y por qué, entonces? Dice que mientras dormía y soñaba eso era feliz, pero no es feliz la palabra sino otra clase de cosa. Así que quiere verlo todo nuevamente. Y aunque es una locura tiene su cosa razonable. Y también me gusta que no haya ninguna vulgaridad de amor en todo esto.
   Cuando nos fuimos a acostar, a cada momento se entreparaba en la calle —había un cielo azul y mucho calor—, para agarrarme de los hombros y las solapas y preguntarme si yo entendía, no sé qué cosa, algo que él no debía entender tampoco muy bien, porque nunca acababa de explicarlo.
   La mujer llegó al teatro a las diez en punto y traía el mismo traje negro de la otra noche, con la cadena y el reloj, lo que me pareció mal para aquella calle de barrio pobre que había en escena y para tirarse en el cordón de la acera mientras Blanes le acariciaba el pelo. Pero tanto daba: el teatro estaba vacío; no estaba en la platea más que Blanes, siempre borracho, fumando, vestido con una tricota azul y una gorra gris doblada sobre una oreja. Había venido temprano acompañado de una muchacha, que era quien tenía que asomar en la puerta de al lado de la verdulería a darle su jarrita de cerveza; una muchacha que no encajaba, ella tampoco, en el tipo de personaje, el tipo que me imaginaba yo, claro, porque sepa el diablo cómo era en realidad; una triste y flaca muchacha, mal vestida y pintada que Blanes se había traído de cualquier cafetín, sacándola de andar en la calle por una noche y empleando un cuento absurdo para traerla, era indudable. Porque ella se puso a andar con aires de primera actriz y al verla estirar el brazo con la jarrita de cerveza daban ganas de llorar o de echarla a empujones. La otra, la loca, vestida de negro, en cuanto llegó se estuvo un rato mirando el escenario con las manos juntas frente al cuerpo y me pareció que era enormemente alta, mucho más alta y flaca de lo que yo había creído hasta entonces. Después, sin decir palabra a nadie, teniendo siempre, aunque más débil, aquella sonrisa de enfermo que me erizaba los nervios, cruzó la escena y se escondió detrás del bastidor por donde debía salir. La había seguido con los ojos, no sé por qué, mi mirada tomó exactamente la forma de su cuerpo alargado vestido de negro y apretada a él, ciñéndolo, lo acompañó hasta que el borde del telón separó la mirada del cuerpo.
   Ahora era yo quien estaba en el centro del escenario y como todo estaba en orden y habían pasado ya las diez, levanté los codos para avisar con una palmada a los actores. Pero fue entonces que, sin que yo me diera cuenta de lo que pasaba por completo, empecé a saber cosas y qué era aquello en que estábamos metidos, aunque nunca pude decirlo, tal como se sabe el alma de una persona y no sirven las palabras para explicarlo. Preferí llamarlos por señas y cuando vi que Blanes y la muchacha que había traído se pusieron en movimiento para ocupar sus lugares, me escabullí detrás de los telones, donde ya estaba el hombre sentado al volante de su coche viejo que empezó a sacudirse con un ruido tolerable. Desde allí, trepado en un cajón, buscando esconderme porque yo nada tenía que ver en el disparate que iba a empezar, vi cómo ella salía de la puerta de la casucha, moviendo el cuerpo como una muchacha —el pelo espeso y casi gris, suelto a la espalda, anudado sobre los omóplatos con una cinta clara—, daba unos largos pasos que eran, sin duda, de la muchacha que acababa de preparar la mesa y se asoma un momento a la calle para ver caer la tarde y estarse quieta sin pensar en nada; vi cómo se sentaba cerca del banco de Blanes y sostenía la cabeza con una mano, afirmando el codo en las rodillas, dejando descansar las yemas sobre los labios entreabiertos y la cara vuelta hacia un sitio lejano que estaba más allá de mí mismo, más allá también de la pared que yo tenía a mi espalda. Vi cómo Blanes se levantaba para cruzar la calle, y lo hacía matemáticamente antes que el automóvil, que pasó echando humo con su capota alta y desapareció enseguida. Vi cómo el brazo de Blanes y el de la mujer que vivía en la casa de enfrente se unían por medio de la jarrita de cerveza y cómo el hombre bebía de un trago y dejaba el recipiente en la mano de la mujer que se hundía nuevamente, lenta y sin ruido, en su portal. Vi, otra vez, al hombre de la tricota azul cruzar la calle un instante antes de que pasara un rápido automóvil de capota baja que terminó su carrera junto a mí, apagando enseguida su motor, y mientras se desgarraba el humo azuloso de la máquina, divisé a la muchacha del cordón de la acera que bostezaba y terminaba por echarse a lo largo en las baldosas, la cabeza sobre un brazo que escondía el pelo, y una pierna encogida. El hombre de la tricota y la gorra se inclinó entonces y acarició la cabeza de la muchacha, comenzó a acariciarla y la mano iba y venía, se enredaba en el pelo, estiraba la palma por la frente, apretaba la cinta clara del peinado, volvía a repetir sus caricias.
   Bajé del banco, suspirando, más tranquilo, y avancé en puntas de pie por el escenario. El hombre del automóvil me siguió, sonriendo intimidado y la muchacha flaca que se había traído Blanes volvió a salir de su zaguán para unirse a nosotros. Me hizo una pregunta, una pregunta corta, una sola palabra sobre aquello y yo contesté sin dejar de mirar a Blanes y a la mujer echada; la mano de Blanes, que seguía acariciando la frente y la cabellera desparramada de la mujer, sin cansarse, sin darse cuenta de que la escena había concluido y que aquella última cosa, la caricia en el pelo de la mujer, no podía continuar siempre. Con el cuerpo inclinado, Blanes acariciaba la cabeza de la mujer, alargaba el brazo para recorrer con los dedos la extensión de la cabellera gris desde la frente hasta los bordes que se abrían sobre el hombro y la espalda de la mujer acostada en el piso. El hombre del automóvil seguía sonriendo, tosió y escupió a un lado. La muchacha que había dado el jarro de cerveza a Blanes, empezó a caminar hacia el sitio donde estaba la mujer y el hombre inclinado, acariciándola. Entonces me di vuelta y le dije al dueño del automóvil que podía ir sacándolo, así nos íbamos temprano y caminé junto a él, metiendo la mano en el bolsillo para darle unos pesos. Algo extraño estaba sucediendo a mi derecha, donde estaban los otros, y cuando quise pensar en eso tropecé con Blanes que se había quitado la gorra y tenía un desagradable olor a bebida y me dio una trompada en las costillas gritando:
   —No se da cuenta de que está muerta, pedazo de bestia.
  Me quedé solo, encogido por el golpe, y mientras Blanes iba y venía por el escenario, borracho, como enloquecido, y la muchacha del jarro de cerveza y el hombre del automóvil se doblaban sobre la mujer muerta, comprendí qué era aquello, qué era lo que buscaba la mujer, lo que había estado buscando Blanes borracho la noche anterior en el escenario y parecía buscar todavía, yendo y viniendo con sus prisas de loco: lo comprendí todo claramente como si fuera una de esas cosas que se aprenden para siempre desde niño y no sirven después las palabras para explicar.


Juan Carlos Onetti


Giorgio de Chirico -Melancolía-, 1912




Giorgio de Chirico decía que la finalidad de la pintura no debe consistir solamente en reproducir más o menos fielmente lo que ya se puede ver en la naturaleza, sino sobre todo "mostrar lo que no puede ser visto". Creo que esto está relacionado con una de las características más esenciales de la narrativa de Onetti, expresada en este mismo cuento cuando escribe: "empecé a saber cosas y qué era aquello en que estábamos metidos, aunque nunca pude decirlo, tal como se sabe el alma de una persona y no sirven las palabras para explicarlo."
Para Onetti la verdad está siempre más allá de los hechos y las circunstancias, quizás más cerca de un sueño que elude las realidades y la lógica. En El pozo expresa su intención con claridad meridiana: “Me gustaría escribir la historia de un alma, de ella sola, sin los sucesos en que tuvo que mezclarse."

martes, 3 de noviembre de 2020

EL INVIERNO del LOBO - de John Connolly




A pesar de ser la novela número 13 de la serie del detective Charlie Parker, esta obra podría representar la quintaesencia del estilo que Connolly ha venido desarrollando. Contiene todos los ejes y trazos que caracterizan la serie y están ejecutados con una precisión e intensidad encomiables. Por un lado Parker lleva a cabo una investigación en el que está implicado tan personalmente que hasta está a punto de morir y por otro la acción gira en torno a una comunidad cerrada con unas terroríficas rendijas por las que aflora una maldad sobrenatural. Todo ello sin abandonar el ecosistema tan particular que rodea al detective, la pareja de amigos y colaboradores Louis y Angel y la presencia, en este caso, de uno de los inicuos malvados que tienen continuidad en sus novelas, El Coleccionista.

Jude, un vagabundo que busca a su hija ex-yonki desaparecida, sigue el rastro de la joven hasta un pueblo retirado de Maine, Prosperous; donde percibe que le escamotean la verdad. Piensa en contratar a su amigo el detective Charlie Parker, pero antes de poder hacerlo aparece ahorcado en una nave abandonada. A Parker no le convence nada esta apariencia de suicidio e investiga qué estaba buscando su amigo y por qué se encontró con la muerte. También a él las pistas le conducen a Prosperous, un pueblo que alberga una comunidad cerrada con un terrible secreto. El pueblo fue fundado por una hermética secta religiosa que se remonta al siglo XVI y que practicaba un extraño culto en una iglesia que fue trasladada hasta allí, piedra a piedra, desde Northumberland, Inglaterra. Es un pueblo donde nunca parece ocurrir nada, que rehúye a los forasteros y cuya prosperidad parece no hallar obstáculo. 
"Los vecinos de Prosperous vivían con decencia, y en casi todos los aspectos de la vida se comportaban debidamente. Hacían donaciones benéficas. Cuidaban el medio ambiente. Toleraban —no, acogían— a gays y lesbianas. Tanto los conservadores a ultranza como los progresistas radicales encontraban su lugar en Prosperous. A cambio, el pueblo gozaba de una bendición: la buena fortuna.
Sólo que, a veces, el pueblo tenía que dar un empujoncito a la fortuna.
Pero si su marido hubiese prestado un poco más de atención a lo que se decía en los oficios, y leído la Biblia en lugar de elegir citas a bulto, tal vez habría recordado la segunda parte de ese versículo que tanto le gustaba esgrimir cuando ella empezaba a acariciarle el cuello con los labios a altas horas de la noche.
… pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.
Era la voluntad de Prosperous la que debía hacerse." pág. 147
Parker tendrá que hurgar con sumo empeño y tocar todas las teclas -el jefe de policía Moreland, el pastor Warramer o ese Consejo Municipal con poderes tan extraordinarios- para encontrar la recóndita clave del misterio. 


Connolly ha llegado a crear un género propio dentro de la novela negra al introducir en sus tramas detectivescas el género del terror. Él mismo se describe como un "escritor de novelas de misterio". Aparentemente la fantasía casa mal con la lógica y la deducción que implica una investigación criminal; pero Connolly lo maneja con inteligencia, tratándolo como un asunto más de este mundo y sin introducir soluciones mágicas en la trama. 

Su detective, Charlie "Bird" Parker, es un hombre con hondas cicatrices en el alma que se mueve en general llevado por la compasión; pero también, en ocasiones, por la ira y el deseo de venganza. Desde su primera y magnífica novela, Todo lo que muere, se fijaron las características del personaje: tuvo un padre suicida y él tiene que vivir con el hecho de que mientras estaba de copas tras una discusión familiar, su mujer y su hija de tres años fueron brutalmente asesinadas. Charlie recorrió el camino de la autodestrucción y el alcoholismo y pasó por etapas de suma violencia hasta llegar a la compasión. Es un tipo que empatiza con el dolor ajeno, lo que le da un gran poso humano. Sus mejores amigos y colaboradores son una pareja homosexual: Ángel, un ladrón latino, y Louis, un asesino a sueldo retirado, negro, exquisito en el vestir y fervoroso de la música country. 

Charlie "Bird" Parker empezó su trayectoria 12 libros atrás y con cada uno de ellos ha venido revelando un campo de acción donde intervienen ángeles caídos y vengadores, siniestros dioses telúricos como El Dios Enterrado, El Dios de las Avispas o El Hombre Verde y sujetos tan malignos y misteriosos como el Patrocinador Principal o el Coleccionista. Todo un universo relacionado con la "radix omnium malorum, raiz de todo mal," como lo califica un profesor universitario con el que consulta Parker en esta novela.  
Aquí en concreto aparecen Los Creyentes y Los Patrocinadores, los cuales "se dedican al homicidio desde que hay en el mundo hombres a quienes matar. La sangre de Caín corre por sus venas." También aparecen viejos conocidos como Cambion o el Titiritero; aunque quien tiene mayor protagonismo es el temible Coleccionista, al que están a punto de atrapar Louis y Angel, llegando a mantener con él una electrizante entrevista. 

La narración sigue estos hilos narrativos en paralelo, la captura de el Coleccionista y la investigación en Prosperous; a los que se suman pequeños insertos relatando la lucha por sobrevivir de un lobo herido y hambriento, en los bosques helados cerca de Prosperous. Un lobo como metáfora y resorte de la acción. Connolly reúne y pule todas estas piezas como un relojero experimentado hasta encajarlas a la perfección en un cruce de ritos ancestrales, comunidades endogámicas y una lucha de poder que provocará chispas. Una máquina bien engrasada que se lee con interés y placer.

A pesar de que en los libros de Charlie Parker Connolly suele alternar el narrador subjetivo con el omnisciente; esta novela está escrita al completo en tercera persona, quizás para poder referir el destino de tantos personajes e historias remotas; aunque él mismo lo resume al esquema de un western: 
"Hay quien asegura que sólo hay dos tramas posibles en toda ficción: la del hombre que llega a un pueblo, o la del hombre que abandona ese pueblo. La novela de misterio siempre ha tenido una estructura de western. Quizá, en mi caso, este sea el western más claro que he escrito".