Es triste decirlo pero la película a estas alturas resulta tan inútil... como necesaria.
Llega tarde.
El mundo ya está un par de pantallas más adelante (con la IA nada menos). A estas alturas ya sabemos que la redes sociales son nocivas para la salud mental, la convivencia y la democracia... y también que esto a nadie le importa una mierda.
Aunque es cierto que las demandas contra Meta (matriz de Facebook) siguen hoy en día su recorrido en los tribunales. Por eso está bien saber de qué lodos proviene todo este ambiente envenenado que estamos viviendo: las redes sociales ofreciendo una herramienta poderosísima a los bulos, al odio, al bullying y a la peor ralea de la humanidad.
La película relata la investigación que llevó a cabo el periodista del Wall Street Journal Jeff Horwitz (Jeremy Allen White) para descubrir si el algoritmo de Facebook estaba manipulado para potenciar ciertas acciones, sabiendo a ciencia cierta que produciría adicción (scroll infinito), problemas de salud mental y radicalización política. Después de tocar múltiples teclas, una joven ingeniera de Facebook, Frances Haugen (Mikey Madison) se ofrece a darle los datos que destaparán los secretos más ocultos y perversos de la red social.
Horwitz acabaría publicando una serie de artículos conocida como 'The Facebook Files' (Los archivos de Facebook) que se publicaron en 2021. En ellos se confirmaba que en Facebook eran plenamente conscientes de los efectos nocivos que su algoritmo tenía en los adolescentes y que habían hecho proliferar a sabiendas los bulos y la desinformación que contribuyeron a actos de violencia política.
Los datos marcan el valor de la película... y también son su perdición; porque peca de expositiva. Aunque es muy importante que sepamos que el 64 % de las personas que aterrizaban en las webs de grupos radicales señalados por el propio FBI como peligrosos, llegaban allí orientados por el propio Facebook; o que un estudio interno había fijado en un 32 % los adolescentes que sufrirían problemas de salud mental con los cambios introducidos en el algoritmo. También es importante que sepamos que estas advertencias fueron ignoradas por los mandamases de Facebook, eligiendo potenciar el negocio en vez de la salud y la integridad.
La multitud de datos y algunos diálogos excesivamente técnicos se comen el desarrollo de dos aspectos fundamentales que hubiesen hecho crecer a la película. Uno sería el debate en profundidad sobre la responsabilidad de las tecnológicas como propagadoras de todo tipo de fango y por su propia arquitectura adictiva. Otro, todavía más fundamental, hubiese sido el desarrollo dramático de los personajes implicados en esta investigación. Horwitz aparece demasiado plano. Es cierto que muestra suma honestidad con su fuente, pero poco más. Tampoco llegamos a conocer a Haugen por más que repita varias veces que ella adora su trabajo y que le parece que está participando en un proyecto muy importante para la Humanidad, ya que pone en contacto a la gente y da voz a todas las personas por igual. Pero incluso cuando decide ofrecerse para dar el siguiente paso, salir del anonimato y testificar, lo hace en un pis pas. Sin mayores dudas.
El nivel dramático sólo lo aprecio en dos momentos muy escuetos. Por un lado en el Prólogo, titulado "Una mujer borracha de raza blanca", cuyo título describe perfectamente la escena. Una mujer joven y hermosa está en el arcén de una carretera, esperando a la grúa junto a su coche averiado. Una pareja de policías se para con la intención de ayudarle pero ella, borracha y con todas las de perder, pasa al ataque. Pone el teléfono delante para grabar todo a la vez que acomete a los policías, increpándolos, mientras expone a su audiencia que a esto hemos llegado: una mujer blanca no es libre en América porque un policía negro y una "zorra" inmigrante (en su placa pone ´Díaz´) "a la que seguro que se la tira" la están acosando.
Esta joven radicalizada fue amiga de Frances Haugen y su video en internet es el detonante para que esta ingeniera empiece a plantearse qué pasó con aquella amiga que recuerda, progresista y amiga de causas humanitarias. El otro momento dramático es justo hacia el final cuando, durante unos pocos segundos, vemos a esta misma anarcopatriota entre los asaltantes al Capitolio en enero de 2021. Quizás el guión debiera haber profundizado más en estas dos mujeres, la cara y la cruz de esta cloaca en que se han convertido las redes.
Aunque... también puede ser que la película tenga ese trazo tan impersonal que luce por el rigurosísimo escrutinio legal al que se ha tenido que someter. En una escena donde un directivo de Facebook se reúne con el periodista, aquel le suelta esta velada amenaza: "Somos el doble que el país más grande de la Tierra, no tenemos miedo al Congreso", como diciendo, nosotros ponemos las reglas. El estudio llegó a contratar un bufete de abogados externo para asegurarse que cada hecho y dato que aparece en la película estuviese contrastado.
A pesar de todo esto tengo que decir que la narración de Aaron Sorkin te mantiene enganchado, menos a la intriga de la investigación periodística que a la sucesión de episodios donde se toman las decisiones cruciales que derivaron en esta "máquina de odio". En inglés se titula The Social Reckoning (algo así como la Red del Ajuste de Cuentas) y es que en ese nicho de cabreo, violencia y bulos es donde detectaron que el negocio no paraba de crecer. La indignación, la frustración y la rabia son los combustibles más rentables para la economía digital, porque sus usuarios son los que más comparten. Así que, como dice el eslogan de la película "se acabó aquello de hacer amigos" (´we're way past making friends´), hemos venido a hacer dinero caiga quien caiga.
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Aaron Sorkin (Nueva York, 1961) es uno de los grandes cronistas de las instituciones americanas y las grietas del sistema democrático. También de la función de los medios de comunicación, especialmente la televisión, como vehículo masivo de comunicación que perfila la opinión pública. Así lo ha abordado en obras de teatro como 'Algunos hombres buenos', luego adaptada al cine por Rob Reiner, en guiones como el de 'El presidente y Miss Wade', y en series tan populares como 'Studio 60', 'El ala oeste de la Casa Blanca' y 'The Newsroom'. En sus producciones el creador ha sabido combinar la crítica a diversos estamentos del poder con cierta idealización de personajes que simbolizan la honestidad y la defensa del bien común.
Pefil tomado del artículo de José M. Romero en la web de la Cadena Ser.






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