martes, 21 de abril de 2020

EL JINETE de BRONCE - Pushkin











PRÓLOGO

A la orilla de las desiertas olas
en grandiosos designios ocupado
se hallaba ÉL, mirando hacia lo lejos.
Ante sus ojos se ensanchaba el río
por el que un pobre esquife navegaba.
Aquí y allá cabañas miserables,
abrigo de los pobres finlandeses,
cubrían las riberas pantanosas,
y bosques ignorados por los rayos
de un sol siempre escondido entre la niebla
por doquier resonaban.
                                         Y ÉL pensó:
«Desde aquí infundiré pavor al sueco
y echaré los cimientos de una urbe
para irritar a ese vecino altivo.
Aquí nos ordenó Naturaleza
que abriéramos a Europa una ventana,
firme puntal a orilla de los mares,
adonde por un mar para ellos nuevo,
vendrán barcos de todas las banderas
para tratos y fiestas a porfía.»

Un siglo transcurrió, y una urbe nueva,
del Septentrión la gloria y el asombro,
se levantó soberbia y suntuosa
de lo obscuro del bosque y la marisma.
Donde los pescadores finlandeses,
de la Naturaleza infaustos hijos,
desde la baja y solitaria orilla
a las ignotas aguas arrojaban
sus decrépitas redes, hoy en día,
por las riberas llenas de bullicio
esbeltos edificios se vislumbran
y alcázares y torres; desde todos
los puntos de la Tierra, multitudes
de naves se dirigen a los muelles.
Ahora el Neva se viste de granito;
cruzan sus aguas puentes incontables,
se cubren los islotes de jardines
verde obscuro. E inclina la cabeza
ante la joven capital la antigua
Moscú, como ante nueva soberana
viuda real de púrpura vestida.

Te amo, creación de Pedro, amo tu aspecto
severo a un tiempo y lleno de armonía,
la corriente del Neva majestuosa
entre sus parapetos de granito,
el arabesco de tus férreas rejas,
el transparente ocaso de tus noches,
cuyo fulgor sin luna me embelesa
cuando estoy en mi cámara escribiendo
y leyendo sin lámpara, y las pálidas
calles adormiladas y vacías,
y la áurea aguja del almirantazgo.
Así, sin dejar paso a las tinieblas,
una aurora a otra aurora le sucede
en el dorado cielo, hasta tal punto
que no dura la noche media hora.
Amo tu cruel invierno, el aire en calma,
la helada y el correr de los trineos
sobre el Neva anchuroso, y la mejilla
doncellil, más purpúrea que la rosa,
la charla, el brillo, el ruido de los bailes
y, a la hora de las fiestas de soltero,
el chocar de las copas espumosas
y la llama azulada de los ponches.
Amo la belicosa animación
de los campos de Marte y sus desfiles,
la uniforme belleza artificiosa
de las masas de infantes y jinetes,
las triunfantes hileras ondulantes
de gloriosas banderas a jirones
y el esplendor de los broncíneos yelmos
que en la guerra las balas traspasaran.
Amo, ciudad marcial, los cañonazos
y la humareda de tu Fortaleza
cuando la Emperatriz del Septentrión
da a luz un hijo en casa de los Zares,
cuando celebra Rusia una vez más
su victoria campal sobre el contrario,
o cuando, tras romper al fin el hielo,
lo arrastra el Neva al mar, y, barruntando
días de primavera, se alboroza.
 

¡Resplandece por siempre, urbe de Pedro,
y permanece firme como Rusia!
¡Que el líquido elemento derrotado
también venga a rendirte pleitesía!
¡Que se olviden las olas de Finlandia
de su hostil cautiverio milenario
y no perturben con su vano encono
de Pedro el Grande el sueño sempiterno!
¡Fue espantoso aquel día, y su memoria
está fresca en nosotros todavía!
Os diré lo ocurrido, amigos míos,
pero será bien triste mi relato.


Apertura a la navegación del río Neva, S. Pertersburgo - Josef J. Charlemagne




PRIMERA PARTE 


Sobre el ensombrecido Petrogrado
soplaba el frío otoño de noviembre.
El Neva con sus olas estruendosas,
batiendo los hermosos malecones,
como enfermo de fiebre se agitaba
en su lecho. La tarde estaba obscura.
La lluvia daba airada en las ventanas
y se quejaba con tristeza el viento
cuando el joven Eugenio se volvía
a su casa, de estar con los amigos…
Bien podemos llamar a nuestro héroe
con ese nombre que agradable suena,
ya que le es familiar desde hace tiempo
a mi pluma. No importa su apellido
porque, bien que en las épocas pasadas
también quizás hubiera sido ilustre
y en las obras de Karamzín, acaso,
resonara en las patrias tradiciones,
para la opinión pública de hoy día
olvidado se hallaba. Nuestro héroe
vive en Kalomna y es un funcionario
que a los grandes esquiva, y que muy poco
se cuidaba de sus parientes muertos
y de otras antiguallas olvidadas.


Así pues, al volver a casa Eugenio
tras quitarse el abrigo, se acostó,
pero tardó muchísimo en dormirse,
sacudido por varias reflexiones.
¿En qué andaba pensando? En que era pobre,
que había de trabajar si pretendía
llegar a una honorable independencia;
en que podría Dios haberle dado
mas talento y dinero —que hay gandules
que son felices sin talento alguno
y cuya vida les resulta fácil—
que él lleva ya dos años de servicio…
También piensa que el tiempo no mejora,
que el río va subiendo, que los puentes
van a cortarlos y que un par de días
estará sin poder ver a Parasha…
Aquí Eugenio suspira con ternura
y empieza a desbarrar como un poeta:


«¿Casarme yo? ¿Por qué no habría de hacerlo?
Me resultará duro, desde luego,
pero soy joven y salud me sobra,
listo para el trabajo noche y día.
así voy preparando poco a poco
un refugio modesto y confortable
donde Parasha y yo descansaremos.
Tal vez, en cuanto pase un par de años,
obtendré una bicoca, y a Parasha
le entregaré las riendas de mi hogar
para que eduque bien a nuestros hijos.
Así será la vida: hasta la tumba
caminaremos ambos de la mano
hasta que nos entierren nuestros nietos…»


Continuaba soñando. Estaba triste
esa noche, y con fuerza deseaba
que el viento fuera menos deprimente
y que no diera tanto en los cristales
la lluvia…
                         Abrió los ojos soñolientos,
huyeron las tinieblas de la noche
y apreció la lívida mañana.
¡Qué día terrible!
                         El Neva había luchado
la noche entera contra la tormenta
y al final, tras inútiles esfuerzos,
comprendió que la lucha era imposible.





Por la mañana acude el pueblo en masa
a la orilla del río, contemplando
las frenéticas olas que se ahuecan
y se encrespan de espuma. Pero el Neva,
por los vientos del golfo derrotado,
retrocede en su cauce y furibundo
se derrama en las islas. La borrasca
ataca con más fuerza. Se hincha el río,
hierve, muge, se encrespa y al momento,
semejante a una fiera enloquecida
salta por la ciudad. Ante su empuje
todos salen corriendo, en torno todo
al punto se vacía —pronto el agua
inunda subterráneos y bodegas,
los canales del Neva se desbordan
y cual tritón Petrópolis emerge
nadando con el agua a la cintura.


¡Es un asedio! Las perversas olas
como un ladrón escalan las ventanas
y lanzan naves contra los cristales.
¡Tenderetes bajo húmedo sudario,
restos de los naufragios, techos, vigas,
mercancías de ricos almacenes,
enseres de la lívida miseria,
puentes que la riada desfondara,
féretros de arrasados cementerios
flotan a la deriva por las calles!
Es castigo de Dios, piensan las gentes,
y aguardan la sentencia. ¡Nada queda,
ni alimento ni techo!


                                    En aquel año
gobernaba Alejandro con gran gloria.
Al balcón se asomó, abatido y triste,
y dijo: «Los monarcas nada pueden
contra los elementos». Y sentándose
contempló con semblante demudado
el terrible desastre: convertidas
en lagos ya las plazas, y las calles
vertiendo en ellas anchurosos ríos.
El Palacio de Invierno era una isla.
El zar habló, y de una punta a otra,
por las calles cercanas y alejadas,
por un camino entre aguas turbulentas,
corren sus generales ayudando
a salvar a los atemorizados
y al pueblo que se ahogaba en sus viviendas.



Entonces, en la Plaza Petrovskaya,
donde un nuevo palacio se erigiera
sobre cuya grandiosa escalinata
monta la guardia con la zarpa en alto
un par de leones que parecen vivos,
a horcajadas sobre una de las fieras
con los brazos cruzados, sin sombrero,
se hallaba Eugenio, lívido e inmóvil,
aunque no era por él por quien temía.
No escuchaba el hincharse de las olas
que llegaban, hambrientas, a sus plantas,
ni la lluvia que le azotaba el rostro,
ni el viento que el sombrero le robó.
Su vista se clavaba, enloquecida,
en un punto lejano, fijamente…
Parecía que montes empujados
desde los más profundos remolinos
levantaran el mar y lo vertieran
allí donde azotaba la tormenta,
donde flotaban restos de naufragios.
¡Dios mío! Allí, a un paso de las olas,
en la boca del golfo hay una valla,
un sauce, una casucha… donde viven
una viuda y su hija… su Parasha…
Pero ¿es que está soñando todo esto
o es nuestra vida, como un sueño vano,
mera burla del cielo a los mortales?


Y como si le hubieran hechizado,
o atado al mármol, descender no puede.
Por doquiera las aguas le rodean.
Pero ante él, volviéndole la espalda,
sobre su pedestal inamovible,
el brazo en alto ante el rebelde Neva,
está el jinete en su corcel de bronce.





PARTE SEGUNDA


Pero el Neva, cansado de destrozos,
ahíto de violencia descarada,
se retira a su cauce, satisfecho
de su furia, dejando negligente
su botín, semejante al forajido
que al frente de su banda de ladrones,
al atacar un pueblo por sorpresa,
decapita, saquea, quema y viola:
¡Riña, gritos y aullidos por doquiera!
Luego, sobrecargados de despojos,
temiendo a sus captores, y agotados,
los bandidos escapan a su cueva
soltando su botín por el camino.


Bajó el nivel del agua; el pavimento
aparece, y Eugenio se apresura,
lleno de angustia, miedo y esperanza
al Neva que se calma poco a poco.
Pero el río aún celebra su victoria,
siguen hirviendo las siniestras olas
como si un fuego las recalentase
escondido debajo de la espuma.
La corriente resopla con fatiga
como un caballo exhausto en la batalla.
Eugenio mira en derredor y encuentra
una barca, y corriendo como un loco,
llama al barquero, y éste, sin pensarlo,
por un ochavo acepta transportarle
a través de las aguas espantosas.


Por largo tiempo el diestro marinero
luchó contra las aguas turbulentas
y sin cesar la barca estuvo a punto
de hundirse con sus bravos pasajeros.
Por fin tocaron tierra.


                                   El desgraciado
atraviesa la calle conocida,
que le lleva a parajes familiares,
pero en ellos no reconoce nada.
Todo está derruido y arrasado:
casuchas ladeadas, desplomadas,
otras arrebatadas por las olas,
el suelo salpicado de cadáveres
como en el campo de batalla. Eugenio,
que no comprende nada, se apresura,
desfalleciente y torturado, al sitio
donde, como una carta bien sellada,
le aguarda la sorpresa del Destino.
Ya ha llegado al lugar: este es el golfo;
la casa ha de estar próxima. ¿Qué ocurre?


Se detiene, se vuelve, avanza, mira.
He aquí el lugar donde la casa estuvo.
El sauce aún está aquí. Falta la valla.
Pero busca la casa y no aparece.
Envuelto en sus siniestros pensamientos
da vueltas y más vueltas, habla en alto
consigo mismo y, dándose en la frente
un golpe con la mano, de improviso
se echa a reír.

Las sombras de la noche
caen sobre la urbe estremecida,
pero tardan sus gentes en dormirse
comentando entre sí lo sucedido.


La luz de la mañana, entre las nubes,
agotadas y pálidas, alumbra
la capital en calma, sin que quede
rastro de aquel desastre, pues el daño
la púrpura imperial lo ha recubierto.
Todo está en orden. Con su acostumbrada
insensibilidad vagan las gentes.
Los funcionarios dejan su refugio
para ir al ministerio. El mercachifle,
emprendedor, sin abatirse, abre
su almacén devastado por el río,
contando resarcirse de sus pérdidas
a costa del vecino. Por las calles
circulan las barcazas sobre carros.
Y Jvostóv, el poeta predilecto
del cielo, con sus versos inmortales,
canta el estrago del airado Neva


Pobre, desventurado Eugenio mío…
contra tantas horribles impresiones
no puede más su mente perturbada
ni cesa en sus oídos el estruendo
atronador del Neva y la ventisca.
Lleno de ideas negras, callejea,
callado, obsesionado por un sueño.
Pasaron las semanas y los meses
sin que volviera a casa. Su tabuco,
al vencer el contrato, la patrona
se lo alquiló a un poeta sin dinero.
Eugenio no volvió a coger sus cosas.
Ya todo le es ajeno. Todo el día
vaga sin rumbo y duerme junto al muelle
y se nutre del pan que le regalan.
La ropa de tan vieja se le pudre,
los golfos tiran piedras a su paso.
A menudo la fusta de un cochero
le sacude por ir por la calzada
(¡ya no sabe ni adonde se dirige!)
pues parece que ya nada le importa.
Le envuelve el ruido de su interna angustia,
y así arrastra su vida de infortunio,
sin ser fiera ni hombre, ni viviente
ni fantasma…



Una noche junto al muelle,
se echó a dormir a fines del verano.
El viento era de lluvia. Negras olas
azotaban el muelle con su espuma
golpeando los lisos escalones,
igual que un acusado suplicante
a la puerta de un juez que no le escucha.
El pobre despertó. Ya estaba obscuro.
Llovía, aullaba el viento, y a lo lejos
desde lo más profundo de la noche
le hacía eco el gritar del centinela…
Eugenio pegó un salto. Se acordaba
de aquel terror pasado y, bruscamente,
se puso a andar y andar, pero de pronto
se paró, examinando horrorizado
el lugar donde estaba. Sin saberlo
se halló frente a la entrada de un palacio
en cuya escalinata montan guardia
con la zarpa en el aire suspendida
unos leones que parecen vivos
y justo enfrente, en la sombría cumbre,
sobre su inamovible pedestal,
el ídolo del brazo levantado
vela montado en su corcel de bronce


Se echó a temblar Eugenio. Por ensalmo
se le aclara la mente y reconoce
el lugar del diluvio, (donde el agua,
bullendo en derredor, lo arrastró todo),
la plaza, los leones y El que inmóvil
yergue en la noche la broncínea testa,
Aquel cuya fatídico designio
fundó la capital sobre las olas.
¡Qué terrible parece en la tiniebla!
¡Qué ideas en su frente! ¡Qué energía
se oculta en él! ¡Qué fuego en su caballo!
Orgulloso caballo, ¿adonde corres?
¿Donde se pararán al fin tus cascos?
Y tú, potente dueño del Destino
¿no eres tú, por ventura, quien del fondo
de los abismos, con tu férrea brida
has conseguido encabritar a Rusia?



Rodeando el pedestal del monumento
se acerca el pobre loco, y la mirada
clava en la faz del Zar de medio mundo.
Con el pecho turbado y oprimido
posa en la helada verja la cabeza.
Se le nubla la vista y una llama
le corre por las venas, y la sangre
le empieza a hervir. Se le ensombrece el gesto
ante el soberbio monstruo, le rechinan
los dientes y las manos se le crispan
cuando poseso por obscura fuerza
le susurra con rabia estremecida:
«¡Espérate, arquitecto de milagros!
¡Ya verás!…» y se escapa a la carrera
creyendo que el terrible zar, ardiendo
en ira, la cabeza había girado…





Echa a correr por la desierta plaza
pero escucha tras él, como rugido
del trueno desatado, el poderoso
galope que sacude el pavimento
y, por la luna pálida alumbrado,
con el brazo tendido hacia la altura,
el jinete de bronce le persigue
montado en su caballo retumbante.
Y así toda la noche, el pobre loco,
sin importar adonde caminara,
el jinete de Bronce iba al galope tras él,
con el estruendo de sus cascos.


Desde la noche aquella, si, por caso,
tenía que cruzar aquella plaza,
se leía en su rostro la congoja.
Con la mano crispada sobre el pecho,
como si un cruel dolor le atenazase,
sin atreverse a levantar los ojos,
se quitaba la gorra y se alejaba.


Un islote se ve frente a la costa.
A veces a él arriba con sus redes
un pescador a quien se le hizo tarde
y su mísera cena se prepara.
visita en barca la desierta isla
donde ni hierba crece. La riada
arrastró allá, juguete de las olas,
una casucha rota y renegrida
como una rama echada en la ribera.
Llegó la primavera y se acercaron
a llevársela en barca, aunque estuviera
vacía y destrozada por completo.
En el umbral hallaron a mi loco
y allí mismo a su gélido cadáver
por caridad le dieron sepultura.




Traducción de Eduardo Alonso Luengo
Aquí se puede leer la composición en edición bilingüe





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El Jinete de Bronce es uno de los principales símbolos de San Petersburgo. Representa al Emperador ruso Pedro el Grande, fundador de la ciudad, y fue erigido por Catalina la Grande. Parece increíble pero en 1700, donde hoy está la ciudad no existía más que un delta del río Neva batido por las olas del Mar Báltico. Después de que los rusos vencieran a los suecos en la batalla de Poltava (1708), el Emperador quiso fundar una ciudad-fortaleza parea abrirse al mar y a Europa: "Vendrán barcos de todas las banderas, para tratos y fiestas a porfía". Un titánico esfuerzo que pretendía por sacar a Rusia de la Edad Media y abrirla al racionalismo ilustrado europeo. Para ello invitó a arquitectos y artistas de toda Europa ofreciéndoles grandes contratos para diseñar la más hermosa ciudad de su tiempo, trazar sus canales (tiene más de 80 y se la conoce como la Venecia del Norte) y construir sus plazas y palacios. San Petersburgo alberga numerosas casas-museo que guardan la memoria de los grandes escritores que la habitaron: Pushkin, Gogol, Dostoievsky, Lermontov, Ajmatova, Babel, Nabokov, Brodsky.

La escultura fue erigida en 1782 y presenta al emperador sin espada, en una actitud que irradia nobleza y poder, semejándose a la efigie de Marco Aurelio en el Capitolio. El caballo está pisando una serpiente que simboliza los enemigos del Imperio Ruso. Llama muchísimo la atención el contraste entre la abrupta escarpadura del pedestal y la elegancia de la estatua. La mole de granito sobre la que se encuentra pasa por ser la roca más grande transportada por humanos, sin ayuda mecánica. Y se la conoce con el nombre de la Piedra del Trueno. Según su autor,  Falconet, esta roca en forma de ola simboliza a Rusia como un estado del mar, que era el deseo de su emperador. 
Muchos han cantado las bellezas de San Petersburgo, no así Gógol o Dovstoievski, que la veían ajena a las tradiciones rusas y, sobretodo, construida con la sangre de inocentes anónimos.
El poema cuenta la inundación de la ciudad, el 7 de noviembre de 1824, y la desesperación de un humilde funcionario, Yevgueni, cuando pierde a su prometida en el desastre. Perdida su hacienda y su cordura, en uno de sus vagabundeos se tropieza con la estatua de Pedro el Grande, imprecándole con rabia por construir una ciudad en terrenos tan salvajes e inhóspitos. Alucinado cree que la escultura reacciona altiva y lo persigue por toda la ciudad. Esta obra oscura y plenamente romántica finaliza en una breve y trágica coda.

Desde su primera publicación, las interpretaciones de este poema han sido dispares.
El crítico Vissarion Belinsky lo interpretó como "el fin justifica los medios": el extraordinario esfuerzo de sacar a Rusia de la barbarie se impone al destino individual de sus súbditos.
Otros vieron en el poema una crítica al zar y al sistema social que lo sostenía. Consideran a Eugenio una víctima de una estructura social opresora, ya que el funcionario loco representaría a las masas víctimas de la autocracia.
En menor medida, algunos críticos han leído el poema en términos puramente alegóricos, como una representación simbólica de la conspiración de los Decembristas contra Nicolás I en 1825.
El autor de las ediciones en castellano de poemas de Pushkin en editorial Hiperión, el diplomático Eduardo Alonso Luengo, aventura una interpretación diferente: “Probablemente existe una alegoría de la fuerza de la revolución simbolizada por las aguas desbordadas (que ni la potencia mágica del autócrata puede refrenar), pero el que la sufre no es el propio zar, sino el hombre de la calle que lo pierde todo y enloquece de desesperación” (Alonso, 1997: 32).
"Lo que es cierto es que el poema recoge varios conflictos que se entrecruzan y amplifican: el ser humano frente a la naturaleza, el individuo frente al poder, la fragilidad del deseo ante la fuerza destructora de la muerte, la razón frente a la locura, la vida frente al sueño, la cosmovisión romántica de espectros y desesperación frente a la mentalidad optimista ilustrada de la oda inicial… El texto conserva el poder vivo de todo un clásico, que sigue teniendo cosas que decir a cada nuevo lector. "




Este comentario recoge extractos del Prólogo de Alonso Luego y de la Reseña de Juan Antonio Cardete en LenguasyLiterarutas.com

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