jueves, 15 de mayo de 2014

El PLANTADOR de TABACO - de John Barth



Ninguna InCitación mejor para esta obra que el Prólogo escrito por su traductor, Eduardo Lago.








El Mar de Todas las Historias.-


     "Cuenta John Barth que cuando tenía 12 años soñaba con que algún día llegaría a ser un gran escritor francés. No está del todo claro qué quería decir con eso, aunque resulta de lo más intrigante. Es posible que tuviera en mente a Rabelais, maestro supremo de la sátira burlesca, una de las vetas más prominentes en El plantador de tabaco, obra cumbre de la producción del autor. O puede que estuviera pensando en llevar a cabo un antiguo proyecto de Flaubert, quien durante años le estuvo dando vueltas a la idea de escribir una gran novela que careciera por completo de tema, es decir, a entronizar a la escritura por la escritura, prescindiendo de todo lo demás. (...)
     La literatura y el mar. El arte de navegar y el de contar historias. Ésas son las coordenadas alrededor de las que gravitaría su trayectoria como escritor. En la universidad de Johns Hopkins, el joven Barth tuvo la inmensa fortuna de estudiar con Pedro Salinas, bajo cuya dirección leyó el Quijote. El poeta español dejaría una honda huella en el futuro novelista, no tanto porque los vericuetos narrativos por los que se ramifica sin cesar el discurso cervantino tendrían su contrapartida en las infinitas digresiones características de la prosa barthiana, sino, sobre todo, porque la presencia de alguien como Salinas supuso para el estudiante norteamericano la prueba viviente de que valía la pena consagrar la vida a la literatura. A partir de entonces, los límites entre los dos dominios, el de la vida y el de la literatura, no estuvieron nunca demasiado claros. 
     De sus años en la universidad de Johns Hopkins, Barth afirmó que más que del magisterio vivo de sus profesores, se benefició de la lectura de ciertos textos ancestrales con los que se tropezó de manera fortuita mientras trabajaba archivando manuscritos en la biblioteca del departamento de estudios orientales de la universidad. Sobre todo, ejercieron una gran influencia sobre él los cuentos y anécdotas de la Gesta Romanorum, texto latino compuesto entre finales del siglo XIII y principios del XIV, los diecisiete volúmenes que integran El mar de historias, recopilación de cuentos sánscritos del siglo X, así como diversas obras de Virgilio, los cuentos de Boccaccio y, por encima de todo ello, la traducción de Las mil y una noches realizada por sir Richard Burton a finales del siglo XIX.

     Primera coordenada: el arte de contar historias. Barth solía hablar del terror de Dunzayade, testigo de la lucha que su hermana mayor, Sherezade, entablaba cada noche con la muerte, a la que no podía enfrentarse más que con las armas de la fantasía. Sherezade pasó a ser la musa protectora del escritor. Presencia constante en todas las fases por las que atravesó su obra, la narradora, arquetipo por excelencia del arte de contar historias, jamás estaría demasiado lejos de lo que siglos después hizo su pupilo a lo largo de su dilatada trayectoria. 
     Segunda coordenada: la presencia benéfica del mar, del que el escritor tampoco se alejaría nunca demasiado, un mar doble: el real, cuyos confines delimitan la orillas de la bahía de Chesapeake (cuyas aguas surcó siempre con sumo júbilo y placer el escritor a bordo de una pequeña embarcación de recreo), pero también y sobre todo, el mar metafórico de la literatura, que alberga en su seno el caudal de todas las ficciones que ha sido, es y será capaz de concebir la imaginación humana. El mar de todas las historias. 
   
En lo que supone un gesto cargado de sentido, Barth no repara en el terror primario que se apodera de Sherezade, sino en el que experimenta de manera vicaria su hermana menor, Dunzayade. ¿Qué quiere decir esto? Que le interesa sobre todo lo que te ocurre a ti, lectora o lector. El papel de Dunzayade no es otro que ser testigo de los avatares del relato, la contrafigura que contempla el destino que aguarda a los protagonistas de la historia, aunque con Barth, en realidad, el verdadero protagonista no es Sherezade, como tampoco lo somos Dunzayade, tú y yo, lectora o lector. Con Barth, el verdadero protagonista, el único que puede haber jamás, no es otro que la historia misma. El terror que compartimos con Dunzayade nos sitúa en un plano que hace iguales al silencio y a la muerte. En la poética de John Barth ocupa un lugar central la idea, repetida por el autor hasta el cansancio a lo largo de los años, de que dejar de narrar equivale a morir. Como tabla de salvación contamos con la literatura, por supuesto; frente al terror, el placer de contar una historia, de escucharla, de sumergirse a ciegas en ella. Así las cosas, la pregunta que procede formularse es: ¿a quién representa el sultán Sharyar, señor y verdugo de la contadora de historias? Conmino a quien leyere a que responda. Por lo que al texto se refiere, su función en él es consumar la ejecución de Sherezade no bien ésta termine de referir su historia. Sólo que esto no llegará a ocurrir. El sultán postergará la condena en mil y una ocasiones, y al final, vencido por la belleza de las fábulas que escucha, asistimos a un desenlace feliz. Cabe resumir todo lo anterior en una frase que encierra una verdad inexorable: la literatura no es más que el intento por derrotar a la muerte. 
     Volvamos por un momento al arte de navegar. Si todos los cuentos y novelas que integran el repertorio esencial de la imaginación universal yacen en el fondo del mar, la única metáfora posible para el escritor es la del marinero. El escritor es un pescador de historias, un navegante que surca el piélago incierto que es la noche, paréntesis durante el cual las narraciones, imitando a los humanos que las refieren o, en su caso, escuchan, flotan suspendidas en una dimensión impermeable a la realidad. Se encierra aquí, de manera vertiginosa, el misterio más hondo de la creación literaria: el temor con que el escritor se adentra en los dominios del sueño, pues nada le garantiza que, al despertar, la historia que dejó a medio terminar siga allí, como el dinosaurio de Monterroso. 
     Un paseo por los títulos de Barth arroja como resultado el vislumbre de una prodigiosa arquitectura marina. En Quimera hay un templo que tiene la forma de un Nautilus gigantesco al que se van agregando cámaras o estancias a medida que avanza la historia. En una de las transfiguraciones esenciales de su mundo narrativo, Barth invoca al arquetipo del héroe del mar (Ulises, conocido también por los nombres de Odiseo o Nemo, vocablos griego y latino, respectivamente, que significan nadie), y le confiere el don de convertirse en su contrafigura, es decir, le devuelve el nombre y, con él, la posibilidad de tener una existencia propia, una identidad anclada en lo real. En una novela escrita por Barth en 1991 el capitán del Nautilus deja de llamarse Nadie para convertirse en Alguien: The Last Voyage of Somebody the Sailor, reza en inglés el título de la novela. Ese alguien no es más que un avatar del viejo Simbad, cuya singladura se perpetúa en un viaje final al fondo del océano donde dormitan todas las historias. En cuanto a éstas, veamos lo que ocurre con ellas en el mar de títulos que es la obra de John Barth. 

     El autor de Maryland se inicia en las lides de la escritura en un momento crucial de la historia de la novela norteamericana. La tradición narrativa de aquel país había tenido un arranque formidable a mediados del siglo XIX, con dos narraciones que tienen como trasfondo el mar: La narración de Arthur Gordon Pym (1838), de Edgar Allan Poe, padre a su vez del cuento norteamericano, y Moby Dick (1851), de Herman Melville. Una centuria después, la novela americana se encuentra en una singular encrucijada. Barth explicó bien lo que estaba sucediendo en un ensayo publicado en la revista Atlantic, en 1967, que lleva el título apocalíptico de La literatura del agotamiento, y que no es otra cosa que un manifiesto del llamado (con no mucha fortuna) postmodernismo, una manera de narrar que, si es preciso resumirla en una idea, consiste en expresar una marcada preocupación por la vida interior de las historias: lo que importa no es tanto, o tan sólo, lo que se cuenta, es sobre todo cómo se cuenta. El artículo tuvo una gran repercusión por razones equivocadas. La gente creyó que Barth hablaba del agotamiento de la literatura, cuando lo único que decía era que la novela, el más joven de los géneros literarios y el que más cargado estaba (y sigue estando) de futuro, había quemado una etapa: la del alto modernismo. Joyce y tras él Beckett, y después de ellos Nabokov, uno de los pioneros del nuevo movimiento, habían llevado las cosas a un punto sin retorno. Se trataba ahora de ver por dónde era posible seguir. En el fondo no se trataba más que de llevar a cabo un relevo estilístico y generacional, anteponiendo al vocablo modernismo el prefijo post. Dos autores que circulaban por distintas carreteras habían llegado de manera totalmente fortuita al mismo motel: Vladimir Nabokov, quizá, el primer escritor propiamente postmoderno, y Jack Kerouac, cuya sensibilidad beat no se había desgajado por completo de los modos del realismo. 
(...)
    Lo importante es hacer hincapié en el hecho de que se trata de un mero paso adelante en la cronología del género novelístico: tras la modernidad, algo a lo que nadie supo poner un nombre mejor que postmodernismo (hay quien habla de metaficción, y el término es adecuado, aunque se trata de una forma de jugar con el relato que encontramos ya en Cervantes). 

*    *    * 

Toda la obra de John Barth se puede entender como una gigantesca reflexión, hecha desde el acto narrativo mismo, acerca de los resortes más ocultos capaces de poner en movimiento el mecanismo que provoca el nacimiento de una historia. La relación entre el proceso de la creación y la narración pura fluctúa en sus diferentes realizaciones. El autor inició su andadura como novelista escribiendo una trilogía dedicada a la cuestión del nihilismo, asunto que a la sazón le preocupaba porque estaba en el ambiente. Tanto La ópera flotante (1956), texto un tanto apocalíptico, como El final del camino (1958), título que se puede aplicar tanto a la situación del protagonista como a la de la historia en la que se encuentra (ninguno de los dos sabe cómo seguir), son novelas altamente gratificantes pero menores, que no acaban de romper del todo con la estética de la era anterior. El milagro vendrá con la tercera entrega de la trilogía, El plantador de tabaco (1960), para mí, el título más logrado de toda la carrera de John Barth, y que en modo alguno relaciono ni con el nihilismo ni con ninguna categoría de signo pesimista o negativo. El plantador de tabaco es una de las celebraciones más gloriosas que conozco del arte de novelar y una de sus ejecuciones más brillantes. Más adelante volveré sobre ella. En Giles, el niño cabra (1966), Barth hace coincidir el mundo con los límites de un campus universitario. Sus experimentos sobre las peculiaridades del comportamiento de la unidad narrativa que es una historia considerada de manera aislada, se prolongan en Perdido en la casa encantada, magnífica colección de relatos publicada en 1968. En Quimera (1972) se dan cita tres novelas cortas que reformulan otros tantos mitos: el de Belerofonte, el de Dunyazade y el de Perseo. En Letters (1979), el autor convoca a personajes de sus seis libros anteriores y en Sabático (1982), vuelve sobre los motivos apocalípticos que marcaron sus comienzos como narrador, inoculando en el lector (y en los personajes) la duda acerca de qué acabará antes si el mundo o la novela en cuyo interior nos encontramos. 
(...)

*    *    * 

Supongo que están esperando que les diga algo acerca de El plantador de tabaco, y la verdad es que me gustaría reducir mi intervención al mínimo, más que nada porque de lo que se trata es de que se abandonen a la lectura de este texto prodigioso. 
Pertenece a la muy noble estirpe de la novelas que rondan el millar de páginas, lo cual exige un verdadero compromiso por parte del lector, y salvo que éste haya sucumbido a la enfermedad de nuestro tiempo, caracterizada por la incapacidad de pasar unas largas horas a solas con uno mismo a la vez que en conversación con una gran mente, la lectura de esta novela portentosa proporcionará a quien decida sumergirse en ella un prolongado placer: el de contemplar el despliegue fascinante de una serie interminable de historias maravillosamente bien concatenadas.

Una de las personas que mayor influencia ejerció sobre mí durante la adolescencia fue el profesor de literatura que tuve en el bachillerato. Sus alumnos lo adorábamos. Recuerdo que en una ocasión nos anunció que se disponía a leer de cabo a rabo los tres volúmenes de Las mil y una noches, una edición preciosa, encuadernada en piel, de la editorial Aguilar. Tardó un mes, durante el cual, transformado en portavoz de Sherezade, mantuvo encandilados a quienes tuvimos la fortuna de estar en su clase. Jamás olvidaré la emoción con que, más de treinta años después, di con aquella misma edición en una librería vieja del D. F. Ocurre con algunos libros cuyos títulos no voy enumerar, con la excepción tan sólo del ciclo interminable que son los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido. Digo interminable porque desde los 17 años lo primero que hago nada más cerrar el séptimo volumen es iniciar la lectura del primero y parar en algún momento, para volver al cabo de unos meses o unos años al punto en que lo dejé. De manera parecida, Faulkner regresaba al texto de el Quijote cada cierto tiempo con la intención, decía él, de ver cómo había cambiado su alma desde la última lectura. El plantador de tabaco es una novela extraordinaria, aunque no pertenece al reducidísimo número de libros de gran extensión y envergadura que hacen que el lector sienta la imperiosa necesidad de regresar a él. No alcanza la grandeza de los títulos que acabo de citar, ambos, cristalizaciones de lo más excelso que ha logrado plasmar jamás la imaginación humana, aunque tengo que decir que el viaje que efectué por el texto la única vez que transité por él es una de las experiencias más fascinantes que he tenido en mi larga vida de lector. Claro que lo hice como traductor, la forma más rigurosa de lectura que puede existir. Ahora que lo pienso, El plantador de tabaco es el libro al que más esfuerzo he dedicado jamás. Tardé cinco años en traducirlo, y aún conservo el ejemplar original, pese a que se cae a pedazos. Mientras realicé la traducción viajé a cuatro continentes. Cuando me vine a Nueva York para quedarme en esta ciudad para siempre, me lo traje conmigo. Cuando terminé el trabajo, tomé la decisión radical de no volver jamás a traducir un texto literario (en más de veinticinco años tan sólo ha habido una excepción, no diré cuál). A petición mía, mis mejores amigos se embarcaron en la lectura de mi traducción y todos me lo han agradecido, aunque siempre he detectado en ellos un amago de reproche: en el fondo nadie está muy seguro de querer dedicar tanto tiempo a una novela. Recuerdo que poco después de llegar a Nueva York empecé a dar clases en el City College, en Spanish Harlem. Un día le regalé el volumen recién editado al decano de la facultad donde me habían contratado, un hijo del exilio republicano a quien acabé profesando gran afecto. El venerable profesor miró el volumen con asombro, lo sostuvo en alto como tratando de calcular cuánto podía pesar, debió de efectuar un segundo cálculo consistente en determinar cuánto tiempo le llevaría leer aquello y, por fin, sentenció: «Esto es una falta de respeto al lector». De todos modos, era un regalo, así que no le quedó más remedio que aceptarlo y llevárselo a casa. Al cabo de bastantes meses, no recuerdo cuántos, se acercó al minúsculo cubículo sin ventanas que era mi despacho y, con gran solemnidad, me comunicó que había terminado de leer la novela y quería darme las gracias. 
 (...)
     
*    *    * 

Estos días en los que he repasado lo que se dice de John Barth con el fin de escribir estas líneas, he descubierto que ahora que el autor ha llegado al final de su trayectoria, el consenso entre críticos y lectores con respecto a El plantador de tabaco es que se trata de la mejor novela de John Barth. No seré yo quien lo niegue. ¿Ah, que esto es un prólogo y no he dicho nada del texto? Tienen toda la razón. ¿Por dónde quieren que empiece? Veamos. El plantador de tabaco es una larga narración escrita en clave burlesca, cuyo protagonista, Ebenezer Cooke, virgen y poeta, se basa en un personaje homónimo del siglo XVII. Puedo seguir diciendo que la narración reconstruye la historia de los primeros años de la colonia de Maryland, que se trata de una parodia de la novela dieciochesca, que el personaje histórico en que se basa el protagonista había escrito un poema épico-burlesco titulado El plantador de tabaco, que entre los numerosos textos que integran esta fascinante suma de narraciones figuran seis páginas de insultos que se intercambian dos prostitutas, una inglesa y otra francesa, en sus respectivos idiomas; que en su revisión de las crónicas del pasado se encuentra una reescritura de la Historia General de las Indias, del capitán Smith; que las páginas dedicadas a la travesía transatlántica realizada por Cooke están a la altura de los mejores textos jamás escritos sobre la vida en alta mar. Colonos, indios, leguleyos, rufianes, prostitutas, bebedores, magníficos contadores de historias, todos, con el personaje fascinante de Henry Burlingame III, tutor de Ebenezer, y su hermana gemela, Anne, a la cabeza. También podría decir que las descripciones de las tierras y las marismas de Maryland… ¿De verdad que quieren que les hable de todo eso? O lo que es peor: ¿no querrán que me ponga a perorar acerca de la estruciii, tutor de Ebenezer, y su hermana gemela, Anne, a la cabeza. También podría decir que las descripciones de las tierras y las marismas de Maryland… ¿De verdad que quieren que les hable de todo eso? O lo que es peor: ¿no querrán que me ponga a perorar acerca de la estructura, los cambios de registro, la manera de revisitar la historia, etc.? Ahórrenme tan tediosa labor. Por más que la tilden de metaficcional, postmoderna o cualesquiera otros epítetos malignos a los que son tan proclives los académicos, la novela va de lo único que van las novelas de verdad: contar, con la pureza con que Sherezade quería que se hiciera, una historia prodigiosa tras otra. La novela empieza en la página siguiente: ¿por qué no se sumergen de una vez en su lectura? Arránquenle a quienes han secuestrado su imaginación, apoderándose de la totalidad de su tiempo, un buen número de horas y dedíquenselo al placer estético e intelectual más exquisito que jamás ha tenido a su alcance el ser humano: el de perderse en la lectura de una buena historia…, de un sinfín de historias que yacen en un mar que carece de fondo."



Eduardo Lago





Aquí Una reseña sobre la obra, escrita por Juan Francisco Ferré

lunes, 12 de mayo de 2014

Un HABITANTE de CARCOSA - de Ambrose G. Bierce














Releer a los clásicos de la narración fantástica es un deleite constante al que vuelvo permanentemente. Bierce, Kipling. Stevenson, Chesterton, M.R. James, Schwob, Hawthorne o Saki son la fuente en la que renuevo mi placer.

Cuando empecé a desear los libros de Bierce, incitado por las lecturas de Borges, acababan de publicarse sus "Cuentos de Soldados y Civiles" en Ediciones Guadarrama y fue sin duda uno de mis primeros tesoros. Posteriormente tuve la suerte de ver nacer la editorial Valdemar y gracias a ella he podido reunir una buena colección de volúmenes dedicada al relato fantástico. Sigo fiel a esta editorial que cumple ya ¡26 años!. Su último regalo fue el descubrimiento de Thomas Ligotti.

Bierce, a estas alturas todo el mundo lo sabe, fue soldado en la guerra civil norteamericana y luego periodista furibundo, látigo de políticos corruptos y otras pertinaces lacras humanas como la codicia, la mezquindad o la estupidez. Bitter Bierce fue un pesimista vital y maceró su desesperación en el sarcasmo.

Para el título de esta colección se ha elegido el relato fundacional de la ciudad de Carcosa, una ciudad maldita y antigua que luego retomaría Robert W. Chambers en los relatos de El Rey de Amarillo para hacerla llegar hastal el mismísimo H.P. Lovecraft.
Aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos
Los relatos de Bierce se arman con humor negro, paradojas y realismo. En ellos notamos tanto el polvo de los soldados en la guerra de secesión como el desánimo de los buscadores de oro.
Las apariciones, premoniciones y venganzas del más allá trazan su rastro de sangre y miedo en el rudo paisaje de colinas y cabañas desvencijadas.
Ilustración para "La alucinación de Staley Fleming"  de Marco Chamorro

Su estilo es moderno y claro, sin efectismos góticos. El ojo desapasionado del periodista y topógrafo da cuenta de los hechos. "Un hombre estaba sobre un puente ferroviario en Alabama del Norte viendo el agua que corría rápidamente unos veinte pies más abajo. Tenía las manos atadas con una cuerda por detrás de la espalda. Una soga, sujeta a un macizo travesaño que había sobre su cabeza, le rodeaba el cuello." Así comienza su relato más famoso, "Un suceso sobre el puente en el río Owl".  Pero este registro notarial se afila hasta la estridencia cuando irrumpen las sensaciones más morbosas.
"Ahora estaba en plena posesión de sus sentidos, sobrenaturalmente agudizados y alerta. Algo en el gigantesco trastorno de su organismo los había exaltado y reinado de tal modo que registraban cosas nunca antes percibidas. Sentía los remolinos del agua sobre su cara y los oía aislados mientras le golpeaban. Miró al bosque sobre la orilla del río y vio los árboles uno a uno, con sus hojas y nervios perfectamente definidos. Reconoció los insectos, las langostas, las moscas de cuerpos brillantes, las arañas grises tejiendo sus telas de rama en rama. Advirtió los colores del prisma en las gotas de rocío sobre millones de briznas de hierba." pág 70
Fue amigo personal de Mark Twain y admirador confeso de su modo de escribir "fluido y expeditivo". Por su parte Lovecraft, en su El horror sobrenatural en la literatura, llegó a decir que "muchos de sus relatos son evidentemente mecanicistas y están estropeados por un estilo desenfadado, artificioso y vulgar, procedente de estilos periodísticos". Pero yo creo que el contraste entre el desenfado de su redacción y los terribles hechos que narra, acentúa el carácter sorprendente y terrorífico de los desenlaces.

Los relatos convocan Venganzas procedentes de ultratumba como en El famoso legado Gilson o El dedo corazón del pie derecho, Premoniciones de muertes espantosas como en Una aventura en Bronwille o El secreto del barranco de MacargerApariciones como la que subyuga a El hombre que salía de la nariz o la que surge de entre las sombras en El Desconocido para sumarse al fuego de campamento y relatar unas muertes siniestras. 

Hay relatos que recuerdan a Poe como la máquina pensante que se esconde en El maestro de Moxon o el fantasma de un improbable amor en Al otro lado de la pared. Mientras que trazas de Dickens se entreveran en El solicitante, el cual pretende ingresar en la institución caritativa Hogar para Ancianos. Entre sus líneas aflora el típico sarcasmo bierceano.
"El (superintendente del Hogar) señor Tilbody tenía la convicción firme de que siempre que los fideicomisarios o administradores admitían a ancianos nuevos, para sustituir a los que se habían ido a otro y mejor Hogar, lo hacían claramente con la voluntad de interrumpir su paz y poner a prueba su paciencia. En verdad, cuanto más se iba relacionando con la institución más poderoso era su sentimiento de que el benevolente plan del fundador se veía tristemente perjudicado por el hecho de tener que admitir internos." pág. 97
Lo que no faltan son obras maestras absolutas cuyo impacto será indeleble en nuestra memoria. No hablo sólo del reconocido Un suceso en el puente sobre el río Owl, sino también de la fascinación que te hipnotiza en El hombre y la serpiente y del terror atávico que te atenaza en el cementerio de buscadores de oro de Un terror sagrado.

Al estilo seco y directo del periodista narrando su crónica hay que añadir una ironía jocosa y acibarada.
"Por lo que respecta a la cuestión Gilson, Mammon Hill era prácticamente una piña. Y debe confesarse que en un sentido meramente temporal no le iba todo bien al señor Gilson. Aquella misma mañana había sido conducido a la ciudad por el señor Brentshaw y acusado públicamente de robar caballos; entretanto el sheriff estaba ocupado en El Árbol probando una nueva cuerda de cáñamo mientras el carpintero Pete se afanaba activamente, entre trago y trago, en fabricar una caja de pino de la longitud y la anchura del señor Gilson. Una vez que la sociedad había pronunciado su veredicto, entre Gilson y la eternidad sólo restaba la formalidad decente de un juicio." pág .33
Un clásico para disfrutar.










Ambrose Gwinett Bierce. Al estallar la guerra de Secesión se alistó en las filas unionistas y luchó, entre otras, en las batallas de Shiloh, Stone's River y Chickamauga. Al final de la guerra también participó en una expedición por territorio indio.
Se trasladó entonces a San Francisco donde comenzó a escribir artículos de tono humorístico. Entre 1872 y 1875 vivió en Inglaterra, allí nacieron sus dos primeros hijos y pulió su estilo como escritor en la estela de Swift y Defoe. A finales de 1875, volvió a San Francisco ya con el apodo de Bitter Bierce. Gozó de enorme popularidad fustigando desde su columna la corrupción política, la codicia de los magnates, la hipocresía y la religión.

En 1887 comenzó a escribir en los diarios de William Randolph Hearst, primero en San Francisco y luego en Whasington D.C. Vieron la luz en esa época los libros que le han valido la fama póstuma. Cuentos de soldados y civiles (1892), colección ampliada más tarde con el título En medio de la vida (1909). También publicó colecciones de cuentos sobrenaturales como ¿Pueden suceder tales cosas? (1893). A finales de 1913 y sintiendo el final de su vida se puso en marcha hacia el sur y desapareció en el México insurgente. 

La Guerra de Secesión consolidó su creciente misantropía. Renegaba del espectáculo de una humanidad estúpida y cruel. Amargo y cínico, nos legó su moral en el diccionario satírico The Cynic's Word Book (1906), publicado más tarde como El diccionario del diablo, (1911), donde podemos encontrar:

Cínico: "Un granuja que, en virtud de su visión defectuosa, no ve las cosas como debieran ser, sino como son". 
Cerebro. "En nuestra civilización y bajo nuestra forma republicana de gobierno, el cerebro es tan apreciado que se recompensa a quien lo posee eximiéndolo de las preocupaciones del poder". 
Pleito. "Máquina en la que se entra en forma de cerdo y se sale en forma de salchicha".
Moral. "Conforme a una norma de derecho local y mudable. Cómodo."
Historia. "Relato casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi siempre pillos o por militares casi siempre necios". 
Impunidad: "Riqueza".
Misericordia. "Virtud que aman los delincuentes sorprendidos".
Prójimo. "Alguien a quien nos está ordenado amar como a nosotros mismos, pero que hace todo lo posible para que desobedezcamos".

domingo, 11 de mayo de 2014

FENÓMENO de MEMORIA - de Marcel Proust









"Se lamenta (Proust) de que determinadas personas, algunas incluso muy doctas, desconociendo la composición rigurosa aunque velada de Por el camino de Swann creyeran que la novela era una especie de libro de recuerdos, entrelazados según las leyes fortuitas de la asociación de ideas. "En apoyo de esta mentira", dice Proust, "citaron páginas en las que unas migajas de magdalena mojadas en una infusión me recuerdan toda una época de mi vida. Ahora bien (...), para pasar de un plano a otro me valí sencillamente no de un hecho, sino de lo más puro y valioso que hallé como juntura, un fenómeno de memoria."
Pasa entonces Proust a pedirnos que leamos, por ejemplo, Las memorias de ultratumba, de Chateaubriand, donde nos dice que puede verse perfectamente cómo este autor conocía también ese procedimiento de brusca transición, ese fenómeno de memoria. Estando Chateaubriand en Montboissier, de pronto, oye cantar un tordo. Y ese canto que tanto escuchaba en su juventud, lo retrotrae de inmediato a Combourg, lo incita a cambiar, y al lector con él, de tiempo y de provincia. De inmediato, el lugar de la narración se desplaza.
Manuscrito de Por el camino de Swann - M. Proust -
Ese consejo técnico, este fenómeno de memoria, este procedimiento de brusca transición me ha parecido esta mañana emparentado con la sencillez abrumadora de un procedimiento del que tuve noticia a través de Jean Echenoz, el novelista francés que una noche, en Aviador -un bar de Barcelona, decorado con hélices y escudos, restos de aeropuertos y de catástrofes aéreas-, me habló de bruscas pero eficaces transiciones en sus relatos. "Pasa un pájaro", me dijo. "Lo sigo. Eso me permite ir a donde quiera en la narración." Me pareció una lección muy interesante y a tener en cuenta y recuerdo que me dije que, vistas así las cosas, cualquier línea de un relato podía transformarse, por ejemplo, en un ave migratoria. Tomé nota de todo esto porque me pareció un muy buen recurso para pasar, en el breve instante que dura una frase escrita, a escuchar, sin más, otras voces y otros ámbitos. De hecho, Echenoz aplica su teoría en La aventura malaya, donde el duque Pons maneja unos prismáticos al sur de Asia y al graduarlos ve -de un modo que recuerda esas minúsculas señales que a Gombrowicz le van indicando en Cosmos la dirección del vuelo de la narración-  el vuelo de unas aves migratorias que, ordenadas en punta de flecha -que parece señalar hacia el siguiente capítulo-, van directas hacia París. En consecuencia, y ante semejante desplazamiento instantáneo de la acción, también el lector se ve obligado a hacrse con unos buenos prismáticos.
Esta lección de Echenoz en el bar Aviador la utilicé años después en El mal de Montano para trasladar con rapidez la acción de un paisaje chileno a Barcelona: "Ya en tierra, al mirar hacia lo alto, hacia el cielo sin nubes de San Fernando, vi pasar un pájaro. Lo seguí. Y me pareció que seguirle me permitía ir a donde quisiera, utilizar mentalmente toda mi movilidad posible. No muchas horas después, volaba yo hacia Barcelona...".


pág. 168 y 169 de El mal de Montano
Enrique Vila-Matas. Ed. Anagrama. Barcelona. 2002.

sábado, 10 de mayo de 2014

Un SUCESO en el PUENTE sobre el RÍO OWL - de Ambrose Bierce




I


Un hombre estaba sobre un puente ferroviario en Alabama del Norte viendo el agua que corría rápidamente unos veinte pies más abajo. Tenía las manos atadas con una cuerda por detrás de la espalda. Una soga, sujeta a un macizo travesaño que había sobre su cabeza, le rodeaba el cuello y caía libremente hasta la altura de sus rodillas. Algunos tablones sueltos sobre las traviesas de los raíles servían de base a él y a sus verdugos: dos soldados rasos del ejército federal, al mando de un sargento que en la vida civil podría muy bien haber sido un ayudante de sheriff. A corta distancia y sobre la misma plataforma provisional había un oficial armado que vestía el uniforme de su rango. Era un capitán. A cada extremo del puente se encontraba un centinela con su rifle en posición vertical delante del hombro izquierdo y el cerrojo descansando sobre el antebrazo que cruzaba por delante del pecho: una postura formal y nada natural que obliga a mantener el cuerpo rígido. No parecía misión de estos dos hombres saber lo que estaba ocurriendo en medio del puente; sencillamente bloqueaban los extremos de la pasarela que lo atravesaba. 
Más allá de los centinelas no se veía a nadie; la vía corría durante unas cien yardas hasta un puesto de avanzada que había más adelante. La otra orilla del río era campo abierto y una suave colina se elevaba hasta una empalizada de troncos verticales, con troneras para los rifles y una abertura por la que asomaba la boca de un cañón de bronce que cubría el puente. A medio camino entre éste y el fuerte se encontraban los espectadores -una compañía de infantería formada, en posición de descanso, con las culatas de los rifles en el suelo, los cañones ligeramente inclinados hacia atrás, sobre el hombro derecho, y las manos cruzadas sobre la caña. Junto a la columna había un teniente, con la punta de su sable en el suelo y la mano izquierda descansando sobre la derecha. Salvo los cuatro hombres en el centro del puente, nadie se movía. La compañía permanecía inmóvil mirando en dirección al puente. Los centinelas, de cara a las orillas, parecían estatuas que adornaban el viaducto. 
El capitán, en silencio y con los brazos cruzados, observaba el trabajo de sus subordinados sin hacer un solo gesto. La muerte es un dignatario que cuando se anuncia ha de ser recibido con formales manifestaciones de respeto, incluso por parte de los que están más familiarizados con ella. En el código de etiqueta militar, el silencio y la inmovilidad son formas de deferencia. 
El hombre que iban a ahorcar tenía unos treinta y cinco años. A juzgar por su ropa, propia de un colono, era civil. Sus rasgos eran nobles: nariz recta, boca firme, frente amplia y cabello largo y oscuro, peinado hacia atrás, que le caía por encima de las orejas hasta el cuello de una levita de buena hechura. Llevaba bigote y perilla, sin patillas; sus ojos eran grandes, de un gris oscuro, y mostraban una expresión afable que nadie habría esperado en una persona a punto de morir. Evidentemente no era un vulgar asesino. Pero el código militar prevé la horca para muchas clases de personas, y los caballeros no están excluidos. 
Una vez terminados los preparativos, los dos soldados se hicieron a un lado y retiraron la plancha sobre la que habían permanecido. El sargento se volvió hacia su superior, saludó y se situó inmediatamente detrás de él, que a su vez dio un paso. Estos movimientos dejaron al condenado y al sargento sobre los dos bordes de la plancha que cubría tres de las traviesas del puente. El extremo sobre el que se encontraba el civil llegaba casi hasta la cuarta traviesa, pero sin alcanzarla. La plancha se había mantenido horizontal gracias al peso del capitán; ahora era el del sargento el que cumplía esa misión. A una señal de su superior, el sargento daría un paso, la tabla bascularía y el condenado quedaría colgado entre dos travesaños. El sistema resultaba, a juicio de éste, simple y efectivo. No le habían cubierto la cara ni vendado los ojos. Por un momento consideró su inestable posición; luego dejó que su vista vagara hacia las arremolinadas aguas de la corriente, que fluían enloquecidas bajo sus pies. Un trozo de madera a la deriva llamó su atención y sus ojos la siguieron río abajo. ¡Con qué lentitud parecía moverse! ¡Qué aguas tan perezosas! 
Cerró los ojos para dedicar sus últimos pensamientos a su mujer y a sus hijos. El agua dorada por el sol del amanecer, las melancólicas brumas de las orillas río abajo, el puente, los soldados, el pedazo de madera a la deriva: todo le había distraído. Y ahora era consciente de una nueva distracción. A través del recuerdo de sus seres queridos llegaba un sonido que no podía ignorar ni comprender, un golpeteo seco, nítido como el martilleo de un herrero sobre un yunque; tenía esa misma resonancia. Se preguntó qué era, y no sabía si estaba muy distante o muy cercano, pues parecía ambas cosas. Se repetía regularmente, pero con tanta lentitud como el tañido de un toque de difuntos. Esperaba cada golpe con impaciencia y -no sabía por qué- con aprensión. Los intervalos de silencio se hicieron cada vez más largos; la espera, enloquecedora. A medida que su frecuencia disminuía, los sonidos aumentaban en fuerza y nitidez. Punzaban sus oídos como una cuchillada; temió gritar. Lo que oía era el tic-tac de su reloj. 
Abrió los ojos y vio una vez más el agua. «Si me pudiera desatar las manos -pensó- podría quitarme la ropa y lanzarme al río. Al zambullirme evitaría las balas y, nadando con energía, alcanzaría la orilla, me metería en el bosque y llegaría a casa. Gracias a Dios, está todavía fuera de sus líneas; mi mujer y mis hijos están aún a salvo del invasor.» 
Mientras estos pensamientos, que aquí tienen que ser puestos en palabras, más que producirse, relampagueaban en la mente del condenado, el capitán hizo una seña al sargento. Éste dio un paso. 


II 

Peyton Farquhar era un colono acomodado, miembro de una familia conocida y respetada en Alabama. Propietario de esclavos y, como todos ellos, político, era un secesionista ardientemente entregado a la causa sudista. Circunstancias imperiosas, que no viene al caso relatar aquí, le habían impedido unirse a las filas del valeroso ejército que combatió en las desastrosas campañas que culminaron con la caída de Corinth; irritado por aquella limitación ignominiosa, anhelaba dar rienda suelta a sus energías y soñaba con la vida de soldado y la oportunidad de destacarse. Dicha oportunidad, pensaba, llegaría, como les llega a todos en época de guerra. Entretanto, hacía lo que podía. Ningún servicio era demasiado humilde si con él ayudaba al Sur; ninguna aventura demasiado peligrosa si se adaptaba al carácter de un civil con alma de soldado que, de buena fe y sin muchas reservas, aceptaba al menos una parte del dicho, francamente infame, de que en la guerra y en el amor todo vale. 
Una tarde, mientras Farquhar y su mujer estaban descansando en un rústico banco a la entrada de su propiedad, un soldado a caballo, con uniforme gris, llegó hasta el portón y pidió un trago de agua. La señora Farquhar se alegró de poder servírsela con sus propias y delicadas manos. Mientras iba a buscar el agua, su marido se acercó al polvoriento jinete y le pidió con impaciencia noticias del frente. 
-Los yanquis están reparando las vías -dijo el hombre- y se preparan para seguir avanzando. Han llegado al puente sobre el río Owl, lo han reparado y han construido una empalizada en la orilla norte. El comandante ha ordenado difundir un bando, que se ve por todas partes, declarando que todo civil que sea descubierto entorpeciendo la vía, sus puentes, túneles o trenes, será ahorcado sin más. Yo vi la orden. 
-¿A qué distancia está el puente sobre el río Owl? -preguntó Farquhar. 
-A unas treinta millas. 
-Hay fuerzas en esta orilla del río? 
-Sólo un puesto de vigilancia como a media milla, sobre las vías, y un único centinela a este lado del puente. 
-Supongamos que un hombre, un civil aspirante a la horca, consiguiera eludir el puesto y, tal vez, eliminar al centinela -dijo Farquhar sonriendo-, ¿qué podría conseguir? 
El soldado reflexionó. 
-Estuve allí hace un mes -contestó-. Observé que la inundación del invierno pasado había acumulado mucha madera contra el pilar que sostiene el puente por este lado. Ahora está seca y ardería como la yesca. 
La señora trajo el agua y el soldado bebió. Le dio las gracias ceremoniosamente, se inclinó ante su marido y se marchó. Una hora más tarde, caída ya la noche, atravesaba la plantación hacia el norte, en la misma dirección en la que había venido. Era un explorador del ejército federal. 


III 

Cuando Peyton Farquhar cayó desde el puente perdió el conocimiento, como si ya estuviera muerto. De este estado le despertó -le pareció que siglos después- el dolor de una fuerte presión en la garganta, acompañada por una sensación de ahogo. Sentía punzadas agudas y penetrantes que salían disparadas desde su cuello hacia abajo, a través de cada fibra de su cuerpo. Era como si los dolores relampaguearan a lo largo de líneas de ramificación bien definidas y dieran sacudidas con una frecuencia increíblemente vertiginosa. Parecían lenguas de fuego que le calentaban hasta una temperatura intolerable. 
En cuanto a su cabeza, no era consciente más que de una sensación de presión, debida a la congestión. Pero estas sensaciones no iban acompañadas de raciocinio. La parte intelectual de su naturaleza había desaparecido; sólo podía sentir, y sentir era un tormento. Era consciente del movimiento. Sumergido en una nube luminosa de la que él era el núcleo ardiente, se mecía en increíbles arcos de oscilación, como un enorme péndulo. En un segundo, con rapidez inaudita, la luz a su alrededor se disparó hacia arriba acompañada de una potente zambullida; sintió un espantoso rugido en los oídos y todo fue frío y oscuro. 
Recuperó entonces la capacidad de raciocinio; supo que la cuerda se había roto y él había caído al agua. Ya no se sentía estrangulado; ahora el lazo que rodeaba su cuello le asfixiaba e impedía que el agua entrara en sus pulmones. ¡Morir ahorcado en el fondo de un río! La idea le resultaba ridícula. Abrió los ojos en la oscuridad y vislumbró un rayo de luz sobre él; pero ¡qué distante!, ¡qué inalcanzable! Notó que seguía hundiéndose porque la luz disminuía cada vez más hasta ser sólo un resplandor. Entonces empezó a crecer y a brillar progresivamente, y supo que estaba acercándose a la superficie; lo aceptó de mala gana porque ahora estaba muy cómodo. «Ser ahorcado y ahogarme -pensó-, pase; pero no me gustaría que me dispararan. No, no me matarán a tiros; no es justo.» 
No fue consciente del esfuerzo, pero un dolor agudo en una muñeca le informó de que estaba intentando liberarse las manos. Concentró su atención en este esfuerzo como un observador ocioso podría contemplar las proezas de un malabarista, sin mostrar ningún interés por el resultado. ¡Qué esfuerzo más espléndido! ¡Qué fortaleza tan grandiosa y sobrehumana! ¡Qué hermosa empresa! ¡Bravo! La cuerda cedió; sus brazos se separaron y flotaron hacia arriba, pero las manos apenas se distinguían a la luz creciente. Con renovado interés vio cómo, primero una y luego la otra, se dirigían hacia la soga que rodeaba su cuello. La aflojaron y la lanzaron tan furiosamente que se perdió de vista con un serpenteo como el de una anguila. «¡Átenla otra vez! ¡Átenla otra vez!» creyó ordenar a sus manos, pues al deshacer el nudo había sufrido el tormento más horrible de su vida. El cuello le dolía terriblemente; el cerebro le ardía y el corazón, que había estado latiendo débilmente, dio un gran salto, como si se le fuera a salir por la boca. ¡Todo su cuerpo se estremecía y retorcía con una angustia insoportable! Pero sus manos desobedecieron la orden. Golpeaban el agua vigorosamente, con rápidos manotazos que lo impulsaban hacia la superficie. Notó que su cabeza emergía y que el sol cegaba sus ojos; su pecho se dilató con espasmos y, tras un esfuerzo supremo, sus pulmones se llenaron de un aire que instantáneamente fue expulsado en un alarido. 
Ahora estaba en plena posesión de sus sentidos, sobrenaturalmente agudizados y alerta. Algo en el gigantesco trastorno de su organismo los había exaltado y refinado de tal modo que registraban cosas nunca antes percibidas. Sentía los remolinos del agua sobre su cara y los oía aislados mientras le golpeaban. Miró al bosque sobre la orilla del río y vio los árboles uno a uno, con sus hojas y nervios perfectamente definidos. Reconoció los insectos, las langostas, las moscas de cuerpos brillantes, las arañas grises tejiendo sus telas de rama en rama. Advirtió los colores del prisma en las gotas de rocío sobre millones de briznas de hierba. El zumbido de los mosquitos que bailaban sobre los remolinos de la corriente, el golpeteo de las alas de las libélulas, los chasquidos de las patas de las arañas acuáticas como remos que hubieran levantado un bote: todo se había convertido en música inteligible. Un pez se deslizó ante sus ojos y oyó el roce de su cuerpo partiendo el agua. Había salido a la superficie con la corriente a su espalda; en un momento el mundo visible pareció girar lentamente con él como eje y distinguió el fuerte, el puente, a los soldados sobre él, al capitán, al sargento y a los dos soldados rasos: sus verdugos. Eran siluetas contra el cielo azul. Gritaban y gesticulaban señalándole. El capitán desenfundó su pistola, pero no disparó; los demás iban desarmados. Sus movimientos eran grotescos y horribles; sus formas gigantescas. 
De pronto oyó un estallido seco y algo golpeó el agua a pocas pulgadas de su cabeza, salpicándole la cara. Oyó una segunda detonación y vio a uno de los centinelas con el rifle contra el hombro mientras una nube ligera de color azul salía del cañón. El hombre en el agua vio el ojo del soldado en el puente a través de la mira del rifle. Advirtió que era gris y recordó haber leído que los ojos grises eran los más agudos y que todos los grandes tiradores los tenían. Sin embargo, éste había fallado. 
Un remolino le atrapó y le hizo virar; de nuevo veía el bosque en la orilla opuesta al fuerte. Oyó a sus espaldas una voz clara y enérgica que, con un soniquete monótono, atravesaba el río y desplazaba el resto de los sonidos, incluso el de las ondas sobre sus oídos. Y, aunque no era soldado, había frecuentado suficientes campamentos como para reconocer el tremendo significado de aquel cántico deliberado, lento, aspirado; el teniente que estaba en la orilla se incorporaba a la tarea matutina. ¡Qué fría y despiadadamente, con qué irregular e impasible entonación caían, a intervalos exactos, aquellas crueles palabras, que presagiaban e infundían tranquilidad en aquellos hombres! 
-¡Atención compañía!... ¡Levanten armas!... ¡Carguen!... ¡Apunten!... ¡Fuego! 
Farquhar se zambulló tan profundamente como pudo. El agua rugió en sus oídos como la voz del Niágara y pudo oír el sordo trueno de la descarga. Cuando regresaba a la superficie, se encontró con brillantes trozos de metal, extrañamente aplastados, que descendían oscilando con lentitud. Algunos le rozaron la cara y las manos y continuaron su caída. Uno de ellos se alojó entre su cuello y el de su levita; estaba tan caliente que se lo quitó de encima de una sacudida. 
A medida que ascendía en busca de aliento, se dio cuenta del tiempo que había estado bajo el agua; la corriente le había alejado y le acercaba a su salvación. Los soldados habían cargado de nuevo; las baquetas de metal brillaron al ser retiradas de los cañones, giraron en el aire y se alojaron en las vainas. Los dos centinelas volvieron a disparar, sin éxito. Farquhar, acosado, vio todo esto por encima de su hombro y nadó vigorosamente a favor de la corriente. Su cerebro tenía tanta energía como sus brazos y piernas: pensaba con la rapidez del rayo. 
«El oficial -pensó- no erraría otra vez por exceso de disciplina. Es tan fácil esquivar una descarga cerrada como un único disparo. Probablemente ya ha dado la orden de disparar a discreción. ¡Que Dios me ampare, no puedo esquivarles a todos!» 
Un estallido impresionante a dos yardas de distancia fue seguido por una potente ráfaga que, diminuendo, parecía desplazarse por el aire en dirección al fuerte, y acabó con una explosión que sacudió el río hasta sus profundidades. Una cortina de agua se levantó ante sus ojos, cayó, le cegó y le estranguló. El cañón había entrado en juego. Mientras sacudía la cabeza para librarse de la conmoción, oyó el disparo desviado silbando por el aire, y en un instante vio cómo arrancaba y aplastaba las ramas en el bosque. 
«No harán eso de nuevo -pensó-. La próxima vez emplearán una carga de metralla. Debo vigilar el cañón; el humo me avisará: el ruido de la detonación llega demasiado tarde; va detrás del proyectil. Como en todo buen cañón.» 
De repente se vio dando vueltas y vueltas, girando como una peonza. El agua, las orillas, los bosques, el puente, ahora lejano, el fuerte y los hombres: todo se entremezclaba y confundía. Los objetos sólo eran representados por sus colores; todo lo que percibía eran bandas circulares y horizontales de color. Había sido atrapado en un remolino y giraba a una velocidad que le mareaba y descomponía. Poco después era lanzado sobre los guijarros de la ribera izquierda del río -la orilla sur-, detrás de un saliente que le ocultaba de sus enemigos. La quietud inesperada y el arañazo de una de sus manos contra las piedras le hicieron volver en sí y lloró de alegría. Clavó sus dedos entre los cantos, los lanzó sobre sí a manos llenas y los bendijo en voz alta. Parecían diamantes, rubíes, esmeraldas; no podía pensar en nada bello a lo que no se parecieran. Los árboles de la orilla le parecían enormes plantas de jardín; encontró un orden definido en su disposición, aspiró la fragancia de sus flores. Una extraña luz rosada brillaba a través de los espacios entre los troncos y el viento tañía en sus ramas la música de las arpas eólicas. No tenía ganas de culminar su huida; se encontraba satisfecho de poder quedarse en aquel lugar hasta que lo volvieran a capturar. 
Un zumbido y el tableteo de las ráfagas sobre su cabeza le despertaron de su ensueño. El frustrado artillero le había disparado un adiós, al azar. Se incorporó de un salto, subió con rapidez la pendiente y se perdió en el bosque. Caminó durante todo el día guiándose por el sol. El bosque parecía interminable: no pudo descubrir ni un claro, ni siquiera un sendero de leñadores. No sabía que vivía en una región tan frondosa. La revelación resultaba algo enternecedora. 
Al caer la noche estaba agotado, tenía los pies doloridos y un hambre atroz. El recuerdo de su mujer y de sus hijos le alentaba a seguir adelante. Por fin encontró un camino que iba en la dirección que él sabía correcta. Era tan ancho y recto como una calle y sin embargo nadie parecía haber pasado por él. Ningún campo lo bordeaba y no veía ninguna casa por los alrededores. Sólo el ladrido de algún perro sugería una posible presencia humana. Los negros cuerpos de los árboles formaban una pared cerrada a ambos lados que terminaba en un punto del horizonte, como en un diagrama de una lección de perspectiva. Sobre su 
cabeza, a través de la abertura del bosque, brillaban grandes estrellas doradas que le resultaban desconocidas y se agrupaban en extrañas constelaciones. Estaba seguro de que se encontraban dispuestas en un orden cuyo significado era secreto y maligno. El bosque estaba lleno de ruidos singulares, entre los cuales -una y otra vez- pudo oír, claramente, susurros en una lengua desconocida. 
Le dolía el cuello, y al acercar la mano lo notó terriblemente hinchado. Se dio cuenta de que tenía un hematoma donde la soga le había apretado. Sus ojos estaban congestionados y no podía cerrarlos. Tenía la lengua hinchada por la sed; alivió su fiebre sacándola por entre los dientes, al aire fresco. ¡Con qué suavidad la hierba había alfombrado la desierta avenida! ¡Ya no sentía el camino bajo sus pies! 
A pesar de su sufrimiento, se debió quedar dormido mientras caminaba, porque ahora ve otra escena: quizá sólo se ha recuperado de un delirio. En este momento está frente al portón de su propia casa. Las cosas están tal y como las dejó y todo es brillante y hermoso a la luz de la mañana. Debe de haber caminado durante toda la noche. Cuando empuja el portón y entra en el camino ancho y blanco ve un revoloteo de prendas femeninas; su mujer, fresca y dulce, baja de la terraza para recibirle. Le espera al pie de los escalones con una deliciosa sonrisa de alegría y una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Qué bella 
es! Se lanza hacia ella con los brazos extendidos. Cuando está a punto de estrecharla siente un golpe seco en la nuca; una luz cegadora lo inflama todo a su alrededor con el estruendo de un cañón. Después, todo es oscuridad y silencio. 

Peyton Farquhar estaba muerto; su cuerpo, con el cuello roto, se mecía suavemente de un lado a otro bajo las traviesas del puente sobre el río Owl.





Ambrose Gwinett Bierce fue definido en 1927 por H. L. Mencken (1880-1956) como «el primer escritor de ficción en tratar la guerra de forma realista». En él se conjugan manifiestamente el dominio narrativo y la experiencia bélica. No en vano participó como soldado en la batalla de Shiloh (más de 20.000 muertos), Stone River y Chickamauga. La guerra y sus horrores catalizaron su deseo de aventura y su fascinación por la muerte. El mismo deseo que le arrastró hacia un México incendiado por la revolución al final de su vida. En una carta dice: "Si oyeras que me han puesto ante un paredón mexicano y me han fusilado hasta la desfiguración, piensa por favor que es una bonita manera de despedirse de esta vida. Evita la vejez, la enfermedad o la caída por la escalera del sótano. Ser un gringo en México, ah, esto es eutanasia."
«An Occurence at Owl Creek Bridge» es su cuento más famoso, inspiración incluso de varias películas. Se publicó en el periódico de William Randolph Hearst The San Francisco Examiner en julio de 1890, apenas unas semanas antes de la primera ejecución por electrocución de la historia, la de William Kemmler en Nueva York. Fue recopilado más tarde en Cuentos de soldados y civiles(1891) y En medio de la vida (1909) . 
El relato tiene un estilo riguroso y preciso, deudor seguramente de la formación de Bierce como topógrafo. Las descripciones poseen el rigor de una contabilidad y sin embargo se trata de una narración de corte fantástico preñada de ambigüedades y equívocos. En el cuento se da una evolución desde lo general a lo específico, desde lo descriptivo a lo paradójico. 
De hecho el contraste y la paradoja son elementos constitutivos del texto. Farquhar, el protagonista, es un civil en un entorno bélico, "llevaba bigote y perilla, sin patillas; sus ojos eran grandes, de un gris oscuro, y mostraban una expresión afable que nadie habría esperado en una persona a punto de morir. Evidentemente no era un vulgar asesino. Pero el código militar prevé la horca para muchas clases de personas, y los caballeros no están excluidos. "
Pero el contraste más agudo lo encontramos entre el condenado, hierático en la horca, y sus pensamientos que descargan como relámpagos. A los recuerdos de su familia y su vida se suman unas sensaciones minuciosas: "Advirtió los colores del prisma en las gotas de rocío sobre millones de briznas de hierba. El zumbido de los mosquitos que bailaban sobre los remolinos de la corriente, el golpeteo de las alas de las libélulas, los chasquidos de las patas de las arañas acuáticas como remos que hubieran levantado un bote: todo se había convertido en música inteligible. Un pez se deslizó ante sus ojos y oyó el roce de su cuerpo partiendo el agua."
A través de estas sensaciones, que aparecen como paralizadas en el tiempo, llegamos a lo más esencial del relato, la percepción del tiempo. En un momento tan álgido como el de la muerte, la narración se desdobla magistralmente entre el tiempo real y el psíquico. Posteriormente abundarían en ello dos maestros como Borges y Leo Perutz. El primero con su relato El milagro secreto y el segundo con su novela Mientras dan las nueve. Aunque el primer relato que jugó con la extensión del tiempo psíquico quizás sea El brujo postergado, de Don Juan Manuel.

Hay una página web para el estudio crítico de Bierce: AmbroseBierce.org

miércoles, 7 de mayo de 2014

INSIDE - de Trevor Sands

Intensos laberintos de la mente afloran en este corto alrededor de una simple mesa. 
Una personalidad resquebrajada exuda por sus intersticios múltiples presencias perturbadoras. La doctora que entrevista al enfermo ha de imponerse al girigay de sus múltiples personalidades. ¿Hasta qué punto?




Inside se realizó como una pieza de relojería de cinco minutos. El escritor Eric Gewirtz con sólo unas líneas y el director Trevor Sands en el espacio mínimo de una celda, nos abisman a los misterios de la mente. Deslumbran los planos donde varias personalidades hablan al unísono y el giro final es portentoso. Sus autores lo veían como "un episodio perdido de The Twilight Zone".

Me hizo recordar la entretenida película "Identidad" de James Mangold, con John Cusack y Ray Liotta.