lunes, 12 de mayo de 2025

HUÉRFANOS de BROOKLYN - de J. Lethem



Podríamos considerar este libro como una versión moderna de la novela negra más clásica. Al fin y al cabo tenemos una trama de corrupción, sicarios, una femme fatale y un detective pequeño investigando un asunto que se va haciendo cada vez más grande hasta conducirle a la cúspide del crimen organizado y corporativo de una ciudad. También es una pesquisa que no busca más rentabilidad que el deber; ya que el  detective se considera obligado a indagar sobre la muerte de un amigo recién asesinado. El círculo se estrecha si digo que Lethem cita en su novela a El halcón maltés de Dashiell Hammett y a El sueño eterno de Raymond Chandler.

Aunque hay que decir que el detective narrador no es el clásico. No tiene el glamour de un tipo duro que suelta frases cínicas y arrasa con las mujeres. Tampoco lleva gabardina, ni es un empedernido borracho. Lionel Essrog es uno de los detectives privados más insólitos de la novela negra porque padece el síndrome de Tourette; lo que le hace soltar "palabros", insultos e inconveniencias en los momentos más inoportunos. También besa a la gente o les toca el hombro compulsivamente y se obsesiona con el número seis. Todo un bicho raro al que su jefe no dudaba en llamar "engendro". Él mismo tiene claro en qué lo convierte su trastorno, "un charlatán de feria, un subastador, un artista de performance del centro, un hablante ambiguo, un senador ebrio de filibusterismo». Pero que nadie se llame a engaño, Essrog tiene una mente despierta, una memoria de elefante y su enfermedad le regala una ventaja para interpretar el lenguaje verbal y corporal de la gente. Su necesidad obsesiva de encontrar patrones se convierte en un activo para desentrañar la muerte de su amigo y jefe Frank Minna. 
 


Como muchos libros del género, este comienza con la muerte de un detective por meter las narices donde no le llaman. El cadáver de Frank Minna aparece entre la basura y la agencia de detectives que dirige queda paralizada. Allí trabaja Essrog y otros tres compañeros. Ellos son los Hombres Minna, cuatro huérfanos adolescentes a quienes Minna rescató del hospicio St. Vincent para trabajar en principio en su empresa de mudanzas (presuntamente de objetos robados). Pero los chanchullos de Minna le llevan a tener que salir por piernas cuando un día le destrozaron la furgoneta. Cuando reaparece un par de años más tarde es para reconvertir su empresa en una agencia de detectives en la que los cuatro huérfanos hacen de todo sin preguntar nada.
"Los hombres Minna conducen coches. Los hombres Minna escuchan las líneas grabadas. Los hombres Minna se quedan detrás de Minna, con las manos en los bolsillos, con aspecto amenazador. Los hombres Minna llevan dinero. Los hombres Minna recogen paquetes. Los hombres Minna siguen instrucciones...".
Essrog se lo debe todo a Minna y está dispuesto a tirar del hilo para saber en qué estaba metido y quién le mató. Pero la compleja red de turbios negocios que tejió su jefe no se lo va a poner fácil.

Lionel no es el único personaje que delata una visión moderna de la trama detectivesca; también hay una malvada corporación japonesa, unos monjes budistas que actúan como matones de la mafia y un omnipresente gigantón polaco devorador de kumquats. Todo ello sin contar con un personaje que lo permea todo, el propio barrio de Brooklyn.
"La calle Court de Minna era el viejo Brooklyn, una superficie plácida e intemporal, llena de conversaciones, tratos e insultos casuales, una maquinaria política de barrio con dueños de pizzerías y carnicerías y reglas no escritas por doquier. Todo era palabrería excepto lo que más importaba: los acuerdos tácitos."


Las primeras indagaciones de Lionel pronto le revelarán que Frank no era un gánster de poca monta como parecía, sino un verdadero tiburón que se movía en lo más profundo de los bajos fondos de Brooklyn. La lista de sospechosos es larga y empieza por lo más cercano, la mujer de Frank, llena de indiferencia ante la muerte de su esposo; y su hermano Gerald, con quien mantenía una relación muy turbulenta. Todo eso sin olvidarse de un par de ancianos italianos llamados Matricardi y Rockaforte que parecen los verdaderos capos tras la fachada de Minna.

A medida que Lionel se adentra en los secretos de Minna tanto las preguntas como los peligros se multiplican. ¿Por qué Frank se construyó una habitación secreta y qué significan esos archivos con proyectos de construcción y transacciones bancarias crípticas? ¿Por qué, al enfrentarse a Matricardi y Rockaforte, esos mafiosos vejestorios aprueban su búsqueda pero sugieren que lo primero es encontrar a la esposa fugitiva, Julia Minna? ¿Quién es el misterioso Roshi, un maestro zen estadounidense con quien Minna pasó su última noche? ¿Por qué insistió Minna en que le telegrafiaran para esa reunión? ¿Y qué papel desempeña en este asunto un grupo de monjes japoneses de la Corporación Fujisaki?

Lionel acabará percatándose de que cuanto más profundiza, la conspiración se muestra más amplia, hasta que una enigmática llamada de pronto le coloca en el camino correcto; el que le conduce a una conspiración al más alto nivel del crimen organizado, la corrupción política y la lucha por el poder.



Sin abandonar los esquemas clásicos de la novela policíaca, Lethem logra sumergirnos más allá de los antros y callejones de Brooklyn, hasta hacernos navegar por los vericuetos de una mente paradójica donde los pensamientos se mezclan y enredan sin cesar.

El libro es sumamente ingenioso y muy disfrutable, pero también encierra un gran poso. Por lo menos en dos sentidos. Uno es que el camino hacia la revelación que emprende Lionel se convierte también en un camino de aprendizaje para él. La investigación no sólo le acercará a resolver el asesinato de Frank, sino también a conocer más sobre sí mismo y las fortalezas que pueden acompañar a su singularidad. Los desafíos que afronta pondrán a prueba sus habilidades como detective, pero también afilarán su mente desde esa atalaya tan particular que es su modo de percibir el mundo.

El otro bagaje que porta el libro es el lenguaje en que está escrito, condicionado por la enfermedad de su protagonista y narrador. Él es quien nos cuenta la historia en primera persona y a veces la narración parece caótica; pero no nos equivoquemos, la singularidad que introduce el autor no es una simple boutade, sino un mecanismo de enorme potencia literaria. El propio Lethem lo ha subrayado: «Siempre he tenido un elemento de juego de palabras joyceano en mis libros, algunos personajes que controlaban el balbuceo o la espuma por la boca. Empecé a preguntarme adónde quería llegar y qué estaba evitando al mantenerlo tan controlado. El síndrome de Tourette me dio la oportunidad de poner el juego de palabras y la asociación libre en primer plano».



Los chispazos verbales que atraviesan el relato son reveladores del proceso mental del protagonista, de ahí que los galimatías, anagramas y juegos de palabras acaban teniendo un ritmo propio que asume el lector como parte de la trama. Es verdad que una lectura así exige una mayor implicación (aunque no pocas veces te provocan carcajadas), ya que el lector ha de sintonizarse con esa jerigonza tan particular; pero el que lo haga percibirá el meollo del asunto, ya que el síndrome de Tourette se revelará como una metáfora de la condición humana. Lionel siempre lo describe como algo ajeno a él, un mecanismo autónomo de su cabeza; lo que nos recuerda la dualidad en que vivimos, la lucha que mantenemos con nuestro interior. Asunto del que también Lethem era consciente.
"Las conspiraciones son una versión del síndrome de Tourette: la creación y el rastreo de conexiones inesperadas son una especie de susceptibilidad, una expresión del anhelo de tocar el mundo, de impregnarlo de teorías, de acercarlo. Al igual que el síndrome de Tourette, todas las conspiraciones son, en última instancia, solipsistas: el paciente, el conspirador o el teórico sobreestiman su centralidad y ensayan constantemente un deleite traumático en la narración, el apego y la causalidad, en caminos de escape de la Roma del yo."



Así empieza esta apasionante historia.
                 




           ENTRA UN TIPO 


El contexto lo es todo. Disfrázame y verás. Soy un voceador de feria, un subastador, un artista de performances del centro de la ciudad, un experto en lenguas ignotas, un senador borracho de maniobras dilatorias. Tengo el síndrome de Tourette. Mis labios no paran, aunque sobre todo susurro y murmuro como si leyera en voz alta mientras mi nuez sube y baja y el músculo de la mandíbula late como un corazoncito escondido bajo la mejilla pero sin emitir ningún sonido; las palabras se me escapan en silencio, meros fantasmas de sí mismas, cáscaras vacías de aliento y tono. (De ser un villano de Dick Tracy, tendría que ser Mumbles.) Las palabras se precipitan fuera de la cornucopia de mi cerebro en esta forma limitada para pasearse sobre la superficie del mundo, haciéndole cosquillas a la realidad como los dedos a las teclas de un piano. Acariciando, toqueteando. Son un ejército invisible en misión de paz, una horda pacífica. No tienen malas intenciones. Apaciguan, interpretan, masajean. Por todos lados suavizan imperfecciones, devuelven pelos despeinados a su lugar, forman filas de patos y reponen terrones gastados. Cuentan y sacan brillo a la plata. Dan amables palmaditas a la espalda de las ancianas y les arrancan sonrisas. Solo — ahí está el problema— cuando se encuentran con una perfección excesiva, cuando la superficie ya ha sido pulida, los patos ordenados y las viejas damas complacidas, mi pequeño ejército se rebela y entra por la fuerza. La realidad necesita algún que otro error, la alfombra ha de tener algún defecto. Mis palabras empiezan a tirar nerviosamente de las hebras buscando asidero, un punto débil, una oreja vulnerable. Entonces llega la urgencia de gritar en la iglesia, en la guardería, en el cine abarrotado. Empieza con una comezón. Sin importancia. Pero pronto la comezón es un torrente atrapado tras un dique a punto de reventar. El diluvio universal. Mi vida entera. Ya vuelve. Anegándote las orejas. Construye un arca. —¡A la mierda! —grito.





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Buscando información sobre el libro llegué al comentario de un afectado por el síndrome de Tourette. Su opinión es descorazonadora, pero recomienda el libro por su autenticidad.


"No puedo imaginarme el libro escrito ahora. Los críticos se rebelarían. Aun así, basándome en las historias contadas por la gente de mi grupo de Facebook —esas personas con tics más disruptivos que los míos: maldiciendo, agitando los brazos, golpeando, gritando— ese desprecio por el trastorno sigue siendo rampante. Lo oigo en mi cabeza aunque nunca lo oiga en voz alta."Huérfanos de Brooklyn" es un libro sincero, y lo odié muchísimo. No necesito tanta fealdad en mi vida. No necesito que Jonathan Lethem, que no tiene síndrome de Tourette, me diga que soy un bicho raro. Me siento así todos los días.
Agradezco que hayas leído esto hasta el final. Si más personas comprenden el síndrome de Tourette, aumentará la aceptación (o la menor tolerancia). Escribir una historia como esta es la única manera que conozco de ayudar. Por favor, compártela con quienes creas que la puedan necesitar."

HUÉRFANOS de BROOKLYN - de Edward Norton



Cine negro de estilo clásico aunque con falta de ritmo, amargura y acción. Es una adaptación respetable del libro homónimo —cuya acción traslada a los años 50— que contiene además una magnífica interpretación del protagonista y director; pero el resultado es un tanto plano, con multitud de diálogos y subtramas que hacen caer la tensión.

Desde que leyó el libro de Jonathan Lethem, Norton quedó prendado. Se hizo con los derechos de adaptación y empezó a levantar lo que prometía ser una obra grandiosa que aunaba una trama de corrupción institucional y un protagonista muy singular con los radicales cambios que dieron forma a la ciudad de Nueva York a mediados del siglo XX. Pero se ha quedado a mitad de camino, lo cual no la descalifica. Sin ser magistral he disfrutado mucho viéndola. Tiene una trama atractiva y consistente, una soberbia ambientación que recrea la Nueva York de los años 50 y una banda sonora envidiable ya que fue una de las obsesiones de Norton. Se la debemos al músico Daniel Pemberton, recompensado con una nominación a los Globos de Oro, y cuenta con el tema "Daily Battles", compuesto por el músico y amigo de Norton, Thom Yorke.

Y no es lo único. La voz en off del detective guiándonos por los vericuetos de la investigación subraya la textura clásica de la cinta que, sin abandonar el esquema del cine negro nos acaba hablando de algo tan actual como el racismo, la discriminación y la gentrificación de nuestras ciudades.






Por la maravillosa ambientación de esa Nueva York gélida en los años 50 y por la trama que acaba aterrizando en uno de los magnates que forjó su urbanismo me recuerda a un clásico de envergadura como es la propia Chinatown de Roman Polanski. Allí la política y la historia local de Los Angeles servía de fondo corrupto a un drama familiar no menos turbio. Aquí el entorno es la corrupción urbanística que acabó forjando la actual Nueva York. 

Lionel Essrog es un detective privado que padece el síndrome de Tourette. Trabaja en la agencia que dirige su amigo y mentor Frank Minna (Bruce Willis) el cual, inesperadamente, es asesinado durante un trabajo. Lionel y los otros tres compañeros de la agencia fueron rescatados por Minna de un orfanato católico de Brooklyn, de modo que se siente obligado a investigar su asesinato. Los indicios le llevan hasta una abogada activista, Laura Rose (Gugu Mbatha-Raw) y su padre, dueño de un club de jazz en Harlem. Ellos encabezan la resistencia ciudadana a un proyecto municipal que empuja a los pobres (preferiblemente negros y judíos) fuera de sus barrios para favorecer ambiciosas operaciones urbanísticas. Detrás de todo ello está el poderoso funcionario público Moses Randolph (Alec Baldwin) —basado en el controvertido constructor Robert Moses, promotor histórico de muchos de los puentes y parques de Nueva York—. 





Essrog es un detective de lo más peculiar y él mismo nos avisa nada más empezar. "Tengo el síndrome de Tourette", nos dice, para prepararnos ante sus diálogos atropellados. Su cabeza va a mil por hora y mientras escucha puede saltar con un ¡"A la mierda!" o una asociación de ideas de lo más extravagante. Tampoco sus manos pueden quedarse quietas y no puede evitar tocar compulsivamente el hombro de su interlocutor. Es una lástima que Norton no haya logrado trasladar a la pantalla la profundidad simbólica del síndrome de Tourette y los procesos mentales de Essrog, que son una parte esencial del libro. 

Aunque sí hay que agradecerle que no haya aprovechado los tics y la explosividad verbal del personaje para convertirlo en una caricatura. Su interpretación está muy medida y resulta de lo más brillante. Al fin y al cabo acompañamos a Lionel en todas sus pesquisas y lo vemos crecer como detective. Al principio sus ocurrencias nos provocan la risa, pero poco a poco llegaremos a apreciar su destreza para gestionar situaciones comprometidas a pesar de las cargas que impone su condición.
 


El asesinato de Frank obligará a Lionel a sumergirse en una compleja trama, sembrada de trampas, amenazas y favores. Los despachos y antros que tendrá que visitar le brindarán una idea de Brooklyn muy distinta de la que él creía conocer. El guión del propio Norton nos marea un poco con un desfile interminable de personajes, pero logra arribar a puerto para presentarnos en todo su esplendor al gran Moses Randolph. Él será el encargado de soltarnos un discurso de lo más descarnado sobre cómo los poderosos y visionarios deben ejercer el auténtico poder.

Alec Baldwin interpreta al constructor Moses Randolph, muy evidentemente inspirado en Robert Moses (1888-1981), un funcionario federal no electo que derribó barrios enteros de Nueva York para favorecer las vías automovilísticas construyendo autopistas y puentes. Es verdad que también construyó docenas de parques, centros cívicos y salas de exposiciones; pero "casualmente" los barrios que arrasaba estaban habitados por gente trabajadora y pobre, mayoritariamente no blanca. Después de desplazar a cientos de miles de ellos encontró su waterloo en la cancelación de la autopista Lower Manhattan, que habría atravesado Greenwich Village y el SoHo, expulsando a 2.000 familias de sus hogares, obligando a cerrar más de 800 negocios y a dividir el querido Washington Square Park. 



En ese discurso ante Essrog y en la reunión previa de afectados por la planificación urbanística, donde varios ciudadanos confrontan con los funcionarios por representar más al dinero que a la democracia, está el corazón palpitante de esta película. 

jueves, 8 de mayo de 2025

WARFARE - de R. Mendoza y Alex Garland

EEUU, 2025


Esta película es una mina antipersonal. 
Si sacas la entrada será como pisarla y te explotará en la cara.
La película tiene la ambición de mostrar la guerra moderna tal cual es, 
en acción y tiempo real.
Con la deshumanización como punto clave. 
Los soldados americanos no tienen historia, ni fotos de su chica, ni sonríen con indiferencia ante la muerte. 
Tampoco el enemigo tiene historia. 
Los guerrilleros iraquíes son un simple punto blanco que se mueve en el mapa del satélite espía. 

La acción se basa en las experiencias reales, en la guerra de Irak, del ex marine Ray Mendoza,  codirector y coguionista de la película. 

Un pelotón de comandos SEAL llega por la noche, en silencio, a una ciudad iraquí. Asaltan un casa y se instalan en ella, montando un nido de francotiradores, para dar apoyo a una operación de los marines. Allí escondidos esperan acontecimientos mientras vigilan las calles y los bares. Pero tras unas horas sospechan que los han detectado y que el enemigo se prepara para acorralarlos. El silencio de estos primeros veinte minutos te corta la respiración, hasta que de pronto es roto por la explosión de una granada que se cuela por un ventana.
Ahí empieza el jaleo en esta película claustrofóbica.




La cámara (y nosotros con ella) estamos en la misma habitación donde se produce una explosión que nos deja aturdidos. También estamos pegados a los soldados que empiezan a disparar atronadoramente.
Todo resulta violento y abrumador.
Pero eso ya lo hemos visto en Black Hawk derribado (Ridley Scott), en la más reciente Civil War (del propio Alex Garland), en Hasta el último hombre (de Mel Gibson) o en Salvar al soldado Ryan (de Steven Spielberg), película que inauguró esta forma de presentar la guerra con una crudeza visceral.

La película de Garland y Mendoza quiere llegar más allá y ser realista hasta las últimas consecuencias. Hay muchos momentos de tensa espera, desorientación y hasta de tedio absoluto. Los soldados repiten mecánicamente las consignas para reconocerse: ¡¡dos minutos!! gritan todos a la vez, como autómatas.
No hay música que endulce esos terribles momentos.
No hay bromas, ni dudas, ni épica.
Y la sorpresa...Tampoco hay muertos (bueno, solo uno).
La guerra, más que muertos, deja mutilados físicos y psicológicos.




Cualquiera que no conozca la guerra y lea las noticias se sorprenderá cuando tras un ataque con aviones y no sé cuantas bombas el resultado que nos refiere el telediario es....4 muertos. Habituados a la ficción de las películas esperaríamos 20 o 30 cadáveres. 
Pero las películas no muestran la guerra tal como es. Ya lo dijo el director Alex Garland en una entrevista: "El cine posee una habilidad malsana para convertir todo en sexi, incluso la guerra".

Pongamos un dato. EEUU invadió Irak en marzo del 2003 con la estafa de las armas de destrucción masiva como excusa. En diciembre de ese mismo año los soldados capturaron a Sadam Husein; pero la guerra se alargó hasta 2011. 
Durante esos 8 años murieron en combate más de 4.600 soldados estadounidenses. Parecen pocos para 8 años de bombardeos y francotiradores... pero hay que añadir varios miles más que murieron por suicidio tras regresar a casa. La que sería una guerra relámpago de tres semanas para llevar la democracia y la libertad a Irak se prolongó durante 8 años y dejó brutales consecuencias: más de 100.000 civiles muertos, según la organización Iraq Body Count (IBC), y un país sumido en el caos.

Esto es lo que nos muestra esta película concentrada y terrible. 
La guerra no arregla nada. 
Sólo produce muertos, mutilados y destrucción.
Esta es la conclusión que el director quiere trasladar a la sociedad actual que vive tiempos tan convulsos: "Ahora que estamos mucho más cerca de la guerra total de lo que hemos estado en mucho tiempo, es positivo pensar en esta realidad y en lo que puede pasar con la gente joven cuando se le envía a la guerra. Quizá mueva a la gente a ser razonable". 


Lo que pasa es que a pesar de este alto valor testimonial, la película se me queda corta. Primero porque no tiene ningún contexto ni discurso, sea político o antibelicista. Aunque también cabe pensar que el mensaje es la bofetada: esto es la guerra, a palo seco, absurda. Lo segundo es por la ausencia de drama personal. Nada sabemos de los soldados que, ni ante la amenaza de muerte, se confiesan a sus compañeros. Los soldados sólo son cuerpos que el poder lanza a la trituradora, parece transmitirnos la cinta. Aunque quizás también sea este otro valor de la película; decirnos la guerra nos convierte en nadie. 

Y lo tercero es porque la película concluye su recorrido traicionándose. Ante la situación desesperada del pelotón, llega un segundo comando con un líder clásico al frente que resuelve el trance con determinación y una gran capacidad de liderazgo. Es decir, la situación se resuelve volviendo al relato de siempre, ninguneando a los iraquíes (tanto a los guerrilleros como a la familia que destrozan la casa) y mitificando al héroe americano. 

jueves, 1 de mayo de 2025

LOS PECADORES - de Ryan Coogler



Esta es una película de vampiros en territorio del gótico sureño atravesada por un potente retrato del racismo en EEUU y una apasionante oda a la espiritualidad de la música y al poder evocador del blues. ¿Qué tipo de audacia se necesita para integrar tan distintos asuntos y conseguir una gran película? Pues la que tiene Ryan Coogler sin duda, porque aquí lo ha logrado y a nosotros sólo nos queda disfrutarlo.  

Los pecadores” cuenta la historia de los gemelos Smoke y Stack (ambos interpretados por Michael B. Jordan) que, tras sobrevivir a las trincheras de la Primera Guerra mundial y al mundo del hampa en Chicago, regresan al Delta del Mississippi, en 1932, para montar un tugurio de blues y alcohol destinado a la comunidad negra. Pronto descubrirán que algo peor que la guerra, el racismo o la violencia los está acechando. 



La película comienza con un retrato evocador de la vida en el Sur segregado. Los dos hermanos gemelos vuelven a la tierra de su juventud, donde incluso encontrarán los rescoldos de amores pasados. Sus elegantes trajes de ciudad contrastan con la pobreza circundante; pero creen que el club de blues será un buen negocio y una vía de escape para sus sufridos hermanos. Para la inauguración cuentan con Sammie, el hijo del predicador, un muchacho especialmente dotado para la música. 

La película se articula con esta primera parte más sociológica y una segunda que desarrolla el asedio de los vampiros al galpón donde los braceros beben y bailan. Las dos partes están rodadas con una gran madurez y tersura por parte del director y guionista. En el molde de una película de género vampírico, Coogler habla de miseria y de racismo sin que chirríen; pero también de creencias y tradiciones y, sobre todo, del vínculo esencial que los personajes tienen con la música. Más que perseguir sustos, el director nos acerca a sus personajes con una gran intensidad emocional y, a través de ellos, a la historia de su comunidad. 



Pero la cumbre de la película está en la secuencia que hace de bisagra entre ambas partes. 
Pura magia. 
La película se inicia con una voz en off evocando la leyenda de una música tan auténtica y verdadera que es capaz de sanar comunidades y convocar a espíritus más allá de la barrera del tiempo... pero también de atraer al mal. Una música con la fuerza mística de los ancestros que se remonta al África Occidental y a la Irlanda precolonial. 

Y esto es lo que es capaz de plasmar en imágenes el director. Cuando el gemelo Stack invita al joven Sammie a mostrar sus talentos al ritmo de la canción "I Lied to You" (original de Göransson y Raphael Saadiq), lo que ocurre es un auténtico hechizo. Mientras la cámara recorre los cuerpos cimbreantes del presente se cruza con bailarines ceremoniales del África inmemorial y figuras del hip-hop de un futuro inexplorado, fusionándose en un momento tan deslumbrante como embriagador. A medida que la música va ocupando todo el espacio del viejo molino logra traspasar todo tipo de fronteras metafísicas y temporales. La guitarra de Sammie y su voz conmovedora se erigen en el faro de ese poder trascendental que el pastor ya fue capaz de intuir, cuando le advertía a su hijo, "Si sigues bailando con el diablo, un día te seguirá a casa"















Ryan Coogler causó sensación en 2013 con su debut, Fruitvale Station, un relato desgarrador sobre un tiroteo que presagió el auge del movimiento Black Lives Matter. A continuación visitó el universo de Rocky de forma inteligente y emotiva con la historia de Creed, el hijo de uno de sus antiguos rivales. Posteriormente dirigió la película con más conciencia social del universo Marvel, Black Panther, así como su secuela, un sentido homenaje al fallecido Chadwick Boseman

Esa vena social y comunitaria que está presente en sus películas aquí se hace más que evidente al retratar el racismo. Uno de los gemelos le dice a su antigua novia convertida ahora en hechicera: "he estado en guerras, he estado en Chicago, he visto muchas muertes y de más maneras de las que podría imaginar; pero en ningún caso he visto magia, siempre se trataba del poder." Esto lo ratificará el vampiro que va infectando a toda la comunidad. Él también proviene de una tierra expoliada, Irlanda, y su ansia es poseer las capacidades míticas del joven Sammie para insertarse en el cálido flujo de sus ancestros. 



Lo que me lleva a pensar que la película podría verse como un relato sobre la vampirización de la música negra por los blancos. Justo antes de su debut, el viejo pianista que acompañará a Sammie le dice al joven talento, "al hombre blanco le gusta el blues, lo que no le gusta es quien lo toca". 
Muy buena.



jueves, 10 de abril de 2025

A VICIOUS CIRCLE - de Mattson Tomlin y Lee Bermejo



"En algún otro futuro, crearon una máquina de muerte y destrucción. Desde mi tiempo fui enviado a destruirla. Desde el suyo él fue enviado a activarla. Un choque de mundos. Todo se fue a la mierda".

Así es como rememora el protagonista, Shawn Thacker, el modo en que se vio metido en este círculo vicioso de perseguir a su adversario, Ferris, por todos los mundos posibles para conseguir acceder de nuevo a la máquina. Una vez pelearon a muerte dentro de ella y desde entonces sus destinos están acoplados. Cada vez que uno mata a alguien en un mundo son proyectados a otro tiempo; sea a la época de la Guerra civil americana, la Alemania nazi, la era Cretácica o un futuro distópico en Japón. Shawn ya no se pregunta dónde diablos aparecerá, sino ¿cuándo?. De modo que esta violenta campaña chisporrotea como un rayo recorriendo mil mundos pasados y futuros. Un círculo vicioso interminable puesto que Ferris asesina a cualquier con tal de poder huir de Shawn. 


Este cómic da un nuevo giro al subgénero de los viajes en el tiempo. La historia comienza en los años 50 del siglo XX, en Nueva Orleans, en plena lucha por los derechos civiles frente a la segregación racial. Shawn es de raza negra y procede de un futuro más halagüeño para su raza, pero ha parado aquí porque logró atrapar a Ferris y duda si al matarlo también desaparecerá él mismo o se reiniciará el círculo vicioso. Estaba harto de esa persecución sin fin y, con Ferris encadenado en el sótano, aquí ha podido rehacer su vida. Tiene mujer y un hijo. 
Lo que siempre había soñado. 
Son tiempos difíciles para las personas de raza negra, pero estos diez últimos años Shawn no los cambiaría por nada. Siempre los considerará como "su mejor pasado". Porque sabe que todo se acaba. Efectivamente Ferris logrará escapar poniendo de nuevo el círculo a girar.


El arco narrativo de esta serie se desarrolla en tres volúmenes. El primero sirve de introducción a la historia y para revelar las reglas de este mecanismo diabólico. El segundo sitúa a Shawn en el Cretácico, luchando contra los dinosaurios para sobrevivir. En paralelo, diversos flashbacks nos muestran al Ministro de su tiempo, más allá del 2080, reclutándolo para la misión de encontrar y desactivar la máquina que es "un violento distorsionador del espacio y del tiempo". Esto le ayuda a reflexionar sobre su paradójico itinerario, desde aquel futuro lejano hasta este presente prehistórico en el que se refugia en una caverna. Lo que le da motivos para preguntarse al hacer una fogata, ¿estaré siendo el inventor del fuego?. Porque en este volumen su pasado personal se funde con el pasado de la Humanidad. 


Mientras que el tercer volumen profundiza en la historia de su antagonista, Ferris, además de entregarnos un giro inesperado entre estos dos duelistas que pasan de adversarios a sorprendentes aliados.

Las revelaciones sobre Ferris les ponen sobre la pista de que, como siempre ocurre, sus ideales están siendo manipulados. 
Los tres álbumes suponen una aventura trepidante.


Como se ve la idea que sustenta la acción es muy sugerente y me ha parecido genial. Un brillante pastiche de muchas y variadas películas de ciencia ficción, entre las que destacaría Looper o esa ópera funambulista de Christopher Nolan llamada TENET, con la que este cómic comparte una máquina destructora del tiempo. 
Aprovecharé para comentar un par de cosas.

La primera es obligada y tiene que estar dedicada al espectacular grafismo de Lee Bermejo. Puro arte. Su estilo casi fotográfico, tan preciso como brillante, te deja con la boca abierta. Además articula un método distinto (de color y trazo) para identificar cada época e introduce audaces soluciones narrativas dentro cada página. 
Un trabajo soberbio. 


Ese cálido pasado de amor que Shawn vive con su mujer y su hijo en Nueva Orleans, lo dibuja Bermejo en un blanco y negro prodigioso; mientras que la secuencia en el Cretácico tiene una iluminación muy potente y un color bastante saturado. En cambio las viñetas de la Edad Media se presentan con un color desvaído, en contraste con las que ilustran un futuro distópico cuya coloración es eléctrica. En alguna entrevista el propio Bermejo ha postulado que "el color es mi manera de contribuir a la historia". No creo que a estas alturas haya que presentar a este maestro, nominado al Eisner y dibujante completo de obras tan reconocidas como Joker, Lex Luthor o Batman: Noël.

La segunda cosa que destacaría es la relación que acaba tejiéndose entre Shwan y Ferris. Después de tantos años persiguiéndose se puede decir que se acaban comprendiendo. Sus deseos son nobles pero parten de distintos supuestos. Ferris considera que el hombre es un cáncer para el mundo y que el único remedio es la destrucción. Peor será todavía cuando adviertan que sus ideales están siendo, como siempre, manipulados en favor del poder.


Creo que es un cómic con un grafismo espléndido pero con un guión que no explota todo su potencial. La historia comienza de un forma espectacular, con Shawn defendiendo los márgenes de una vida plena en Nueva Orleans mientras esconde su secreto. Esta parte tiene una profundidad y un dramatismo que no volvemos a encontrar. Visitar distintos momentos de la Historia resulta, de hecho, deslumbrante (ahí están el cruce del río Delaware por parte de George Washington y también el asesinato del Archiduque Francisco o Genghis Khan) pero también peca de efectista. 

Aunque tengo que decir que hay momentos muy conseguidos como el citado momento cavernícola de Shawn o las situaciones/dilema en que se ve sumido el protagonista: Uno, cuando una familia de judíos le asiste con sus heridas justo antes de que su casa sea asaltada por los nazis y él sabe lo que va a pasar. Dos, cuando se enfrenta al dilema de poder acabar con Poncio Pilato.


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Los volúmenes de A Vicious Circle comenzaron a editarse en EEUU en diciembre de 2022, el segundo salió en julio del 2023 y el último en agosto de 2024. En español se publicaron entre abril y septiembre de 2024.
Mattson Tomlin es un guionista y director de cine estadounidense que nació en Bucarest en 1990; pero al ser adoptado por norteamericanos creció en Massachussets y estudió en el American Film Institute. 
Hay que reconocer que sus guiones siempre parten de un premisa realmente prometedora. En 2020 se estrenó como guionista de la película Proyecto Power y en 2021 escribió y dirigió su primer largometraje titulado Madre/Androide, con Chlöe Grace Moretz. También en 2021 se publicó su primer cómic, Batman: El Impostor, dibujado por Andrea Sorrentino
Actualmente Tomlin está trabajando junto a Matt Reeves en el guión The Batman Parte II, así como en la adaptación cinematográfica de la serie de  cómics BZRKR, originales de Keanu Reeves