martes, 12 de agosto de 2014

14 - de Jean Echenoz











Todo se va  concretando.-

A cien años de la primera contienda de carácter mundial y terriblemente letal (10.000.000 de muertos) el autor nos invita a un viaje hasta su corazón. 

Una excursión bien particular. Por un lado nos guía hacia la intimidad de un trío protagonista que, casi sin percatarse, ve sus vidas zarandeadas por el conflicto; y por otro, el autor nos hace levantar la cabeza y coger perspectiva sobre la historia. La vemos desde la distancia.
"Todo esto se ha descrito una y mil veces, tal vez no vale la pena detenerse de nuevo en esta sórdida y apestosa ópera. Además, tal vez tampoco sea útil ni pertinente comparar la guerra con una ópera, y menos cuando no se es muy aficionado a la ópera, aunque la guerra, como ella, sea grandiosa, enfática, excesiva, llena de ingratas morosidades, como ella arme mucho ruido y con frecuencia, a la larga, resulte fastidiosa." pág. 62
Los jóvenes Anthime y Charles están enamorados de Blanche. Todos tienen casa, familia, amigos y un buen trabajo. La vida ante ellos se ofrece luminosa cuando, de pronto, se les cruza una guerra que perciben muy lejana. El ambiente general es casi festivo, nadie prevé que el enfrentamiento dure más de dos semanas. 
 "Otros estrechaban en sus brazos a sus retoños, los ancianos y las parejas se abrazaban, las lágrimas inundaban los estribos, como puede apreciarse actualmente  en París en el vasto fresco  de Albert Herter, en el vestíbulo Alsace de la gare de l´Est. Pero en general la gente sonreía confiada, pues a todas luces aquello duraría poco, regresarían en seguida."pag 17
La sensación que transmite toda la novela es un tanto paradójica. Como lectores percibimos con asombro el desenfado con que los protagonistas acuden al horror. Echenoz logra reproducir en nosotros las sensaciones contradictorias de los protagonistas. Comienza el relato con un bucólico paseo en bicicleta por la campiña de la Vendée. En la siguiente escena los jóvenes ya están movilizados y en la siguiente van camino del frente, más preocupados por sus novias y las tallas del capote que por lo que se les viene encima.
"Aquel capitán, llamado Vayssière, era un joven enclenque con monóculo, curiosamente colorado y dotado de una voz apagada, a quien Anthime no había visto nunca y cuya morfología difícilmente permitía columbrar cómo había podido nacer en él, y desarrollarse, una vocación combativa. Regresarán todos ustedes a casa, prometió el capitán Vayssière, levantando la voz en la media de sus fuerzas. Sí, volveremos todos a la Vendée. Ahora bien, un punto fundamental. Si mueren hombres en la guerra, será por falta de higiene. Lo que mata no son las balas, sino la falta de aseo, que es nefasta y que es lo primero que deben ustedes combatir." pág 26
Después de las largas marchas y según se acercan al frente, el autor escribe: "Sí, no cabía duda de que todo parecía concretarse". Esta expresión resume para mí el espíritu del libro. Casi sin darnos cuenta hemos pasado de una excursión a la línea de fuego. No da tiempo ni para el pasmo.

Con certeras pinceladas Echenoz concreta el cuadro. Las semanas se convierten en meses y los meses en años. Acompañamos a Charles en unos de los primeros vuelos de reconocimiento cuando la aviación era tan novedosa que ni sabían que se llamarían así. Acompañamos a Anthime y a sus amigos por las embarradas y gélidas trincheras. Asistimos a la primera guerra con armas biológicas....todo se va concretando.
"A partir de entonces tuvieron que enfrentarse a los hechos: allí comprendieron realmente que tenían que entrar en combate, montar una operación por primera vez, pero, hasta el primer proyectil que impactó cerca de él, Anthime no se lo creyó de verdad" (...)
Después les gritaron que avanzaran y, más o menos empujado por los demás, se encontró sin saber muy bien qué hacer en medio de un campo de batalla de lo más real." pág. 47
El estilo es desapasionado. De hecho, en sus páginas, encuentro un puñado de secos inventarios: tipos de zapatos que produce la fábrica donde trabajan los protagonistas, un listado completo del utillaje en la mochila, otro de los insectos que asolan a los soldados y también un fascinante registro sobre el destino de los animales tanto domésticos como salvajes (caballos, perros, liebres, ciervos, gatos, ratas, etc). Un totum revolutum de hombres y animales con un destino asimilado por el barro y la penuria. 

En su ensayo Las Poéticas de Joyce, Umberto Eco expone que cuando en un texto aparecen largas enumeraciones, éstas pretenden constituirse en el inventario de una realidad que se quiere ordenar y conocer a sí misma. 

El autor pretende acercarnos al horror a través de un contraste, banalizándolo. Describiendo la masacre con un estilo contenido y desapasionado que hace interrogarse a nuestras almas.
Este desapasionamiento por momentos roza la indiferencia y con ello Echenoz expresa algo; se convierte en el notario de un absurdo. No hay horror o desgarro. Una guerra mundial contada al nivel de un hombre pequeño con la conciencia adormilada. Su indiferencia golpea la nuestra.  ¿O es desprecio a la propia guerra? Un rictus que nos dice, mira que mierda. 

Todo ocurre como en sordina: es un mal sueño. Anthime vuelve destrozado de la guerra pero está como ausente. Vuelve a salir con Blanche; pero no hay romanticismo. 
"Anthime no se atrevió casi a quejarse ni a gritar de dolor, ni a echar en falta su brazo, de cuya desaparición, por lo demás, no acababa de tener conciencia. Como tampoco la tenía, a decir verdad, de aquel dolor ni de la situación del mundo en general." pág. 65
La inspiración de la historia surgió por la lectura de unos documentos familiares encontrados por azar. Se podría decir que todos somos herederos del 14, el comienzo de un siglo XX especialmente sangriento y devastador.

Obra muy original en su tono y sobretodo en el hilo conductor que, en sólo 98 páginas, es capaz de llevarnos desde una campiña idílica al corazón de las trincheras. 

Para completar la imagen de estas tumbas abiertas, anegadas de lodo y sangre, conviene leer la imprescindible ¡Puta Guerra!, con las descarnadas viñetas de Jacques Tardi
Allí el protagonista nos ofrece un testimonio de primera línea, inoculado por un sarcasmo cruel que alcanza hasta las mentiras de la guerra y de aquellos que las sustentan.

jueves, 7 de agosto de 2014

VOICE OVER - de Martin Rosete

Este cortometraje está escrito por Luiso Berdejo y dirigido por Martín Rosete. Fue finalista en los Goya 2013 gracias a un guión muy original que desdobla el relato en tres situaciones límite que en realidad son la misma.

Voice Over fue estrenado en Canal + en 2012, donde obtuvo el prestigioso Premio Proyecto Corto. Ha ganado más de 40 premios en festivales de prestigio como Gijón, Almería o Mónaco y fue seleccionado para participar en el Tribeca Film Festival y Los Angeles Film Festival. Su rodaje se inició sin fondos hasta que captó una pequeña parte de su presupuesto a través de crowfunding. 
Un narrador nos acerca a tres historias que tienen que ver con la asfixia y la angustia. Un astronauta que apura su reserva de oxígeno, un hombre arrastrado por su barco bajo el agua, un soldado que se desangra rápidamente. Todos a un minuto y treinta y tres segundos de la muerte. Luis Berdejo -guionista de Rec3 y El otro- perfila un guión muy ajustado, para que el director realice un producto de gran fuerza narrativa.


Llama especialmente la atención la pericia visual de Martin Rosete para conseguir, en poquísimos minutos, sumergirnos en la angustia de un árido planeta exterior o de un abismo submarino. Una brillante producción con gran potencia visual. 


Martin Rosete estudió Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid y Dirección de Actores en la conocida Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños de Cuba.

Con 21 años dirigió su primer cortometraje, Revolución, basado en un relato de Slawomir Mrozek, con el que ganó mas de 50 premios en festivales internacionales. 

Tras dirigir junto a su hermano Jose anuncios para Kamel Films, Martín viajó a Nueva York con una Beca integral de la Fundación La Caixa para cursar un Master de dos años en la New York Film Academy. Asentado en EEUU, ha dirigido allí más cortometrajes y comerciales, encontrándose actualmente preparando su primer largometraje. 

domingo, 3 de agosto de 2014

ASKLEPIOS, EL ÚLTIMO GRIEGO - de Miguel Espinosa







Este libro es un tesoro. Incluso contiene un mapa del Espíritu, un mapa para llegar al origen. “El hombre es Naturaleza”, repite una y otra vez. Y con su salmodia nos acerca a un gozo sustancial, “la perfecta acomodación entre el ser y el mundo”.

Del mismo modo que el Hiperión de Hölderlin, Asklepios aspira a revivir en primera persona la edad de oro de la cultura occidental, la civilización griega. El autor asume en sí mismo la reencarnación de Asklepios, el último griego. Un ser con los valores prístinos de Verdad y Belleza que caracterizaron a la Grecia clásica. 
“Un hombre desterrado en el tiempo, extrañado de su época y separado de su patria por el hueco de los siglos, es acontecimiento igualmente terrible. Tal es la historia que pretendo relatar. 
Me llamo Asklepios, y, por así expresarlo, he tenido dos nacimientos: uno en Megara, Grecia, tan atrás como puede contarse hasta más allá de la fundación de Atenas por Cecrops; y otro, hace apenas treinta y cuatro años, entre los modernos.” pág. 20
En la mitología griega Asklepios fue engendrado por Apolo, el cual lo entregó al centauro Quirón para su educación. Éste le enseñó el “arte” de resucitar a los muertos, el don de la inmortalidad. Temeroso de tal poder Zeus lo fulminó con un rayo, pero su padre Apolo lo vengó abatiendo a los Cíclopes. Asklepios se convirtió en el dios de la Medicina y en Grecia fue venerado en varios santuarios. El más importante fue el de Epidauro donde se desarrolló una verdadera escuela de Medicina. En su culto se mezclaba lo mágico y lo científico. Entre sus varios atributos el más reconocible es una serpiente, según los antiguos porque es capaz de vivir tanto sobre la tierra como en su interior.
Mármoles de Elgin en el Museo Británico


“Me llamo Asklepios, y de tarde en tarde tomo la pluma para confesarme, lo cual hago por cumplir la necesidad de experimentarme verdadero, como ordenó Demócrito.” Así comienza este canto a la esencia y de estas tres palabras –de ningún modo aleatorias- cuelga su voluntad el autor. Necesidad porque el hombre está impelido al conocimiento. Experimentar porque es a través de la acción y pensamiento como se expresa. Y verdadero porque sin autenticidad nada es válido. El prólogo es un grito de afirmación de lo originario y verdadero ante lo falaz y tergiversado.

Asklepios como ser inmortal, nigromante con conocimientos esotéricos, se lanza a bucear en el Hombre y en el Universo, elaborando toda una teoría de la Vida y el Conocimiento. 
“Para indagar quienes somos, tenemos que indagar cada una de las edades que hemos sido, tratando de conocer los seres que fuimos. Esta empresa requiere las siguientes operaciones: remover la conciencia, para encontrar las sensaciones allí depositadas; sacar tales sensaciones a la luz; interpretarlas, y concluir. Este empeño precisa de un gran esfuerzo de imaginación, siempre doloroso. Entiendo por imaginación la capacidad de operar con sensaciones, a la manera que el intelecto opera con concepto, y sacar, como conclusiones, otras sensaciones.” pág 26
Así pues el libro se divide en Infancia, Adolescencia y Juventud y en cada una de estas etapas el autor busca la esencia, la viveza.
“Entiendo por viveza de la carne la correspondencia entre mundo y organismo.” (...) Se puede perder la viveza por varias causas: olvido del origen y acumulación de experiencia en la conciencia. Otra vez descubrimos que la experiencia aniquila lo bueno, natural e increado. Sólo en este sentido cabe admitir que el mundo sea enemigo del espíritu.” pág 78
La infancia participa del misterio, posee la mirada inocente del que todo lo ve por primera vez, tiene un contacto con el universo íntimo y directo que la experiencia suele abotargar.

“La condición de la infancia es la inocencia, o disposición que el Espíritu, todavía no acomodado a lo mundano, que trae del origen. El desacuerdo entre lo elaborado por el hombre y la inocencia del Espíritu se manifiesta a través de lo que denominamos candor, tan característico en los niños y en los dioses. En su origen, el Espíritu es bueno, y conforme se prolonga originario, se conserva candoroso; las almas espontáneas, los sabios y los griegos, se revelaron como perpetuos niños.” pág 27
“La constante sensación de novedad, extensión y misterio del mundo, es otra impresión de la infancia. Cierto Diomedes de Esmirna, a quien conocí viejo, ya en la Era Cristiana, decía así: “Cuando el mundo no parezca nuevo, extenso ni profundo y misterioso, morirá el Espíritu del Primer Día de las Cosas, y, por tanto, Grecia. Vivir entonces será pesadilla”. pág 45
La infancia es el terreno del contacto más íntimo con la Creación y del más reiterado cuestionamiento.
“Terpandro de Lesbos, que dio leyes a la música, escribía así: “En mi casa de Mityilene no crujen ya los muebles durante la noche; del pozo no suben los ruidos que los espíritus producen al sumergirse; las ninfas no rodean los Hermes del jardín, ni el enjambre de los diosecillos, y su murmullo, anida entre las sombras. O la Creación, o yo, hemos perdido la condición infantil. Por otra parte, hacia el siglo IV antes de Cristo, una muchacha asiática me hablaba como sigue: “Asklepios, dime: ¿Por qué ves tantos seres, sucesos y presagios, en la noche y el día, en la llanura y en la montaña, en la tierra y en el mar? ¿Por qué eres tan abundoso en las preguntas y en las respuestas y sus razones? Lo que tienes de niño, tienes de griego.” pág 71 y 72
La Adolescencia es un paso hacia el ser y la interioridad. Se caracteriza por la avidez de conocimiento.
“Cuando el ser vale más que la estampa, la piedra y el tesoro escondido, termina la infancia y comienza la adolescencia. La púber regala sus muñecas a las hermanas y amigas, porque el demiurgo salió de allí para habitar el ser” –decía un tal Timoleón de Circe.” (...)
Con el descubrimiento del ser se inicia el camino hacia la desvelación de lo particular, representado por la persona y el Arte.” pág. 157
“Que gozo sentir el espíritu y sus complejidades, tan nuevas para el muchacho! ¡Qué placer palparse diferentes! ¡Qué maravilla usar de propias potencias y experimentar que la razón y los sentidos responden a nuestra iniciativa! ¡Qué júbilo descubrir y poseer y la soledad! “Desde que tenemos demiurgo o interioridad, comenzamos a amar la soledad, lo cual ocurre a partir de la adolescencia. Y esta necesidad es tan grande que muchas veces supera el dulce instinto de dormir con nuestros amantes” –manifestaba en Tanagra la famosa Corina.” pág. 140
Este libro es una indagación sobre la eternidad del ser. Leyéndolo nos apreciamos solos, expectantes ante el universo, encaramados a un peñasco y traspasados de Divinidad. Es un libro que te invita a bucear en el abismo del Espíritu, lejos de los accidentes del mundo. 
“Yo no había venido a la Tierra por voluntad ni consulta, cosa que jamás ocurrió a individuo alguno; pero, estando aquí, y viendo estos sucesos, me hallaba contento. ¿No ocurre lo mismo al cachorro? La viviente alegría no es producto del juicio verdadero, según creía Platón, ni tiene por causa acontecimiento exterior ninguno, como vencer al enemigo, según pensaba Agamenón, inventar un teorema, como sostenía Demócrito, o escribir un libro, sino que proviene de la perfecta acomodación entre el ser y el mundo. Temístocles no se hallaba tan satisfecho de haber derrotado a los medos como de ser griego; su gozo no era accidental, sino sustancial.” pág 46
Esta pervivencia del ser y la inteligencia nos remite a la Ética de Spinoza: "Obrar por virtud absolutamente no es otra cosa en nosotros que obrar, vivir y conservar nuestro ser (estas tres cosas no forman más que una) bajo el gobierno de la Razón".

Apolo
Miguel Espinosa nos traslada al arquetipo del hombre “clásico”, tal y como se produjo en la Grecia idealizada. El texto tiene la potencia poética de un canto: un canto al pensamiento filosófico y al más genuino humanismo.
“El conocimiento es emanación; advertimos el mundo porque está dentro de nosotros; el cosmos y la inteligencia son sistemas idénticos. “ pag 32
El texto no admite encasillamiento. Es narración en cuanto que relata las vicisitudes de un hombre. Es poesía por su tono elegíaco. Es filosofía porque se interroga a sí mismo y al mundo que lo rodea. Es un canto como pocos. No de naciones o héroes al estilo de la Odisea, sino el canto del hombre expectante.
“Para el que siente expectación, ningún momento está vacío, sino todos llenos, porque suceder es acaecer, y el tiempo, un conjunto de acontecimientos.
Acaece el río, la planta, la hormiga, la nube, el sol, las estrellas y el pensamiento. El hombre poseído y predispuesto por la expectación, es un ser inspirado. Lo que muchos llaman inspiración no es otra cosa que una predisposición del ánimo hacia el suceso vivo del mundo” pág. 85
Uno de los conceptos más preñados del libro es el de la Expectación, al que dedica todo un capítulo, el IX, con el doble de extensión de cualquier otro. En este concepto cabe una Teoría del Conocimiento, una crítica de la religión y el poder y una postura vital. 
"Podemos imaginar un mundo sin dinero, sin poder...pero no sin sol, montañas “el hombre no es otra cosa que una parcela de la gran extensión y presencia del universo, y, por tanto, no puede existir sino en relación con ellas. un individuo absolutamente aislado de las cosas, tendería fatalmente a refutarlas, y, si fuera profundo, a refutarse a sí mismo. A esto se llama nihilismo.
Lo contrario del nihilismo es la expectación o predisposición del ánimo hacia el fenómeno. La inteligencia, o capacidad de componer y descomponer dentro de un todo, ve cosas aisladas, nunca en comunicación. El intelecto da cuenta del mundo a la manera del que enumera y pesa, pero no lo siente, por lo cual jamás llega a conocerlo como es y sucede. Sólo a través de la conjunción entre inteligencia, memoria y sensibilidad, conocemos la realidad mediante la comunión con todos los seres y cosas." pág 83-4
Miguel Espinosa
El vivir expectante es equiparado por Espinosa a la existencia poética: “El poeta es una comparecencia expectante, que ve el universo como una continuidad viva, y su obra, la expresión del conocimiento particular de esa continuidad.” 
El vivir no-expectante participa de una “esperanza referida” y metafísica junto con una dimensión materialista de la vida: 
“Cuando el hombre se aparte de su origen, y niega la Naturaleza, como a enemigo, estableciendo las dualidades alma y cuerpo, espíritu y materia, verdad y realidad, o este mundo y el otro, la expectación ya no comparece en su ánimo.Comiénzase entonces a vivir de sentidos para adentro, y a sustituir la espera en el momento por la espera en acaecimientos no ya mundanos e indeterminados, sino ultraterrenos, concretos y reglados. Se espera, por ejemplo, el Gran Día de la Justicia Final, el Gran Día del Castigo, o el Gran Dia de la Luz. A esto se llaman esperanzas.
Desde que Cristo relevó al milagro antiguo, la Naturaleza fue sustituida por la interioridad. El resultado fue la muerte de la vieja expectación y su inocente disposición, trocadas por esperanzas concretas. “ pág 93
El libro está sembrado de estos planteamientos dicotómicos: vivir expectante, no-expectante; amor referido y deferido... en todos ellos encontramos la contraposición del espíritu griego inmortal y la encarnadura humana contemporánea.

“Muchos hombres sólo han sentido emociones referidas o suscitadas por el estímulo (...) otros han vivido emociones no causadas, es decir, independientes de todo origen o motivación exterior, comportándose como la misma Naturaleza, que, sin necesidad de incentivos, crea en abundancia lo permanente y lo perecedero. Estas emociones deferidas nacen misteriosamente en la interioridad del sujeto, y fluyen de allí como el olor de ciertas plantas, por espontánea emanación, inundando el ánimo de su esencia. Entre ellas se encuentra el amor sin objeto preciso, o amor universal por todos los seres y cosas, tan característico de la adolescencia, el miedo cósmico y otros estados anímicos.
Los artistas son hombres de emociones deferidas y el Arte, su objetivación a través de una determinada materia: la palabra, la piedra, el sonido, el movimiento y el espacio mismos.” pág 58
La juventud se asocia a la rebeldía, a la "vocación de opinar" y a una "insaciable avidez". Esta juventud encarna como nadie el espíritu griego: todo cuanto en Grecia se valoraba como virtuoso, bueno y apetecible, resultaba vicioso, malo e insoportable para dictadores y reyes de esclavos. 
“¡Qué individualidades tan exageradas las de los griegos! Como no les importa participar, no quieren colaborar. Sus ojos observan incesantes; su mala lengua vomita continua; a nadie reverencian; son enemigos de todo noviciado; se ríen de sus propios maestros; carecen de magos a cuenta del Erario; ignoran los libros sagrados y retan al Poder. ¡El Asia les repudia! –manifestó Darío al mismo Ecfanto.” pág 190 
“El saber y sus opiniones son obra de nuestro demiurgo o interioridad, que ve o sueña el universo; a una viva interioridad corresponde un profundo ensimismamiento, y, al mismo tiempo, una honda vocación de opinar, en suma, una insaciable avidez, y viceversa ; quien no vive el ensimismamiento , no goza de conocimiento ; aunque parezca contradicción, el absorto es un constante investigador.” pág 151



Miguel Espinosa es un autor de una rareza excepcional en España, un heterodoxo que dota a sus textos de una enorme intensidad. Su obra magna es Escuela de Mandarinesun retrato crítico, feroz e irónico de la época que le tocó vivir, la dictadura franquista.
Sin duda se trata de un libro absoluto donde habita  la Literatura, el Poder, la Teología, la Política y la Filosofía. De algún modo podríamos decir que el presente Asklepios, publicado póstumamente, sería el reverso íntimo y personal de esa genial novela. 
“Me burlo de toda grandeza, porque pienso que cualquier grandeza es falsa. Entre vanidosos, soy el demiurgo que los hincha; entre hipócritas, el demiurgo que los escandaliza; y entre neutrales, el demiurgo que los implica. Como todo proscrito, padezco nostalgias, y éstas son las nostalgias que yo, un griego, vivo: nostalgia de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad.” pág 14. Prólogo

miércoles, 30 de julio de 2014

ANARCHY: La NOCHE de las BESTIAS - de James DeMonaco

The Purgue: ANARCHY
EEUU, 2104








Suelta de lobos.-


Increíblemente el guionista y director de la mediocre The Purgue vuelve a la carga, sólo un año después, con la misma historia pero nuevo enfoque. Y bien que se agradece.


Lo que en la primera era un simple asalto a una casa con ninguna variable y algún aburrimiento, en esta nueva visita a la Noche de las Bestias el guión se desdobla y avanza por el tablero recorriendo con cierta audacia sus esquinas.

Los Nuevos Fundadores de América resuelven la violencia y el paro (¡?) dejando los instintos libres durante 12 horas, una vez al año. En ese plazo el asesinato será legal, los individuos se liberarán de la bestia y en consecuencia la sociedad será más civilizada (¡?).

No merece la pena analizar los aspectos morales de esta idea de partida. Ese grito de "¡Depúrate, libera a la bestia!" que ofrece la película es demasiado tosco. Como una caricatura lleva hasta el límite ideas como la ley del más fuerte o el clásico de Hobbes, homo homini lupus est. En cambio como ficción bien merece la pena seguir los vericuetos que plantea. Porque DeMonaco -esta vez sí- escarba las implicaciones y otea las posibilidades con una acción bien llevada, unos cuantos brochazos de crítica social y ausencia de moralina. El trazo de un apetecible cine de serie B.

En la famosa noche, un policía sale a buscar venganza pero en su camino ayuda a una pareja que huye indefensa y a una madre e hija que están a punto de morir. Los cinco se verán obligados a cruzar la ciudad en busca de la salvación. Lo que en la cinta original era un simple punto de partida, ahora encuentra las voces de distintos personajes y la trama eleva su punto de mira, ofreciéndonos un zoo más amplio y complejo.


Con esta estructura de un grupo cruzando la ciudad y superando todo tipo de trampas no puedo dejar de recordar el clásico de Walter Hill, The Warriors. De este modo el director consigue abrir el plano, que la historia evolucione y cambiar la escala del relato. 

Sus diversas situaciones me hacen bandear. Unas me parecen carentes de sutileza (los ricos como depredadores), otras me parecen gamberras (el broker colgado en las puertas de Wall Street) y un puñado de ellas turbadoras como reflejo de la sociedad.

Situación general: Es a la vez lo más efectivo y lo más flojo de la película. En un instante te mete en situación; pero los atisbos de explicación política y debate social son apáticos. Lo peor de todo es el intento de vestir esta purga como una refundación de la patria, llegando a la santificación de sus Nuevos Padres.




Situación particular: De lo más interesante del film. El policía que busca venganza (un estupendo Frank Grillo) es sometido al tamiz de situaciones y contrastes. Veremos el resultado cuando al final tenga a su víctima encañonada. Por otro lado, la joven que pierde a su novio y reacciona buscando venganza, ilustra lo más evidente y fácil. Pero hay tres aspectos mucho más interesantes. Cuando llegan sanos y salvos al piso de la amiga y se produce allí una reacción de tomarse la justicia por su mano. También las dos reacciones que aluden a motivaciones económicas: la del abuelo que se ofrece como víctima para resolver las penurias de su hija y nieta. La de los terroríficos moteros que como aves de carroña sobrevuelan la ciudad: "Nosotros no matamos, tío ¡Sólo buscamos dinero!" 

El Sistema, siempre el sistema
Aunque la película favorece una conclusión bastante tosca, los ricos son los malos, los pobres son carne de cañón; no falta algún apunte interesante. El papel que juega el sistema político para favorecer la convivencia y defender al más débil. El papel de esas brigadas asesinas que transitan en anónimos camiones con objetivos bien definidos. El necesario contrapunto del rebelde (Michael K. Williams) desvelando el verdadero sentido y alcance de la purga.

La película se remata con dos imágenes sumamente irónicas y acertadas. El grupo de ricos que compra víctimas para organizar cacerías humanas y la consabida bandera norteamericana cambiando sus barras por armas. Áquí sí que hay metáfora.

La caza del hombre tiene muchos y variados antecedentes. Desde la más reciente y demoledora Funny Games, de Michael Haneke hasta la más clásica El Malvado Zaroff, pasando por ejercicios de perversión como Ellos o Los extraños.

Hemingway, que vivió en directo las dos guerras mundiales y la guerra civil española llegó a decir: "Sin duda, no hay cacería como la caza de hombres y aquellos que han cazado hombres armados durante el suficiente tiempo y les ha gustado, en realidad nunca se interesarán por nada más"



lunes, 28 de julio de 2014

Un HABITANTE de CARCOSA - de Ambrose Bierce

Max Ernst

Existen diversas clases de muerte. En algunas, el cuerpo perdura, en otras se desvanece
 por completo con el espíritu. Esto solamente sucede, por lo general, en la soledad
 (tal es la voluntad de Dios), y, no habiendo visto nadie ese final, decimos que el hombre 
 se ha perdido para siempre o que ha partido para un largo viaje, lo que es de hecho verdad. 
 Pero, a veces, este hecho se produce en presencia de muchos, cuyo testimonio es la prueba. 
 En una clase de muerte el espíritu muere también, y se ha comprobado 
que puede suceder que el cuerpo continúe vigoroso durante muchos años. 
Y a veces, como se ha testificado de forma irrefutable, el espíritu muere
 al mismo tiempo que el cuerpo, pero, según algunos, resucita
 en el mismo lugar en que el cuerpo se corrompió.




Meditando estas palabras de Hali (Dios le conceda la paz eterna), y preguntándome cuál sería su sentido pleno, como aquel que posee ciertos indicios, pero duda si no habrá algo más detrás de lo que él ha discernido, no presté atención al lugar donde me había extraviado, hasta que sentí en la cara un viento helado que revivió en mí la conciencia del paraje en que me hallaba. Observé con asombro que todo me resultaba ajeno. A mi alrededor se extendía una desolada y yerma llanura, cubierta de yerbas altas y marchitas que se agitaban y silbaban bajo la brisa del otoño, portadora de Dios sabe qué misterios e inquietudes. A largos intervalos, se erigían unas rocas de formas extrañas y sombríos colores que parecían tener un mutuo entendimiento e intercambiar miradas significativas, como si hubieran asomado la cabeza para observar la realización de un acontecimiento previsto. Aquí y allá, algunos árboles secos parecían ser los jefes de esta malévola conspiración de silenciosa expectativa.

A pesar de la ausencia del sol, me pareció que el día debía estar muy avanzado, y aunque me di cuenta de que el aire era frío y húmedo, mi conciencia del hecho era más mental que física; no experimentaba ninguna sensación de molestia. Por encima del lúgubre paisaje se cernía una bóveda de nubes bajas y plomizas, suspendidas como una maldición visible. En todo había una amenaza y un presagio, un destello de maldad, un indicio de fatalidad. No había ni un pájaro, ni un animal, ni un insecto. El viento suspiraba en las ramas desnudas de los árboles muertos, y la yerba gris se curvaba para susurrar a la tierra secretos espantosos. Pero ningún otro ruido, ningún otro movimiento rompía la calma terrible de aquel funesto lugar.

Observé en la yerba cierto número de piedras gastadas por la intemperie y evidentemente trabajadas con herramientas. Estaban rotas, cubiertas de musgo, y medio hundidas en la tierra. Algunas estaban derribadas, otras se inclinaban en ángulos diversos, pero ninguna estaba vertical. Sin duda alguna eran lápidas funerarias, aunque las tumbas propiamente dichas no existían ya en forma de túmulos ni depresiones en el suelo. Los años lo habían nivelado todo. Diseminados aquí y allá, los bloques más grandes marcaban el sitio donde algún sepulcro pomposo o soberbio había lanzado su frágil desafío al olvido. Estas reliquias, estos vestigios de la vanidad humana, estos monumentos de piedad y afecto me parecían tan antiguos, tan deteriorados, tan gastados, tan manchados, y el lugar tan descuidado y abandonado, que no pude más que creerme el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos.



Sumido en estas reflexiones, permanecí un tiempo sin prestar atención al encadenamiento de mis propias experiencias, pero después de poco pensé: "¿Cómo llegué aquí?". Un momento de reflexión pareció proporcionarme la respuesta y explicarme, aunque de forma inquietante, el extraordinario carácter con que mi imaginación había revertido todo cuanto veía y oía. Estaba enfermo. Recordaba ahora que un ataque de fiebre repentina me había postrado en cama, que mi familia me había contado cómo, en mis crisis de delirio, había pedido aire y libertad, y cómo me habían mantenido a la fuerza en la cama para impedir que huyese. Eludí vigilancia de mis cuidadores, y vagué hasta aquí para ir... ¿adónde? No tenía idea. Sin duda me encontraba a una distancia considerable de la ciudad donde vivía, la antigua y célebre ciudad de Carcosa.

En ninguna parte se oía ni se veía signo alguno de vida humana. No se veía ascender ninguna columna de humo, ni se escuchaba el ladrido de ningún perro guardián, ni el mugido de ningún ganado, ni gritos de niños jugando; nada más que ese cementerio lúgubre, con su atmósfera de misterio y de terror debida a mi cerebro trastornado. ¿No estaría acaso delirando nuevamente, aquí, lejos de todo auxilio humano? ¿No sería todo eso una ilusión engendrada por mi locura? Llamé a mis mujeres y a mis hijos, tendí mis manos en busca de las suyas, incluso caminé entre las piedras ruinosas y la yerba marchita.

Un ruido detrás de mí me hizo volver la cabeza. Un animal salvaje -un lince- se acercaba. Me vino un pensamiento: "Si caigo aquí, en el desierto, si vuelve la fiebre y desfallezco, esta bestia me destrozará la garganta." Salté hacia él, gritando. Pasó a un palmo de mí, trotando tranquilamente, y desapareció tras una roca.

Un instante después, la cabeza de un hombre pareció brotar de la tierra un poco más lejos. Ascendía por la pendiente más lejana de una colina baja, cuya cresta apenas se distinguía de la llanura. Pronto vi toda su silueta recortada sobre el fondo de nubes grises. Estaba medio desnudo, medio vestido con pieles de animales; tenía los cabellos en desorden y una larga y andrajosa barba. En una mano llevaba un arco y flechas; en la otra, una antorcha llameante con un largo rastro de humo. Caminaba lentamente y con precaución, como si temiera caer en un sepulcro abierto, oculto por la alta yerba.

Carcosa en True Detective


Esta extraña aparición me sorprendió, pero no me causó alarma. Me dirigí hacia él para interceptarlo hasta que lo tuve de frente; lo abordé con el familiar saludo:
-¡Que Dios te guarde!
No me prestó la menor atención, ni disminuyó su ritmo.

-Buen extranjero -proseguí-, estoy enfermo y perdido. Te ruego me indiques el camino a Carcosa.


El hombre entonó un bárbaro canto en una lengua desconocida, siguió caminando y desapareció.

Sobre la rama de un árbol seco un búho lanzó un siniestro aullido y otro le contestó a lo lejos. Al levantar los ojos vi a través de una brusca fisura en las nubes a Aldebarán y las Híadas. Todo sugería la noche: el lince, el hombre portando la antorcha, el búho. Y, sin embargo, yo veía... veía incluso las estrellas en ausencia de la oscuridad. Veía, pero evidentemente no podía ser visto ni escuchado. ¿Qué espantoso sortilegio dominaba mi existencia?

Me senté al pie de un gran árbol para reflexionar seriamente sobre lo que más convendría hacer. Ya no tuve dudas de mi locura, pero aún guardaba cierto resquemor acerca de esta convicción. No tenía ya rastro alguno de fiebre. Más aún, experimentaba una sensación de alegría y de fuerza que me eran totalmente desconocidas, una especie de exaltación física y mental. Todos mis sentidos estaban alerta: el aire me parecía una sustancia pesada, y podía oír el silencio.

La gruesa raíz del árbol gigante (contra el cual yo me apoyaba) abrazaba y oprimía una losa de piedra que emergía parcialmente por el hueco que dejaba otra raíz. Así, la piedra se encontraba al abrigo de las inclemencias del tiempo, aunque estaba muy deteriorada. Sus aristas estaban desgastadas; sus ángulos, roídos; su superficie, completamente desconchada. En la tierra brillaban partículas de mica, vestigios de su desintegración. Indudablemente, esta piedra señalaba una sepultura de la cual el árbol había brotado varios siglos antes. Las raíces hambrientas habían saqueado la tumba y aprisionado su lápida.

Un brusco soplo de viento barrió las hojas secas y las ramas acumuladas sobre la lápida. Distinguí entonces las letras del bajorrelieve de su inscripción, y me incliné a leerlas. ¡Dios del cielo! ¡Mi propio nombre...! ¡La fecha de mi nacimiento...! ¡y la fecha de mi muerte!

Un rayo de sol iluminó completamente el costado del árbol, mientras me ponía en pie de un salto, lleno de terror. El sol nacía en el rosado oriente. Yo estaba en pie, entre su enorme disco rojo y el árbol, pero ¡no proyectaba sombra alguna sobre el tronco!

Un coro de lobos aulladores saludó al alba. Los vi sentados sobre sus cuartos traseros, solos y en grupos, en la cima de los montículos y de los túmulos irregulares que llenaban a medias el desierto panorama que se prolongaba hasta el horizonte. Entonces me di cuenta de que eran las ruinas de la antigua y célebre ciudad de Carcosa.


***



Tales son los hechos que comunicó el espíritu de Hoseib Alar Robardin al médium Bayrolles.



Ambrose Bierce 
Club Diógenes. Editorial Valdemar










En este texto fundacional podemos leer: "La antigua y célebre ciudad de Carcosa", "el descubridor del cementerio de una raza prehistórica de hombres  cuyo nombre se había extinguido hacía muchísimos siglos."
Aquí están las bases de una cosmogonía y un estilo basado en tenues referencias, sueños de mundos primigenios y dioses remotos. Todas estas noticias serían recogidas posteriormente por Robert W. Chambers, en sus relatos sobre "El Rey de Amarillo", convirtiéndose en los antecedentes de Howard Phillips Lovecraft: ciudades perdidas, cultos abominables, dioses antiguos que esperan su requerimiento, libros que provocan el terror y la locura.

De estas resonancias literarias se sirve la excelente serie True Detective para componer una densa atmósfera de amenaza. Hay quien ha observado que el nombre del sospechoso principal de la serie, Reginald Ledoux; podría interpretarse como el Segundo Rey.
Lovecraft, en su Supernatural Horror in Literatura, dice “los relatos de El Rey de Amarillo están vagamente relacionados entre sí y tienen como trasfondo a cierto libro monstruoso y prohibido, cuya lectura provoca terror, locura y tragedias macabras.”
Nunca podremos leer El Rey de Amarillo, un libro –más exactamente una obra de teatro- del que sólo conocemos unas frases e indicios referidos a entidades extrañas y mundos olvidados.  

Esta evocación a un terror desconocido y arcano plasmado en un misterioso libro será el antepasado del Necronomicon de Lovecraft. Y casi del estilo, ya que ambos comparten un estilo indirecto, lleno de alusiones elípticas y referencias cruzadas que aparecen y desaparecen en otras historias poniendo en pie una cosmogonía oscura y remota, perdida en el tiempo y siempre acechante; capaz de producir la locura con sólo nombrarla.

En uno de los relatos de Robert W, Chambers, El Reparador de Reputaciones, podemos leer: “No puedo olvidarme de Carcosa, donde estrellas negras lucen en los cielos; donde las sombras de los pensamientos de los hombres se alargan en la tarde, cuando los soles gemelos se hunden en el lago de Hali; y mi memoria cargará para siempre con el recuerdo de la Máscara Pálida. Ruego a Dios que maldiga al escritor, como el escritor maldijo al mundo con esta su hermosa, estupenda creación, terrible en su simplicidad, irresistible en su verdad: un mundo que ahora tiembla ante El Rey de Amarillo.”

Chambers también escribió un poema, El Canto de Cassilda , según parece incluido en la obra El Rey de Amarillo Acto 1º, escena 2ª.  Un canto que vibra a través del vacío en la ciudad muerta de Carcosa.

“Rompen las olas neblinosas a lo largo de la costa,
los soles gemelos se hunden tras el lago,
se prolongan las sombras
                        en Carcosa.

Extraña es la noche en que surgen estrellas negras,
y extrañas lunas giran por los cielos,
pero más extraña todavía es
                        la perdida Carcosa.

Los cantos que entonarán las Híades
donde flamean los andrajos del rey,
deben morir inaudibles en
                        la penumbrosa Carcosa.

Canto de mi alma, se me ha muerto la voz,
muere, sin ser cantada, como las lágrimas no derramadas
se secan y mueren en
                        la perdida Carcosa.”