viernes, 8 de noviembre de 2013

La península

de Julien Gracq














Jose Ramón Martin Largo nos InCita 
a la obra de un autor que posee un diapasón absolutamente personal. 
El artículo completo en LaRepúblicaCultural.es

"En mi vida no ha habido más que partidas. Nunca me ha gustado llegar". Así reflexiona el protagonista de La Península, novela de Julien Gracq que ha publicado Nocturna Ediciones y que viene a contribuir a la recuperación en castellano que de las obras nunca traducidas de este autor ya inició la misma editorial con El rey Cophetua.

Los relatos de Gracq suelen ser una variación sobre un tema previo; y si en la novela citada más arriba se trataba del mítico rey Cophetua, que desdeñaba a las mujeres y se creía inmune al amor, aquí el punto de partida es la leyenda de Tristán e Isolda, y más concretamente la ópera que Wagner escribió sobre el tema, a la que el narrador alude por partida doble. En primer lugar para recordar el motivo musical que abre el preludio del último acto (único momento en que Isolda está ausente), y cuya melodía pasa fugazmente por la cabeza del protagonista, una melodía que lleva el título de La soledad. La segunda cita wagneriana se produce ya al final de la novela, cuando el protagonista evoca el ritmo atropellado y desenfrenado de la orquesta en el pasaje llamado “La impaciencia del amor”.

Es bien sabido que Tristán e Isolda es la referencia romántica universalmente reconocida acerca del asunto del amor y la muerte, lo que puede resultar paradójico en este autor de apariencia fría y hasta misógina. Sin embargo aquí, como en El rey Cophetua, volvemos a encontrarnos con una historia de verdadera pasión, aunque expresada, eso sí, de una manera voluntariamente contenida, antirromántica, eludiendo los lugares comunes y las sensiblerías que son propios del género.
(…)
El argumento de La península, como es corriente en la obra de Julien Gracq, es de una sencillez extrema, ya que también aquí lo memorable no es la anécdota en sí, sino aquello a lo que ésta, convertida en flujo de conciencia, da lugar. Simon, del que no sabemos otra cosa que su nombre, se encuentra en la estación ferroviaria de Brévenay, imaginaria población bretona, aguardando la llegada del tren que debe traer a su amante, de la que sólo sabemos que se llama Irmgard. Previamente ésta ha comunicado a Simon que podría perder el tren de la mañana, en cuyo caso llegaría a Brévenay en el siguiente, ya de noche. 

ErnestDescals
Como ocurre con otras narraciones de Gracq, La península se desenvuelve en el escenario físico y mental de la espera. Y como también sucede en otras de sus narraciones aquí de nuevo todo parece esperar. Los paisajes que varían según el protagonista se acerca a la costa, el ramo de rosas y el espejo que adornan la habitación en la que unas horas después debería estar él con Irmgard, el sol que lentamente desciende en el cielo y que nos proporciona una idea del paso del tiempo, todo se muestra a la conciencia del protagonista transido de esa palpitante inmovilidad que corresponde a la espera. Lo que no impedirá que a su regreso a Brévenay, donde debería reunirse con Irmgard, se apodere de él el desaliento ante la próxima consumación, momento en el que discernirá objetivamente: “No se espera a nadie. El mundo no espera nada”.

Y es que la exquisita prosa de Gracq nos describe junto al viaje del protagonista la historia de su transformación. Conducido por esa prosa, por momentos luminosa, por momentos oscura y sombría, siempre exacta en la descripción de lo que se mueve en el alma humana, el lector se abisma en el viaje de Simon como en las impresiones recibidas a la vista de una sucesión de cuadros en los que las imágenes de la realidad adquieren la forma de continuas y audaces metáforas, a veces de estirpe surrealista (no en balde Gracq fue amigo de André Breton), entre las que suelen insertarse otras imágenes procedentes del mundo de la fantasía, en especial las de la ausente Irmgard-Isolda, constituida en presencia erótica y a la vez fantasmal. 
(…)
Así, el recorrido por esta península, siempre hacia Occidente, hacia los acantilados de Bretaña y lo que el “Atlántico alcanza sólo en ciertos días privilegiados en las playas encaradas al oeste, aquel instante de júbilo apremiante y amenazado, tan hermoso, tan pasajero como el rayo verde que él llamaba la aureola de las playas”, hacia el finis terrae, tiene también un significado mítico: el del viaje hacia el fin, hacia la muerte. En el camino, Simon trata de discernir “la música que surge del ser humano”, y constata, en lo que concierne a Irmgard, cuyo tren imagina avanzando en la noche hacia la estación, su alejamiento.

La península es la obra magistral y perturbadora de un autor que prefirió la calidad (calidad quintaesenciada, elevada de principio a fin a las mayores alturas de la poesía) a la cantidad. La edición incluye un plano de Bretaña en el que puede seguirse el itinerario del protagonista, y donde figuran los topónimos reales junto a los imaginarios ideados por Gracq, todo lo cual permitirá al lector disfrutar más plenamente de este libro de un autor que, en la nómina de autores del siglo XX, destacándose sobre los estajanovistas y los cazadores de éxitos y premios, consiguió en todas sus obras ser un artista escritor, tal vez el último de ellos."


-Una reseña más de Vicente Molina Foix en ElPaís.com

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La bicicleta verde

de    Haifaa Al-Mansour









El cine realizado en un país, igual que la literatura, puede tener un carácter estrictamente local o pulsar elementos que trasciendan a lo universal. O como decía un filósofo lo más estrictamente personal suele ser lo más universal. Así ocurre con esta sencilla película, quizás un poco rudimentaria, pero con el sabor de lo auténtico. El que presta esta niña llamada Wadja -el título en el original- que desde su incipiente adolescencia va palpando los límites de su libertad.

La fuerza de la película reside en la naturalidad de su puesta en escena y el desenfado de Waad Mohammed a la hora de interpretar a esta chica desprejuiciada. Wadja tiene un carácter abierto y jovial, viste vaqueros y no se despega de sus zapatillas Converse. También le gusta esa música "satánica" que es el rock y como símbolo de libertad máxima, se ha encaprichado de un bicicleta verde que hay en la tienda del barrio.

Su encomiable tesón se medirá con tradiciones de enorme peso: la mujer es prácticamente invisible en la sociedad musulmana, depende de los hombres para moverse en coche, se considera un deshonor relacionarse en el trabajo con ellos, su vestimenta ha de esconder hasta el cabello y por supuesto las bicicletas atentan contra su dignidad.

La película se basa en el contrapunto que ofrecen a Wadja su madre por un lado, y su compañero de ocio por otro. Mientras Wadja intenta romper reglas que no entiende, la madre sufre los desplantes de su marido por no poder tener más hijos. 
El compañero de juegos por su parte, es un ejemplar muchacho que actúa sin prejuicios, con nobleza y compañerismo. De hecho es quien presta su bicicleta a Wadja y le ayuda en su aprendizaje.

Son  muy interesantes los apuntes sobre el mundo adulto que rodea a la niña. El papel subsidiario de la mujer queda reflejado en una escena donde la madre prepara la comida para el marido y unos amigos. La coloca en una bandeja ante la puerta del comedor y llama. Su marido sale a recogerla. Ella no puede entrar. También es notable la áspera directora del colegio que exige estricta observancia de la sharía: habiendo hombres cerca del patio escolar manda callar, "la voz de una mujer es su desnudez", les espeta.  
  
La cámara acompaña incesante la vida cotidiana de Wadja. A pesar del enorme contraste entre sus inquietudes y la conservadora sociedad que la rodea, la crítica no es acerba sino que se beneficia de la frescura y espontaneidad con que Wadja afronta la cosas. "Me da vergüenza recitar en público" le dice a su madre. "¿Tú con vergüenza?" se extraña ésta. 
Hay aspectos que llaman poderosamente la atención a un occidental: se ve normal que una compañera de Wadja, de diez años, se case. También que se las considere impuras cuando tienen la regla. En algunas zonas del país está prohibida la mezcla de hombres y mujeres. Por este motivo y para dirigir a hombres en algunas localizaciones, la directora tuvo que hacerlo desde una camioneta con walkie-talkie.

Durante décadas no ha habido cines en Arabia Saudí. En los pocos que hay, hombres y mujeres están segregados. La valentía de Haifaa Al-Mansour es encomiable, es la primera mujer que ha dirigido una película en Arabia Saudí y para ello se basó en su propia sobrina. Haifaa es hija del poeta Abdul Mansour que fue quien le inoculó el virus del cine. Estudió Literatura en la Universidad Americana de El Cairo y un Master en Dirección de Cine y Estudios Fílmicos en la Universidad de Sydney.


lunes, 4 de noviembre de 2013

UNA MIRADA A LA OSCURIDAD - de Philip K. Dick

-A Scanner Darkly-










La mirada del título es precisamente eso, un buceo inmisericorde y valeroso en la vida de un grupo de amigos adictos a M, una sustancia que te acaba fundiendo el cerebro. Encontramos aquí a un Dick en sazón, que ha regresado de su infierno particular con las drogas y vuelve una mirada resuelta a sus días de vino y rosas.
"He vivido la misma alucinación que Barris y Luckman. Hasta el fondo, hasta creerme perdido como ellos. Sintió un escalofrío que le hizo estremecerse y parpadear. Sabiendo todo lo que sé, les he seguido en esa pesadilla paranoica, viviéndola con tanta intensidad como ellos... en una confusión total. Otra vez la oscuridad. La misma oscuridad que les rodea, que me ahoga. La oscuridad del horrible mundo de sombras en el que flotamos." pág. 118
Fred es un agente secreto que está infiltrado en los bajos fondos como Bob Arctor. Dado que siempre acude a informar enfundado en el monotraje mezclador  que camufla su personalidad, nadie sabe quien es en realidad. Por diversas informaciones, entre la panda de drogadictos que frecuenta, su jefe decide investigar precisamente a Bob Arctor. Sus secretas ausencias y sus ingresos económicos le hacen sospechoso. Fred/Bob está pasando por un momento de neurosis muy delicado y esta situación de vivir la vida como Bob y luego observarse en las grabaciones como Fred acabarán volviéndole paranoico.
"¿Cuántos Bob Arctor existen?, se preguntó mentalmente Bob. Un pensamiento extraño y fastidioso. Al menos había dos, se dijo. Uno que se llama Fred y otro que se llama Bob y que está siendo vigilado por el primero. La misma persona. Aunque... ¿son la misma persona? ¿Fred y Bob son el mismo individuo? ¿Hay alguien que lo sepa con certeza? Si ese alguien existe, yo lo sabría, puesto que soy la unica persona en todo el mundo que sabe que Fred es Bob Arctor. Pero, ¿quién soy yo? ¿Fred o Bob?" pág. 113
Dick se muestra profundamente humano con sus personajes. En muchas de las páginas aflora la melancolía y hasta el patetismo. Sus conversaciones a veces son hilarantes como la que gira alrededor del carburador del coche; y otras son alucinadas y escalofriantes, como los capítulos iniciales con Jerry Fabin asaltado por miríadas de piojos que inundan su cuerpo y su habitación.
Jeremy Hush
 También su amiga Donna vislumbra la debacle.
"-No espero vivir muchos años. Así que me importa un bledo. No quiero vivir muchos años. ¿Tú sí? ¿Por qué? ¿Qué hay en este mundo que valga la pena?¿Y has visto...? Caramba, fíjate en Jerry Fabin, o en cualquiera que lleve mucho tiempo tomando sustancia M. ¿Qué podemos esperar de este mundo, Bob? Es un lugar de paso hasta la siguiente vida. Nos castigan aquí por nacimos malditos..." pag. 176
En la Nota del Autor que coloca al final, nos avisa de que "no soy un personaje de la novela; soy la novela en sí". También que no hay moraleja en ella.
"Esta novela se ha referido a varias personas que sufrieron un castigo excesivo por lo que habían hecho. Deseaban gozar de la vida, pero eran como niños jugando en la calle. Veían a sus amigos morir uno tras otro -atropellados, mutilados, destruidos-, pero ellos seguían jugando. Todo nosotros fuimos realmente felices durante algún tiempo, por más terriblemente breve que fuera. El posterior castigo superó todo lo imaginable."
Los dos primeros tercios del libro se dedican a este modus vivendi de trapicheos y neurosis en busca de una felicidad imposible. Pero Dick no iba a redactar una novela generacional y sesentera por mucho que esté trufada con las canciones de Jimmy Hendrix y Janis Joplin. Con estos mismos materiales el genio de Illinois es capaz de alumbrar toda una conspiración, la paranoia del doble y de nuevo, como en muchos de sus libros, el papel del estado como una gigantesca inquisición. He ahí las dos claves de la novela. 
Paranoia - Valentina Kallias
Por otro lado, su apuesta de ciencia ficción es muy escueta. Sitúa la acción apenas tres lustros más tarde, 1994, de cuando se publicó, y reúne un par de detalles futuristas como el monotraje y las cámaras holográficas que vigilan a Bob. 

Pero más allá de todo esto, lo que encuentro genial en Dick es cuando hace tambalearse a la mismísima realidad. Cuando te conduce hasta un punto donde la línea entre sueño y realidad ha desaparecido. En esta novela ese momento ocurre cuando Fred observa la holograbación de él mismo como Arctor mientras duerme con una yonki. En la grabación se ve cómo la chica se diluye y aparece la cara de Donna. Fred se ve a sí mismo como Arctor despertándose y asustándose por ver a Donna. A Bob aquella noche le pareció un sueño... pero está grabado.  Cuando Fred lo observa, duda; pero al ver cómo Arctor se asusta, dice: todo es verdad porque Arctor también lo ha visto. Hay en esta escena un escisión de la personalidad, un trasvase entre universos paralelos que sólo Dick es capaz de mostrar.
Una mirada a la oscuridad -Ed.Minotauro

Incluso cuando se impone la realidad e ingresan a Bob en un centro, no significa que el complot no exista. El maestro Dick es único imaginando historias donde se cumpla su aserto: "Es extraño cómo la paranoia y la realidad pueden coincidir de vez en cuando".



NOTA DEL AUTOR

"In memoriam. Fueron mis camaradas, los mejores que he tenido. Permanecen en mi recuerdo, y el enemigo nunca será olvidado. El "enemigo" fue el error que cometieron jugando. Dejadles que vuelvan a jugar, de algún otro modo, y permitidles que sean felices." pág. 311

sábado, 2 de noviembre de 2013

Insidious 2



















de James Wan


En la primera y original Insidious nos encontrábamos con película muy disciplinada, que seguía los cánones previstos para casas encantadas y poltergeist y conseguía meternos buenos sustos, más desde la psicología que desde el gore. Se agradecía además, el estilo clásico y nada estrepitoso de la propuesta.

En este Capítulo 2, como se llama la continuación, han encontrado una buena idea, unir un poco de precuela (llevarnos a la infancia del padre, Josh, para asistir a su viaje a las sombras) con la secuela (el mismo Josh cuyo cuerpo concluyó el capítulo uno colonizado por una vieja mujer de negro).

Esos diez minutos iniciales y los veinte finales funcionan de maravilla, tienen tensión y coherencia. Pero la hora que hay en medio se convierte en un batiburrillo, en una feria de dar sustos porque sí. De hecho los créditos iniciales ya nos avisan que la película lo es a modo de inventario: los planos de puertas, del andador del bebé y de los caballitos balancines nos avisan de los trucos y efectismos que nos esperan.

Con todo ¿es entretenida? Sí.  ¿Da sustos? Varios y un par de ellos espeluznantes. ¿Te deja buen sabor de boca? No, porque se nota el relleno y la mala orientación del guión. No se aprovecha al padre poseído que, durante gran parte de la película, está perdido en el limbo, mientras la acción va dando palos de ciego, intentando encontrar un nexo entre la historia de la mujer que ha poseído a Josh y el propio Josh.
Hubiese sido más acertado, creo yo, centrar el suspense en la doble personalidad del padre y a través de los indicios orientar la investigación hacia la mujer de negro. 

Lejos de la contención y exposición milimétrica de Expediente Warren, en este Capítulo 2 el efectismo campa a sus anchas y cada objeto  que aparece -las latas unidas con hilo o el walkie-talkie del bebé- sabes que tarde o temprano conectará con tus miedos y el más allá.

De todos modos hay que agradecer a Wan su inclinación al terror, su habilidad para crear atmósferas opresivas y el buen oficio con que rueda sus películas.
La escena en que descubren la habitación secreta con una quincena de mujeres penitentes tapadas con velos y ensangrentadas es magnífica.

jueves, 31 de octubre de 2013

El atlas de las nubes



María José Obiol  es una desprejuiciada gourmet de la literatura. Valoro enormemente sus opiniones. Aquí, nos presentaba la nueva novela de Mitchell (El bosque del cisne negro) y recuperaba la lectura de El atlas de las nubes, cuya traducción al cine por los Wachosvky y Tom Twiker fue un fiasco.
La periodista sigue el hilo de la metáfora musical y nos incita a un acercamiento más gozoso y literario.






Sexteto para solistas

“Al inicio está ese amanecer encapotado que envuelve la bahía y desfigura al Prophetess, un barco mercantil en reparación”. Eso se lee en el diario de Adam Ewing, un abogado americano que espera partir desde las islas Chatman rumbo a su California natal. Es el año 1850, y lo que parecía iba a ser una lectura tranquila pues al conocer aspectos de la historia, tanto de la película basada en El atlas de las nubes, las caracterizaciones y duplicidades de sus personajes, como que el autor de la novela, David Mitchell, situaba escenarios ya en la mitad del siglo XIX ya en un futuro posapocalíptico, me iba a permitir entrar en el texto sin demasiadas sorpresas.

Me equivoqué, pues en cada página había un motivo que me inducía a seguir. Lo que resultaba sencillo, inquietaba; la risa producía desazón, y si lo incomprensible se transformaba en lógico y lo que parecía irresoluble se desvelaba transparente, no es extraño que lo sobrecogedor me sedujera. No en vano, esta es una narración compuesta de diferentes relatos cuyo encaje es excelente, y cuya mejor definición sobre su estructura la refiere el músico Robert Frobisher. Él habla de una obra musical propia que lleva el título de la novela. Dice así, El atlas de las nubes “es un sexteto para solistas que se solapan: piano, clarinete chelo, flauta, oboe y violín, cada uno en su clave, escala y tono. En la primera parte, cada solo se ve interrumpido por el siguiente; en la segunda, se retoma cada interrupción en orden inverso”. Atención, pues Robert Frobisher es un personaje de la novela, así que hagámosle caso y sustituyamos a los solistas, el oboe, el clarinete, el violín… y démosles otros nombres. Adam Ewing, en 1850; Robert Frobisher, en 1931; Luisa Rey, en los años setenta; Timothy Cavendish, en nuestro tiempo; Sonmi-451, en el siglo XXII, y Zachry, el vallesino que habla cabrés, en un futuro posapocalíptico que nos instala en el final de los tiempos. 

Y sí, cada uno de los protagonistas tiene su clave y su tono, porque el autor utiliza un género literario diferente para cada historia. La aventura, el humor, la novela negra, la ciencia ficción… Y también cambia la palabra en su escritura: el diario, la epístola, el periodismo, la investigación, el interrogatorio… Estupendo Mitchell. En El atlas de las nubes, los siglos se caminan hasta llegar a un universo devastado y, a partir de ahí, como en la partitura de Frobisher, hay que rehacer el recorrido y regresar al Prophetess, donde nos espera Ewing.

Esta es una estupenda novela coral donde los protagonistas son esos relatos que parecen independientes pero que forman parte de un todo muy bien ensamblado, y a pesar de ese nexo común entre los personajes: un antojo en su piel con forma de cometa, no me apunto a la historia de la reencarnación y hago piña con el irreverente y fantástico Timothy Cavendish, ese editor al que le llega un manuscrito donde se cuenta lo que el lector ya ha leído. Cavendish declara que esa posibilidad de que Luisa Rey sea la reencarnación de Robert Frobisher es “un rollo demasiado hippie-grifota”. ¡Bravo, Cavendish!, para en el momento siguiente descolocar a esta lectora comentando que él también tiene un antojo debajo del sobaco, pero que ninguna amante le ha dicho que se pareciese a un cometa. 

No he visto la película, pues atendí la crítica de Javier Ocaña, y no quiero que rostros tuneados y camuflados, ni almas de personajes que se desplazan a través del tiempo, me alejen del disfrute que he tenido al leer ese original y bien trabado juego estructural de El atlas de las nubes, que en 2006 fue publicada por Tropismos y ahora reeditada por Duomo. Regreso a mi amigo Cavendish, protagonista de una historia excelente y delirante, y compendio el mismo de sarcasmo y sabiduría, quien ante su desesperada situación declara: “Los libros no ofrecen una verdadera escapatoria, pero pueden impedir que una mente se despelleje viva de tanto rascarse”. Pues eso."



El atlas de las nubes. David Mitchell. Traducción de Víctor V. Úbeda. Duomo Ediciones. Barcelona, 2012.

Otra buena reseña del libro en LaEspadaEnLaTinta