lunes, 10 de febrero de 2014

La CASA de HOJAS - de Mark Z. Danielewski

El traductor Javier Calvo nos acerca a esta obra de culto. El artículo completo aquí.
Su publicación ha sido una tarea compleja como pocas y hay que agradecérselo a las editoriales Alpha Decay y Pálido Fuego.









DIOS ES UNA CASA

(…) 
(La casa de hojas) Es un libro absolutamente extraño y fascinante, y además uno de los más divertidos de traducir que me he encontrado nunca. Principalmente quiero escribir unas líneas porque conozco la historia de este libro, el fanatismo de sus seguidores y su capacidad para generar controversia y hacer correr ríos de tinta en las redes. Conociendo también la escena literaria española, imagino que el libro dará que hablar, aunque sea en un contexto restringido, y me apetece adelantarme a cualquier posible debate con mis propias opiniones. 
(…)
La casa de hojas es famosa por varias cosas. En primer lugar, por su uso complejo y profundo del formato del libro. De hecho, pese a que en muchos sentidos es una de las cimas del hipertexto literario, La casa de hojas me parece absolutamente inimaginable en formato electrónico. Es un libro irreductible al e-book. Sus múltiples cadenas y niveles de autorreferencialidad se apoyan firmemente en su condición de falso aparato de notas a una falsa disertación académica, con los distintos niveles de metatextualidad señalados con cambios de tipografía y color de la tinta. Por otro lado, los vínculos entre cadenas de apéndices al texto o notas al pie a menudo están rotos, de la misma manera que el texto está incompleto y constituye en todos los niveles el opuesto del formato académico que él mismo satiriza. Además de esto, La casa de hojas es famosa por ser de las pocas obras mainstream de los últimos tiempos que han empleado con éxito “texto liberado”, por usar la expresión de Marinetti, es decir, que no tiene una maqueta preestablecida sino que crea continuamente caligramas y dibujos con el texto. Por último, y esta es una de las peculiaridades de la novela de Danielewski que le han conferido una extraña e inquietante segunda vida en Internet, La casa de hojas está plagada de supuestas “claves secretas” dentro del texto, escondidas en forma de anagramas, acrósticos y acertijos, que sus fans discuten acaloradamente en los foros que el propio autor, con gran astucia, ha ido abriendo en Internet a lo largo de los años. Todas estas razones han convertido La casa de hojas en el gran libro-objeto de la narrativa americana de las últimas décadas.
(...)

Existe –al menos en nuestro país– una percepción de la tradición en la que se sitúa La casa de hojas que me parece no exactamente errónea, pero sí incompleta. Muchos que la han leído la sitúan sin dudarlo en la tradición de Pynchon, Gaddis y Barth, que tiene en David Foster Wallace a su apóstol más reciente. Es obvio que hay algo de verdad en todo esto, y ciertamente La casa de hojas es uno de los grandes hitos del gafapastismo literario de la década pasada, junto con La broma infinita, Submundo o Stone Junction. Yo, sin embargo, debo de ser el único que ve la novela de Danielewski un poco al margen de esa tradición. En gran medida, cuando digo que La casa de hojas es una primera obra tremendamente original me estoy refiriendo a la dificultad de encontrarle una genealogía de progenitores literarios; es un libro que se parece muy poco a nada. La crítica ha señalado el parecido indudable, tanto argumental como conceptual, con Moby Dick (la obsesión de Navidson con su casa se compara explícitamente en el mismo texto con la de Ahab), además de su sección de extractos, su condición calidoscópica y su exceso de material. También está la comparación obvia con Pálido fuego, por el hecho de que ambos son una falsa edición anotada.

Yo añadiría como precedente a varios niveles Fascinación de Don Delillo. Y obviamente, aunque no salga en los manuales, El resplandor de Stephen King. En general, el propio libro consigue despistar bastante bien de su naturaleza obvia de novela de terror. No en vano, estamos hablando de una novela que consiste en la introducción y las notas que un loco escribe a una disertación académica que hace otro personaje ciego y desequilibrado sobre un documental que nadie encuentra y que probablemente no existe acerca de una familia que compra una casa encantada. La parte de la casa encantada queda un poco relegada a un segundo plano en las explicaciones de la novela, pero La casa de hojas es totalmente una novela de casa encantada. Su poder reside ahí. Su manejo del género, que adapta con tremenda pericia elementos del simbolismo y del expresionismo, desde Mallarmé, Rilke y Kafka hasta el propio Melville, le permite convertir la casa de Navidson en un vórtice poderosísimo de asociaciones simbólicas que deben mucho más al legado literario del fin de siglo y el primer modernismo que a la tradición postmoderna. Explotando esas asociaciones por medio de una técnica literaria basada en explicitar sus propias referencias, citas y patrones y explotarlas hasta un punto de sobresaturación, la casa se convierte en un nodo metafórico que escapa con éxito (gracias a esa misma saturación) de toda interpretación mecánica o fácil: representa la vida familiar, es cierto, y también representa la propia idea de casa en un sentido atávico, en tanto que polo de un binomio dentro/fuera cuyo trastorno es uno de los grandes ejes argumentales del libro.


Sin embargo, pese a que sus ramificaciones interiores y su oscuridad son representaciones de los fantasmas en el armario de la familia Navidson, del romance familiar freudiano y de los traumas de todos sus integrantes (la novela tiene una lectura psicoanalítica apasionante, que Danielewski deja esbozada), el autor consigue escaparse de esa esclerotización del sentido. La casa de Ash Tree Lane es todo y nada, es una ballena blanca capaz de asumir todos los significados y ninguno, un símbolo hermético y mallarmeano, una divinidad a la que se accede a través de la negación absoluta de todo, al modo místico, y una incapacidad para articular. Gran parte de ese éxito de representación, creo yo, viene de su descripción de la casa. De las partes “de género”, las que parecen una película de terror, los infinitos cambios de la casa, sus expansiones y sus ataques (yo pasé miedo auténtico la primera vez que leí el libro). La imaginería de terror de La casa de hojas es fresca y poderosa, y de las pocas que no han sido cooptadas y vulgarizadas por el cine, precisamente por su condición intrínsecamente textual y resistente a la traducción.
(...)

viernes, 7 de febrero de 2014

La GRAN ESTAFA AMERICANA - de David O. Russell

American Hustle
EEUU, 2013










La historia, entretenida y bien trabada. La ambientación setentera, plenamente conseguida. Los personajes, reconocibles y bien trazados. Entonces  ¿por qué salgo insatisfecho de la sala?

La película es un jolgorio que se pretende vitamínico y chispeante, pero me suena falso. He leído muchos artículos que la comparan con un Scorsese. Qué exageración. Metes un poco de rock, un par de travelings y alguna voz en off y  ¿ya está?.  Yo creo que no. Eso se llama manierismo, afectación con que se suple la falta de originalidad. Falta la potencia del maestro, su visceralidad, su complejidad y, voy a decirlo, su sinceridad. American hustle en cambio, es una película impostada como la tortilla de pelo que luce en su cabeza Christian Bale.

La cinta interpreta unos hechos acontecidos en 1978; la investigación de un oficial del FBI que recluta a un estafador de poca monta y a su amante para perseguir casos de corrupción. En su día se conoció como el caso Abscam.


A falta de relatar un gran golpe o una gran investigación (los políticos finalmente detenidos son algo sólo tangencial, no son el objeto de la película), el asunto se centra en el retrato de estos estafadores atrabiliarios; lo cual podría ser magnífico, pero ahí es donde Russell da la de arena. No le llega la chispa ni la mala leche, no se atreve o no sabe rasgar esos corazones y los nuestros.
Encuentro muy pocos momentos de verdad en la película. Bradley Cooper me parece un histrión interpretando al agente Richie DiMaso (que en la realidad se llamaba Anthony Amoroso Jr. ¡!). Christian Bale deambula enterrado en su barriga y su tortilla de pelo durante gran parte de la película.

La trama avanza entretenida y bullanguera, divertida a ratos pero sin levantar grandes pasiones hasta que de pronto aparece Robert de Niro. No creo que llegue a cuatro minutos su intervención. La pareja de estafadores que sirve de gancho a DiMaso va echando el anzuelo aquí y allá hasta que se topa con la mismísima Cosa Nostra. Y allí está el viejo mafioso, duro como el pedernal y desconfiado como una serpiente. Se sienta ante estos dos pendejos y les mira a los ojos. ¡Uf!  Ahí sí que hay tensión. Encima el gran de Niro no aparece en los créditos y yo creo que es porque está en otra película.

Los otros breves momentos de verdad los aporta esa pequeña joya que es Jennifer Lawrence, culminados en la escena en que reclama a su marido que le dé las gracias después de haberle metido en un lío de pelotas. Así es nuestra chica.

Estrepitosa y entretenida hasta el final, sin embargo no es la gran película de la que tantos galardones hablan. 

David O. Russel tiene una filmografía peculiar, exitosa casi siempre pero a falta del punch definitivo. Cuando fui a ver Los tres reyes no pensaba que fuera más que una de esas burdas películas americanas tan patrioteras como vulgares. Y me sorprendió. Me encontré una estupenda película que con desenfado denunciaba una gran hipocresía. Me ganaron esa panda de arrampladores que se redimen. También me gustó y mucho The Fighter, con una pareja de hermanos boxeadores muy pegados al suelo y a un entorno familiar bien problemático. Pero cuando entré a ver esta Estafa Americana, esperando una gran película, me he encontrado con una medianía. Todo me resulta superfluo e indoloro. El pobre Christian Bale vuelve a realizar un enorme esfuerzo físico (como en El maquinista o The fighter) pero no le saca rédito. Sólo hacia el final, cuando el tinglado amenaza ruina y él quiere proteger al único político honesto que conoce, es capaz de trascender sus postizos y trasladarnos un poco de verdad.

miércoles, 5 de febrero de 2014

La FURIA - de Silvina Ocampo


                                                            Monamourmatrahison


                                                                                                                                   (Para mi amigo Octavio.)


Por momentos creo que oigo todavía ese tambor. ¿Cómo podré salir de esta casa sin ser visto? Y, suponiendo que pudiera salir, una vez afuera, ¿cómo haría para llevar al niño a su casa? Esperaría que alguien lo reclamara por radio o por los diarios. ¿Hacerlo desaparecer? No sería posible. ¿Suicidarme? Sería la última solución. Además ¿con qué podría hacerlo? ¿Escaparme? ¿Por dónde? En los corredores, en este momento, hay gente. Las ventanas están tapiadas.
Me formulé mil veces estas preguntas a mí mismo hasta que descubrí el cortaplumas que el niño tenía en la mano y que guardaba de vez en cuando en el bolsillo. Me tranquilicé pensando que podía, en última instancia, matarlo, cortándole, en la bañadera, para que no ensuciara el piso, las venas de las muñecas. Una vez muerto lo colocaría debajo de la cama.
Para no volverme loco saqué la libreta de apuntes que llevo en el bolsillo, y mientras el niño jugaba de un modo inverosímil con los flecos de la colcha, con la alfombra, con la silla, escribí todo lo que me había sucedido desde que conocí a Winifred.
La conocí en Palermo. Sus ojos brillaban, ahora me doy cuenta, como los de las hienas. Me recordaba a una de las Furias. Era frágil y nerviosa, como suelen ser las mujeres que no te gustan, Octavio. El pelo negro era fino y crespo, como el vello de las axilas. Nunca supe qué perfume usaba, pues su olor natural modificaba el del frasco sin etiqueta, decorado con cupidos, que vislumbré en el interior revuelto de su cartera.
Nuestro primer diálogo fue breve:
—Che, no parecés argentina, vos.
—Es claro. Soy filipina.
—¿Hablás inglés?
—Es claro.
—Podrías enseñarme.
—Para qué.
—Para estudiar me vendría bien.
Ella paseaba con un niño que cuidaba: yo, con un libro de matemáticas o de lógica, debajo del brazo. "Winifred no era muy joven; lo advertí por las venas de las piernas, que formaban pequeños arbolitos azules a la altura de la rodilla y por la hinchazón pronunciada de los párpados.
Me dijo que tenía veinte años.
La veía los sábados por la tarde. Durante un tiempo, recorriendo el mismo trayecto del primer día, desde el busto de Dante, que queda junto a un aguaribay, hasta la jaula de los monos, mirando la punta de nuestros zapatos tiznados con polvo, o dando carne ruda a los gatos, repetimos el mismo diálogo, con distinto énfasis, casi  podría decir con distinto significado. El niño tocaba sin cesar el tambor. Nos cansamos de los gatos el día en que nos tomamos de la mano: no alcanzaba el tiempo para cortar tantos pedacitos de carne cruda. Un día llevamos pan a las palomas y a los cisnes: esto fue un pretexto para retratarnos al pie del puente que comunica con la isla clausurada del lago, cuyo portón abunda en inscripciones pornográficas. Quiso escribir su nombre y el mío junto a una de las inscripciones más obscenas. Le obedecí con desgano.
Me enamoré de ella cuando pronunció un alejandrino  (Octavio, me enseñaste métrica).
—Me acuerdo de mis plumas de ángel, cuando era chica.
Para no turbarme, la miré en el agua. Creí que lloraba.
—¿Tenías plumas de ángel? —pregunté con voz sentimental.
—Eran de algodón y muy grandes —me respondió—. Encuadraban mi cara. Parecían de armiño. Para el día de la virgen, las hermanas del colegio me vistieron de ángel, con un vestido celeste; una túnica, no un vestido. Debajo llevaba una malla celeste y zapatos celestes también.
Me hicieron rulos y me los pegaron con goma arábiga. Le coloqué mi brazo alrededor de la cintura, pero siguió hablando:
—Sobre la cabeza me pusieron una corona de azucenas artificiales. Las azucenas son muy fragantes, creo que eran nardos. Sí, nardos. Vomité durante toda la noche. Nunca olvidaré ese día. Mi amiga Lavinia, a quien estimaban tanto como a mí en el colegio, recibió la misma distinción: la vistieron de ángel, de ángel rosado (el ángel rosado era menos importante que el ángel celeste).
(Recordé tus consejos, Octavio, no hay que ser tímido para conquistar a una mujer.)
—¿No querés que nos sentemos? —le dije, abrazándola, frente a un banco de mármol.
—Sentémonos en el césped —me dijo.
Dio unos pasos y se echó al suelo.
—Me gustaría encontrar un trébol de cuatro hojas ... y me gustaría darte un beso.
Prosiguió, como si no me hubiera oído:
—Mi amiga Lavinia murió aquel día: fue el día más feliz y más triste de mi vida. Feliz, porque las dos estábamos vestidas de ángel; triste porque perdí para siempre la felicidad.
Para que tocara sus lágrimas, puso mi mano sobre su mejilla.
—Siempre que la recuerdo, lloro —dijo, con voz entrecortada—. Aquel día festivo terminó en tragedia. Una de las alas de Lavinia se encendió en la llama del cirio que yo llevaba en mi mano. El padre de Lavinia se precipitó para salvar a su hija: la cargó, corrió al presbiterio, atravesó el patio, entró en el cuarto de baño con esa antorcha  viva. Cuando la sumergió en el agua de la bañadera ya era tarde. Mi amiga Lavinia yacía carbonizada. De su cuerpo quedó sólo este anillo que cuido como oro en polvo —me dijo, mostrando en su anular un anillito con un rubí—.
Un día, jugando, me prometió que me regalaría el anillo cuando muriera. No faltó gente mal intencionada que me acusara de haber incendiado a propósito las alas de Lavinia. La verdad es que sólo puedo jactarme de haber sido bondadosa con una persona: con ella. Yo vivía dedicada como una verdadera madre a cuidarla, a educarla, a corregir sus defectos. Todos tenemos defectos: Lavinia era orgullosa y miedosa.
Tenía el pelo largo y rubio, la piel muy blanca. Para corregir su orgullo, un día le corté un mechón que guardé secretamente en un relicario; tuvieron que cortarle el resto del pelo, para emparejarlo. Otro día, le volqué un frasco de agua de Colonia sobre el cuello y la mejilla; su cutis quedó todo manchado.
El niño tocaba el tambor junto a nosotros. Le dijimos que se alejara, pero no nos obedeció.
—¿Si le quitásemos el tambor? —inquirí con impaciencia.
—Tendría un ataque de nervios —me respondió Winifred.
—¿Podré verte algún día, sin el chico o sin el tambor?
—Por ahora, no —respondió Winifred.
Llegué a creer que era hijo de ella, tanto lo complacía.
—¿Y la madre, la madre nunca puede estar con él? —le pregunté un día, con acritud.
—Para eso me pagan —me contestó, como si la hubiera insultado.
Después de una serie de besos, que cambiamos entre los follajes, continuó sus confidencias, sin que el niño dejara de tocar el tambor.
—En las Filipinas hay paraísos.
—Aquí también —le respondí, creyendo que hablaba de árboles.
—Paraísos de felicidad. En Manila, donde yo nací, las ventanas de las casas están adornadas de madreperla.
—¿Con ventanas adornadas de madreperla logra uno ser feliz?
—Estar en el paraíso equivale a lograr la felicidad; pero siempre llega la serpiente y uno la espera. Los temblores de tierra, la invasión japonesa, la muerte de Lavinia, todo ocurrió después. Lo presentí, sin embargo.
Mis padres siempre colocaban afuera de nuestra casa, junto a la puerta principal un platito con leche para que las víboras no entraran en la casa. Una noche se olvidaron de colocar la leche afuera. Cuando mi padre se metió en la cama, sintió algo caliente entre las sábanas. Era una víbora. Para matarla de un balazo tuvo que esperar hasta la mañana. No quería asustarnos con la detonación. Aquella vez presentí todo lo que iba a ocurrir. Fue una premonición. Arrodillada en la capilla del colegio trataba de pedir protección a Dios, pero siempre que estaba arrodillada, mis pies me molestaban. Los doblaba hacia afuera, hacia adentro, para un lado, para el otro, sin hallar postura adecuada para el recogimiento.
Lavinia me miraba con asombro; ella era muy inteligente y no podía comprender que uno tuviera esas dificultades frente a Dios. Ella era sensata; yo era romántica. Un día, vagando con un libro, en un campo cubierto de lirios, me dormí. Era ya tarde. Me buscaron con linternas: el cortejo iba encabezado por Lavinia. Allí los lirios dan sueño, son flores narcóticas. Si no me hubieran encontrado, seguramente usted no estaría hablando hoy conmigo.
El niño se sentó junto a nosotros, tocando el tambor.
—¿Por qué no le sacamos el tambor y se lo tiramos al lago? —me aventuré a decir—. Me aturde el ruido.
Winifred dobló su impermeable rojo, lo acarició y siguió hablando:
—En los dormitorios del colegio, Lavinia lloraba de noche, porque temía a los animales. Para combatir sus inexplicables terrores, metí arañas vivas adentro de su cama. Una vez metí un ratón muerto que encontré en el jardín, otra vez metí un sapo. A pesar de todo no conseguí corregirla; su miedo, por lo contrario, durante un tiempo se agravó. Llegó al paroxismo el día en que la invité a mi casa. Alrededor de la mesita donde estaba dispuesto el juego de té con las masas, coloqué todas las fieras que mi padre había cazado en África y había mandado embalsamar: dos tigres y un león. Lavinia no probó la leche ni las masas aquel día. Yo jugaba a darle de comer a las fieras. Ella lloraba. La llevé a las hamacas del jardín, para consolarla. No cesó de llorar, hasta el momento en que anocheció. Entonces aproveché la oscuridad para esconderme detrás de unas plantas. El miedo secó sus lágrimas. Creyó que estaba sola. El sitio de las hamacas quedaba retirado de la casa. Permaneció de pie, junto a un banco rústico, rascándose nerviosamente las rodillas, hasta que aparecí cubierta de hojas de banano. En la oscuridad adiviné la palidez de su cara y los hilitos de sangre de sus rodillas arañadas. Dije su nombre, tres veces: Lavinia, Lavinia, Lavinia, tratando de cambiar mi voz. Palpé su mano helada.
Creo que se desvaneció. Esa noche tuvieron que ponerle bolsas de agua caliente en los pies y bolsas de hielo en la cabeza. Lavinia dijo a sus padres que no quería verme más. Nos reconciliamos, como es natural.
Para celebrar nuestra reconciliación, fui a su casa con varios regalos: chocolate y una pecera con un pez rojo; pero lo que más le desagradó fue un monito, vestido de verde, con cuatro cascabeles. Los padres de Lavinia me recibieron con cariño y me agradecieron los regalos, que Lavinia no me agradeció. Creo que el pez y el mono murieron de inanición. En cuanto al chocolate, Lavinia no lo probó. Tenía la manía de no comer dulces, razón por la cual la reprendían, cuando no le metían a la fuerza en la boca, bombones o dulces que yo siempre le regalaba.
—¿No querés que paseemos por otra parte? —le dije, interrumpiendo sus confidencias—. Está lloviendo.
—Bueno —me contestó, poniéndose el impermeable.
Caminamos, cruzamos la avenida de las palmeras, llegamos al Monumento a los Españoles. Buscamos un taxímetro. Di las instrucciones al chauffeur. En el camino compramos chocolate y pan, para el niño. La casa era como las otras de su género, un poco más grande, tal vez. La habitación tenía un espejo con molduras doradas y un perchero, cuyas perchas lucían en sus extremidades cuellos de cisne. Escondimos el tambor debajo de la cama.
—¿Qué hacemos con el niño? —pregunté, sin recibir otra respuesta que el abrazo que nos condujo a un laberinto de otros abrazos. Penetramos, nos demoramos en la oscuridad como en un túnel, cegados por la luz del jardín donde habíamos estado.
—¿Y el niño? —volví a interrogar, viendo su ausencia, su sombrero de paja y sus guantes blancos en la penumbra—. ¿No estará debajo de la cama?
—Ese andariego andará por los corredores de la casa.
—¿Y si alguien lo ve?
—Pensarán que es el hijo del dueño.
—Pero no permiten traer niños.
—¿Cómo lo dejaron pasar?
—No lo vieron, debajo de tu impermeable.
Cerré los ojos y aspiré el perfume de Winifred.
—Qué cruel fuiste con Lavinia —le dije.
—¿Cruel, cruel? —me respondió, con énfasis—. Cruel soy con el resto del mundo. Cruel seré contigo —dijo, mordiendo mis labios.
—No podrás.
—¿Estás seguro?
—Estoy seguro.
Ahora comprendo que sólo quería redimirse para Lavinia, cometiendo mayores crueldades con las demás personas. Redimirse a través de la maldad. Después salí en busca del niño, porque ella me lo pidió. Vagué por los corredores. No había nadie. Me detuve en el patio donde llegaban los taxímetros con parejas que ocultaban risas, alegría, vergüenza. Un gato blanco se trepó a una enredadera. El niño estaba orinando junto a la pared. Lo alcé y lo llevé escondiéndome lo mejor que pude. Al entrar en el cuarto, primeramente no vi nada; la oscuridad era absoluta. Luego advertí que Winifred ya no estaba. Nada de ella había quedado, ni su cartera, ni sus guantes, ni el pañuelo con iniciales celestes. Abrí bruscamente la puerta para ver si la alcanzaba en el corredor, pero no hallé ni el perfume de ella. Volví a cerrarla y mientras el niño jugaba peligrosamente con los flecos de la colcha, descubrí el tambor. Revisé todos los rincones en donde Winifred hubiera podido, en su distracción, dejar algo de ella, algo que me ayudara a encontrarla de nuevo: su dirección, la dirección de una amiga, el apellido de ella.
Intenté varios diálogos con el niño, que me fueron de poca utilidad.
—No toques el tambor. ¿Cómo te llamas?
—Cintito.
—Ése es un sobrenombre, ¿cuál es tu verdadero nombre?
—Cintito.
—¿Y tu niñera?
—Niní.
—¿Y qué más?
—Nada más
—¿Dónde vive?
—En una casita.
—¿Dónde?
—En una casita.
—¿Dónde está esa casita?
—No sé.
—Te doy bombones, si me decís cómo se llama tu niñera.
—Dame bombones.
—Después. ¿Cómo se llama?
Cintito siguió jugando con la colcha, con la alfombra, con la silla, con los palillos del tambor.
¿Qué haré?, pensaba, mientras hablaba con el niño.
—No toques el tambor. Más divertido es hacerlo rodar.
—¿Por qué?
—Porque no hay que hacer ruido.
—Si yo quiero.
—No toques te digo.
—Entonces devolveme el cortaplumas.
—No es un juguete para niños. Podrías lastimarte.
—Tocaré el tambor.
—Si tocas el tambor, te mato.
Comenzó a gritar. Lo tomé del cuello. Le pedí que se callara. No quiso escucharme. Le tapé la boca con la almohada. Durante unos minutos se debatió; luego quedó inmóvil, con los ojos cerrados.
Vacilar es una de mis perdiciones. Durante minutos que me comunicaron con la eternidad, repetí: ¿Qué haré?
Ahora sólo espero que se abra la puerta de mi cárcel donde todavía estoy encerrado. Siempre fui así: por no provocar un escándalo fui capaz de cometer un crimen.



                                    En   La furia y otros cuentos, Silvina Ocampo. Orión, Buenos Aires, 1976.

lunes, 3 de febrero de 2014

LOS HOMBRES VANOS - de T. S. Eliot






































En la reciente película  Agosto: condado de Osage, escrita por Tracy Letts, se cita este poema de T. S. Eliot. Me parece una ocasión inmejorable para releerlo, mejor todavía con el recuerdo del gran Sam Shepard murmurando su versos, hastiado.
Los hombres vanos tienen "la mollera llena de paja", sus voces "son tranquilas y sin sentido" y van a tientas juntos evitando hablar. Solos y desorientados por el campo yermo apenas logramos atisbar una brizna de nuestro destino: "entre la idea y la realidad cae la sombra".





LOS HOMBRES VANOS (1925)
                 UN PENIQUE PARA EL VIEJO GUY

                       Somos los hombres huecos
                       somos los hombres rellenos
                       apoyados uno en otro.
                       La mollera llena de paja ¡Ay!
                       Nuestras voces resecas, cuando
                       susurramos juntos,
                       son tranquilas y sin sentido
                       como viento en hierba seca
                       o patas de ratas sobre cristal roto
                       en el sótano seco de nuestra provisiones.

                      Figura sin forma, sombra sin color,
                      fuerza paralizada, gesto sin movimiento;

                      los que han cruzado
                      con mirada fija, al otro Reino de la muerte
                      nos recuerdan -si acaso nos recuerdan- no como
                      perdidas almas violentas, sino sólo
                      como hombres huecos,
                      los hombres rellenados.


                               II

                     Ojos que no me atrevo a encontrar en sueños
                     en el reino del sueño de la muerte
                     esos ojos no aparecen:
                     Allá, los ojos son
                     luz del sol en una columna rota
                     Allá, hay un árbol meciéndose
                     y las voces son
                     el canto del viento
                     más lejanas y más dolientes
                    que una estrella que se apaga.

                    No me acerque yo más
                    al Reino del sueño de la muerte
                    Revístame yo también
                    de tan deliberados disfraces:
                    pelaje de rata, piel de cuervo, palos cruzados
                    en un campo
                    obrando igual que el viento,
                    sin acercarme más...

                   No ese encuentro final
                   en el reino crepuscular.


                           III

                  Esta es la tierra muerta
                  esta es la tierra del cactus
                  aquí se elevan las imágenes
                  de piedra, aquí reciben
                  la súplica de la mano de un muerto
                  bajo el titilar de una estrella que se apaga.

                 Así es
                 en el otro reino de la muerte
                 despertar solo
                 a la hora en que
                 temblamos de ternura
                 labios que querrían besar
                 forman oraciones de piedra rota.


                     
                       

                                 IV

                Los ojos no están aquí
                no hay ojos aquí
                en este valle hueco
                la quijada rota de nuestros reinos perdidos
                en este, el último de los lugares del encuentro
                vamos a tientas juntos
                y evitamos hablar
                reunidos en esta playa del crecido río.

               Ciego, a no ser que
               reaparezcan los ojos
               como la estrella perpetua
               rosa multifoliada
               del crespuscular reino de la muerte
               la esperanza solamente
               de los hombres huecos.


                        V

              Al corro del árbol del espino,
              el árbol del espino, el árbol del espino
              al corro del árbol del espino
              a las cinco de la mañana.

                         Entre la idea
                         y la realidad
                         entre el movimiento
                         y el acto
                         cae la sombra.

                                           Porque Tuyo es el Reino

                        Entre la concepción
                        y la creación
                       entre la emoción
                       y la respuesta
                       cae la sombra

                                         Y la vida es muy larga.

                      Entre el deseo
                      y el espasmo
                      entre la potencia
                      y la existencia
                      entre la esencia
                      y el descenso
                      cae la sombra.

                                       Pues Tuyo es el Reino

                    Pues Tuyo es
                    la Vida es
                    pues Tuyo es el

            Así es como acaba el mundo
            Así es como acaba el mundo
            Así es como acaba el mundo
           No con un estallido sino con un quejido.

AGOSTO - de John Wells

August: Osage County
EEUU, 2013









La familia y otras neuras.-
Agosto se compone de dos aspectos formales y uno de fondo. Una reunión familiar con motivo de la muerte del cabeza de familia y una casona en las llanuras asfixiantes de Oklahoma son los dos primeros y la amargura de la decepción es el segundo.

"La vida es demasiado larga" nos cuenta Beverly Weston (Sam Shepard) cuando se ilumina la pantalla. Citando el poema de T.S. Eliot -"Los hombres vanos"- nos sitúa de un plumazo en el tono sombrío de lo que se avecina. Seguidamente nos describe la situación de forma abrupta: "yo bebo y mi mujer es adicta a las pastillas". 

En la casona perdida en la inclemente llanura se acumula el polvo de la frustración y la bilis de la amargura acrecentada durante años. Su mujer Violet (Meryl Streep), con cáncer de boca, desastrada y colérica, se enfrenta de nuevo con él que se retira mascullando nuevos versos, "al corro del árbol del espino, al corro del árbol del espino". Ya sólo quedaría añadir los últimos versos de este desolador poema: "Así es como acaba el mundo, no con un estallido sino con un  quejido".
Las espinas de una relación condenada, el corro de repetir errores, el quejido de la decepción. 

Tracy Letts es el autor de la obra teatral con la que consiguió el Premio Pulitzer y es a la vez su adaptador cinematográfico. Admirador confeso de Tennessee Williams no oculta las concordancias de su obra con "De repente el último verano" o con Eugene O´Neill y su "Larga jornada hacia la noche". Letts enfrenta y actualiza los mismos conflictos personales y sobre todo familiares. La represión que daba juego en aquellas obras cede a unas relaciones más abiertas; pero nadie se libra de una enorme frustración.

Los diálogos poseen autenticidad, las réplicas son exactas y brutales. Sin reiteraciones vanas, la obra avanza por los rincones de cada personaje. Sin pausa afloran los rencores y secretos inconfesables hasta el estallido final. En el espacio cerrado de la casa, metáfora de las cadenas que atan a esta familia, encontramos a la matriarca Violet (Meryl Streep), dominante, agresiva y colérica; a la hija mayor, Bárbara (Julia Roberts), fiel reflejo de la madre, maniática del orden y en proceso de separación. A la pequeña y sensible  Ivy (Julianne Nicholson) y la casquivana Karen (Juliette Lewis), huida a la vida regalada de Miami. Todas ellas se cruzarán de nuevo en la casona y no saldrán indemnes de este naufragio. 

Montaje teatral de la obra
La secuencia de la cena del funeral es el corazón de la película, pura catarsis. Una tormenta desatada  entre los elementos de esta familia desquiciada, atacada por la descomposición. Entre el espacio exterior vacío y asfixiante y el interior cerrado  y opresivo, todos están prisioneros.
                                   
A pesar de haber reunido un lujoso elenco plagado de estrellas, son las dos protagonistas, Meryl Streep y Julia Roberts, las que se llevan el gato al agua. Sus interpretaciones a cara lavada y soltando sapos por la boca ("come, hija de puta", "si es tu padre dile que se vaya a la mierda") son intensas y poderosas. Juliette Lewis hace su papel de tontuela y Julianne Nicholson, en un papel pequeño, logra prenderse en nuestra retina por su encanto y contención. 

Los hombres quedan en un segundo plano y es que la obra supera con holgura el test de Bechdel (que se mide por estos criterios: dos personajes de mujeres con nombre en pantalla, conversando entre ellas y cuyo tema de conversación no sea un hombre).
Destacaré la presencia de un Sam Shepard que con sólo unos minutos en pantalla logra que su personaje perviva en los acontecimientos.

La obra está ubicada en Oklahoma, tierra natal de Letts: "pero quién coño tuvo la idea de asentarse aquí", bufa Bárbara en un momento de desesperación. Es el Medio Oeste, pero muy cercano al Sur de las sórdidas sagas familiares que narró Faulkner, o de los desencajados personajes que pululan por las páginas de Carson McCullers, a quien se cita en la película.

No es la primera familia disfuncional que Letts pone bajo su prisma. En otra de sus obras, Killer Joe, también había una familia desvencijada y aviesa; aunque con menos literatura: allí primaba la pasta. No parece un escritor de banalidades. También firmó Bug, un guión oscuro y malsano dirigido, como la anterior, por William Friedkin.

George Clooney figura como productor acompañando a los hermanos Weinstein y nos sigue demostrando la calidad de su olfato para entregar obras significativas. John Welles dirige sin grandes alardes. Ha intentado abrir el escenario  sacando la cámara a la carretera y al pueblo; pero todo el valor de la película está en el texto y en sus poderosos personajes.