viernes, 28 de agosto de 2026

EL SER QUERIDO - de Rodrigo Sorogoyen

España,2026

La película es un potente drama que versa sobre las relaciones paterno-filiales en primer término y las relaciones de poder (aunque sea en un entorno tan artístico como un rodaje) en segundo. Dicho esto a cualquiera le entraría la duda de cómo poner en pie un conflicto sobre la base del reencuentro de un padre con su hija abandonada 13 años antes y que resulte contemporáneo, apasionante y sin afectación. Pero Sorogoyen lo consigue asumiendo riesgos y demostrando que es capaz de articular el tema, acrecentar nuestro interés y traducirlo todo en imágenes de gran tensión dramática y veracidad. 

Tiene mucho mérito este libreto por la sutileza y carga de sus diálogos; y mucha enjundia el modo de trasladarlo a la pantalla. Todo ello debido al buen hacer de ese tándem maravilloso que conforman Sorogoyen y su co-guionista habitual Isabel Peña

La historia nos acerca al célebre director de cine Esteban Martínez que abandonó a su mujer y a su hija en España para triunfar en EEUU. Ahora vuelve con la intención de rodar una historia de amor en medio del conflicto del Sahara y quiere que su hija, una actriz en ciernes, la protagonice. El reencuentro provocará chispas y abrirá viejas heridas. Está claro que este resumen nos remite directamente a la aclamada ´Valor sentimental´, con la que Joachim Trier ganó el Óscar el año pasado a la mejor película internacional. Efectivamente comparten el esqueleto de la trama -conflicto padre e hija abandonada, cuando el primero regresa para invitarle a protagonizar su siguiente película-; pero nada más. La historia, las implicaciones personales y el modo de contarla difieren notablemente. Sorogoyen amplía los espacios del metacine en su obra y nos propone innovaciones formales que potencian una película que logró el elogio del pasado Festival de Cannes, donde se subrayó la fuerza emocional y profundidad de sus personajes.




Habrá quien se quede en lo superficial de una película que se desarrolla mientras se está rodando otra película o que la historia transcurra en el Sahara, una zona con un conflicto enquistado desde hace décadas, al que Javier Bardem suele prestar voz para que no caiga en el olvido. Pero estos dos asuntos, siendo valiosos, son secundarios. 

Hay una escena en la que los actores y el director Esteban Martínez (Javier Bardem) comparten cena y aquellos le plantean que aparte del Sahara la película que ruedan carece de tema. Éste les inquiere por la película que harían ellos y su tema. El protagonista de la película que ruedan dice, riéndose, que trataría sobre la humildad; mientras otra de las actrices suelta una broma y otro actor se queda en blanco ("uf, me tendría que poner a pensar") antes de decir que la haría "sobre lo difícil que es la vida y las relaciones humanas".
Ahí está. 
Ese es el tema de esta película de Sorogoyen y así nos lo demuestra desde una secuencia inicial tan portentosa como demoledora. Hace mucho tiempo que no veía una escena dialogada tan tensa y emocionalmente violenta, capaz de agarrar al espectador por la pechera y dejarlo colgado pendiente de cada réplica. 



Esteban Martínez ha citado a una actriz en un restaurante para exponerle su idea de que acepte protagonizar su próxima película. Cuando ella llega se saludan afablemente, pero de forma circunspecta. No hay abrazos ni besos. Son dos extraños. Qué tal estás. Bien. Cómo te va todo. Bien. Cómo estas tú. Bien, bien, estoy bien. Qué tal van las cosas. Bien. Así un rato largo hasta que la incomodidad llena toda la sala. La cámara abunda en primerísimos planos. Las miradas se cruzan, huyen y vuelven. La tensión se masca. Son como dos duelistas que se mueven en círculos mientras se van estudiando. Pero poco a poco la conversación los va acercando a algo concreto. Finalmente se revela el asunto. Son padre e hija. La abandonó hace 13 años y ahora quiere darle una oportunidad en su nueva película...

En esta espléndida secuencia está contenida toda esta lúcida película. Cuando él saca un recuerdo común para intentar acercarse, ella se sorprende. No ocurrió así. Él ha dulcificado un recuerdo que, en cambio, para ella fue dolorosísimo. Tampoco él le ha pedido perdón en este primer encuentro... ni se lo va a pedir durante las próximas semanas en las que van a convivir -con una tensión enorme- en el rodaje. 




La película tiene una caída de ritmo en el siguiente cuarto, mientras se monta todo el set de rodaje; pero enseguida vuelve a alzar el vuelo gracias a un manejo del tempo y del lenguaje audiovisual extraordinario. Porque Sorogoyen no deja de proponer novedosas ideas visuales y elementos narrativos que hacen que su relato adquiera profundidad y viveza. Pondré tres ejemplos.

El primero y más evidente es el uso del Blanco y Negro hacia el que derivan algunos planos sin saltarse la narración. En el juego de espejos que se establece entre el rodaje y la vida personal de la actriz protagonista y del director, de pronto un plano sobre uno de ellos (observando al otro o escuchando) muda al blanco y negro, como para mostrar ´la verdad´ de lo que está sintiendo. 

En otro momento tanto el director como su hija están en el restaurante del hotel, pero en distintos grupos, y él se dispone a escucha el primer corte de la música que le han enviado para la banda sonora de su película. Es una partitura que transmite todo el maremágnum de emociones que confluyen en esa historia de amor en medio del Sahara. Pero mientras el director la está escuchando mira absorto a su hija, hablando con unos amigos al otro lado de la sala y de pronto -de forma mágica- esa partitura doliente salta de la película-rodaje a la realidad del director, recogiendo y exaltando sus propias emociones. Fascinante. 



Sólo una más. En una escena del rodaje se ve a los dos actores protagonistas sentados a la mesa en el salón de una casa. La actriz protagonista se acerca desde el fondo con una bandeja que acaba depositando en la mesa, uniéndose a los dos hombres. Sorprendentemente, desde que dicen ´acción´ y tanto la cámara como la actriz inician su movimiento de acercarse a la mesa, el sonido desaparece. El silencio en la sala fue absoluto. Los espectadores ni respirábamos. Estábamos absortos mirando a esa chica que era el centro de todo, de lo que era película y de lo que no. No sé si la escena dura un minuto o menos, pero la escena en absoluto silencio resulta hipnótica. Cuando finalmente la joven deposita la bandeja y se sienta a la mesa la imagen se congela, se abre el plano y vemos que el director le está mostrando la escena a su hija en la pantalla del ordenador. Ella le indica que "resulta raro ver la escena sin sonido", a lo que el director responde que así se aprecian mejor los sentimientos que empujan a los personajes.

Posteriormente tendrán una conversación sobre las máscaras que todos portamos y que los actores tienen que quitarse para poder dejar salir al personaje. Todo ello tiene que ver con otra de las bazas del film, la del cine dentro del cine. Aunque creo que este asunto es secundario, Sorogoyen se las apaña para sacarle rendimiento y, a través de él, definir resolutivamente al personaje del director. Según van surgiendo los problemas vamos conociendo su carácter: colérico, embaucador, dictatorial, volcánico. Paradójicamente la escena cumbre, en la que Esteban Martínez pierde los papeles y humilla a sus actores, es a la vez de una comicidad descacharrante. 

Victoria Luengo, como siempre, está soberbia (qué naturalidad en la compostura y la dicción) aceptando el duelo cara a cara con un monstruo como Javier Bardem, que nos vuelve a demostrar que es uno de los grandes.





* Aquí puedes leer cómo se rodó esa escena inicial tan formidable. A pelo. En un restaurante de verdad, con cinco cámaras escondidas y ningún técnico a la vista. Dejando que Bardem y Luengo entrasen al set sin haberse cruzado antes y sólo con el apoyo de un par de páginas de texto. Hora y media de metraje que se quedó en esos 18 minutos tan extraordinarios.

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