Esta es una serie de intriga al estilo de "La sombra de una duda" (1943) del maestro Hichtcock, que tuvo una espléndida actualización en la película o "Stoker" de Park Chan-wook. En el clásico la historia se centraba en una jovencita de monótona vida que recibe con ilusión la visita de su adorado tío, un hombre fascinante que viaja por todo el país. Pequeños detalles y trozos de conversaciones espiadas le van descubriendo la verdad sobre su tío. Se trata de un asesino en serie de viudas acaudaladas a las que embauca con sus encantos. Conocimiento es poder, de modo que esta revelación se convierte en una amenaza para la propia chica. La acumulación de indicios a lo largo de la cinta es de lo más sutil e intrigante, lo que hace que la sospecha nos vaya estrangulando poco a poco.
Esta misma sospecha, sobre un hombre directo y encantador, es la que explora esta serie sobre un vecino siniestro. La protagonista es la novelista Aggie Wiggs (Claire Danes), ganadora del Pulitzer, que vive aislada en su mansión de Nueva Jersey por la amargura de haber perdido a su hijo. Fue en un accidente de tráfico provocado por un conductor ebrio, cuya absolución le ha sumido en un mar de alcohol y melancolía. Además, su permanente irritación e ira reprimida también se ha llevado su matrimonio por delante. La situación ha derivado en un bloqueo total para el desarrollo de su trabajo creativo.
Así conocemos a la novelista, dando de nuevo largas a su editora, cuando a su irritabilidad viene a sumarse un nuevo y molesto vecino, Nile Jarvis (Matthew Rhys). Este poderoso empresario inmobiliario de Nueva York acaba de instalarse en la casa de al lado y, desde el primer minuto, es todo un incordio. El tipo se las trae, ya que lleva años siendo la comidilla de los medios por ser sospechoso de la desaparición de su mujer; aunque el caso nunca pudo aclararse, ya que fue imposible encontrar el cadáver.
El aislamiento de Aggie pronto se ve roto por su nuevo vecino. Primero son sus perros guardianes, luego el constante estrépito de sus alarmas, para concluir con su insistente propuesta de asfaltar una zona del bosque cercano para hacer jogging. La insistencia del tipo es un fastidio; pero el roce hace el cariño y tras las quejas llegan las disculpas y finalmente la invitación a tomar un té. Jarvis es una persona encantadora y muy seguro de sí mismo; además ya conoce a Aggie puesto que ha leído su libro. Se interesa por su nueva novela. Lamenta su atasco mental. Tras una serie de escarceos acaba lanzándole una propuesta de lo más audaz: podría escribir su historia. ¿Dónde va a encontrar una idea más interesante? Le dará acceso total y los dos ganarán, ella volverá a escribir y él podrá limpiar su nombre.
Así comienzan una extraña relación llena de luces y sombras que supone un juego psicológico de primer orden. Aggie no sabe a qué atenerse. Los hechos son tozudos pero cuanto más sabe más dudas tiene. Incluso llega a conocer a la nueva mujer de Jarvis, una experta en arte que era amiga de su anterior mujer y que no tiene ninguna duda respecto a la inocencia del empresario. El pico del intríngulis llegará cuando él la lleva a conocer a sus anteriores suegros, con los que parece mantener una gran relación. ¿Dónde está la verdad? ¿Realmente mató a su mujer?
La serie explora otras subtramas como los oscuros negocios de Jarvis y su padre (Jonathan Banks). Están inmersos en desarrollos inmobiliarios muy ambiciosos que quizás requieran algún tipo de corrupción política y algún que otro sicario. También aparece el agente del FBI que investigó la muerte de la mujer. Acabó obsesionado con el caso y una noche aparece, borracho, en la puerta de Aggie para avisarle de lo peligroso que puede llegar a ser Jarvis. El juego se complica cada vez más para la novelista que bandea entre las revelaciones del agente y la morbosa atracción que Jarvis ejerce sobre ella, llena de curiosidad, repulsión y deseo.
Tanto las películas referidas como esta serie comparten una gran intriga y una fuerte tensión emocional entre dos personajes cuya confianza mutua siempre está sobre el filo de una navaja. Matthew Rhys nos ofrece uno de esos papeles que borda, como en The Americans, donde un tipo se convierte en otra persona muy distinta con solo pestañear. En un segundo parece inocente y cautivador mientras que al siguiente se muestra implacable. Claire Danes por su parte nos entrega un personaje siempre expectante, intenso y a punto de estallar; pero también decidido a salirse con la suya.
De hecho los ocho capítulos de la serie basculan entre ellos como dos polos de atracción. Por un lado la maldad de Jarvis y por otro la personalidad quebrantada de Aggie, aplastada por la culpa... pero también por un irreprimible deseo de venganza. Nos tememos lo peor cuando, al salir de una cafetería con Jarvis, se cruza con el culpable de la muerte de su hijo. Por qué tengo que sufrir esto todos los días, le dice.
La serie tiene un desarrollo modélico en cuanto a apretar las clavijas. La verdad siempre nos parece evidente, pero a la vez esquiva. La acción se desarrolla en la cabeza de la protagonista y de nosotros, los espectadores. Cada encuentro entre Aggie y Jarvis parece una ceremonia donde flotan los vapores de la sospecha y la acusación. En todo momento Jarvis nos parece un lobo que retoza con una criatura demasiado vulnerable mientras mantiene sus asuntos bien atados. Pero la novelista no le va a la zaga. Los dos tienen sus demonios, como reconoce cuando finalmente está presentando su libro -titulado ´La bestia en mí´-: "Venganza alimentando venganza. Una herida que jamás sana. También soy cómplice de este ciclo. Mis manos no están del todo limpias.".
La serie reúne de nuevo a Claire Danes con Howard Gordon, protagonista y showrunner respectivamente de la aclamada Homeland.











































