domingo, 15 de febrero de 2026

EL HOMBRE que HABLABA SERPIENTE - de Andrus Kivirähk




Esta es una novela juvenil, rebosante de aventuras, que narra el enfrentamiento entre el viejo mundo del bosque ancestral y el nuevo de aldeas y monasterios. Pero también es una fábula mitológica sobre los orígenes idílicos del pueblo estonio, viviendo en el bosque, cazando y recolectando; justo en el momento en que son asediados por caballeros teutones. Estos Hombres de Hierro están instaurando castillos y aldeas para que las gentes se conviertan en los aldeanos y campesinos de sus señoríos. También están fundado monasterios para divulgar la fe cristiana. A cambio de una vida más "civilizada" exigen pleitesía. En el fondo se trata del clásico enfrentamiento entre una tradición bucólica y el progreso marcado por la sumisión y una promesa de bienestar. 

Nuestro narrador es Leemet, un joven que vive en el bosque según tradiciones atávicas. Su pueblo convive en armonía con la naturaleza. Domina el serpéntico, idioma de las serpientes con el que logra dominar al resto de animales, a los que subyuga con sus siseos. Estos cazadores-recolectores viven en una Arcadia ácrata, sin más norma ni gobierno que el incordio del druida Ülgas, empeñado en una mitología de hadas, espíritus y floresta mágica en la que pocos creen. Pero este paraíso está a punto de morir. En los últimos tiempos las gentes del bosque se han ido trasladando a las aldeas buscando comodidad y cobijo a cambio de adquirir nuevas costumbres y creencias. 
"¿Por qué íbamos a quedarnos nosotros atrás, a seguir anclados en el pasado, hablando con las serpientes? ¿Qué podrían decirnos unas sabandijas tan infames? Yo creo que más bien deberíamos escuchar a los que saben más que nosotros: a los extranjeros, que construyen fortalezas y conventos de piedra, que tienen grandes barcos que navegan veloces y que se cubren el cuerpo con armaduras de hierro, de modo que ninguna flecha puede atravesarlos. ¿Crees que esos conocimientos los han adquirido de las víboras? ¡Pues no, ha sido Dios quien se lo ha enseñado todo! Él los ha iluminado y los ha hecho poderosos."


Leemet desprecia esta nueva forma de vida. A través del serpéntico las liebres y venados se ponen a su alcance para ser sacrificados. Su sabrosa carne está a años luz de los mendrugos de pan y gachas que comen los aldeanos. Su libertad de movimientos no tiene nada que ver con las obligaciones de los siervos que tienen que arar, sembrar y cuidar del rebaño mientras se desloman de sol a sol para sobrevivir precariamente. Tampoco se arrodillará ante la cruz y los monjes. Si no hizo caso de las hadas y los espíritus del bosque, mucho menos se plegará ante un dios extraño y cruel que te quiere sumiso y enajenado por nuevas supersticiones.

Leemet comienza su narración en un punto terminal. Ya quedan pocas familias en el bosque. Su abuelo fue el último que tuvo colmillos viperinos y ha desaparecido. Su tío Vootele es el último que domina el serpéntico y se lo enseña a él para perpetuarlo. Pero Leemet asiste impotente a la conclusión de la vida en el bosque, de la que pronto se convertirá en su último heraldo. 



El universo que nos muestra Leemet es fascinante, más todavía porque vemos el fin al que está abocado. Sus costumbres y tradiciones nos trasladan a un mundo de leyenda. Los guerreros estonios nunca se dejaron conquistar porque contaban con el Sapo del Norte, una especie de dragón volador que les aseguraba la supremacía. Del mismo modo el serpéntico les permitía dominar a los animales mientras convivían amistosamente con osos y culebras. Los primeros, juguetones y mujeriegos, saben cortejar a las damas y encandilarlas. Mientras que las segundas son amigas de los hombres. La relación que Leemet mantiene con Ints, una víbora real, es de una complicidad conmovedora.

Durante la primera mitad de la novela el tono es aventurero y juvenil, casi como el de una fábula. Leemet explora su mundo y el ajeno (tiene charlas con el mayor de la aldea e incluso citas con su hija) en permanente correría. Pero según se va convirtiendo en adulto su mundo comienza a resquebrajarse y el miedo y la intolerancia prenden la mecha del enfrentamiento. Curiosamente será Leemet, el hombre natural, pacífico y ajeno a cualquier superstición, quien inicie la cadena de acontecimientos que los conducirá a la guerra. En un intento de revitalizar el bosque, el druida Ülgas exige un sacrificio humano; al negarse, Leemet provocará la venganza del druida que los conducirá a todos a la destrucción. 


He de reconocer que cuando llevaba leído un cuarto de novela todavía no sabía a qué atenerme. Por la información de la solapa esperaba un libro de aventuras y fantasía, pero me encontré un relato ligero, juvenil. El tono y la entidad de la aventura era bajo. Incluso con alguna expresión en exceso coloquial (turulato, chavalote). La epopeya de los ancestros estonios carecía de épica. Pero tengo que reconocer que me ganó el carácter de Leemet y la encrucijada que le toca vivir. Además, la fábula ganaba enteros según revelaba su carácter farsesco. La escena en la que los chicos de la aldea discuten sobre la mierda de caballo que ha aparecido en sus campos es hilarante. No menos que la de las chicas trazando con todo fervor, con un cinturón bendecido en la iglesia, un círculo de protección alrededor del rebaño. Leemet se quedará emboscado para poder observar si ese círculo, invisible y santo, logrará frenar de verdad el ataque de los lobos.  

Para Leemet tan panolis son los aldeanos que se entregan al culto de lo foráneo y del cristianismo, como quienes adoran un atavismo panteísta que les hace idealizar su estadio primigenio; tal y como hacen el propio Ülgas o la pareja de monínidos que viven desnudos en las ramas de los árboles.
"Más tarde comprendí que, aunque Ülgas y Tambet odiaban a todos los que se habían ido a la aldea, ellos, de algún modo, también habían dejado de vivir en el bosque. Ver cómo el modo de vida tradicional en los bosques iba extinguiéndose poco a poco los tenía desencantados y cabreados, y para mantenerse a flote, se aferraban a los conjuros y a los usos más atávicos y esotéricos. Buscaban una vía de escape en el mundo de fantasía de las hadas, y no se preocupaban en absoluto por las humildes palabras del serpéntico, que a su juicio carecían de la dureza suficiente y no servían para mantener a la gente atada al bosque."
Las aventuras inocentes de la primera parte, pronto se ofuscarán en la segunda, donde se suceden sangrientos ataques. Aquí, por fin, se hace presente la épica en unos capítulos finales fulgurantes.



Me llama la atención el hecho de que sea el lenguaje serpéntico el que esté en el centro de la historia. En el Postfacio de la traductora, Consuelo Rubio Alcover, encontramos la explicación. 
"Igual que él (Leemet) enlaza la genealogía de su pueblo con la posesión de la lengua serpéntica -y de los colmillos viperinos, que solo aparecen ya de tarde en tarde, ligados a un gen recesivo y progresivamente arrinconado a lo largo del proceso evolutivo-, los estonios basan su identidad como pueblo en el idioma: una lengua fino-ugria, pre-indoeuropea, vehículo de una cultura minoritaria y secularmente amenazada por el flagelo de las potencias vecinas."
Además, en este Postfacio encontramos el necesario contexto folclórico para toda la imaginería presente en esta notable novela: el Sapo del Norte, los Hombres de Hierro, las serpientes reales, las doncellas azotándose dulcemente a la luz de la luna o Möigas, el controlador de los vientos y Ateneumión, el pez gigante cuyas barbas bloquean todo el mar como unos sargazos.
"El uso de esta imaginería nos remite automáticamente a una arcadia feliz, previa a la invasión alemana del siglo XIII, en la cual el pueblo estonio -un pueblo silvestre, de "moradores de los bosques", según el cliché difundido gracias a la literatura decimonónica de inspiración romántica escrita en alemán por autores germanizantes- disfrutaba de una presunta autonomía y vivía en paz, en perfecta comunión y armonía con un entorno prístino. Sin embargo nada más lejos de las intenciones de Kivirähk que escribir un panfleto propagandístico en loor de las esencias inmortales de su pueblo y del recién recuperado Estado-nación. Mofándose sin rebozo de los aldeanos y de su alienante modo de vida, el autor satiriza señas de identidad ensalzadas por el ruralismo nostálgico en boga."

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