jueves, 8 de diciembre de 2016

FASCINACIÓN por un AUTORRETRATO

Gabriel Insausti nos revela alguna de las claves del poema de Ashbery en su ensayo, “El alma cautiva: Ashbery y su ´Autorretrato en espejo convexo´”.










Autorretrato en espejo convexo´ es la crónica de una fascinación: la que sintió el poeta por el cuadro homónimo del Parmigianino, durante veinticinco años, antes de escribir su poema. El propio Ashbery ha relatado en algunas entrevistas los jalones principales de ese dilatado hechizo: primero, a principios de la década de los cincuenta, vio una reproducción del cuadro en el New York Times Book Review, junto con una reseña de la monografía de Sydney Freedberg sobre el pintor; después, en un viaje a Viena, en 1959, tuvo la ocasión de conocer de primera mano el cuadro de Mazzola; luego, durante un paseo por Provincetown, vio una lámina del «Autorretrato» en un escaparate, entró en la tienda y compró en ella el libro de Freedberg; y finalmente, en 1973, al comienzo de una estancia en el Fine Arts Work Center de Provincetown, nació en su cabeza la idea de escribir el poema, que según ha confesado le supuso un considerable trabajo.
Museo de Historia del Arte de Viena (Kunsthistorisches Museum) en la Plaza de María Teresa. (wikipedia)
























(…)
Ashbery anteriormente había alternado poemas de diamantina perfección formal en sextina o dístico heroico con otros en una looseness whitmaniana a la que le invitaba su connivencia con el expresionismo abstracto, o incluso esa mera acumulación paratáctica de Three Poems, que lo había conducido a la prosa poética. De modo que la forma «inclusiva» de «Autorretrato» –que acumula, al decir de Julián Jiménez Heffernan, «fragmentos de soliloquios interiores atravesados de aprensión, dudas, basura sapiencial, ideologemas, residuos visuales y esperanzas abatidas»– constituye un visible desafío dentro de la evolución de su propia voz: de nuevo, el intento de crear un discurso donde tuviera cabida lo aleatorio, lo fragmentario, el esfuerzo por construir un contenedor donde regurgitar sus meditaciones y jaculatorias, pero en una pieza de mayores dimensiones que las anteriores y con un control más palpable.

Porque de hecho esa había sido siempre una ambición suya: la incorporación de la vida al arte, de la realidad fluyente e imprevista, carente de un sentido deliberado, al espacio del poema. «Todo momento está rodeado de un montón de cosas de la vida –explicaba en una entrevista (citado por Karlstone 1985, 103)– que no añaden más significado pero son parte de una situación con la que creo que estoy tratando cuando escribo». Y en otro lugar añadía, apropiándose de la distinción de Lévi-Strauss entre bricoleurs y ingénieurs: «yo soy un bricoleur, alguien que pega cosas». El riesgo de este proceder, obviamente, era que si todo es susceptible de entrar a formar parte del poema éste termina no necesitando el filtro del poeta y convirtiéndose en una mera reduplicación del caos cotidiano, extremo que Ashbery había rozado deliberadamente con Three Poems pocos años antes, con su ausencia de toda jerarquía y su disolución del yo como asidero para una voz relativamente coherente.
-David Hockney-

«Autorretrato », sí, se nos aparece como un poema exigente porque su discurso elude deliberadamente una linealidad demasiado obvia, pero al mismo tiempo resulta más legible que la mayor parte de la obra de Ashbery, porque ofrece algunas pistas, hitos de continuidad, fraseos musicales que devuelven al lector a la senda de un cierto ritornello: como ha señalado Harold Bloom (1979, 32), en él hay clímax y remanso, transición y recurrencia, es decir, un equilibrio entre unidad y variedad parecido al que reclamaba Octavio Paz. Algunos elementos de ese equilibrio son fáciles de identificar: una desenfadada intertextualidad de sugerencias prosísticas (las alusiones o citas textuales de Vasari y Freedberg, a veces explícitas y otras veladas, sin entrecomillado alguno); un juego de referencias más o menos eruditas (Berg, Mahler, Hoffmann, Shakespeare); un empleo entre humorístico y filosófico de la etimología y la traducción (le temps, speculare); una vertebración en torno a la écfrasis del cuadro y al repetido apóstrofe al artista; y una arquitectura más compleja, en la que por un lado existen transiciones bien engrasadas y una morosa y reconocible compositio loci que acercan el poema a la tradición meditativa en blank-verse.

En suma, «Autorretrato en espejo convexo» es un poema que nos muestra impúdicamente sus tripas, su propio proceso de gestación, en un paralelismo evidente con el cuadro que toma como punto de partida. De ahí, entre otras cosas, esa incorporación de la vida, de la circunstancia fortuita, al texto. «La habitación donde estoy cuando escribo –explicaba el poeta en una entrevista– es siempre importante para mí» (Herd 147). Y, en efecto, quien lea «Autorretrato» hasta al final casi llegará a sentirse como una visita más en el apartamento de Ashbery en Chelsea, Manhattan, a la orilla del río Hudson, desde el que se divisa Nueva Jersey. Un intruso en el momento privilegiado de la escritura, del mismo modo que el espectador del cuadro del Parmigianino se diría que ha entrado subrepticiamente en su estudio para espiar su arte.
(…)
Vista de Chelsea en Manhattan


















«A veces tiene sentido y a veces no», decía el propio Ashbery de la poesía de Gertrude Stein (ver Alberola 239), «lo mismo que las personas». La intermitencia de esa voz poética sin duda ha exasperado a numerosos críticos durante cuarenta años, pero la insistencia de estos últimos en su empresa de establecer un «sentido» unívoco sobre la poesía de Ashbery también ha enervado a menudo al poeta. Sólo unos pocos han sabido advertir que, como la propia Stein o como un Joyce entregado a su stream of consciousness, lo característico de Ashbery es su exploración de los procesos psíquicos que habitualmente soslayamos o desatendemos en nuestra percepción cotidiana. Su trabajo, igual que en el «poema de la mente» que perseguía Wallace Stevens, tendría como objeto primordial precisamente «el modo en que la mente trata la materia aleatoria que entra en ella» (Shapiro 1979, xiii). "Autorretrato en espejo convexo" es un caso muy particular de ese temperamento."







Otras ideas sobre la obra de Ashbery, como el papel del espejo en la recreación personal de la realidad física, el presente continuo, el Surrealismo como tradición, la influencia pictórica en Ashbery, el ejercicio elusivo de autoconocimiento que supone el poema con sus reticencias y vaguedades o la sugerencia de que percibir puede ser un acto de acción, completan el excelente ensayo de Gabriel Insausti, “El alma cautiva: Ashbery y su ´Autorretrato en espejo convexo´”.

lunes, 5 de diciembre de 2016

El CONTABLE - de Gavin O´Connor

-The Accoutnant, EEUU, 2016-


La película está basada en un guión de Bill Dubuque ('El juez') incluido en la Black List de 2011 (películas con potencial pero que no encuentran productora). Y esto la describe perfectamente. Interesante, con potencial y muy entretenida pero finalmente orientada al fácil cine de acción. 

La historia, aunque con algún tropiezo por inverosímil, es una extraña mezcla de drama y thriller muy bien trabada. La de un niño autista que acaba convirtiéndose en el mayor experto en el blanqueo de dinero negro. 

Christian Wolff  (Ben Affleck) es un genio de las matemáticas y las finanzas. Bajo la tapadera de una pequeña gestoría, trabaja como contable de diversos cárteles y grupos terroristas del mundo. Paradójicamente, justo en el momento en que consigue un contrato legal para auditar las cuentas de una empresa de robótica, es cuando su vida corre más peligro.

















La cinta se desarrolla en tres frentes. La auditoría de la empresa de robótica con su desfalco y maquinaciones, los flashbacks de la infancia de Woff y la investigación que el director (J. K. Simmons) del departamento de Hacienda encarga sobre sus actividades financieras encubiertas. Con estos mimbres y una acertada realización, el director mantiene en alto nuestro interés durante dos horas.

O’Connor tenía clara su película: "un thriller sin complejos y cargado de acción, con un protagonista novedoso y una serie de tramas paralelas que tocaban elementos, como las relaciones familiares o el complejo de culpa moral, que me eran muy afines. Me atrajo de inmediato."

















Lo más atractivo de la película es su protagonista. Un inteligentísimo contable con síndrome de Asperger (ya van unos cuantos en las series y películas de los últimos años, pero éste aporta un nuevo temperamento sombrío y atormentado que lamentablemente el guión no desarrolla demasiado).

“¿Puede nuestro hijo llevar una vida normal?”. Le pregunta el padre al psicólogo del instituto. “Defina normal”, es la respuesta. Y el padre, un militar retirado, no lo duda. Ha de hacer de su hijo alguien fuerte, capaz de sobrevivir en la jungla de la sociedad. Cuando el niño se vuelve histérico al oír ruidos, el doctor habla de situarle en un entorno sensorial menos agresivo. El padre le responde: "¿menos agresivo? No doctor, no es menos, sino más."

Este relación conflictiva con el padre es equívoca y muy interesante ya que el enfoque militar de supervivencia es brutal; pero también es verdad que dota al niño de habilidades y defensa personal. Tal y como le explica el padre al hijo en otro momento: "La vida es una cadena de decisiones. La primera es elegir si ser víctima o no."
















El papel de autista le sienta como un guante a Ben Affleck. Rostro pétreo y ausencia de emociones. La secuencia en que se autocastiga para mantener a raya sus demonios resulta escalofriante. Ahí está lo mejor de la película: su personalidad atormentada, los flasbacks donde el padre autoritario forja su personalidad de lucha y superación, la amenaza que se cierne sobre su investigación. Todo esto ocupa la primera hora. En la segunda, el director se decanta claramente por la acción. El contable se convierte en una máquina de matar, insuperable tirador y experto en artes marciales. Un vengador. El derrotero de la película se orienta a lo fácil dejando que las calidades apuntadas se diluyan en tiroteos.

Otra buena baza de la película son sus secundarios. J. K. Simmons como director de Hacienda y John Lithgow como creador y propietario de la empresa que ha sufrido desfalco, dan lustre a la cinta.  

Gavin O´Connor suma este apetecible thriller a otras dos películas verdaderamente atractivas como son Cuestión de honor (Pride and Glory) rodada con fuerza y unos protagonistas moralmente complejos entre los que destaca un Edward Norton estelar; y Warrior, una potente mezcla de artes marciales y emociones conmovedoras.
Sin ser obras maestras las tres películas comparten una muy estimable complejidad emocional de sus protagonistas y una mezcla entre drama familiar y acción que las colocan muy por encima de la media.

domingo, 4 de diciembre de 2016

CRUZANDO el BOSQUE - de Emily Carroll


El volumen contiene cinco turbadoras historias con un concepto visual arrebatador. Quitando el último, El nido, que aparece más definido en viñetas, los otros cuatro siguen el ritmo de una novela gráfica, donde los textos no son diálogos, sino la narración y los pensamientos que rebotan como ecos por unas páginas coloreadas con un gran contraste; sobre todo rojos y negros. Sangre y oscuridad. 

No en balde la oscuridad, sea del bosque o de la noche, y la muerte cruzan como un gélido viento estas páginas siniestras y hermosas. La autora no se va muy lejos para buscar a sus monstruos. Los cuentos infantiles y el más clásico folclore se los proporcionan: Barbazul, Caperucita, el hombre lobo o los monstruos que nos pueden suplantar (al modo del clásico "Los ladrones de cuerpos") son aquí actualizados con un toque cautivador.

Las historias tienen ese punto entre inocente y perverso que encontramos en algunos relatos infantiles. Desde el mismísimo Preámbulo, Carroll aprovecha para ponernos en situación: una niña lee un libro en la cama, bajo una pequeña lámpara. Todo alrededor es oscuridad. "Y si el brazo asomaba...ME AGARRABA y me arrastraba a la OSCURIDAD?"

Las historias clásicas, la forma de contar, los textos sin bocadillos sino arrastrándose por las páginas como susurros, los colores rotundos y planos, la tipografía de las letras (puntiagudas e irregulares como las notas que se toman en un momento de tensión), las protagonistas (casi todas chicas jóvenes en apuros): todo apunta a un diálogo muy directo con el lector. Como si esa niña del Preámbulo nos susurrase las historias espeluznantes que imagina acechando en la oscuridad.  

En The Guardian recogían la acertadísima opinión de Craig Thompson (Habibi): "el talento de Carroll es inmenso; es como si Patricia Highsmith hubiera reescrito los cuentos de los hermanos Grimm".  En ninguna historia se refleja esto mejor que en El nido, cuando una jovencita Bell va a vivir una temporada con su hermano y su novia Rebeca, en la casa de campo. Rebecca es guapa y encantadora, se desvive porque Bell esté contenta; pero tiene un terrible secreto que Bell descubrirá. 
 
En Mi amiga Janna dos adolescentes juegan con los espíritus pretendiendo salir indemnes. En La casa del vecino, el monstruo acecha. En La dama de las manos frías, una mujer asesinada acosa a la segunda esposa. En Y la cara toda roja, se mezclan el remordimiento de un asesino con el mito del hombre lobo. Y en El nido, la amenaza son unas horribles criaturas que "se te metían dentro y hacían allí su hogar". 
Una libro primoroso, capaz de plasmar con frescura y renovado vigor las historias espeluznantes de nuestra niñez.

El volumen tiene una coda, En Resumen, donde la autora revisita el cuento de Caperucita Roja aportando su potencia visual.














Emily Carroll, canadiense nacida en 1983, es de las artistas que ha crecido y se ha dado a conocer a través de la web; lo que seguramente le ha permitido experimentar con la gramática de la narración gráfica y encontrar su propio y maravilloso estilo. Puedes encontrar sus tiras en www.emcarroll.com

sábado, 3 de diciembre de 2016

La NOCHE a Través del ESPEJO - de Fredric Brown












Esta vibrante y enloquecida novela negra abarca una sola noche. Transcurre en un pequeño pueblo de California, con su sheriff, su banco, su bar destartalado, su periódico local y su gerifalte; todos ellos envueltos en los velos de un pastoso sueño en el que se multiplican los hechos insólitos hasta producir una atmósfera irreal que amenaza la cordura del protagonista.

Brown era un confeso admirador de Lewis Carroll y sus Alicias (en el País de las Maravillas y A través del espejo) y en esta obra mezcló de forma genial la arquitectura de una novela negra con los vapores oníricos del Jabberwocky.
"Porque los libros de Alicia no eran más que un puro absurdo encantador.
Absurdo encantador, sí, hasta aquella misma noche. Esta noche alguien convertía los episodios más divertidos de Lewis Carroll en un horror incoherente." pág 121

LA NOCHE A TRAVÉS DEL ESPEJO es una novela negra de los años cincuenta con todas sus convenciones. Doc Stoeger es el editor del semanario local. Cuando esa noche sale de sus oficinas bien nos podemos imaginar a un Fred MacMurray o un Dana Andrews enfilando esas plácidas calles del pueblo. Sueña con publicar una noticia de verdadero alcance, una exclusiva con carácter. No puede sospechar que se adentra en una noche de pesadilla: corrupción, atracos, resentimientos y asesinatos. Un cúmulo gigantesco de exclusivas que caen en sus manos y que, paradójicamente, no podrá publicar: el loco escapado del manicomio, el robo del banco, los ladrones de la banda de Gene Kelly...

Como en los relatos de Carroll, realidad y ficción se confunden en esta novela que empieza con el protagonista soñando y que, aunque despierta, no sabemos muy bien si sigue soñando, afectada como está su mente por el alcohol, o si es real lo que está ocurriendo. 
"En mi sueño, me encontraba en medio de Oak Street en plena noche. El alumbrado público no funcionaba: sólo la tenue luz de la luna destellaba en la enorme espada que yo hacía oscilar en círculos por encima de mi cabeza mientras el Jabberwocky se acercaba sigilosamente. Se arrastraba sobre el vientre por la calzada, flexionando las alas y tensando los músculos a la espera de cargar contra mí por última vez; sus garras hacían contra las piedras el mismo ruido que las matrices al recorrer los canales de una linotipia. Entonces, y para mi sorpresa, habló:
—Doc. Despierta, Doc —dijo.
Una mano, y no era la de un Jabberwocky, me sacudía el hombro."
Night of the Jabberwocky, su título en inglés, es un preciso engranaje construido con situaciones y personajes que parecen haber pasado al otro lado del espejo. Un mundo donde nada es lo que parece, donde las cosas funcionan al revés, donde el amigo se convierte en asesino y el perseguidor de noticias en perseguido.


No se trata de un simple juego o de algún guiño con la obra de Carroll, como las citas que encabezan cada uno de sus quince capítulos. 
Lo onírico es una constante. A la afición de Stoeger por los mundos de Alicia, se suman unos extraños asesinatos y la presencia de un anciano misterioso, Yehudi, que aparece y desaparece como si fuera el gato de Chesire, sin que nadie sepa si es real o imaginario.
"-Doctor, ¿alguna vez se le ha ocurrido pensar que las fantasías de Lewis Carroll pueden no ser fantasías?
-¿Se refiere a que la fantasía suele estar más cerca de laverdad esencial que la ficción que quiere parecer real? -pregunté.
-No. Me refiero a que son literal y realmente ciertas. A que no son ficción, que son reportajes." pág.35

Otros dos aspectos que profundizan el disparate son el alcoholismo de Doc, "Hice lo único que podía hacer. Me serví otra copa"; y el anticipo premonitorio de muchas situaciones.

"-¿Qué quieres? ¿Que haya un asesinato?
-Me encantaría que hubiera un asesinato -respondí.
Habría tenido gracia que Pete me dijera. "Doc ¿Qué te parecerían tres en una misma noche?."

Todo el libro está atravesado por las situaciones y los personajes de los mundos de Alicia. Doc Stoeger es autor de una monografía, Lewis Carroll a través del espejo, y un artículo sobre "La reina roja y la reina blanca". Su afición literaria la comparte con su amigo Al, con el que juega a desarrollar diálogos como galimatías. 

"Al Grainger es un joven mequetrefe —sólo tiene veintidós o veintitrés años—, pero es uno de los pocos jugadores de ajedrez de la zona y uno de los aún más escasos que entienden mi entusiasmo por Lewis Carroll. Además, va camino de convertirse en el hombre misterioso de Carmel City. Aunque no hace falta ser demasiado misterioso para alzarse con semejante distinción.
—Hola, Doc. ¿Cuándo vamos a jugar otra partida de ajedrez? —preguntó.—No hay mejor momento que el presente, Al. ¿Aquí y ahora?...
—Ojalá tuviera tiempo, pero tengo trabajo que hacer en casa.Le serví whisky, aunque derramé un poco por fuera al intentar llenarle el vaso. Negó con la cabeza lentamente:
—El Caballo Blanco se desliza por el atizador. No guarda bien el equilibrio —dijo.—Sólo voy por la segunda casilla. Pero el próximo avance será mayor. No olvides que a la cuarta voy en tren.—Pues no lo hagas esperar, Doc, que cada nube de humo cuesta mil libras.Smiley miraba primero a uno y luego al otro.
—¿De qué demonios habláis? —quiso saber." pág 21
En la cabeza de Doc todo tiende al galimatías. No faltan las espadas vorpalinas, ni la botellita con el cartelito "bébeme" (aunque en este caso contenga veneno); pero el personaje que tiene la llave para convertir esta historia de crímenes en fantasía es Yehudi Smith, "el hombrecillo que no estaba allí". Doc habla con él cara a cara y también en una conversación imaginaria en la que él mismo se interpela. Pero nadie más lo ha visto. Sólo él es capaz de sugerirle algunas pistas y también de socavar su sentido de la realidad. Todavía le da tiempo a invitar al editor a una reunión secreta de "fanáticos" de Lewis Carroll; antes de aparecer definitivamente, pero muerto.
“-Que hay otro plano de existencia, además de aquel en el que vivimos. Que podemos tener acceso a él y que, en ocasiones, lo tenemos.
-Pero ¿qué clase de plano? ¿Un plano de fantasía “a través del espejo”? ¿Un plano onírico?
-Exacto, doctor. Un plano onírico. No es una explicación totalmente precisa pero, de momento, no puedo ampliársela más.”

El estilo de Brown es claro y directo. No necesita mucho para soltar un gancho de ironía, 
        "—¿Se va a morir?
          —Sí, pero no como él cree, el Estado tendrá que pagar unos cuantos kilovatios".
E incluso de sarcasmo,
        "Que seas religioso no tiene nada de malo, si quieres serlo. Algunos hombres buenos
          son religiosos"
Pero su originalidad, y hasta rareza, pasa por la capacidad de inyectar fantasía y absurdo a una truculenta historia criminal.
"Yo permanecía sentado intentando asimilar el hecho de que, al menos aparentemente, la tarjeta de visita de Yehudi Smith había sido impresa en mi propio taller. No me levanté para examinarla. No sé por qué, pero estaba dispuesto a creer lo que Kates me había dicho.
¿Por qué no? Formaba parte del patrón. Tenía que haberlo imaginado. No por el tipo de letra, casi todos los talleres tienen la Garamond ocho, sino porque la botella del “bébeme” contenía veneno y Yehudi no iba a estar allí cuando Hank fuese a buscarlo. Seguía un patrón y yo ya sabía cuál era: el patrón de la locura.
¿La mía o la de quién? Empezaba a tener miedo. Ya me había pasado lo mismo varias veces en lo que iba de noche, pero ahora se trataba de un miedo distinto. Me daba miedo la noche en sí, el patrón que aquella noche seguía.
Necesitaba una copa urgentemente."

En el prólogo, Juan Salvador condensa las muchas virtudes de esta obra: 
´La noche a través del espejo´ es una novela redonda, de embriagadora precisión. Por eso es complicado decir qué me gusta más de ella. La trama llena de giros y sorpresas, los tragos de whisky, la crítica a la política y al periodismo, los personajes cercanos y creíbles, el bar de Smiley, la atmósfera nocturna y onírica, el despliegue de humor y paradojas, o el juego de espejos y distorsiones con Alicia en el país de las maravillas y A través del Espejo y lo que Alicia encontró allí, de Lewis Carroll.

jueves, 1 de diciembre de 2016

JUEGO de ARMAS (War Dogs) - de Todd Phillips




















"La guerra es un negocio. Quien no lo vea así es porque está pillado o es un idiota".  Esto nos suelta David Packouz (Miles Teller) en cuanto se enciende la pantalla y la experiencia que nos desgrana a continuación así lo respalda.


David es un pobre chico honrado y trabajador que malvive como masajista. Sueña con triunfar y su viejo amigo Efraim Diveroli (Jonah Hill) le enseñará un fulgurante camino. Efraim ha trabajado con un tío suyo y conoce los mecanismos de las licitaciones del gobierno. Constantemente se publican concursos con suculentos contratos de logística y armamento. Si eres avispado y no tienes escrúpulos, ahí está la pasta.

Pero David y su joven esposa (Ana de Armas) son militantes del "no a las armas". ¿Y entonces?
No pasa nada si a tu lado tienes a un tipo como Efraim. Su dialéctica y falta de escrúpulos son abrumadores: "Yo también odio a Bush, pero esto no es una cuestión de ser pro-guerra. Es cuestión de ser pro-pasta". El sueño americano.


La película nos hace recorrer los vericuetos del negocio de la guerra con absoluta transparencia. Podrían ser camisetas o lavadoras, pero son armas; y sin añadir nada (Recordemos que todo es verídico, basado en un artículo de Guy Lawson para Rolling Stone), la propia historia se retrata absurda hasta extremos cómicos.
















¿Cómo es posible engañar tan fácilmente al todopoderoso Departamento de Estado? Empresas pantalla, certificados y contabilidad falsa, ... Todo es tan disparatado que parece irreal. La sátira sobre la política norteamericana y el negocio desorbitado de las armas cae por su propio peso. 
Entre la negligencia y la ceguera de un sistema gigantesco (que mueve miles de millones), y la falta de ética de sus dos protagonistas, el resultado nos produce una perplejidad de enormes proporciones. 

El rey de todo este jolgorio es Efraim Diveroli, al que Jonah Hill dota de un carisma inusitado. El trabajador David le seguirá, embelesado por su osadía sin límites, sabiendo que caminan todo el rato al borde del precipicio. Efraim posee una ambición temeraria y una singular risa de hiena: cuando se ríe, tú también te ríes; pero a la vez sientes que un escalofrío te recorre la espalda.


Jonah Hill está genial. Se apropia del orgullo y la desfachatez de Efraim, un tipo ególatra y orgulloso de haberse “hecho a sí mismo”. El póster de su ídolo corona su oficina, el Al Pacino de "El precio del poder" de Brian de Palma, con cuya personalidad y vesania se mimetiza a la perfección. 

Pero de todos modos, ni Efraim es el Toni Montana que asalta el poder, ni esta War Dogs (vertiginosa y roquera) es un Scorsese. Y esto a pesar de que la voz en off de David, desgranando el relato de su febril negocio, nos remite por momentos a El Lobo de Wall Street. Pero Todd Phillips no aporta nada a la historia original. A la película le falta alcance, amargura y mala leche. Se queda como un juego: espeluznante sí; pero también ligero y jocoso. Muy didáctica también, sobre todo en su vertiente administrativa; tanto, que ha quedado como "estudio de casos" en alguna universidad norteamericana.


La película se estructura en capítulos cuyos títulos ejercen de verdaderos corolarios: unos son cínicos, "Dios bendiga a la América de Dick Cheney"; y otros (a)morales, "¿Desde cuándo decir la verdad sirve de algo?".

Quién nos iba a decir que el director de la trilogía Resacón en las Vegas, se iba a descolgar con esta película tan pasmosa como desopilante. Pero es que claro, en realidad, el juego de armas de los EEUU es un resacón de tres pares de narices.