sábado, 22 de febrero de 2014

Los HUMANOS DESNUDOS - de Eliane Brum

Este texto me ha conmovido. La literatura, el cine, cualquiera de las Artes, y por supuesto, el periodismo, encuentra su más profundo sentido cuando enfoca al devenir humano. Este artículo posee intensidad literaria, una ironía helada y rabia. En él aflora un dolor sincero. Sin duda vivimos en la era de civilización más avanzada. Sin embargo perviven en nosotros terribles odios que nos degradan. Peor que animales, nos enfangamos en las diferencias de raza, religión o cultura. Brasil se está convirtiendo en una potencia mundial pero, se transformará pisoteando a los más débiles?.  La escritora logra ir más allá de la barbarie y tañer la escondidas fibras de una verdadera ética. 
La columna fue publicada en El País, el pasado 17 de Febrero, con el título de "Nosotros, los humanos verdaderos". El artículo completo aquí

Adolescente atado a un poste con un candado de bicicleta
IVONNE DE MELLO (Facebook)


Tuve que escuchar el discurso del bien. El que relatan aquellos que
encadenaron a un niño negro a un poste con un candado de bicicleta
en el barrio de Flamengo, en Río, el 31 de enero.
Aquellos que cortaron su oreja, que arrancaron sus ropas.  
El que cuentan aquellos que defienden a los jóvenes blancos que torturaron el joven negro. Yo sé que los hombres y las mujeres que evocan el derecho de encadenar adolescentes negros en postes, cortarles la oreja y arrancarles la ropa
porque se proclaman hombres y mujeres de bien están a mi alrededor. Me los encuentro en la panadería, los saludo en el ascensor, les agradezco cuando me permiten atravesar el paso de peatones. Ellos están ahí cuando conecto la televisión. ¿Pero qué es lo que dicen que es necesario escuchar? 
El discurso del bien cabe en pocas frases. El Estado es omiso. La policía está desmoralizada. La Justicia falla. Ante esos hechos, y todos los hechos son siempre incuestionables en el discurso del bien, atar a jóvenes negros en postes, cortarles la oreja y arrancarles la ropa es un derecho de legítima defensa de los ciudadanos de bien. Si quisieran torturar un niño negro, como hicieron, ellos pueden, asegura el bien. Si quisieran matarlo, ellos pueden, también. Y algunos lo hacen. Los niños negros no son niños. No se necesita investigación, no se necesita un juicio, no es precisa la ley. Los ciudadanos de bien lo saben, porque son la ley. También son la justicia. El niño es un marginal, es también un vagabundo, dice el bien. Y bandido bueno es bandido muerto, garantiza el bien.  
Si tú no piensas así, el bien tiene algo que decirte: haga un favor a Brasil, adopte un bandido. Simple, directo, objetivo. El discurso del bien se enorgullece de ser simple, se enorgullece de tener solo certezas. La duda entorpece el bien. Y el bien no debe ser perturbado. ¿Y cómo dudar de que encadenar a un niño negro a un poste por el cuello, cortarle la oreja y arrancarle la ropa es el bien?
Encuentro una explicación definitiva en el discurso de los justicieros amplificado en las redes sociales. Quien encadena a un
joven negro a un poste, le corta un pedazo de oreja y le arranca la ropa
– y quienes defiende el derecho a hacer todo eso – son los “verdaderos humanos”. Y también los “humanos verdaderos”.
Es una guerra, descubro, entre humanos verdaderos y humanos falsos. 
En este punto, tengo una duda. Tal vez yo no sea una humana verdadera – o una verdadera humana –, porque además de esa duda sobre la veracidad de mi humanidad, aún tengo otra. ¿Qué vieron los humanos verdaderos – o verdaderos humanos – al arrancar la ropa del niño negro? ¿Qué observaron al depararse con su desnudez? ¿Es posible que por eso que arrancaron sus ropas, para probar que él no era humano? ¿Qué sucedió cuando descubrieron que su cuerpo era igual al de ellos? ¿O no era? ¿Tal vez fue en ese momento que le cortaron la oreja, para marcarlo como a un humano falso, ya que Dios o la evolución no le habían providenciado esa diferencia en el cuerpo? ¿O basta el color, como ya dijo un pastor evangélico dedicado a los derechos humanos? Que perturbadora puede haber sido la desnudez del niño, al convertirse en espejo de los justicieros y dejarlos desnudos, mientras le golpeaban con sus cascos.
¿Quién estaba desnudo en esa escena?  
Las dudas no hacen bien al bien. Por asociación concluyo que también hay periodistas falsos y verdaderos. Los falsos tenderían a creer que, en el periodismo, una opinión solo puede darse con información, pesquisa e investigación de la realidad – o no es una opinión para el periodismo, solo un vómito de palabras. Los falsos pensarían que, para hablar de las calles, sería preciso ir a las calles. Los falsos mostrarían que, quienes más mueren por violencia, en Brasil, son los jóvenes negros y pobres como aquel que fue atado a un poste por el cuello. (...)
Los falsos se esforzarían para revelar la complejidad de que una escena que remite a la esclavitud se repita más de 125 años después de la Ley Áurea. Los falsos buscarían analizar como la violencia es una marca de identidad nacional, presente a lo largo de la constitución de la sociedad brasileña – y que aquel que dice punir, en realidad se venga–. (...) 
Aquí, exactamente aquí, yo tengo otra duda. Esa me perturba más. Percibo que, si estos son los humanos verdaderos, los que encadenan jóvenes negros a postes con candados de bicicleta, les cortan la oreja y les dejan sin ropa – así como los que defienden a los ciudadanos de bien que hacen todo eso –, mi tendencia es alinearme a los humanos falsos.
(...) 
La distinción, sin embargo, permanecería.
Difícil sería comprender no la diferencia, sino la igualdad. Difícil no es diferenciarme, sino igualarme, percibir en qué esquinas mi humanidad se encuentra con la del niño negro amarrado al poste y también con la humanidad de los jóvenes blancos que encadenaran al joven negro al poste. Para eso, necesito darme cuenta de que aquellos que arrancaron las ropas del niño se quedaron desnudos, sí, pero también me dejaron desnuda. Nos dejaron desnudos. 
Nosotros, que no simpatizamos con quien encadena jóvenes negros en postes, somos los que estábamos en la escena, pero no aparecemos en la imagen. Y por eso podemos escondernos mejor.
Es para eso que también sirve el discurso del bien. O el discurso del odio, si lo prefieren. Para que podamos confrontarnos a él y nos aseguremos no solo nuestra diferencia, sino principalmente nuestra inocencia. Para que podamos continuar viviendo en la ilusión de que hacemos algo para que niños negros no sean encadenados por el cuello a postes. En la ilusión de que hacemos algo para que niños negros no vuelvan, si alcanzan la vida adulta, hombres y mujeres que ganan menos que los blancos, que tienen menos educación que los blancos, que tienen menos salud que los blancos, que sean la mayoría que vive en casas sin saneamiento. En la ilusión de que hacemos algo para que las mujeres negras no sean las que más mueren durante el parto, ni sus hijos los que llenen las estadísticas de mortalidad infantil. En la ilusión de que hacemos algo para que jóvenes negros no tengan la entrada proscrita en centros comerciales, excepto para trabajar. El discurso del odio también sirve para que podamos confrontarnos a él y mantener intacta la ilusión de que hacemos algo para que jóvenes negros no sean los que mueren más y antes. 
Es necesario encarar nuestra desnudez ante ese espejo en el que la imagen, siempre incompleta, muestra solo al niño negro desnudo. Y renunciar a una cierta soberbia que hace que, en el fondo, creamos que somos nosotros los ciudadanos de bien – los civilizados contra los bárbaros –. Y que decir eso basta para un sueño sin sobresaltos.
(...)
Los brutos no son la mayoría, por lo menos en ese caso, por lo menos en Río. La mayoría está contra encadenar jóvenes negros a postes, cortarles la oreja y arrancarles la ropa. Entonces, ¿por qué la abolición de la esclavitud aún no se completó en Brasil? Porque nuestra complicidad encuentra caminos para creerse inocente.
Somos los “no enterados esenciales”. El término es de Clarice Lispector,en el mejor texto que leí (Mineirinho) sobre la escena del niño negro atado por el cuello a un poste. Con el detalle de que fue escrito en la década de los 60 del siglo pasado.
“Esa justicia que vela mi sueño, yo la repudio, humillada por necesitar de ella. Mientras tanto duermo y falsamente me salvo. Nosotros, los no enterados esenciales. Para que mi casa funcione, exijo de mí como primer deber que yo sea una no enterada, que no ejerza mi revolución y mi amor, guardados. Si yo no soy esa que se hace la tonta, mi casa se estremece. Debo haber olvidado que debajo de la casa está el terreno, el suelo donde una nueva casa podría levantarse. Mientras tanto, dormimos y falsamente nos salvamos. (...) Y yo sé que no nos salvaremos mientras nuestro error no nos sea precioso. Mi error es mi espejo, donde veo lo que en silencio yo hice de un hombre”.  
Para hacer la diferencia es necesario diferenciarse. Pero solo se diferencia aquel que antes se iguala. Levanta los ojos y encara, en el espejo que es el otro, la enormidad de su desnudez.

                                         
                                                   
Eliane Brum es escritora, reportera y documentarista. Autora de los libros de no ficción La Vida Que Nadie ve, El Ojo de la Calle y La Niña Quebrada y del romance Una Dos.
Correo electrónico: elianebrum@uol.com.br. Twitter: @brumelianebrum

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