miércoles, 10 de abril de 2013

Un hombre al margen - de Marc Behm

-Off the Wall-
de Marc Behm







Espléndida novela negra atravesada por ramalazos de locura que cuenta con un personaje antológico: una especie de autista que deambula inadaptado por el mundo, buscando su sintonía.

Patrick tenía 13 años cuando murieron sus padres. Desde entonces siempre ha estado solo. Heredó un taller en el que pisa muy poco y depende de dos mujeres, Ofelia, una inmigrante ilegal que le sirve de asistenta y Nancy, la contable que le lleva el negocio, una wagneriana empedernida amante del Anillo de los Nibelungos y de él mismo en su alborear sexual.

Patrick tiene dificultades para relacionarse con los demás, sufre insomnio  y practica vehementemente la ensoñación de encarnar al héroe de los libros que lee. El relato comienza una típica noche suya de confusión y desvelo. Cuando sale a la calle se tropieza con el cadáver de la cuarta víctima de El Carnicero. Como de costumbre está descuartizada. Por eso mismo el barrio donde vive Patrick Nelson es conocido como El Matadero.

La novela tiene un desarrollo bipolar. Los capítulos donde conocemos las andanzas de Patrick y los crímenes de El Carnicero se alternan con los "Del diario africano de Patrick Nelson, explorador americano", donde nuestro protagonista dirige una expedición en busca de la mitológica ciudad de Ophir, trasunto del último libro que ha leído, "Las ciudades perdidas de África".
"-Por supuesto que existió.
 -Pero nadie sabe dónde estaba. En Arabia o Etiopía. La Biblia la menciona, I Reyes, 10:11. Era una ciudad minera. Allí descubrió el Rey Salomón su oro y sus piedras preciosas."
La narración abunda en nieblas mentales que nos hacen dudar de la veracidad de lo relatado e incluso de la salud mental de Patrick. Aunque redactado en tercera persona, en muchas ocasiones se confunde con una caótica primera.
"Jenny ya estaba allí, en la mesa al fondo, vigilando la entrada. Le saludó con la mano.
Sin darse cuenta, Patrick ya se estaba sentando ante ella. No sabía cómo se las había arreglado para recorrer la distancia que separaba la puerta de esa mesa sin darse de narices contra el suelo, pero el hecho es que allí estaba.
El local parecía oscilar hacia un lado, y la fuerza de la gravedad tiraba de Patrick hacia el suelo. Éste resistió, inclinándose con todas sus fuerzas en la dirección opuesta. ¡Dios bendito! ¡Qué calvario! En otra mesa, alguien se estaba riendo disimuladamente. ¿De él? ¿Había hecho algo extravagante -como levitar- o había plantado el codo en los canalones? ¿Canelones? ¿Había pedido eso? Debía de haberlo hecho. Tenía un plato de canelones ante él, y Patrick Nelson los estaba devorando." pág. 100

Los crímenes de El Carnicero son como un escenario, al igual que la aventura en África. Ciertos aspectos del territorio negro nos revelan  el inconsciente de un Patrick Nelson que centellea frágil y desarraigado, sin relaciones ni habilidades sociales; pero con una vida interior tumultuosa y atento obsesivamente a los detalles. En su ansia por conocer a la detective que lleva el caso, abandona su carnet cerca del escenario de uno de los crímenes. 
 

La intriga está muy lograda. En las noches en que El Carnicero acecha, la cigarras enmudecen. Patrick nos delata esta circunstancia y su sola mención nos alerta. A través de su confusión mental, sus tropiezos insomnes con los cadáveres e incluso con el propio Carnicero nos conducirá a un final terrible.

El estilo es agilísimo. La lectura vuela. Hay abundancia de diálogos, las reflexiones son cortas y lacerantes. Los capítulos muy breves. La novela discurre como la mente de Patrick, rápida y a saltos. Magnífica.

Los capítulos de África constituyen por sí mismos una novela de aventuras al estilo de Edgar Rice Burroughs. En ellos encontramos un relato memorable. La expedición en busca de la fabulosa ciudad de Ophir parte del lago Kilwa-kisiwani, hacia el norte, girando después hacia el oeste. El viaje constituye una pesadilla de penalidades y muerte. Arañas asesinas, cocodrilos, hormigas gigantes, murciélagos y arenas movedizas diezman la expedición. Patrick arriba por fin solo y extenuado a las coordenadas de Ophir, un escuálido poblacho. Allí logra hablar con el brujo Oing-Juju.


"No había oído hablar de Ophir jamás, pero me contó una historia absolutamente extraordinaria. Según la mitología glog existía un lugar muy parecido, muy lejos, yendo primero en dirección sur y girando después hacia el este. Me dejó desconcertado. ¿Hacia el sur? ¿Y después hacia el este? ¿Por dónde yo había venido? Le aseguré que allí no había nada de lo que él decía, y le expliqué que yo conocía muy bien esas regiones. Él no me creyó. Más allá del río sin nombre, me contó, más allá de la región de las ciénagas, y de los murciélagos y las abejas, más allá de los melocotoneros de las arañas, siguiendo más y más adelante, cruzada la tierra de los troncos y los dominios del rey luchador y la isla de las mujeres que barren, allí tenía que haber -eso se decía- un profundo foso lleno de feroces reptiles de cuatro patas que custodian una mítica ciudad situada a la orilla de un lago azul; un lago tan grande que, en comparación, todas las restantes concentraciones de agua de África eran simples charcos. Ese lago y esa ciudad recibían el nombre de "El Hogar de la Bienaventurada Felicidad".
¡Cielo santo! ¡Bendita sea mi alma!
Ese hombre estaba hablando del río Cocodrilo, de Port Kilwa-Kisiwani y del océano Índico.
Cuando se lo comenté, Oing-Juju se limitó a sonreír.
-La expedición del destino -sentenció- no tiene un rumbo fijo, tan sólo un destino."  pág. 125.




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Marc Behm es un autor muy particular, bastante desconocido a pesar de su enorme calidad.  La ternura siempre está presente en sus novelas junto a crímenes horrendos y numerosos. Nacido en New Jersey, acabó viviendo largo tiempo en París. Murió en un pueblecito de Francia en 2007. Es habitual que sus personajes lean novelas clásicas como Moby Dick o las hermanas Bronté y vayan a menudo al cine. Patrick Nelson suele acudir a sesiones dobles, en una de ellas ve Historia de un detective y La noche del cazador. Él mismo fue guionista junto a Peter Stone de la deliciosa Charada de Stanley Donen: una sofisticada intriga con toques de comedia de altura, interpretada por Audrey Hepburn, Cary Grant y Walter Matthau.
La mirada del espectador y la presente son dos obras extraordinarias.

lunes, 8 de abril de 2013

Posesión Infernal

-Evil Dead-
de Fede Álvarez






Aplicado remake del clásico ochentero de Sam Raimi, que aquí ejerce de productor, la película se esmera por sacar el jugo a una situación ya dada. Un grupo de cinco jóvenes se reúnen en una cabaña del bosque para ayudar a una compañera a pasar el mono y desengancharse. Pronto descubrirán que el sótano esconde el auténtico "Libro de los muertos" encuadernado en piel humana y restos de un ritual con un montón de animales muertos colgados del techo. La posesión y la muerte los acechará uno a uno.

La película tiene un gusto clásico en su desarrollo,  aprovecha perfectamente sus puntos de apoyo como el bosque, el sótano y las sucesivas posesiones para aderezar una gran película de terror que echarse al gaznate; aunque queda lejos del gamberrismo de la original y por supuesto huérfana de un actor tan icónico como Bruce Campbell.












Pero se trata de pasar un buen rato atenazados por el espanto entre sustos, puñaladas y amputaciones; y la película lo consigue brillantemente. Incluso se puede decir que es un remake modélico. Añadiendo la idea dramática de la desintoxicación y poco más, la cinta actualiza la original con mucho conocimiento, más medios y mejor tecnología. 

La película está muy bien rodada, el ritmo es intenso y no decae en ningún momento, aprovecha cada rincón de un espacio tan exiguo como una cabaña en el bosque y más que sustos busca que la angustia y el terror se aferre a tu garganta. Trozos de cristal, un cutter, una clavadora y una motosierra mas toneladas de sangre conforman un carnaval gore del que salimos tonificados.

El desenlace retrata la película. Tensión a tope, angustia de un espacio cerrado, machete y a por el cuello del espectador, porque sino.......a qué coño ha venido.

Según cuenta el propio director, ya está escribiendo el guión de la segunda parte de la trilogía, Evil Dead 2: Dead by Dawn (Terroríficamente muertos), por lo que según cómo vayan las taquillas (yo auguro que muy bien) tendremos la trilogía en digital.  Esperemos que Fede mantenga el pulso y sólo queda que se desmelene un poco más.

El director quiso desde el principio que Roque Baños compusiera la banda sonora y acertó plenamente. El músico de referencia en las películas de Alex de la Iglesia además de Frágiles, Alatriste  o Intruders aporta una ambientación musical y unos subrayados excelentes.

Aunque ya es público y notorio, recordemos que Fede Álvarez trabajaba en publicidad en Uruguay y mataba el gusanillo cinematográfico haciendo cortos. Según él mismo cuenta tiene rodados más de 20, pero llegó el día en que colgó en Youtube Ataque de Pánico (2009), en el que Montevideo sucumbe a un ataque alienígena, y cambió la historia: Hollywood llamó a su puerta. Está claro que vivimos en plena generación Youtube como ya demostrara Neill Blomkamp a quien Peter Jackson produjo Distrito 9, o el más reciente Andy Muschietti con su Mamá.

Dado que ya es considerada una película de culto, no estaría de más recordar la original The Evil Dead (aquí)


P.D. No sé si os habéis dado cuenta pero si tomamos las iniciales de los cinco protagonistas, David, Eric, Mia, Olivia y Natalie, nos sale DEMON.

sábado, 6 de abril de 2013

Viento Norte

de Enrique Anderson Imbert



El cuento "Viento Norte" pertenece al libro La locura juega al ajedrez (1971) y está incluido en la Antología El leve Pedro.




"A poco de llegar a Londres, en 1936, me convidaron a una fiesta. La deslucía uno de los invitados, tan consumido, tan demacrado que pensé: "¿Habrá tenido este infeliz la horrible ocurrencia de venir a morirse aquí?". No era viejo: cincuenta años, a lo más, pero desde mis veinticinco lo vi anciano. Tampoco era de débil constitución: su cuerpo, bajo si se considera que era inglés, dejaba adivinar una musculatura que en mejores tiempos habría sido capaz de levantar pesas en el circo. Sin embargo, el pobre estaba para que lo sacaran en camilla al sol: más que pálido, cadavérico. De seguro que algún accidente lo había arruinado y ahora los ojos azuleaban serenos y distantes como si ya hubieran avizorado a la muerte. 
Sea que las gentes lo rehuyeran o que él se apartase de ellas, lo cierto es que ese espectro de hombre -delgado, macilento, tembleque- amenazaba con desvanecerse en un rincón. Antes de que se desvaneciera del todo acudió la dueña de casa, me cuchicheó "es un famoso escritor" y me presentó. Su nombre  William Fry Harvey, no me dijo nada. Famoso, sí... Famoso para la dueña de la casa, quien, dicho sea de paso, después de haberme clavado con ese Harvey, se fue muy aliviada a reunirse con los amigos en el lado más bullicioso de la sala.
Como yo me fatigaba de sólo mirar la fatiga de Harvey -ya no podía tenerse en pie; cualquiera hubiera podido derribarlo con un dedo- le propuse que nos sentáramos. Accedió y, a paso de tortuga, nos metimos en un corredor y acabamos en un estudio desierto. Con dificultad y acaso con dolor se acomodó en un sillón blanco que hasta entonces, en contraste con los austeros grises de la habitación, había parecido muy alegre, pero que, de pronto, al recibir el peso de un enfermo, adiós alegría, se redujo a uno de esos tristes asientos en las salas de espera de los hospitales. Arrimé una silla y me le senté enfrente. Es la postura clásica -tête-à-tête- que invita a contar cuentos.
Debió de haber notado en seguida, por mi pronunciación  que yo era extranjero, pero, con típica discreción británica, no me averiguó de dónde era. Sólo cuando, en el curso de la conversación, mencioné a Buenos Aires, me preguntó si yo era argentino. habiéndole dicho que sí, se disculpó por el clima de Londres como si él tuviera la culpa, como si él -seco, canoso, friolento- fuera el invierno mismo.
   -¡Lo que va a sufrir usted con los fríos de Londres! -me compadeció-. Usted, acostumbrado al clima templado de su país...
   -No crea -le repliqué-. Prefiero el invierno. Allá en Buenos Aires ahora es verano. Uno se asa. La temperatura pasa a veces de los cuarenta grados. Y cuando sopla el Viento Norte no le digo nada. Nace en las regiones caldeadas del ecuador, junta los vapores del océano, pasa por selvas y pantanos del trópico, arrastra todos los virus que encuentra y se queda en la mal llamada Buenos Aires hasta que la atmósfera ya no da más y se descarga en tempestad eléctrica. En esos días no se puede vivir. Los nervios no aguantan. Nada aguanta: chorrean las paredes, los muebles se descolan, las llaves se enmohecen en el bolsillo, los libros se cubren de verdín, las costuras del traje se pudren de sudor... ¡Huy! Viscoso, todo viscoso... La irritación de las gentes es tal que, junto con el mercurio de los termómetros, sube el índice de criminalidad. No exagero. La policía lo sabe: son días de discusiones, locuras, peleas y asesinatos. Créame, míster Harvey: de un verano en Buenos Aires, sobre todo cuando sopla el Viento Norte, un escritor podría sacar mucha materia para cuentos e violencia. 
   -¿También usted es escritor? -me dijo fingiendo cómicamente una mirada aprehensiva.
  -Oh, no -le contesté riéndome-. Periodista y gracias. Pero me gusta regalar anécdotas a los escritores amigos. ¿Quiere que le regale una?
Míster Harvey sacó la boca de donde la tenía sumida y se esforzó en ponerla en una sonrisa.
   -A ver qué le parece esta anécdota, que causó sensación en los círculos intelectuales de Buenos Aires. Un poco más y se hace folklore. A mí me la contaron varias veces, y en diferentes versiones.
Y se la conté, más o menos, como la recuento ahora y aquí.

*  *  *

El 19 de enero de 1934 -a las dos de la tarde el termómetro indicó la máxima absoluta de cuarenta y cinco grados- Masaccio, viñetista italiano a sueldo de la editorial Espasa, se derretía en una pieza de hotel. Fue a apantallarse con un cartón y de pronto, obedeciendo a una fuerza inexplicable como no sea por el hábito de jugar con el lápiz, se puso a borrajear un croquis. El lápiz no ligaba los trazos, sino que, caprichosamente, los dispersaba por el cartón. Ese rayado ¿para qué servía?: ¿para un banco, para una puerta? y este perfil que sube ¿dónde va? Ah, quizá quiere contornear un cuello, un mentón, una mejilla... Era como si un segundo Masaccio -sin haber comunicado su plan al primer Masaccio- estuviera dibujando por él. Aunque no. No era un doble. Un doble duplicaría, con idéntica imaginación, su modo de concebir los detalles del diseño. Estos, en cambio, le eran ajenos. No. Un doble, no. Más bien era otro artista, muy distinto, que se había metido en el cuerpo de Masaccio y desde adentro le conducía el brazo. Ahora los rasgos empezaron a juntarse. Cinco, diez, quince minutos después ya el bosquejo estaba cobrando sentido. Se movía, vivía. Masaccio miraba lo que había hecho y no lo podía creer. ¿Él, era él, él, quien estaba dibujando eso? Por lo pronto, la escena que dibujaba era como las de la serie de Les Gens de Justice de Honoré Daumier, sólo que sin sarcasmo ni intenciones caricaturescas. Un reo, de frente, con las manos aferradas a la barandilla, abría los ojos, no tanto de desesperación por la sentencia que acababa de recibir, sino de sorpresa por lo que descubría en un cartón que el juez, de espaldas, le estaba mostrando.
Masaccio nunca había visto a ese hombre. Nunca había presenciado una escena semejante. Nunca había pisado los Tribunales. Sin embargo, el dibujo parecía copiado del natural. Las líneas, vigorosas y elocuentes, daban vida a un instante en la historia del crimen. Más que un objeto dibujado por el placer del arte por el arte era la expresión de un juicio, no solamente un juicio criminal tramitado ante los Tribunales, sino el juicio moral de un hombre sobre su prójimo, sobre su hermano. Con honda compasión, el artista ofrecía la imagen ¿de un pobre hombre?, sí, pero más: del pobre Hombre. ¿De un criminal?, sí, pero más: de un Caín juzgado por un comprensivo Abel poco antes del Juicio Final.
Masaccio era un ilustrador ornamental y fantasioso, pero esta vez, sin que él supiera ni cómo ni por qué, le había salido una obra maestra de realismo. Los detalles eran impresionantes. El esqueleto del criminal, aunque invisible, estaba presente en los gestos de su poderosa anatomía. El pelo cortado a cepillo, una cicatriz en la sien, las hinchadas fosas de la nariz, la boca abierta con un diente de menos, los ojos atónitos daban carácter a esa cabeza atormentada por oscuros pensamientos.
Masaccio paró el cartón sobre la mesa, lo admiró como si no fuera suyo y murmuró: "Este no es mi estilo; ¿será que me he muerto, en un ciclo ya perimido de mi vida de artista, y de ahora en adelante seré otro?". Turbado por la sensación de haberse despedido para siempre del que era, arrojó una mirada a la sórdida habitación, a la cama deshecha, maldijo la hora en que se desterró, pensó en la bella Italia y se lanzó a la calle.
Fue un error. La ciudad era un horno. Los pies sintieron el calor a través de las suelas de los zapatos que se hundían en el asfalto. la camisa, empapada de sudor, se pegó a las carnes: repugnante mucílago. Huyendo de sí mismo, caminó y caminó sin saber por dónde iba. Avenidas, casas, árboles vibraban en una luz irreal; él era un perro acosado que no podía tenderse en ninguna sombra. Ya a punto de desmayarse comprobó, por una verja, que esos altos muros a los que se había arrimado eran los del cementerio de Chacarita. Cruzó la calle. En un portón había una losa con letras doradas: "Marmolería de Donatello. Pedestales, balaustradas, altares, fuentes, decoración de sepulturas, inscripción de lápidas y toda clase de trabajos de marmolistería".
Ese nombre, Donatello, y el suyo propio, Masaccio, sonaron como ecos de voces que reñían en el fondo de los siglos o, en todo caso, en el fondo de la reminiscencia de una lectura olvidada, ¿lectura, tal vez, de las vidas de pintores, de Giogrio Vasari? Presintió que una lúcida divinidad, escondida detrás de un cielo que sólo a los que abajo podía parecer adusto, se disponía a meter la mano en el tablero y a jugar con el destino de dos hombrecitos que habían sido, en una remota partida, y ahora volvían a ser en esta copia de la anterior.
Masaccio entró en el patio y, del lado de la izquierda, por donde también le llegaban los latidos del corazón, oyó ruidos de martillo y cincel. ¡Qué!, ¿había en buenos aires, hundida a esas horas en un universal letargo, otra alma en pena que, como él en su hotel, se empeñaba en seguir trabajando a pesar del bochorno?
Se asomó al taller.
Un hombre, de espaldas, estaba acuclillado ante un bloque de mármol, a primera vista oficiando un esotérico ritual. La camisa era escarlata -una llamarada- y de la cabeza -o de un cigarrillo oculto- salía un humo ominoso.
Golpeó las manos.
El hombre se volvió y entonces Masaccio, como en una pesadilla, lo reconoció: era el del cartón. El mismo pelo cortado a cepillo, las mismas fosas nasales respirando fatigosamente, la misma cicatriz en la sien y, al sonreírse, un diente de menos. Salvo en la expresión -el hombre, ahora, miraba sin sorprenderse de nada- era exactamente igual. 
   -No me siento bien -dijo Masaccio desde la puerta-. ¿Podría darme un vaso de agua, por favor?
El hombre se puso de pie y se enjugó el sudor de la frente con la manga de su camisa escarlata.
Mareado, Masaccio se apoyó en un ángel de mármol, pero tuvo que retirar la mano: envuelto por el aire que reverberaba en olas de fuego ese ángel quemaba como si acabase de llegar del infierno.
   -Agua, no. Aguardiente es lo que usted necesita. Pase y siéntese -dijo el hombre-; fue a la alacena y trajo una botella, dos vasitos y una copa de agua. Digan lo que digan, no hay nada como el aguardiente. Es bueno para el corazón. Bébase esa copa y, después, dele al aguardiente.
El hombre trataba a Masaccio con familiaridad. Cualquiera hubiera dicho que eran viejos conocidos. Aun se sonrió con picardía como sabiendo que Masaccio sabía que el convite era una excusa para beber con él.
Masaccio tragó agua mientras el otro tragaba aguardiente.
   -Lamento haberlo interrumpido en su trabajo.
   -No. Justamente cuando usted entró yo terminaba de grabar una fecha, que era lo único que quedaba por hacer.
   -¿Una lápida?
   -Sí. Pero ésta no me la encargaron. Aunque debo confesarle que la he labrado de un tirón. ¡Ni que me la hubieran encargado estando yo dormido!: uno despierta y todo lo que recuerda es que hay que hacer una lápida... Hoy yo no pensaba trabajar. Imagínese. ¡Con este calor! Pero descubrí en un rincón un mármol defectuoso que no sé cómo fue a parar ahí: si lo vi antes, se me ha olvidado. Bueno. No bien descubrí el mármol defectuoso ya estaba yo, como un poseso, con las manos ocupadas en el martillo y el cincel. Todavía me pregunto qué es lo que me hizo trabajar con tanta furia. ¡Eh! Sea como sea, se me ocurrió labrar un modelo de lápida que sirva de reclamo. La exhibiré en el patio, a la vista de los que pasan. Inventé un muerte, ¡je, je, je!, lo bauticé con un nombre raro que me vino no sé si del cielo, del purgatorio o del infierno y le puse la fecha de hoy. Acérquese. Mire.
Masaccio se levantó, dio la vuelta y se enfrentó a la lápida. Decía: "Yace aquí Masaccio. Nació el 20 de noviembre de 1900. Murió, arrebatado por el destino, el 19 de Enero de 1934". 
Masaccio se tambaleó como golpeado por un portento.
   -¿Qué le pasa? Beba, beba más. Es el calor.
Y el hombre se sirvió otro vasito.
   -No es eso. ¿Sabe una cosa? Ese nombre de la lápida es el mío.
   -¿De veras? ¿Masaccio? ¡Y yo que creía que en Buenos Aires no podía haber nadie que se llamase así! ¡Qué casualidad! Bueno... Mucho gusto. Yo soy Donatello.
   -Ya sé -dijo él, y tuvo que sentarse, vencido de cansancio por un largo viaje en páginas medio olvidadas de las Vidas de Vasari. ¿Telepatía? Más, más: a sus espaldas oyó los pasos del Destino, cada vez más cerca de sus víctimas.
   -Masaccio... Donatello... -murmuró-. ¿Qué hacemos en Buenos Aires?
   -¿Por qué lo dice? ¿Por que somos italianos? ¡Bah! Buenos Aires es una colonia de fantasmas italianos.
   -Pero es que no sólo el nombre de la lápida es mío: también ésa es la fecha de mi nacimiento.
   -¡No me diga! ¡Eso sí que es coincidencia! -exclamó Donatello, y apuró otro trago-. Pero por lo menos hay algo que no coincide, ¿eh?: la fecha del óbito. ¡Ja, ja, ja!
Masaccio no quiso mencionar otra coincidencia aún más perturbadora: la de su criminal sentenciado que resultaba ser el retrato de Donatello. Vislumbró, entre desgarrones de nubes allá en los picachos de su cerebro, un enigma titilante como estrellita.
Al cabo de un rato no pudo resistir más la sospecha que lo estaba reconcomiendo y le dijo:
   -Perdóneme, pero hay algo extraño que... no sé... me gustaría aclarar. Usted nunca oyó hablar de mí, ¿no?
   -No.
   -Por mi parte, no recuerdo haberlo visto nunca a usted. Sin embargo, tengo razones para creer que debo de haberlo visto, sino personalmente, en fotografía. Dígame, ¿usted ha tenido alguna vez algo que ver con la justicia?
Donatello se puso serio.
   -¿Yo? Nunca -protestó con dignidad.
   -¿Algún lío en los Tribunales? ¿Algo que hizo y por eso lo procesaron?
   -Nunca. Ni una multa. ¿Por qué me lo pregunta? ¡Avise! ¿Acaso me ve cara de criminal?
   -¡No, no! discúlpeme -dijo Masaccio al tiempo que retrocedía un paso para librarse del halito alcohólico del hombre; precaución inútil, pues el hombre, avanzando un paso, recuperó la distancia perdida y lo apremió con el mismo aliento:
   -¡Caray! Por algo me lo habrá preguntado. Dígamelo.
   -Nada, nada.
   -Ah, eso no. No me va dejar ahora con la espina. ¿Qué se ha creído? Se mete en mi casa, lo trato bien y ahora me sale con insinuaciones...
Cuanto más hacía Masaccio por eludir una conversación que iba tomando mal cariz, más se enfurecía el otro. 
Donatello (¡Qué parecido con el dibujo!) acabó por gritar, rojo de aguardiente, loco de viento norte:
   -¡Usted me ha ofendido, desagradecido!
   -Discúlpeme -suspiró Masaccio con una voz compadecida, triste y resignada. Acababa de comprender: el juego llegaba a su fin.
Entonces, ya vesánico, Donatello volvió a agarrar el cincel. 
   -¿Y es éste el destino que, según su lápida, me arrebataría trágicamente? -preguntó Masaccio sin esperar respuesta; pero en medio del dolor y de su propio grito, alcanzó a oír:
   -Desgraciadamente, sí.

*  *  *

Con eso terminé el relato.
Míster Harvey lo había escuchado con atención, pero cuando terminé bajó la cabeza y se quedó callado. Estábamos tête-à-tête -ya lo dije- en la postura clásica que invita a contar cuentos. Excepto que lo clásico es que el viejo sea quien cuente y el joven quien escuche.
Aquí, al revés. Por si acaso míster Harvey no me había entendido el cuento -además de enfermo parecía medio sonso- se lo expliqué.
   -¿Comprende, míster Harvey? el juez, cediendo a un impulso secreto, vaya uno a saber si de humor o de perplejidad, mostró a Donatello, en el momento de sentenciarlo, el dibujo de Masaccio que la policía se había incautado en el hotel durante la investigación del asesinato. Donatello, al reconocerse, abrió tamaños ojos: fue ésa, precisamente, la expresión que Masaccio había captado. ¿Comprende? un embrollo de tiempos: todavía en el pasado cierto presente fue ya un futuro... Un misterioso cataclismo cósmico. Las vidas de Masaccio y Donatello se entreveraron, como si dos trenes que corrieran paralelamente descarrilasen, saltasen de las vías, chocasen en el aire y cayesen entrecruzados. ¿Qué le parece? Si le gusta se lo regalo. ¿Por qué, míster Harvey, no escribe sobre este suceso? Es raro, ¿no?
Cuál no sería mi sorpresa cuando míster Harvey, que me había dado la impresión de estar a las puertas de la muerte, ya sin fuerzas para hablar, me contestó, con voz cascada, sí, interrumpiéndose en accesos de tos, sí, pero con autoridad, vehemencia, irónica, lógica y amplitud:
   -¿Raro? Mucho más de lo que usted cree. En su relato hay un abominable destino que, en el mismo día, opera en forma de premonición en dos personas que se encuentran por casualidad. Llamémoslas "A" y "B", si usted no tiene inconveniente.
    -Ninguno.
  -"A" dibuja a quien va a ser su asesino y "B" graba el nombre de quien va a ser su víctima. El acontecimiento de la condena de "B" que "A" ha dibujado es posterior al acontecimiento de la muerte de "A" que "B" grabó.
Paré la oreja. Yo no había leído nada de míster Harvey, "famoso escritor" según la dueña de casa, pero qué duda había de que quien era capaz, con tal rapidez, de reducir un relato a su esquema elemental, también debía de ser capaz de construir relatos partiendo de esquemas como ése. Continuó:
   -Algo parecido a este descarrilamiento de tiempos de que usted hablaba nos está pasando a nosotros dos. 
Usted y yo nos hemos encontrado aquí también por casualidad y estamos en la inminencia de un crimen; en este caso el crimen sería un plagio. Ya lo dice el refrán: el mejor plagio es ése en el que el robo va acompañado por un asesinato; o sea, la completa obliteración del nombre del verdadero autor. Usted oyó la anécdota en Buenos Aires, varias veces, en diferentes versiones, y ahora, muy amable, me la quiere regalar para que yo la convierta en un cuento inglés. Muchas gracias. Pero esa anécdota que argentinos anónimos están transmitiendo de boca en boca, antes de hacerse folklore fue literatura. Supongo que debió de haber llegado a la Argentina un libro titulado The Beast With Five Fingers, de 1928, y cayó en manos de un conversador. Allí hay un cuento, no tan hábil como la versión de usted, pero con una situación parecida: "August heat". Léalo. Lo escribí yo.
Abrí los ojos: ¡Claro! ¿Acabáramos! ¿A qué asombrarse de que míster Harvey fuera capaz de reducir mi relato a un esquema elemental?: después de todo, ese relojero de idóneos dedos no hay más que desarmar las piezas del reloj que él mismo había armado antes...
No sé si divertido o avergonzado, exclamé:
   -¡Perdón, míster Harvey, perdón! ¡Qué plancha!: yo, con aires de gran señor, le obsequio un cuento... ¡y resulta que era de usted! ¡Qué papelón!
Mi cara debió de ser la pintura del avergonzado más que la del divertido, pues sentí que míster Harvey me miraba con simpatía. Extrañado de que en las cuencas oscuras de su calavera aún hubiera ojos que brillasen, bajé la vista y murmuré:
   -Perdóneme. Si lo plagié, fue sin querer...
   -No se aflija -me dijo, agarrándome la rodilla con los cinco dedos de su mano huesuda-. Nolens volens, todos plagiamos. uno cree inventar un cuento, pero siempre hay alguien que lo inventó antes. Tome, por ejemplo, el tema del cuadro que absorbe la vitalidad de criaturas reales o que influye sobre sus destinos. Centenares de escritores lo han elaborado: Oscar Wilde, Henry James, Galdós, Poe, Gogol, Novalis, Hoffmann, Calderón...
Mientras recitaba esa nómina -era mucho más larga, pero me la he olvidado- míster Harvey se apoyó más en mi rodilla y se fue levantando del sillón como si, después de conjurar a sus sombras, se propusiera acompañarlas a redrotiempo y dejar a cada una en su morada histórica. Entonces vi a míster Harvey como siempre la imaginación popular ha visto a los contadores de cuentos: un viejo memorioso, comunicado con los primeros sueños de los hombres.
   -Un cuento sale de otro -dijo despidiéndose con un apretón de manos-; y ése de uno anterior; y así hasta los orígenes, en la mitología. Cuando publiqué "August heat" me preguntó Montague Rhodes James si yo me había inspirado en su cuento "The mezzotint". Sospecho que no me creyó cuando le aseguré que no. Y no le mentí. En "August heat" combiné "The Prophetic Pictures", de Hawthorne, con "L´esquisse mistérieuse", de Erckmann-Chatrian, y "Die Weissagung", de Arthur Schitzler, para vestir un mito griego, ¿lo reconoce?: un oráculo ha profetizado a Ifito que alguien -él no sabe quién- será castigado por haber cometido un asesinato; al mismo tiempo otro oráculo, en otra ciudad, hacer ver a Heracles que alguien -tampoco él sabe quién- ha sido asesinado; Ifito, que anda de viaje, de pura casualidad, visita a Heracles en su casa; fatalmente, el anfitrión asesina a su huésped.
   -¡Fantástico! ¡Y yo que me creía que todo eso había pasado en Buenos Aries! -le dije poniendo cara de ingenuo."


Me fascinan las espirales y las cintas de Moëbius. El mundo y sus literaturas son como esos trenes que chocan y se entrecruzan sin cesar, que dice el narrador. Este "Viento Norte" se entrevera con el "August heat" de William F. Harvey. También Borges nos hizo visitar de nuevo el Laberinto en "La casa de Asterión", y más recientemente Javier Argüello mezcló con el clásico Enoch Soames de Max Beerbohm su "Relato acerca del tiempo, de un viejo cuento, y de la manera extraña en que ocurren las cosas", incluido en el volumen Siete cuentos imposibles.

viernes, 5 de abril de 2013

Espiral - de Enrique Anderson Imbert

de Enrique Anderson Imbert



ESPIRAL

Regresé a casa en la madrugada, cayéndome de sueño. Al entrar, todo obscuro. Para no despertar a nadie avancé de puntillas y llegué a la escalera de caracol que conducía a mi cuarto. Apenas puse el pie en el primer escalón dudé de si ésa era mi casa o una casa idéntica a la mía. Y mientras subía temí que otro muchacho, igual a mí, estuviera durmiendo en mi cuarto y acaso soñándome en el acto mismo de subir por la escalera de caracol. Di la última vuelta, abrí la puerta y allí estaba él, o yo, todo iluminado de Luna, sentado en la cama, con los ojos bien abiertos. Nos quedamos un instante mirándonos de hito en hito. Nos sonreímos. Sentí que la sonrisa de él era la que también me pesaba en la boca: como en un espejo, uno de los dos era falaz. «¿Quién sueña con quién?», exclamó uno de nosotros, o quizá ambos simultáneamente. En ese momento oímos ruidos de pasos en la escalera de caracol: de un salto nos metimos uno en otro y así fundidos nos pusimos a soñar al que venía subiendo, que era yo otra vez.

El Gato de Chesire (1965)


LUNA

Jacobo,el niño tonto, solía subirse a la azotea y espiar la vida de los vecinos. Esa noche de verano el farmacéutico y su señora estaban en el patio, bebiendo un refresco y comiendo una torta, cuando oyeron que el niño andaba por la azotea.-¡Chist!- cuchicheó el farmacéutico a su mujer -Ahí está otra vez el tonto. No mires. Debe estar espiándonos. Le voy a dar una lección. Sígueme la conversación, como si nada...
 Entonces, alzando la voz, dijo:
- Esta torta está sabrosísima. Tendrás que guardarla cuando entremos: no sea que alguien se la robe.
-¡Cómo la van a robar! La puerta de la calle está cerrada con llave. Las ventanas, con las persianas apestilladas.
-Y...alguien podría bajar desde la azotea.
-Imposible. No hay escaleras;las paredes del patio son lisas...
-Bueno: te diré un secreto. En noches como ésta bastaría que una persona dijera tres veces "tarasá" para que ,arrojándose de cabeza, se deslizase por la luz y llegase sano y salvo aquí, agarrase la torta y escalando los rayos de la luna se fuese tan contento. Pero vámonos, que ya es tarde y hay que dormir.
Se entraron dejando la torta sobre la mesa y se asomaron por una persiana del dormitorio para ver qué hacía el tonto. Lo que vieron fue que el tonto, después de repetir tres veces "tarasá", se arrojó de cabeza al patio, se deslizó como por un suave tobogán de oro, agarró la torta y con la alegría de un salmón remontó aire arriba y desapareció entre las chimeneas de la azotea.


El Gato de Chesire (1965)



EL FANTASMA

Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación.
¿Con que eso era la muerte?
¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte los objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha... Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso.
Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! "Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuerpo", pensó.
Porque así, sin la mirada, esos mofletes y arrugas, las curvas velludas de la nariz y los dos dientes amarillos, mordiéndose el labio exangüe estaban revelándole su aborrecida condición de mamífero.
-Ahora que sé que del otro lado no hay ángeles ni abismos me vuelvo a mi humilde morada.
Y con buen humor se aproximó a su cadáver -jaula vacía- y fue a entrar para animarlo otra vez.
¡Tan fácil que hubiera sido! Pero no pudo. No pudo porque en ese mismo instante se abrió la puerta y se entrometió su mujer, alarmada por el ruido de silla y cuerpo caídos.
-¡No entres! -gritó él, pero sin voz.
Era tarde. La mujer se arrojó sobre su marido y al sentirlo exánime lloró y lloró.
-¡Cállate! ¡Lo has echado todo a perder! -gritaba él, pero sin voz.
¡Qué mala suerte! ¿Por qué no se le habría ocurrido encerrarse con llave durante la experiencia. Ahora, con testigo, ya no podía resucitar; estaba muerto, definitivamente muerto. ¡Qué mala suerte!
Acechó a su mujer, casi desvanecida sobre su cadáver; y su propio cadáver, con la nariz como una proa entre las ondas de pelo de su mujer. Sus tres niñas irrumpieron a la carrera como si se disputaran un dulce, frenaron de golpe, poco a poco se acercaron y al rato todas lloraban, unas sobre otras. También él lloraba viéndose allí en el suelo, porque comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.
Salió de la habitación, triste.

¿Adónde iría?
Ya no tuvo esperanzas de una vida sobrenatural. No, no había ningún misterio.
Y empezó a descender, escalón por escalón, con gran pesadumbre.
Se paró en el rellano. Acababa de advertir que, muerto y todo, había seguido creyendo que se movía como si tuviera piernas y brazos. ¡Eligió como perspectiva la altura donde antes llevaba sus ojos físicos! Puro hábito. Quiso probar entonces las nuevas ventajas y se echó a volar por las curvas del aire. Lo único que no pudo hacer fue traspasar los cuerpos sólidos, tan opacos, las insobornables como siempre. Chocaba contra ellos. No es que le doliera; simplemente no podía atravesarlos. Puertas, ventanas, pasadizos, todos los canales que abre el hombre a su actividad, seguían imponiendo direcciones a sus revoloteos. Pudo colarse por el ojo de una cerradura, pero a duras penas. Él, muerto, no era una especie de virus filtrable para el que siempre hay pasos; sólo podía penetrar por las hendijas que los hombres descubren a simple vista. ¿Tendría ahora el tamaño de una pupila de ojo? Sin embargo, se sentía como cuando vivo, invisible, sí, pero no incorpóreo. No quiso volar más, y bajó a retomar sobre el suelo su estatura de hombre. Conservaba la memoria de su cuerpo ausente, de las posturas que antes había adoptado en cada caso, de las distancias precisas donde estarían su piel, su pelo, sus miembros. Evocaba así a su alrededor su propia figura; y se insertó donde antes había tenido las pupilas.

Esa noche veló al lado de su cadáver, junto a su mujer. Se acercó también a sus amigos y oyó sus conversaciones. Lo vio todo. Hasta el último instante, cuando los terrones del camposanto sonaron lúgubres sobre el cajón y lo cubrieron.
Él había sido toda su vida un hombre doméstico. De su oficina a su casa, de casa a su oficina. Y nada, fuera de su mujer y sus hijas. No tuvo, pues, tentaciones de viajar al estómago de la ballena o de recorrer el gran hormiguero. Prefirió hacer como que se sentaba en el viejo sillón y gozar de la paz de los suyos.
Pronto se resignó a no poder comunicarles ningún signo de su presencia. Le bastaba con que su mujer alzara los ojos y mirase su retrato en lo alto de la pared.
A veces se lamentó de no encontrarse en sus paseos con otro muerto siquiera para cambiar impresiones. Pero no se aburría. Acompañaba a su mujer a todas partes e iba al cine con las niñas. En el invierno su mujer cayó enferma, y él deseó que se muriera. Tenía la esperanza de que, al morir, el alma de ella vendría a hacerle compañía. Y se murió su mujer, pero su alma fue tan invisible para él como para las huérfanas.
Quedó otra vez solo, más solo aún, puesto que ya no pudo ver a su mujer. Se consoló con el presentimiento de que el alma de ella estaba a su lado, contemplando también a las hijas comunes. ¿Se daría cuenta su mujer de que él estaba allí? Sí... ¡claro!... qué duda había. ¡Era tan natural!
Hasta que un día tuvo, por primera vez desde que estaba muerto, esa sensación de más allá, de misterio, que tantas veces lo había sobrecogido cuando vivo; ¿y si toda la casa estuviera poblada de sombras de lejanos parientes, de amigos olvidados, de fisgones, que divertían su eternidad espiando las huérfanas?
Se estremeció de disgusto, como si hubiera metido la mano en una cueva de gusanos. ¡Almas, almas, centenares de almas extrañas deslizándose unas encimas de otras, ciegas entre sí pero con sus maliciosos ojos abiertos al aire que respiraban sus hijas!
Nunca pudo recobrarse de esa sospecha, aunque con el tiempo consiguió despreocuparse: ¡qué iba a hacer! Su cuñada había recogido a las huérfanas. Allí se sintió otra vez en su hogar. Y pasaron los años. Y vio morir, solteras, una tras otra, a sus tres hijas. Se apagó así, para siempre, ese fuego de la carne que en otras familias más abundantes va extendiéndose como un incendio en el campo.
Pero él sabía que en lo invisible de la muerte su familia seguía triunfando, que todos, por el gusto de adivinarse juntos, habitaban la misma casa, prendidos a su cuñada como náufragos al último leño.

También murió su cuñada.
Se acercó al ataúd donde la velaban, miró su rostro, que todavía se ofrecía como un espejo al misterio, y sollozó, solo, solo ¡qué solo! Ya no había nadie en el mundo de los vivos que los atrajera a todos con la fuerza del cariño. Ya no había posibilidades de citarse en un punto del universo. Ya no había esperanzas. Allí, entre los cirios en llama, debían de estar las almas de su mujer y de sus hijas. Les dijo "¡Adiós!" sabiendo que no podían oírlo, salió al patio y voló noche arriba.

El Grimorio  (1971)


EL SUICIDA

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.
Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.
¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.
Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.
Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.
Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.
Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

El Grimorio (1971)






No entiendo por qué razón Anderson Imbert permanece casi desconocido en España. La calidad de sus cuentos está fuera de toda duda así como sus ensayos de crítica literaria. Desde los años 50 hasta 1980 en que se retiró, dictó cursos en universidades tan prestigiosas como Harvard o Princeton. 
Desde la antología "El leve Pedro" que publicó Alianza Editorial allá por 1976, y la reedición de su "Teoría y técnica del cuento" en 2.000 por Ariel, no conozco ninguna edición más.

No creo que este "clásico postergado", lo sea por sus polémicas opiniones antiBorges; con quien de todos modos comparte más de lo que él mismo cree: la prioridad del raciocinio, el uso de la vasta literatura universal o simplemente el rescate y bruñido del onceno cuento del Conde Lucanor.

También la racionalidad, el absurdo, el relato fantástico, el juego con el tiempo, el solipsismo. Alejandra Pizarnik lo tildaba como "un enamorado del aire y un escritor disgustado con la ley de la gravedad", por los vuelos constantes en que incurrían sus personajes.

Aquí un interesantísimo artículo que analiza las constantes de Anderson Imbert publicado en su web por el profesor Armand F. Baker de la Universidad de Nueva York en Albany.

martes, 2 de abril de 2013

Los últimos días

de David Pastor y
   Alex Pastor






Estamos en Barcelona, año 2013, y todo el mundo sufre un síndrome que les impide salir fuera de los edificios. No es un remake de El ángel exterminador de Buñuel, sino una película apocalíptica que deja las calles vacías por una curiosa agorafobia de sus habitantes.

Anteriormente los directores pusieron en pie Infectados (Carriers), en Estados Unidos, que aunque justita, ya apuntaba temas y modos. En esta nueva cinta hay destreza a la hora de narrar, el guión se desarrolla con sentido y tiene la habilidad de encontrar algunas imágenes que ya son prototípicas en este tipo de cine, véase el plano del Arco de Triunfo del Parque de  la Ciutadella.

Comienza in media res, con todos encerrados en casas y edificios. A través de flashbacks iremos conociendo cómo empezó todo en diversas partes del mundo. Poco a poco esta especie de virus o pánico se generalizará, nadie podrá salir a campo abierto. Encerrados y sin indulto posible, agua y alimentos empiezan a escasear y los túneles, edificios y supermercados tienden a mudarse en peligrosa selva. 
Esta forma de presentar los hechos a través de un montaje paralelo se muestra efectiva pues mantiene la intriga más allá de la simple presentación. El primer caso es un trabajador de la misma empresa que Marc (Quim Gutiérrez). Es despedido y los de seguridad le sacan del edificio a pesar de su resistencia. Una vez fuera su cuerpo se colapsa. La escena está muy bien rodada y su tensión nos impacta. Su recuerdo sobrevuela toda la película.











La segunda parte es ya un thriller apocalíptico con los mismos tics que muchos otros, sí, pero rodado con solvencia  y entregando un producto digno. El pulso narrativo es excelente y las imágenes impactantes. Sin salir al exterior, seguiremos a Marc que busca a su mujer embarazada y a Enrique (Jose Coronado), que quiere llegar al hospital donde se encuentra su padre. 

Si la película no es más redonda no es porque sea un refrito de otras, sino por ofrecernos un hilo narrativo muy delgado. Le falta envergadura. No se ha sabido enriquecer con alguna subtrama o no se ha atrevido a mirar en algún recoveco más oscuro. Tanto la escena del robo del GPS en la estación de Sants, como el asalto al supermercado en el centro comercial, se resuelven con cierta precipitación y no tienen continuidad. El pillaje, la forma de vida subterránea, la locura o la simple organización social que se hubiese derivado, no están ni apuntadas.

El paisaje de Barcelona con las calles vacías, los coches abandonados y los animales del zoo campando a sus anchas está muy conseguido. Es cierto que nos recuerdan al Londres fantasmal de 28 días después o incluso a la Nueva York de Soy Leyenda; pero Barcelona es una hermosa ciudad y la película aprovecha bien sus extraordinarios escenarios.

Además los actores se muestran solventes y resultan creíbles. De Jose Coronado y Marta Etura sólo cabe esperar un gran trabajo y Quim Gutiérrez resuelve con acierto su papeleta.

Algunos comentarios se quejan de que el origen del mal no está explicado. Y a quién le importa. Tanto a los personajes como a nosotros, espectadores, se nos presenta una situación dada, y lo interesante es cómo afrontarla y el desarrollo argumental que ello produce. Así ocurría en la extraordinaria Hijos de los hombres, dirigida por Alfonso Cuarón sobre novela de P.D. James. Aunque es verdad que allí afloraba una reflexión filosófica y sociológica de la que Los últimos días está huérfana. 


Con todo, la propuesta cinematográfica de los hermanos Pastor es muy estimulante en un ámbito, el de la ciencia ficción, que poco a poco se va asentado en España. Acción Mutante (A. de la Iglesia) o Los Cronocrímenes (Nacho Vigalondo) siguen siendo rarezas, pero ahí están la maravillosa Eva (K. Maíllo), la deslumbrante Abre los ojos (A. Amenábar), o la audaz 3 Días (F.J. Gutiérrez).