sábado, 28 de septiembre de 2019

AD ASTRA - de John Gray


EEUU, 2019

¡Qué bien hecha que está la película y de qué forma tan intensa nos traslada la sensación de vacío en el espacio profundo!. 
Ese gigantesco desierto, silencioso, inhóspito e indiferente.


Las imágenes son fabulosas y el hilo narrativo del hijo, que emprende un viaje sideral hasta el otro extremo del sistema solar para buscar al padre perdido, tira fuerte de nosotros...
                                                  ...pero a la postre el profundo drama que pretende explorar el film se queda en algo muy leve, casi intrascendente: papá se fue buscando una entelequia de inteligencia extraterrestre, "Quiso ver algo que no había, mientras se perdió todo lo que tenía al lado".

Así que ese globo magnífico que se va hinchando con escenas poderosísimas como la inicial secuencia en un ascensor que sube desde la tierra hasta la estratosfera (vieja idea de Arthur C. Clarke) o la persecución y asedio de vehículos piratas por la superficie lunar o el acercamiento final a la nave del padre, varada entre los anillos de Neptuno; se pincha y se aleja en tu memoria como algo que pudo ser y no ha sido: una magnífica película.


Y el caso es que si alguien me pregunta si merece la pena, le digo sí. Que vaya a verla; pero en el cine. Me ha fascinado la inmersión en ese espacio negrísimo y sobrecogedor mientras acompaño a un tristísimo Roy McBride (Brad Pitt) como un metódico y frío profesional, capaz de gestionar cualquier situación peligrosa; pero gangrenado por la soledad y la alexitimia (carencia de emociones). Además James Gray es uno de mis directores favoritos. Me encantan películas suyas como Little Odessa, The Yards, La noche es nuestra o The Lovers. Aunque es verdad que en sus últimas El sueño de Ellis y Z, la ciudad perdida, ha perdido profundidad y desgarro. 

Estamos en un "futuro cercano" según la introducción de la película. La luna está colonizada. En Marte hay bases estables. El hombre mira hacia las estrellas. Ad astra. Pero corre el peligro de perder la perspectiva. Roy McBridge es un astronauta brillante, con un largo y exitoso expediente. Es hijo del legendario astronauta Clifford McBride (Tommy Lee Jones), desaparecido en el curso del Proyecto Lima: una nave que emprendió hace años una singladura más allá de los límites del sistema solar, con el objetivo de hallar vida inteligente. 

Ahora Roy es llamado para una misión secreta en medio de una emergencia. Del espacio exterior han llegado a la Tierra poderosas emanaciones electromagnéticas que han causado innumerables desastres y miles de muertos. Su origen se ha detectado cerca de Neptuno y consideran que allí es donde está la nave perdida...todavía con su padre vivo. Un experimento con antimateria puede haber causado todo. Confían en Roy para que vaya hasta Marte y entable comunicación con su padre para esclarecer los hechos. 

El planteamiento es ambicioso y es de admirar el arrojo del director al plantear una película como ésta, donde el vacío del espacio (y de acción) se corresponde con el vacío emocional del protagonista, mientras una voz en off te intenta desvelar las costuras de un corazón herido. 

En el fondo es un nuevo viaje al corazón de las tinieblas, ese viaje que aparentemente te lleva a millones de kilómetros (hasta Neptuno), pero que en el fondo no es más que un viaje al fondo de ti mismo. Lástima que se vaya diluyendo por el camino y que el encuentro final con el padre sea dramáticamente tan escaso de entidad y anticlimático. Sí, has descubierto algo, le dice el hijo; que sólo nos tenemos a nosotros. Como al protagonista, me cuesta encontrar la emoción en la que se presenta, precisamente, como "un viaje emocional a través del espacio".

Por el medio hay secuencias que parecen insertas para animar el cotarro, como la persecución de coches por la superficie lunar o el ataque de unos simios enloquecidos en una nave abandonada que emite señales de SOS (sin duda un guiño al clásico Alien). A pesar de que están rodadas con pericia y brío, se perciben como un relleno en una línea narrativa que quiere ser profunda y hasta filosófica. Lástima que la acusación al padre de perderse en su fascinación por las estrellas (como él mismo), abandonando a su mujer e hijo, no parezca un relevante conflicto.  

A destacar la sensacional fotografía, como no podía ser de otra manera, al tratarse de un profesional como Hoyte van Hoytema (Interstellar, Déjame Entrar). 

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