sábado, 9 de marzo de 2013

Los amantes pasajeros

de Pedro Almodóvar


Lamento enormemente tener que decir que esta última película de Almodóvar es una tontería. Después de Los abrazos rotos y La piel que habito, dos películas densas y oscuras, el director volvía a la comedia. Pero más que comedia son un conjunto de gracietas. No solamente carece de hilo conductor, sino que las cuatro pretendidas subtramas que reúne la película son sosas y anodinas. Pretendiendo ser muy actuales y modernas tienen un desarrollo pueril. En el microcosmos único del avión, un mejicano de pinta siniestra saca para leer el 2666 de Bolaño (buen punto el libro, pero nada más). Una dominatrix huye de un posible complot para eliminarla. Un vivalavirgen sale por piernas de una relación asfixiante, lo mismo que el presidente de una caja de ahorros, aunque éste por sus corruptelas. Mientras tanto el trío calavera de azafatos -¡oye maricona!- intentan el desmadre y el jolgorio. Total, aterrizaje forzoso. 


La película no tiene ningún ritmo y las escenas tampoco. Todo resulta muy mecánico, como prefabricado. El comienzo es insípido. La película empieza porque eso pasa en los cines cuando se apagan las luces; con poquita cosa que contar. El cameo de Penélope Cruz y Antonio Banderas es un chiste malo. Y sin ocurrir nada ya están los azafatos histéricas perdidas "por un problema muy grave" que la película da por supuesto. Así que ná, tequila, coreografía locaza y un pretendido desvarío drogata-sexual que tampoco parece venir mucho a cuento. Como todo. 

El film parece más un encargo hecho por obligación que una devoción. La cosas parecen ocurrir porque sí. La historia de la dominatrix es insulsa. El corrupto banquero pasa de puntillas, resultando un personaje casi blanco; parece que con sólo citar la corrupción que corroe España ya es suficiente. La historia de las novias del vivalavirgen es lo mejor aunque sólo es un bosquejo y encima autocopiado de Mujeres al borde de un ataque de nervios: el móvil que cae desde el viaducto es el zapato lanzado desde aquel piso histérico, lo mismo que la amante despechada que recoge una maleta y charla con la portera.


Los actores lo sobrellevan con naturalidad, incluso Cámara y Dueñas están muy bien; pero me apena ver a dos pedazos de actores como la Machi y Antonio de la Torre en unos papelillos desangelados.

Dije que lamentaba escribir esta entrada. A mí me parece notorio que es una película deficiente y que su falta de enjundia y de ritmo es desoladora.  Yo que admiro tanto a Pedro porque siempre ha sido rompedor y furibundamente independiente; porque fue de los primeros en asumir que el cine es cultura pero también negocio y espectáculo, no dejo de preguntarme si no tiene un buen amigo o un colaborador que desde el primer montaje se lo hubiese soplado.

viernes, 8 de marzo de 2013

Mil cretinos

de Quim Monzó







Me gusta de Monzó su manera observar la condición humana. Es original, insolente, muchas veces inmisericorde y algunas incluso tierna. Casi siempre pone el foco en el trasunto de unas vidas convencionales y bucea hasta el fondo de sus almas encontrando el vértigo o directamente el absurdo.

En Una Noche y Otra Noche es capaz de dar una vuelta de tuerca más a historias conocidas. En la primera al cuento del príncipe azul que ha de besar a la princesa para despertarla. La segunda es sobre un hombre que padece insomnio e intenta arreglarlo con libros aburridos, revistas de bricolaje o lo que sea mientras su mujer duerme.


Me gustan especialmente Mirando por la ventana, El amor es eterno y Sábado. Los tres tienen ese ligero toque kafkiano en que la realidad pierde su textura para convertirse en una masa amorfa. En Sábado, una mujer desmonta poco a poco su piso. Hace paquetes con fotos, recuerdos y ropa y los deposita en la basura. Luego continúa con los muebles y todo el piso. Y hasta con ella misma. Cada vez que sale se viste de calle, cada vez que vuelve se pone cómoda. Todo se convierte en un rito del que se nos da cuenta al detalle. En Mirando por la ventana se produce un extraño ensimismamiento:
"Hay mucha gente que mira por la ventana, de paso, para cotillear, para pasar el rato. Yo mismo he mirado así muchas veces. Pero esta vez es diferente. Esta vez se trata de dedicarse a mirar por la ventana, no a ver tal o cual cosa, o a fisgonear qué hacen o dejan de hacer los vecinos. De hecho, me daría igual no ver nada. Si afuera hubiese una niebla espesa, yo seguiría mirando por la ventana con la misma dedicación, y el goce que obtendría con ello tendría la misma fuerza porque no me lo proporciona lo que veo o no por la ventana, sino el hecho de mirar por ella.". pág. 67
En El amor es eterno sucede lo que a muchos de los personajes de Monzó, esa colisión de deseos, intereses y dudas que los mantiene en permanentemente zozobra hasta toparse justo con lo que trataban de evitar.

El libro se divide en dos partes. Los relatos que conforman la segunda son más ligeros, casi rozando la anécdota, con un pellizco juguetón a la realidad. En El tenedor una mujer cae su tenedor, lo recoge, lo limpia y se lo cambia a su marido. En Muchas felicidades, el marido de turno se percata de que durante los últimos quince cumpleaños siempre ha recibido de su mujer un jersey invariablemente de pico y color amarillo-ocre. Confía en cambiarlo. En Shiatsu unos jóvenes estudiantes van ocupando poco a poco las mesas de un bar hasta expulsar al resto de clientes. Es como una partida en el tablero del bar o una observación entomológica. 

Pero incluso en los más leves se aprecia esa aguda mirada sobre la vida y sus habitantes que la deja ante nosotros límpida y desnuda; obligándonos a mirar con perplejidad los ritos de la vida cotidiana como si fuéramos unos extraterrestres recién llegados.

La ironía sobre el oficio de escritor también aflora en Treinta líneas, sobre la moda del microrrelato; y en La alabanza, bastante mejor y de tinte jamesiano. 

Sean más leves o ambiciosos, en todos los relatos aparece el estilo ágil, brillante e irónico de un autor inconfundible. Me gusta más cuanto más burlón y surrealista; aunque algunos de los relatos escrutan a las claras la decrepitud y la muerte como en La llegada de la primavera y El señor Beneset.


Ventura Pons estrenó una película con el mismo título del libro y algunos de sus relatos. Sólo la nombro, no la recomiendo. 

P.D. Para quien quiera conocer más del autor, creo muy precisos y acertados los comentarios de Julià Guillamon sobre alguno de los libros de Quim Monzó:
"Uf, dijo él y Olivetti, Moulinex, Chaffaeauteaux et Maury... representan el anverso y el reverso de una misma situación. En el primer libro, Monzó describe un mundo encasquillado, que encuentra una vía de fuga en el sueño, en la imaginación o en el amor, que transportan a los personajes a espacios de maravilla. En el segundo, describe una realidad alienada, sometida a un mecanismo grosero, contra el cual nada se puede hacer.

Guadalajara (1996) escenifica el ocaso, el declive, el laberinto sin salida que insinúa la muerte. Los cuentos más realistas tratan de un deseo fugaz o de una ocasión perdida. Las fábulas plantean angustiosas situaciones sin salida en laberínticos inmuebles y macabras celebraciones familiares.

Con El mejor de los mundos (2001), su mejor libro, encuentra una salida a esta situación de impasse. Nunca como hasta ahora Monzó se había mostrado tan cruel y desesperado. Sus cuentos describen un mundo del que ha desaparecido cualquier piedad. La historia del chico disecado o la del feto en la bolsa de plástico de El Corte Inglés, están contadas con naturalidad aparente para conseguir el mayor impacto sobre el lector."

miércoles, 6 de marzo de 2013

The yellow sea

de Na Hong-jin








Enorme y contundente película que nos cuenta la historia de un hombre común situado en la encrucijada de una guerra entre dos mafias. A pesar de su ambiciosa trama, la narración es agilísima y muy cinematográfica.

A través de la cinta conocemos que la etnia joseonjok vive en la región de Yanbian, entre Corea del Norte, China y Rusia. Son despreciados por todos y considerados unos maleantes. Gu-nam (Ha Jung-woo) es un pobre hombre que sobrevive como puede de taxista. Está agobiado por una deuda que contrajo por enviar a su mujer a Corea del Sur en busca de una vida mejor.
El mafioso Myun (Kim Yun-seok) se ofrece a cancelarle la deuda si va a Seúl y mata a un rival. Pero una vez allí otro grupo se le adelanta mientras él acaba siendo perseguido por todos.

A pesar de estar dividida en cuatro capítulos El taxista, El asesino, Joseonjok y El mar amarillo, se puede decir que tiene dos partes. Los dos primeros capítulos tienen un carácter más dramático, se nos presenta al protagonista, su etnia y el ambiente degradado en que viven; lo que facilita su conversión en asesino y su traslado a Corea del Sur en un barco ilegal. Su ritmo es minucioso y dinámico. Los dos últimos son ya un thriller portentoso, con algún bache de ritmo, y con unas explosiones de violencia de una ferocidad inusitada.

Aparte de una trama que alberga elementos sociales y de gángsters, la característica más importante de la película es una poderosa realización. La historia se cuenta en imágenes,  prácticamente sin diálogos. La puesta en escena y el montaje resultan por momentos modélicos. Con un puñado de planos apreciamos la desesperación de Gu-nam: mientras arriesga su escasas ganancias jugando al mahjong y en su cubil soñando con su esposa de la que no tiene noticias. 
El viaje desde China a Corea del Sur en un barco de emigrantes ilegales es sencillamente portentosa. Unos pocos fotogramas se suceden como si fuesen pinceladas para componer un fresco vigoroso. En la parte final, Myun entra herido en una nave repleta de enemigos, la cámara vigila desde fuera, cuando volvemos a entrar todo se ha decidido. Hay dos persecuciones que recuerdan lo mejor de Heat. La narración es puramente visual, absolutamente cinematográfica.


En la mejor tradición de las grandes películas sobre la violencia, también es un film lírico y trágico. Gu-nam es un hombre desesperado; se encuentra solo en una gran ciudad (fotografiada con la dureza del hormigón), perseguido por la policía, la mafia local y la que lo envió; pero su pensamiento se centra en buscar a su mujer.
A este antihéroe lo define muy bien Myun cuando lo contrata: "una persona con mal genio, pero que no es un memo; alguien que recibe muchas hostias pero no da lástima". Él endeudado, su mujer desaparecida, sus expectativas cercenadas... todas sus acciones aparecen patinadas por la fatalidad.


Incluso cuando parece librarse de la carnicería que le rodea, se empeña en averiguar el origen que desencadenó todo. Como los clásicos detectives del cine negro, deudor sólo de su propio código, perseverará hasta el final, hasta la primigenia miseria ante cuyo contraste la tragedia adquiere su verdadera dimensión. 

El director cuenta con los mismos protagonistas que en The Chaser, su trepidante tarjeta de presentación. Pero esto no significa que estemos ante una secuela; de hecho los protagonistas se intercambian los papeles de una a otra. Aquí Ha Jeong-woo viste el rictus sombrío de la desesperación, mientras que Kim Yun-seok cambia a un registro feroz y salvaje. En The Yellow sea las escenas de acción se integran con el drama social y personal; lo cual engrandece la película.

No me extraña que el cine norteamericano vuelva sus ojos hacia el coreano. Ya han adquirido los derechos de ambas películas. En aquellas latitudes hacen cine de forma fresca y desprejuiciada. Además, su caligrafía es incuestionable, como demuestran los ya conocidos Park Chan-wook o Kim Ki-duk, a los que hay que añadir este intensísimo Na Hong-jim y el espectacular y divertido Kim Ji-woon (Encontré al diablo, El bueno, el feo y el raro).

domingo, 3 de marzo de 2013

Calor de Agosto

de William F. Harvey

Penistone road, Clapham.
20 de agosto de 190…

Acabo de experimentar el que, creo, ha sido el día más extraordinario de mi vida, y mientras los hechos siguen frescos en mi memoria, deseo pasarlos al papel con tanta claridad como me sea posible. Déjenme decir antes que nada que mi nombre es James Clarence Withencroft. Tengo cuarenta años y una salud de hierro, pues nunca he pasado un solo día de mi vida enfermo. Soy artista por profesión, aunque no de mucho éxito, si bien gano suficiente dinero con mi trabajo en blanco y negro para satisfacer mis necesidades.

Mi único pariente cercano, una hermana, falleció hace cinco años, de modo que soy independiente. Esta mañana tomé el desayuno a las nueve, y tras echarle un vistazo al periódico matutino encendí mi pipa y dejé vagar la mente con la esperanza de dar con algún tema para mi lápiz. A pesar de tener la puerta y las ventanas abiertas, la atmósfera de la habitación era opresivamente calurosa, y acababa de decidir que el lugar más fresco y cómodo de todo el vecindario sería la zona más honda de la piscina pública cuando llegó la idea.

Empecé a dibujar. Me concentré en el trabajo con tanta intensidad que dejé intacto el almuerzo, y sólo me detuve cuando el reloj de San Judas marcó las cuatro. El resultado final, para tratarse de un boceto apresurado, era, estaba convencido, lo mejor que había hecho nunca. Mostraba a un criminal en el banquillo de los acusados inmediatamente después de que el juez hubiera dictado sentencia. Era un hombre gordo, inmensamente gordo. La carne colgaba exageradamente sobre su barbilla; se plegaba sobre su enorme y rechoncho cuello. Exhibía un afeitado apurado (más bien debería decir que un par de días antes había disfrutado de un afeitado apurado) y era casi completamente calvo. Se encontraba de pie en el banquillo, agarrando la barandilla con sus torpes dedos, mirando al frente. El sentimiento que sugería su expresión no era tanto de horror como de un completo y absoluto derrumbamiento.

No parecía haber en aquel hombre nada lo suficientemente fuerte como para soportar aquella montaña de carne. Enrollé el dibujo y, en realidad ignorando por qué, lo guardé en mi bolsillo. Después, con esa sensación poco común de felicidad, con la seguridad que da el haber hecho algo bien, salí de casa. Creo que salí con la idea de visitar a Trenton, pues recuerdo haber recorrido Lytton Street y girar a la derecha por Gilchrist Road al pie de la colina, en la que un grupo de obreros trabajaba en la nueva línea del tranvía.

A partir de entonces sólo tengo un vago recuerdo de a donde fui. Lo único de lo que era completamente consciente era del terrible calor, que ascendía de la capa de asfalto de la calle casi como una ola palpable. Deseé oír el trueno que parecían prometer los grandes bancos de nubes de color cobrizo que colgaban a baja altitud sobre el cielo occidental. Debía de haber caminado cinco o seis millas cuando un chiquillo me sacó de mi trance al preguntarme la hora. Faltaban veinte minutos para las siete.

En cuanto el chiquillo se marchó, busqué referencias que me ayudaran a orientarme. Descubrí que me hallaba frente a una puerta que conducía a un patio rodeado por una franja de tierra sedienta, en la que había varias flores, morados alhelíes y geranios escarlata. Sobre la entrada había una madera con la inscripción:
CHS. ATKINSON
TALLADOR
TRABAJOS EN MÁRMOL INGLÉS E ITALIANO

Desde el interior del patio llegaba un silbido alegre, el ruido producido por los golpes de un martillo, y el frío sonido del metal al chocar con la piedra. Un impulso repentino me hizo entrar. Había un hombre sentado, de espaldas a mí, trabajando en una losa de mármol curiosamente veteada. Se giró en cuanto oyó mis pasos y yo noté cómo los pies se me quedaban clavados en el suelo. Era el mismo hombre que había estado dibujando, aquel cuyo retrato llevaba en el bolsillo.

Allí estaba, sentado, enorme y elefantíaco, con el sudor chorreándole por la calva, que se secó con un pañuelo rojo de seda. Pero aunque el rostro era el mismo, la expresión era completamente diferente. Me recibió con una sonrisa, como si fuéramos viejos amigos, y me estrechó la mano. Me disculpé por la intrusión.

–Hace tanto calor y el sol brilla tanto ahí fuera –dije– que esto parece un oasis en mitad del desierto.
–No sé yo qué decir sobre eso del oasis –respondió–, pero desde luego hace calor, tanto calor como en el infierno. ¡Siéntese, caballero!

Señaló hacia uno de los extremos de la losa funeraria en la que estaba trabajando, y me senté.

–Ha conseguido hacerse usted con una hermosa pieza de mármol –dije.
Él negó con la cabeza.
–En cierto modo sí lo es –respondió–, pues la superficie de esta cara está perfectamente pulida, pero, aunque imagino que usted nunca se daría cuenta, tiene una enorme tara en la parte trasera. Nunca podría hacer un trabajo realmente bueno con este mármol. Aguantaría bien durante un verano como éste, ya que no se vería afectado por el maldito calor. Pero espere a que llegue el invierno. No hay nada como una buena helada para revelar los puntos débiles de una piedra.
–¿Entonces, para qué es? –pregunté.
El hombre se echó a reír.
–No sé si me creerá si le digo que es para una exposición, pero así es. Los artistas hacen exposiciones: al igual que los verduleros y los carniceros; también nosotros tenemos las nuestras. Lo último en lápidas, ¿sabe?

Empezó entonces a hablar de las diferentes clases de mármol, cuál soportaba mejor el viento y la lluvia, y con cuál era más fácil trabajar; de ahí pasó a su jardín y a una nueva clase de clavel que acababa de comprar. Más o menos cada dos minutos dejaba sus herramientas, se secaba la brillante calva y maldecía el calor. Yo hablé poco, pues me sentía incómodo. Había algo antinatural, misterioso, en mi encuentro con aquel hombre. Al principio intenté convencerme de que ya le había visto con anterioridad; que su rostro, desconocido para mí, había encontrado cobijo en algún rincón remoto de mi memoria, pero supe que estaba practicando poco más que un plausible intento de autoengaño.

El señor Atkinson finalizó su trabajo, escupió en el suelo y se levantó profiriendo un suspiro de alivio.
–¡Ya está! ¿Qué le parece? –dijo con un aire de orgullo evidente.
La inscripción, que leí entonces por primera vez, era la siguiente:

EN SAGRADA MEMORIA DE
JAMES CLARENCE WITHENCROFT.
NACIDO EL 18 DE ENERO DE 1860.
FALLECIÓ REPENTINAMENTE
EL 20 DE AGOSTO DE 190–
                  «En la plenitud de la vida estamos en la muerte»

Durante un rato permanecí sentado en silencio. Después, un escalofrío me recorrió la columna vertebral. Le pregunté de dónde había sacado aquel nombre.

–Oh, no lo he sacado de ningún sitio –respondió el señor Atkinson–. Necesitaba un nombre y utilicé el primero que se me ocurrió. ¿Por qué desea saberlo?
–Es una extraña coincidencia, pero resulta que es el mío.
Dejó escapar un largo y grave silbido.
–¿Y las fechas?
–Sólo puedo responder por una de ellas, y es correcta.
–¡Canastos! –dijo.

Pero sabía menos que yo. Le conté lo de mi trabajo de aquella mañana. Saqué el boceto de mi bolsillo y se lo mostré. A medida que lo miraba, la expresión de su rostro se fue alterando más y más hasta convertirse en la del hombre que había dibujado.

–¡Y pensar que justo anteayer –dijo– le dije a María que los fantasmas no existen!
Ninguno de los dos había visto un fantasma, pero supe a lo que se refería.
–Probablemente haya oído usted mi nombre en algún sitio.
–¡Y usted seguro que me ha visto en alguna parte y luego lo ha olvidado! ¿Estuvo usted el pasado julio en Clacton-on-Sea?

Nunca había estado en Clacton en mi vida. Permanecimos en silencio durante un rato. Ambos estábamos contemplando lo mismo, las dos fechas grabadas en la losa, y una era auténtica.
–Entre a cenar algo –dijo el señor Atkinson.
Su esposa era una mujercita alegre, con las mejillas redondas y sonrosadas de los que se han criado en el campo. Su esposo me presentó como un amigo suyo artista. No resultó ser una idea muy afortunada, pues una vez retiradas de la mesa las sardinas y los berros, extrajo una Biblia ilustrada por Doré, y tuve que sentarme a expresar mi admiración durante casi media hora. Salí afuera y encontré a Atkinson sentado sobre la losa, fumando. Reiniciamos la conversación en el punto en que la habíamos dejado.

–Tendrá usted que perdonarme porque le pregunte esto –dije–, ¿pero conoce alguna razón por la que pudieran llevarle a juicio?
Él negó con la cabeza.
–No estoy en bancarrota, el negocio va lo suficientemente bien. Hace tres años les regalé unos pavos por Navidad a algunos de los guardas, pero eso es todo lo que se me ocurre. Y además eran pequeños –añadió como ocurrencia tardía.
Se levantó, tomó una regadera del porche y empezó a regar las plantas.
–Con este tiempo tan caluroso hay que hacerlo al menos dos veces al día –dijo–, y aun así el calor a veces acaba con las más delicadas. ¡Y los helechos, Señor! No pueden ni aguantarlo. ¿Dónde vive usted?
Le dije mi dirección. Volver a casa me supondría una hora de caminar a buen ritmo.
–Así están las cosas –dijo–: abordemos el asunto claramente. Si vuelve a casa esta noche puede usted sufrir toda una serie de accidentes. Un coche podría atropellarle, y también están las típicas pieles de plátano o de naranja; eso por no hablar de las escaleras que se derrumban.

Hablaba de lo improbable con una seriedad intensa que seis horas antes habría resultado risible. Pero yo no me reí.
–Lo mejor que podemos hacer –continuó– es que se quede usted aquí hasta las doce. Subiremos arriba y fumaremos; puede que dentro se esté un poco más fresco.
Ante mi propia sorpresa, acepté.

Ahora estamos sentados en una habitación larga aunque no muy alta, bajo los aleros. Atkinson ha enviado a su mujer a la cama. Se mantiene ocupado afilando algunas de sus herramientas con una pequeña piedra oleosa mientras se fuma uno de mis puros. El aire está cargado con la amenaza de tormenta. Estoy escribiendo esto en una mesa inestable frente a la ventana abierta. Una de las patas está rota, y Atkinson, que parece un hombre hábil con las herramientas, va a arreglarla tan pronto como termine de darle filo a su cincel.

Ya pasan de las once. En menos de una hora me habré marchado. Pero el calor es sofocante.

Un hombre podría volverse loco con tanto calor.


W.F. Harvey (1885-1937)

viernes, 1 de marzo de 2013

AUTÓMATA - de Adolfo García








Isla Desolación.-

La novela es el relato que Oliver Griffin hace al autor cuando se encuentran en la isla de Madeira. Griffin es un estrafalario personaje que sospecha un fatum en que su nombre coincida con el del hombre invisible de H. G. Wells y que está obsesionado con las islas:
"Los islarios, dijo, al igual que los mapas, son textos que leía en mi adolescencia con mayor entusiasmo o ensimismamiento que los libros, porque me figuraba yo que abrían un telón a la imaginación igual que escenas de una película, y lo hacían fantasmagóricamene, ya lo creo, mientras el dedo recorría los lugares, los perfiles, los trazados fabricando historias o espejismos, y dejando en mí, de todo ello, una sensación que se detenía en mi cabeza y me sumergía en un trance" pág 14
Su vida es un empeño por llegar a la Isla Desolación en el remotísimo Estrecho de Magallanes. Este viaje y sus mil bifurcaciones con personajes e historias inusitadas conforman una novela densa, aventurera y de gran aliento. 

El abuelo de Griffin era mago -el Gran Samini- y visitó aquellas tierras a principios del siglo XX. Allí tropezó con la tragedia de Graciela, la cual había perdido en el mar a su marido e hijos. La obsesionada búsqueda de sus cadáveres por toda la costa le hizo descubrir un autómata  que vigilaba aquel estrecho desde la época de Felipe II.
"(Graciela) llegó a creer, y así se lo confesó a mis abuelos, que Dios le había enviado el autómata como un guerrero, un golem o un ronin, para ayudarla a proteger y cuidar aquel enorme campo santo." pág. 137.
La historia de un ejército de autómatas que guardase aquellas aguas se le ocurrió a Maximiliano Transilvano secretario de Carlos I mientras oía relatar la travesía de Elcano y referirse a los gigantescos indios patagones. Posteriormente el asalto a El Callao por parte de Francis Drake saqueando un fabuloso botín, precipitó la decisión de Felipe II para encargar la construcción de los autómatas.

En su conjunto se trata de un relato alucinado. Una Graciela trastornada, un Griffin obsesionado con la Isla Desolación mientras persigue la sombra de un Sarmiento empecinado en una misión de la que el propio Felipe II finalmente renegó. Los tres conforman un trenzado de destinos contrahechos. Tres vértices de una singladura aventurera y visionaria que simboliza el fabuloso autómata. 
"Agitó la cabeza, por si soñaba. ´¿Qué ser hay más prisionero de sí mismo que un autómata? ¿Y qué es en realidad más que lo que otro ha programado en él? ¿Qué libertad le queda a un ser creado para no tenerla nunca?´. Se preguntaba Graciela filosóficamente. Pág. 142
Pero sus populosas páginas también incluyen a Rimbaud en su búsqueda del vergel de Zanzíbar, a Pomponio Mella que ubicó geográficamente la casa de las Tres Gorgonas, a Poe con sus islas Kerguelen o islas de la Desolación que aparecen en el Artur Gordon Pym, sin dejar de visitar la mitología de Defoe o La Cosmografía de Al-Qazwini, en el siglo XIII, donde aparecen las Islas Felices.

Me gusta la teoría de la bifurcación que la novela desarrolla, en la que su tronco se va ramificando en mil historias.

"Yo tengo una vida plural, como Pessoa, aseguró Griffin mirando al cielo mientras dejaba que un sorbo de whisky bajara por su garganta. Una vida, además, llena de bifurcaciones, añadió." pág 347
En estas bifurcaciones encontramos al capitán Branco que lleva a Griffin en su carguero y cuyo corazón se va resintiendo con cada muerte bajo su mando; y también a Miro Pavic, el padre de Graciela, que comió carne humana en una cueva del Cerro McPherson o a su compañero de fatigas, el sanguinario escocés Alcydes MacLenan, con el que conformó una partida para matar indios y buscar oro.


El juego del narrador narrado es muy intenso en el libro. Muchas páginas albergan tres y hasta cuatro niveles distintos del relato. El autor del libro nos refiere el relato que Griffin le hizo de su viaje en el Minerva Janela camino del Estrecho de Magallanes. En ese barco a su vez Griffin le cuenta al marino Caporales las desventuras de Sarmiento, en una de las cuales es prisionero de Sir Walter Raleigh a quien relata sus peripecias en los asentamientos del Estrecho de Magallanes y la instalación del autómata. Lo que cuenta Sarmiento a Raleigh es lo que está contando Griffin a Caporales que está dentro de lo que Griffin está contando al autor, al que nosotros leemos.
Evidentemente este párrafo expositivo no hace justicia a la envidiable claridad y ritmo de la novela.

También es loable la armonía con que se superponen sus muchos niveles temporales, desde el siglo XVI hasta nuestros días. La aventura literaria y la marítima van de la mano. La documentación es amplísima y los detalles maravillosos: se citan los dibujos de Vegecio que el autor pudo ver en la Casa Museo de Mario Praz en Roma y el mítico Das Narrenschiff (La nave de los Locos) de Sebastian Brant, uno de los libros que Giuseppe Arcimboldi regaló a Rodolfo II.



Una parte de la novela es el relato de la conquista de aquellas tierras australes. El pulso de esta narración me recuerda otro relato de un conquistador que se va desmoronando hasta pudrirse: "La aventura equinoccial de Lope de Aguirre" (Ramón J. Sender). Lastimosamente la adaptación que rodó Carlos Saura se quedó a muchos trancos de aquel fabuloso viaje.


Las páginas que refieren la instalación del autómata en lo alto del estrecho son magistrales, tienen un hálito fantasmagórico: la feroz ventisca, los páramos de niebla helada, los cuatro hombres trasladando al autómata y el eclipse de luna justo cuando concluyen la operación tienen una potencia visual, unos ecos que retumban como las grandes gestas donde el hombre aparece frágil como un guijarro y poderoso en su bizarría trágica (pág. 330).

El autor que recoge el relato de Griffin, se impregna asimismo de la obsesión de las islas y del viaje....como nosotros sus lectores.

"Era la llegada a mi Tierra Prometida particular, la llegada a mi Itaca privada, Ulises como me sentía, Ulises como Sarmiento se creyó, y me vinieron a la cabeza los versos de Du Bellay que traduje de joven: ´Hereux qui comme Ulisse a fait un beau voyage...". pág 406


Es Adolfo García Ortega un interesante autor a seguir.