martes, 24 de agosto de 2021

VIVIR DOS VECES - de María Ripoll




Anoche, postrado de nuevo por el ímpetu abrasador de este terrible verano, me encontré con una ola de frescura haciendo zapping entre todas esas cadenas de necedad y ruido. Acababa de empezar la historia y por lo que sea logró engancharme. Era una historia sencilla, contada sin alardes, pero que a cada instante dejaba entrever ese toque de autenticidad que te invita al viaje; el viaje que inicia Emilio (Oscar Martínez), un profesor de universidad retirado al que se le acaba de diagnosticar alzhéimer. Ante él se abre un abismo que no sólo trastocará su vida, sino también la de su entorno más cercano formado por su hija Julia (Inma Cuesta) y su nieta Blanca (Mafalda Carbonell).

La película aúna el drama con la levedad y la comedia. Aunque sin alardes, todas sus partes funcionan armoniosamente. El avance de la enfermedad, la revelación de los problemas familiares, la adaptación a una situación cambiante. A ratos conmueve, a ratos su humor te reconcilia. El trasfondo dramático de la enfermedad se quiebra con los toques sarcásticos del viejo profesor y el inocente desparpajo de la niña. Los dos comparten momentos frescos e hilarantes. Creo que su valor más esencial son los personajes y sus cuitas, que el guión desarrolla con sencillez y mimo. El libreto lo firma la novel María Mínguez y su tratamiento nos remite a las obras del maestro Woody Allen y por lo tanto también de nuestro Allen nacional, Cesc Gay, con cuya película Truman encuentro concomitancias.

Sin ninguna duda el centro gravitatorio de la historia es este profesor de Matemáticas que se enfrenta a la pérdida de la memoria, lo que equivale a decir el borrado de su existencia. Ante esto decide buscar al amor de su vida, la joven Margarita, a la que abandonó en la adolescencia para centrarse en su carrera de matemático. Lo que en principio parece una locura logra embaucar a toda la familia, convirtiéndose el relato en una road movie que hará aflorar todo tipo de problemas y falsedades encubiertas. Ya se sabe, el viaje nos transforma y a su conclusión ya nunca seremos los mismos.





Esta estructura era inevitable según su directora: "Una road movie es una metáfora de la vida, del trayecto que hacen todos los personajes, que crecen y se descubren. Porque empieza siendo una familia muy despegada y aprende a quererse. Solo se encuentran a través de este trayecto físico y psicológico". Y así queda reflejado. Emilio es un sabio retraído que no tiene lazos afectivos con su familia; Julia vive atrapada en un matrimonio de apariencia y Blanca, como muchos niños, vive ajena a todo lo que no provenga de su smartphone. Tras el periplo todo quedará trastocado.

El viaje provoca una íntima convivencia entre los personajes, lo que sirve a la directora para acercarse a las diversas realidades que se viven en las familias actuales: qué hacemos con nuestros mayores, cómo afrontamos enfermedades como el alzhéimer, las relación con los hijos y la de éstos con las redes sociales o si el éxito profesional es suficiente para llenar nuestra vida. Tal y como le ocurre a Julia, una profesional con un buen empleo que trata de controlar todo para poder vivir la vida "que le han dicho que tiene que vivir". El viaje le hará replantearse muchas de sus prioridades. 

Otro tema muy actual que la película toca con acerbo humor es el del "coaching" que practica el marido de Julia; un panoli siempre dispuesto a soltar su insustancial cháchara de autoayuda. Pero también flotan por el ambiente otras reflexiones más interesantes, como las oportunidades que nos da la vida para reconducir nuestro camino o sobre la memoria y la nostalgia, sin duda dos hermosos temas que la película retrata con cierta emoción. 

La naturalidad de las situaciones coincide con la desenvoltura que muestran los actores para trasladarnos situaciones que reconocemos y que en muchos casos nos resultan entrañables. 

Inma Cuesta, Oscar Martínez y Mafalda Carbonell




Me queda para el recuerdo un desenlace que sin entrar a saco en el problema del alzhéimer nos regala la sinuosa línea del símbolo del infinito que, al final, Emilio dibuja sin cesar, quizás para invitarnos a pensar en la continuidad de nuestras vivencias; pero sobre todo esta majestuosa declaración de amor:
-A ver papá, piensa ¿Qué es lo que te gustaba de Margarita? ¿Qué es eso que la hace tan especial?
-Ella es... como el número Pi (𝜋). 
Me gustan tanto las Matemáticas porque son pura lógica. Los números son racionales, predecibles. Pero de repente... en medio de tanta armonía, aparece el número 𝜋, un número misterioso, infinito. Es un número que está vivo. Crea su propio camino sin seguir patrones establecidos y eso hace que las matemáticas, además de lógica, también sean magia. Eso era Margarita para mí, la magia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.