martes, 1 de marzo de 2022

DRIVE my CAR - de Ryusuke Hamaguchi



Este drama japonés está cosechando elogios y premios por todo el mundo a pesar de su duración, tres horas, su ritmo pausado y tratar asuntos tan complejos como la incomunicación, el duelo y ese misterio interminable que es la vida.

El escritor y director Ryusuke Hamaguchi adapta un cuento de Haruki Murakami y no creo que sea éste un autor fácil de adaptar a la gran pantalla, demandante siempre de un cierto dinamismo. Sus personajes viven en un mundo de profunda introspección, suelen ser estáticos, mientras se maceran en su propia soledad y alienación, a veces producto de su incomprensión del mundo y de la vida, a veces producto de una dolorosa pérdida, mientras buscan un refugio emocional y su lugar en el mundo. En Drive my car, Hamaguchi lo afronta exitosamente con un estilo lleno de sutilezas, silencios y hondura emocional.

La película trenza un mosaico de historias y personajes alrededor del director de teatro Yûsuke Kafuku (un soberbio Hidetoshi Nishijima) y de su automóvil, un Saab 900 de color rojo ya cargado de años, al que vemos ir y venir constantemente por carreteras, autopistas y hasta caminos de montaña. Kafuku está casado con Oto (Reika Kirishima), productora de TV, en una relación que se retroalimenta. Ella tiene la costumbre de inventarse historias en voz alta mientras hacen el amor, como si el coito le provocase un trance. Al día siguiente las olvida, pero él las escribe y ella las lleva a TV, donde triunfan. Así comienza la película, con una escena donde la penumbra compone un aura mágica, mientras ambos yacen todavía desnudos y ella está relatando una extraña y cautivadora historia sobre una adolescente que esconde en secreto objetos suyos en la casa del joven del que se ha enamorado. Hay algo de ritual en la escena y un innegable poso de tristeza que confirmamos posteriormente al descubrir que el matrimonio ha perdido a una hija. 


Posteriormente Oto fallece por un ictus y aunque ya llevamos cuarenta minutos de película aparecen los créditos. Lo que hasta ese momento era una historia de pareja, abre su espectro para dar cobijo a otras tragedias. Han pasado dos años y a Kafuku le ofrecen dirigir El tío Vania, de Chejov, para el Festival de Teatro de Hiroshima. Cuando acude allí las normas le obligan a disponer de una chófer para sus desplazamientos. Así es como el coche, con su constante ir y venir, y la sala de ensayos se convierten en los sorprendentes escenarios de este relato sobre el dolor, la pérdida y la dificultad para expresar las emociones. 

Entre lecturas del texto y ensayos se va componiendo un mosaico de historias, con personajes atrapados en su propia burbuja que la convivencia irá resquebrajando. La actriz muda que abandonó su carrera de bailarina por un drama personal, el Coordinador del montaje y Takatsuki, un joven actor de éxito que fue amante de Oto y que se ha presentado a las pruebas porque admira el trabajo de Kafuku. Éste no considera que sea un buen actor, pero el joven insiste en mantener una charla con él hasta que un día le comenta algo que impacta a Kafuku: "Si esperamos ver verdaderamente a otra persona, tenemos que empezar por mirar dentro de nosotros mismos". Efectivamente Kafuku descubre que todavía no ha asumido la pérdida de Oto y que se mantiene aislado de los demás recreándose en su culpa. 














Y por supuesto está la chófer Misaki Watari (Tôko Miura) con quien, después de tantos trayectos desde casa a los ensayos y vuelta, acaba estableciendo un vínculo. Misaki sufrió una madre esquizofrénica y maltratadora que murió enterrada en su casa por un deslizamiento de tierras. De aquellos hechos guarda una cicatriz en la mejilla que no quiso eliminar para recordarlo.

Según se van sumando historias no puedo dejar de acordarme de Crash (de Paul Haggis, 2004); aunque en este caso sin prejuicios ni violencia. Un relato sin más centro de gravedad que la propia vida golpeando a diversos personajes. Como en los libros de Murakami, Hamaguchi elige dejar fluir la vida, libre y sin estereotipos. Nada de lo que ocurre en la película es previsible. Su cámara se dedica a captar la belleza de lo cotidiano y ese tiempo roto que se alarga como un extraño sueño para los que sufren dolor o pérdida.  No en vano Hamaguchi es admirador de Víctor Erice y concibe sus películas como "documentales que siguen a los actores".

Como innovación Kafuku se plantea estrenar la obra con multilenguaje y para ello escoge actores que sólo hablan inglés, chino, coreano o japonés e incluso el lenguaje de signos con el que se expresa una actriz muda. Es aquí donde encontramos una de las claves de la película. En los ensayos Kafuku insiste en repetir y repetir la lectura del texto, sin apasionamiento, "como una letanía", según llega a quejarse una de las actrices. Quiere romper las barreras del idioma, hacer que el texto les cale hasta los huesos, comprendan a los personajes y respiren con ellos hasta poder comunicarse más allá del lenguaje. Esto mismo es lo que hace Hamaguchi con la película. Escuchamos las frases de El tío Vania repetidamente, tanto en los ensayos como en los numerosos trayectos en coche, ya que Kafuku pone siempre una cinta de casete en la que Oto recita el texto. De este modo se establece un paralelismo entre la obra de teatro y la película que permite a Hamaguchi comunicarnos con hondura el sustrato emocional de los personajes.


La incomunicación no proviene solo de la incapacidad para verbalizar las emociones, sino también del miedo a la exposición emocional. De ahí que las palabras no basten y Kafuku busque una comunicación más genuina. Hay una escena clave en los ensayos cuando dos actrices, hablando distintos idiomas, logran transmitirse las emociones de sus personajes. Kafuku (y Hamaguchi) demuestran que, a pesar de las diferencias culturales e idiomáticas, hay otros niveles de conexión humana y una elocuencia que trasciende las palabras.

Hamaguchi consigue así crear escenas de una profunda emoción partiendo de una sencillez totalmente transparente. Así ocurre en la escena en que la chófer le está contando su historia a Kafuku ante los restos de la tragedia que vivió o cuando el propio Kafuku conversa sobre la pérdida de Oto con el actor que fue su amante. La sencillez de la puesta en escena y el eco del dolor que reverbera nos regala una película conmovedora.


Esta poética de la vida, del duelo y de la incomunicación la refleja el director a través de tres mecanismos. Por un lado los diálogos entre personajes, que son muy numerosos, son los que hacen avanzar la narración, no la acción. Por otro los silencios y miradas expresivas (sobre todo de Misaki, que se convierte inopinadamente en el público de la vida de Kafuku y de los ensayos). Y finalmente unos planos atmosféricos, también numerosos, de ese viejo Saab rojo rodando por todo tipo de carreteras y autopistas como si fuesen un laberinto en el que los personajes están perdidos. 

Para Ryūsuke Hamaguchi el coche es algo sagrado. El cineasta lo describe como un lugar en el que se dan "conversaciones íntimas que solo nacen en ese espacio cerrado y en movimiento". Y es en ese cubículo donde se pueden descubrir "aspectos de nosotros mismos que nunca hemos mostrado a nadie o pensamientos a los que no podíamos poner palabras".


En Drive My Car no existe conclusión ni catarsis para el espectador. El viaje continúa indefinidamente, con curvas y paradas, como la vida misma, hacia una siempre compleja revelación. 

Quiero acabar señalando la poderosa presencia del texto de Chejov como trasunto de la película. Hamaguchi establece un paralelismo entre el duelo personal de Kafuku y el tío Vania, así como entre la atmósfera de tristeza y desamparo existencial en que se mueven los personajes: "Encontré muchas similitudes entre lo que vive el tío Vania y lo que está sufriendo Kafuku. Escogí ciertos diálogos para enlazar a ambos personajes, creando así una conversación entre la obra de Chéjov y el relato de Murakami. No solo con el caso del tío Vania, sino también con Sonia, al haber una especie de paralelismo similar con Misaki", detallaba en una entrevista el director. De hecho Kafuku se niega en principio a interpretar al tío Vania porque el texto le amplifica el dolor por la pérdida de Oto. En una conversación llega a reconocer que "Chejov es aterrador. De sus líneas sale tu verdadero yo."















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La película adapta un cuento del mismo título que está integrado en el volumen "Hombres sin mujeres" (2014), siete relatos en torno al aislamiento y la soledad que preceden o siguen a la relación amorosa. Hombres que han contado o cuentan con mujeres que de pronto salen de sus vidas dejándolos sin esperanza ni redención. 
Dado que el relato consta de 40 páginas, el guionista y director añadió personajes de otros cuentos del libro, Kino y Sherezade.
La anterior película estrenada por Ryusuke Hamguchi fue "La ruleta de la fortuna y la fantasía" y también cuenta con una escena de más de diez minutos en el asiento trasero de un taxi; con dos amigas buscando ese momento de revelación emocional. 

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