lunes, 15 de octubre de 2018

MUERTE en EL BOSQUE - de Amparo Dávila


























Los cuentos de Dávila nos hacen bucear inmisericordes en procesos mentales donde prima la amenaza, la locura y el miedo. Sus páginas exploran trastornos mentales y emocionales donde los protagonistas siempre son víctimas, sea de una amenaza tangible o indescifrable. Ruidos de pasos y respiraciones, un espejo insondable, dos gatos atroces, un monstruo que te posee y golpea cada noche, la visita de un señor de negro o un tiempo desarticulado se ciernen sobre ellos.

Los protagonistas se topan con un terror que no es sobrenatural o metafísico, sino que está en los pasillos y habitaciones de personas comunes y corrientes. La escritura de la autora nace siempre de lo cotidiano, es muy personal  y cobra la forma de una obsesión. Sus pesadillas tienen lugar en el umbral donde se encuentran la razón y el enajenamiento. La aparición del monstruo o de la amenaza trastoca profundamente este puñado de vidas, llegando incluso a la locura; pero, insólitamente, también se da la aceptación de lo que se percibe como irremediable.

En "El Espejo" una anciana madre y su hijo soltero atisban en el azogue un terror profundo e indefinido. Después de intentar combatirlo y compartirlo sin éxito, lo acaban aceptando:
"No volvimos a cubrir más el espejo. Habíamos sido elegidos y, como tales, aceptamos sin rebeldía ni violencia, pero sí con la desesperanza de lo irremediable."
Ilustración de Santiago Caruso
Del mismo modo en "La Celda",  donde María Camino es acechada cada noche por un monstruo innominado. Todavía más allá de la aceptación está la entrega ferviente al dolor que demuestra el protagonista del cuento inicial "Fragmento de un diario": 
"Con toda humildad confesaré que soy un virtuoso del dolor". 
Un hombre se pasa el día tirado en la escalera de su bloque definiendo y ensayando los diferentes grados del dolor hasta provocarse sangrías y desmayos. Sin duda esta entrega al dolor como una disciplina esconde una estrategia para combatir lo irremediable, una forma de sortear la amenaza ofreciéndose a ella. Pero cuando el protagonista se enamora de una vecina su taxonomía se viene abajo: 
"Si solamente fuera el dolor de renunciar a ella sería terrible, ¡pero magnífico! Esta clase de sufrimiento constituye una rama del 8º grado. Lo ejercitaría diariamente hasta llegar a dominarlo."
También el protagonista de "Moisés y Gaspar" termina aceptando a esos dos seres diabólicos que han puesto su vida patas arriba: 
"Allí viviríamos los tres, lejos de todos, pero a salvo de las acechanzas, estrechamente unidos por un lazo invisible, por un odio descarnado y frío y por un designio indescifrable"
Un designio indescifrable. Una condena.
Ése parece el leit motiv de este conjunto de cuentos. Como en Kafka. Un castigo por el simple hecho de vivir, por ser mujer, por tener miedo, por una vida rutinaria o simplemente por pretender la felicidad.
Ilustración de Santiago Caruso

La sensación final que dejan los cuentos es la de mujeres condenadas a la frustración y la fatalidad, sobretodo en sus relaciones personales: matrimonios asfixiados por la rutina, novias que no llegan al altar, sobrinas que traicionan a sus tías, hijas prisioneras en la casa familiar.

Una de las características más sintomáticas de estos textos es la ambientación doméstica de sus relatos. Transcurren en espacios cerrados y lúgubres pero llenos de hermanos, sobrinas, hijas, amas de casa y jóvenes casaderas. Este mundo clausurado y asfixiante por donde acaba arrastrándose el horror reproduce la propia mente de los protagonistas, encerrados en sus miedos y locuras.

Otra característica es la ambigüedad de los monstruos. En "El huésped", el marido invita a un amigo para que se instale en el hogar familiar. Luego el marido nunca aparece. Queda la mujer sometida a la acechanza de algo que nunca sabremos si es persona o animal. Sólo sale de noche, su habitación es húmeda y oscura y una noche intenta forzar la habitación de la señora. En "El espejo" nunca se describe lo que el reflejo deja entrever. En "La quinta de las celosías" se trata de una presencia que siempre está tras las puertas, con una respiración "que crispaba los nervios". En "La celda" es un ser brutal e indefinido que visita cada noche a María Camino en su habitación.
"Sabía que estaba condenada, mientras viviera, a sufrir aquella tremenda tortura y a callarla. Los días le parecían cortos, huidizos, como si se le fueran de las manos, y las noches interminables. De solo pensar que habría otra más, temblaba y palidecía. Él se acercaría lentamente hasta su lecho y ella no podría hacer nada, nada..."
Está claro que tras las puertas y celosías de esas habitaciones nos encontramos con personas cercadas por la pesadilla.
Ilustración de Santiago Caruso

Finalmente hay que resaltar otro rico venero en la temática de Amparo Dávila, la quiebra de la línea temporal. "Final de una lucha" comienza de un modo formidable:

"Estaba comprando el periódico de la tarde, cuando se vio pasar, acompañado de una rubia. Se quedó inmóvil, perplejo. Era él mismo, no cabía duda. Ni gemelo ni parecido; era él quien había pasado."
Y tiene una conclusión a la misma altura. 

El tiempo doblado sobre sí mismo para que el mismo personaje interactúe con otro yo, luche contra su fantasma, certifique de nuevo la fatalidad. Así ocurre en "Tiempo destrozado", "El entierro" o "Final de una lucha". En cierto modo son relatos que recuerdan el mundo de Julio Cortázar, con quien le unió una gran amistad. 

Aunque en la mayor parte de las circunstancias descritas es el terror el que acecha en los pasillos y tras las puertas; no es despreciable el apunte de la paranoia que la autora refleja en algún cuento. Así, en "Un boleto hacia cualquier parte", la simple visita de "un señor muy serio, alto y flaco, vestido de oscuro" es el detonante para que un joven solitario se despeñe por un tobogán emocional de expectativas a cual peor. Ante él surgen todas las posibilidades (su madre ha muerto, va a ser acusado de desfalco, los padres de Irene le prohíben su noviazgo) retratando un mundo solitario y agobiante donde todo acecha: el futuro acecha, la muerte acecha, la culpa acecha. Del mismo modo ocurre en "Muerte en el bosque", donde una expectativa de vida jubilosa se acaba volviendo contra el protagonista en el mismo momento en que la atisba. 

La Biblioteca vacía, de Micha Ullman

No es el mejor cuento del libro pero es muy revelador del estilo y características de Dávila. Se titula "Tiempo destrozado" y en él una niña va saltando de una situación a otra de su vida, desde el mismísimo parto. En todos esos momentos se dan las dos circunstancias más poderosas de los cuentos de Dávila: un personaje siempre cercado por la acechanza y un escenario doméstico que unas veces se vuelve febril y otras delirante. La primera escena de Tiempo Destrozado transcurre en la finca familiar de Huerta Vieja, con un estanque lleno de peces y manzanas.
"-Yo quiero una manzana, papá.
-Las manzanas son un enigma, niña.
-Yo quiero una manzana, una manzana grande y roja, como ésas...
-No, niña, espera... yo te buscaré otra manzana.
Brinqué adentro del estanque. Cuando llegué al fondo sólo había manzanas y peces tirados en el piso; el agua había saltado fuera del estanque y, llevada por el viento, en remolino furioso, envolvió a papá y a mamá. Yo no podía verlos, giraban rodeados de agua, de agua que los arrastraba y los ocultaba a mi vista, alejándolos cada vez más... sentí un terrible ardor en la garganta... papá, mamá... papá, mamá... yo tenia la culpa... mi papá, mi mamá... Salí fuera del estanque. Ya no estaban allí. Habían desaparecido con el viento y con el agua... comencé a llorar desesperada... se habían ido... tenía miedo y frío... los había perdido, los había perdido y yo tenía la culpa... estaba oscureciendo... tenía miedo y frío.. mi papá, mi mamá... miré hacia abajo; el fondo del estanque era un gran charco de sangre..."
En la siguiente escena está en una feria con un vestido precioso y comiendo algodón de azúcar...pero es testigo del sacrificio de un borrego y ella quiere recoger toda esa sangre con su manos, manchándose el vestido... Luego aparece en un librería que de pronto se queda desierta: "Toda la gente se había ido y ya no quedaban libros, se los habían llevado todos. Sentí mucho miedo y fui hacia la puerta de salida. Ya no estaba. Comencé a correr de un lado a otro buscando una puerta. No había puertas. Ni una sola. Sólo muros con libreros vacíos, como ataúdes verticales."

Luego la niña se encuentra en un tren, con una pecera entre las manos que contiene un pececito azul.
"En el último carro encontré un sitio frente a una mujer que vestía elegantemente. La mujer miraba por la ventanilla; de pronto se dio cuenta de mi presencia y se me quedó mirando fijamente. Era yo misma, elegante y vieja. Saqué un espejo de mi bolsa para comprobar mejor mi rostro. No pude verme. El espejo no reflejó mi imagen. Sentí frío y terror de no tener ya rostro. De no ser más yo, sino aquella marchita mujer llena de joyas y de pieles. Y yo no quería ser ella. Ella era ya vieja y se iba a morir mañana, tal vez hoy mismo. Quise levantarme y huir, bajarme de aquel tren, librarme de ella. la mujer vieja me miraba fijamente y yo supe que no me dejaría huir. Entonces una mujer gorda, cargando a un niño pequeño, vino a sentarse al lado mío. la miré buscando ayuda. También era yo aquella otra. Ya no podría salir, ni escapar, me habían cercado."












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En estos tiempos nuestros tan marcados por esta odiosa lacra, podríamos atisbar en más de un cuento una metáfora de la violencia de género. Está claro que podría caber. En muchas historias la mujer siempre está en un plano secundario respecto al hombre (en El Huésped, el marido le impone la visita a su mujer). En La Celda el propio título habla de la situación de María Camino y el monstruo que la tortura cada noche.

"Todos, excepto ella, gozaron la cena, pero María sabía muy bien dónde estaba su única felicidad, y aquella fiesta fue larga y agotadora. Las manecillas del reloj no se movían. El tiempo se había detenido...
Ahora el tiempo también se ha detenido... ¡Qué cuarto tan frío y oscuro!, tan oscuro que el día se junta con la noche; ya no sé cuándo empiezan ni cuándo terminan los días; quiero llorar de frío, mis huesos están helados y me duelen; siempre estoy subida en la cama, amonigotada, cazando moscas, espiando a los ratones que caen irremediablemente en mis manos; el cuarto está lleno de cadáveres de moscas y de ratones; huele a humedad y a ratones putrefactos, pero no me importa, que los entierren otros, yo no tengo tiempo; este castillo es oscuro y frío como todos los castillos; yo sabía que él tenía un castillo.. ¡qué lindo estar prisionera en un castillo, qué lindo!; siempre es de noche; él no deja que nadie me vea; mi casa ha de estar muy lejos; había una chimenea muy grande en la biblioteca de papá y yo arreglaba y desempolvaba los libros; yo quiero una chimenea para calentarme, pero no me atrevo a decírselo, me da miedo, se puede enojar; yo no quiero que se enoje conmigo; no hablé ni una palabra con esos hombres que vinieron, podría llegar y sorprenderme; me metí en la cama y me tapé la cara con las cobijas; siempre estamos juntos: ¿dónde están mamá y Clara?; Clara es mi hermana mayor; ¡yo no las quiero, les tengo miedo, que no vengan, que no vengan...! Tal vez y están muertas y tienen los ojos abiertos y brillantes como los tenía José Juan aquella noche; yo quería cerrarle los ojos porque me daba miedo que me estuviera viendo; tenía los ojos muy abiertos y muy brillantes... "serás una bellas novia, toda blanca", la luna también era blanca, muy blanca y muy fría; como siempre es de noche él viene a cualquier hora; siempre estamos juntos; si no hiciera tanto frío yo sería completamente feliz, pero tengo mucho frío y me duelen los huesos; ayer me golpeó cruelmente y grité mucho, mucho... "

De todo modos yo creo que este punto de vista -siendo valioso- acota en extremo algo que en Amparo Dávila es más abstracto e idiosincrásico. 


















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Muerte en el bosque recopila dos volúmenes que fueron publicados por el Fondo de Cultura Económica: Tiempo Destrozado y Música Concreta. En realidad se trata del primer volumen completo y un cuento del segundo, El Entierro, que efectivamente tiene una temática coherente con el resto del conjunto. 
Amparo Dávila nació en un pueblo minero de Zacatecas, México, en 1928. Fue una niña rebelde que pasaba horas aislada en el campo. Se trasladó a Ciudad de México para cursar estudios universitarios, donde se convirtió en la secretaria de Alfonso Reyes.

Por mi parte ya he comprado los Cuentos Reunidos de Amparo Dávila que en 2009 publicó FCE; pero no quería hacer un comentario general del mundo y estilo de la mexicana. 
Creo que cada uno de sus libros es particular y valioso, por lo que merece nuestra atención individual: Tiempo Destrozado (1959), Música Concreta (1961), Árboles Petrificados (1977) y Con los Ojos Abiertos (2008). 

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