sábado, 22 de septiembre de 2018

TODOS LO SABEN - de Asghar Farhadi

España, 2018

UNA HISTORIA VERDADERA.-
Cuando acaba la película no puedo dejar de recordar sus primeras imágenes: Dentro de un campanario y tras el reloj que rige la vida del pequeño pueblo, de pronto comienza a sonar el estruendo de las campanas. Multitud de pájaros y palomas replican  el revuelo. Una tras otra, todas las aves encuentran el hueco roto en la esfera del reloj y huyen al exterior. Todas menos una paloma. Vuela, se golpea, pero no puede salir y allí se queda aguantando el estrépito.

Ahí está la metáfora de la película. Un hecho -un campanazo- provocará todo un revuelo en un pequeño pueblo de la meseta castellana. Poco a poco todo ese revuelo irá sacando los rencores, los miedos y el sentimiento de culpa que esconden unos y otros. Al final, todos huirán indemnes, menos uno que quedará herido y prisionero.

Laura (Penélope Cruz) vuelve a su pueblo desde la Argentina para asistir a la boda de su hermana. En el convite está toda la familia: el padre de Laura ya envejecido, su tía, sus primos y su primer novio, Paco (Javier Bardem), que en esos momentos dirige la vendimia en su finca, junto a su mujer (Bárbara Lennie). De pronto, en la madrugada de la fiesta nupcial, se va la luz y Laura descubre que su hija adolescente ha desaparecido. El secuestro se confirma con un SMS: No llamen a la policía o la niña morirá.

Esta amenaza paraliza a toda la familia y facilita que el director los meta a todos en un olla a presión donde se resquebrajará su coraza. Los secretos dormidos en el pasado, los rencores que después de decenios todavía guardan rescoldos, la vida murmurante de un pequeño pueblo que solo vive en paz porque "no hablan" de los problemas. "No hablar de los problemas no significa que estén resueltos", dice en un momento enrabietada la mujer de Paco. A todo ello se une la consigna que un policía retirado lanza a los padres: no busquéis más allá, vigilad vuestro entorno más cercano. Esto hará que se extiendan las sospechas y que poco a poco se vayan desvelando los secretos que todos han venido acumulando.


Alrededor de este trazo de thriller, Farhadi hilvana las historias de cada uno de los personajes hasta componer un fondo dramático de gran poderío emocional. El thriller es el hilo que hace avanzar la película, pero lo mejor de ella es el drama que alberga cada personaje. El padre de Laura que perdió un enorme legado de tierras en el juego, el marido argentino (Ricardo Darín) que sólo cuando tocó fondo encontró una salida aunque fuese inusitada, la prima cuyo marido ha emigrado a Alemania y ahora se están separando. Paco, el antiguo novio de una juventud loca y perdida. Farhadi nos conduce por este laberinto de pasiones y secretos deteniéndose en cada rincón hasta escuchar una confesión. El drama fluye con una naturalidad y una elegancia insuperable. Allí se convoca al dolor, al pasado y su huella imborrable, a la amargura de las apariencias, a la necesidad de encontrar culpables incluso de nuestros propios errores y a los secretos inconfesables.




El entorno de un pequeño pueblo castellano está reproducido con una viveza y una autenticidad dignas de elogio. Farhadi se ha querido detener en ese típico microcosmos que otras obras maestras han visitado (El extraño viaje, Furtivos, Amanece que no es poco, Tasio, El Olivo, etc). El pueblo, los paisanos, los brindis, las eternas rencillas y los enfrentamientos en la cantina tienen un carácter vivo, nunca rancio y abunda en aquello de que, a veces, lo local es lo mas universal. 

El director iraní ha rodado en español y lo tenía muy claro: "Tenía que evitar los clichés, los tópicos, y a la vez que tuviera la españolidad justa sin parecer localista". 
Con razón, Farhadi declaraba en una entrevista
"En estos casos, la gente cree que la dificultad es el idioma. Creo que ese es el menor de los problemas. Lo importante es conocer el ritmo de la vida en la sociedad que vas a retratar y los detalles de su comportamiento. Los sentimientos son universales".

Aparte de un entorno reconocible y muy vital, el director ha contado con una panoplia de actores que es un lujo. Bardem destila naturalidad a borbotones, Penélope Cruz logra transmitir la angustia y la desazón con plenitud. A ellos se les une Ricardo Darín (¿alguna vez lo vieron regular o sólo bien?), el cínico Eduard Fernández, la luminosa Bárbara Lennie o una Inma Cuesta que siempre aporta un fulgor muy particular. Todo ello sin olvidar a una secundaria de lujo como Elvira Mínguez, sobre cuya poderosa presencia se articula la resolución del enigma. 

Quizás la escena cumbre del relato se produce cuando Paco y Laura están en una habitación solos, perplejos y atormentados. Es hora de confesar. El aire se vuelve pesado e irrespirable, la voz es apenas un susurro por el peso del dolor. Ahí demuestra esta pareja el por qué de su éxito internacional. Sin maquillaje, sin aspavientos, con una contención y una intensidad brutal son capaces de transmitir emociones con enorme autenticidad.

Toda la película la veo como un desván en el que se han colgado a secar las sábanas. Cada personaje es un sábana que hay que traspasar para poder llegar al desenlace. A la vez, en el desván están escondidas las viejas rencillas entre familias, las humillaciones no cobradas, las mezquindades que nadie olvida y el sentimiento de culpa. Asghar Farhadi se dedica a lo que mejor sabe hacer, plasmar el conflicto entre personas de la calle, remover los sentimientos, meter la cámara en esas habitaciones donde se esconde la pulsión emocional. 

Por eso he titulado la crónica, Una Historia Verdadera. Porque rezuma autenticidad. El objetivo de la cámara es la naturaleza humana. Los tormentos del alma, los vaivenes a los que nos somete la vida, los dilemas morales que nos toca afrontar. El guión, obra también de Farhadi, es sencillo y lúcido.




En este blog ya hemos elogiado otras obras de Asghar Farhadi:
Nader y Simin, Una separación y A propósito de Elly.

viernes, 31 de agosto de 2018

BINTI - de Nnedi Okorafor



Hay novelas que necesitan 500 páginas para crear un mundo y dotarlo de consistencia. Binti lo logra en apenas 100.

Nnedi Okorafor ha escrito una novela corta fulgurante de ideas. En ella encontramos naves espaciales de carácter orgánico, amuletos protectores, arcillas sanadoras, tribus africanas produciendo tecnología punta de carácter casi mágico y una reflexión sobre las diferencias culturales más que notable.

Binti es una joven de la tribu himba que ha conseguido plaza en la mejor universidad de la galaxia, la Oomza Uni; pero sus tradiciones y su familia son una poderosa ancla. Los himba no abandonan nunca su tierra ancestral, no se mezclan con quienes los desprecian ni entienden sus costumbres. Pero Binti siente que debe saltar hacia el universo, hacia un conocimiento más amplio y profundo, aunque esto la convierta en un paria ante su pueblo.
"Era la única himba de la nave entre quinientos pasajeros. Mi tribu está obsesionada con la innovación y la tecnología, pero es pequeña, reservada y, como he dicho, no nos gusta dejar la Tierra. Preferimos explorar el universo viajando hacia el interior." pág 23
Nave orgánica propuesta por  pijamasurf.com
La novela está narrada en primera persona por la propia Binti y en ella conviven la ingenuidad de algunas propuestas narrativas con una complejidad nada aparente que esconde varias lecturas: la colonización salvaje, los prejuicios culturales, la convivencia entre razas, la multiculturalidad e incluso la colonización cultural.
"-Hay una razón  por la que nuestro pueblo no va a esa universidad (le dice su madre). Oomza Uni te quiere para su propio provecho, Binti. Ve a esa universidad y te convertirás en su esclava." pág. 13
Una lectura somera deparará sobretodo el gusto por la aventura: a la de una joven Binti relacionándose con otras razas y mundos, se une la de una guerra entre la raza alienígena de las medusas y los khoush en la que se ve inmersa. El libro comienza como una historia personal de romper lazos con la raíces, pero pronto adoptará nuevos derroteros. 

Las medusas atacan la nave de estudiantes para utilizarla como un caballo de Troya con el que acceder al planeta Oomza Uni. De fondo late una venganza. Oomza Uni guarda en su museo el trofeo de la infamia, el símbolo del poder entre las Medusas, las cuales están dispuestas a provocar un baño de sangre para recuperarlo. Binti será el factor inesperado en este conflicto.
Astrolabio


La novela concita numerosos elementos de interés. Muchos de ellos proceden de la cultura himba. Binti se cubre el cuerpo y el cabello con otjize, una mezcla de arcilla roja y aceites aromáticos que es tanto ritual como seña de identidad. También porta un edan, un objeto de metal desconocido que adopta como amuleto. 
"Mi pueblo crea y fabrica astrolabios -dije-. Usamos las matemáticas para introducir corrientes en ellos. Los mejores de entre nosotros tenemos el don de establecer una armonía tan exquisita que hasta los átomos se acarician como amantes. Es lo que decía mi hermana. -Parpadeé al acordarme-. ¡Y creo que por eso este edan funciona así para mí!". Lo encontré. En el desierto. Una mujer salvaje del desierto me contó una vez que era una pieza de tecnología antiquísima. La llamó "piedra celestial". pág 74
Tanto el otjize como el edan serán claves en el desarrollo de la trama. Al principio Binti será una extraña entre los khoush de la nave. La arcilla roja que cubre su cuerpo, los aros de metal en sus tobillos y la ropa tradicional de su tribu provocan la distancia de los demás. Posteriormente y con sólo dieciséis años, Binti se encontrará como única superviviente de una nave secuestrada por extraterrestres hostiles. Y así es como nos encontramos con Binti relacionándose con las medusas, su cultura y motivaciones. Ella aportará un punto de vista tolerante y ecuménico.

Binti se presenta como "Binti Ekeopara Zuzu Dambu ​​Kaipka de Namib". Sus aventuras teñidas de colonización, prejuicios y multiculturalidad son vistas por la escritora Vajra Chanbrasekera como una metáfora del mundo actual. Entre 1904 y 1907, la Alemania imperial libró una guerra de exterminio en la actual Namibia. Bajo Lothar von Trotha, los alemanes mataron a decenas de miles de personas de los grupos étnicos Herero y Namaqua. Once de los descendientes de von Trotha visitaron Namibia en 2007 para efectuar una disculpa formal. Desde 2004, el gobierno alemán finalmente comienza a reconocer que el genocidio ocurrió aunque siempre se ha negado a pagar indemnización alguna. En 2011 Alemania devolvió 20 calaveras humanas a Namibia desde el hospital de la Charité en Berlín, donde habían permanecido durante más de cien años. Los cráneos fueron tomados de las víctimas del genocidio y transportados a Berlín para realizar pruebas que probasen la inferioridad racial.

Lo dicho. Una novela  intensa y completa. Con maravillosas aventuras y un gran trasfondo social. 







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Quisiera detenerme un momento en la interesante propuesta de la editorial Crononauta: literatura de género con perspectiva de género. ¡!
En su declaración de intenciones podemos leer:
"Por otro lado, sentíamos un vacío en cuanto a literatura de género con perspectivas diferentes, tanto de género como en cuanto a diversidad cultural y de todo tipo. ¿Por qué los personajes son siempre estereotipos manidos y poco realistas? ¿Por qué los modelos de persona representados son tan poco positivos? ¿Por qué todos los mundos distópicos están situados en el mismo tipo de localización? ¿Qué ocurre con el resto del planeta? ¿Nadie escribe sobre esto? Ante estas preguntas, y muchas más, comenzamos a trabajar e investigar el estado del arte de la literatura de género con perspectiva de género en nuestro idioma. No era nada alentador. 
Decidimos crear Crononauta como una editorial alternativa y sin ánimo de lucro, cuyo propósito es reivindicar una tradición marginal en nuestro mercado: literatura de género con perspectiva de género. Es decir: enfoques alternativos para abordar la ciencia ficción, la fantasía y el terror, que hagan hincapié en las cuestiones de diversidad y feminismo."
No queda más que agradecer la idea y el esfuerzo. Además, próximamente, Crononauta nos ofrecerá la segunda parte de la trilogía de Binti. Premio, poder seguir leyendo a Nnedi Okorafor.

lunes, 27 de agosto de 2018

HEREDITARY - de Ary Aster


Parece ser que hay dos bandos antagónicos entre los que hemos visto esta película. Los que la encumbran como una obra de culto, intensamente dramática y perturbadora, y los que ven una historia muy bien rodada e interpretada pero pastiche de otras y un tanto despistada.
Yo me encuentro en este último bando.

La película comienza con la muerte de la abuela. La herencia que recibirán su hija y sus nietos quizás no sea la que esperaban. La hija comienza a desmoronarse psicológicamente mientras que la nieta comienza a ver fantasmas. 
Me quedo con el buen hacer de Ary Aster: una puesta en escena muy brillante, milimétricamente inquietante a la vez que intimista y con un gran dominio del ritmo que, a través de los encuadres y transiciones, logra fijar tu atención  de forma sorprendente.  

En cambio el desarrollo de la historia me parece arbitrario, con giros que se suponen sorprendentes pero que parecen gratuitos y que consiguen que la evolución de la historia nos resulte indiferente. La película comienza brillantemente en su primer tercio, imponiendo un ritmo denso y centrado en el drama familiar, para despistarse en su segundo tercio y hacer el ridículo en el tercero y último.
Sí. Ridículo.

Cuando se decide la aparición de un ente maligno, su corporeización resulta de lo más insustancial, forzando el brillante derrotero de la película hacia algo muy manido. La sucesión de muertes en el desenlace rozan el absurdo.

Muchos la presentan como un triángulo sostenido en sus vértices por referencias tan poderosas como Rosemary´s baby, El exorcista y La Bruja. Es cierto que tiene un pálido reflejo de la primera. No tiene, en cambio, nada de la segunda y aunque el primer tercio emula a la tercera acaba en las antípodas. La Bruja (The Wicht) era una película profundamente perturbadora y desasosegante porque nos hacía descubrir el pliegue irracional y atávico de las personas. Esta exploración sí la comparte en su primera parte: los demonios están en nuestro interior y se alimentan de nuestro miedo. 

De todos modos Hereditary se ve con gusto. 
Desde su mismo inicio se aprecia la puesta en escena tan milimétrica como inquietante. Aprovechando que la protagonista trabaja elaborando miniaturas la película abre con una secuencia en que la cámara se acerca a una de esas casas de muñecas, se cuela hasta una habitación en la que se abre una puerta y entra un personaje... real. 
La magia está creada. 

Los personajes van a ser juguetes cuyo resortes moverán otros. Su mundo va a ser cerrado: la familia sola, con la semillita que sembró la abuela fallecida y las neuras y fobias de cada uno de sus miembros. Esto es lo mejor de la película y es muy bueno. Un caldo espeso en el que van asfixiándose los personajes. De hecho las dos primeras apariciones fantasmales -sin subrayados, ni música estridente-  son magnéticos. Sin abandonar lo puramente dramático, nos hacen atisbar le puerta del terror. 

El camino prometía. El horror que nace de un potente conflicto dramático. La perversión que puede esconderse en una familia, las obsesiones, los hijos no queridos. El magnetismo de la pantalla se nutre de planos milimétricos, una puesta en escena perturbadora, un fuerte conflicto psicológico y mucho desasosiego. Pero de pronto aparece un libro sobre espiritismo, luego una amiga, luego el panfleto de una medium... y la turbación se convierte en algo huero y superficial.

Lo peor de todo es la arbitrariedad que gobierna algunos giros del guión. Arbitrario es que la amiga que viene a consolar a la angustiada madre, la convierta en una medium de una sola sentada. También que aparezca, de pronto, un perro familiar en el último tercio de la película o que el cuaderno de la hija muerta esté vinculado a la madre o al padre indistintamente según necesidades del guión. O la aparición de un ente demoníaco de manera instrumental. O que de pronto Toni Collete sea sonámbula. Qué oportuno para explicar su tensión con el hijo no deseado.

La admirable interpretación de Toni Collete contrasta con el papel de padre panoli que nos regala el pobre Gabriel Byrne, muy lejos de los suculentos papeles de otros tiempos.





La productora A24, responsable de The Witch (2016), Room (2015) y Ex Machina (2015), mantiene el listón bien alto. 

miércoles, 8 de agosto de 2018

GRITO PELAO - de Rocío Molina y Silvia Pérez Cruz


Ya sé que el baile y la música no son objeto de este blog; pero anoche fui testigo de algo extraordinario.
Asistí al espectáculo Grito Pelao de la bailaora Rocío Molina y la cantante Silvia Pérez Cruz, en el teatro Cervantes de Málaga. Es una obra a corazón abierto que relata el deseo de ser madre de la bailaora, la cual se sube a las tablas embarazada de cuatro meses y medio. Toda un acto de generosidad extrema, una invitación a su intimidad, a compartir una experiencia vital y radical como su baile. 

El espectáculo es una muestra de valentía y autenticidad como pocas veces se ve en un escenario.  La bailaora ha explicado que la idea original nació hace cinco años, cuando sintió el deseo de ser madre y vio lo difícil que iba a ser lograrlo por el ritmo de vida que llevaba. 
"Hace cinco años deseaba ser madre, pero quise esperar. Hasta que llegó un momento en que el deseo se hizo tan grande que se convirtió en un monstruo: no podía luchar contra él. Empezaba a afectarme a muchos niveles, también en el baile porque, si no funciona lo personal, nada fluye".
"Me dí cuenta de que si no cubría esa parte personal no fluía nada, no tenía ni creatividad. Me apagaba. El baile se convirtió en una fuga". 
De ese poderoso deseo surge un espectáculo desnudo y esencial que se juega a tres bandas. Rocío Molina con su baile y sus revelaciones; Silvia Pérez Cruz, que ejerce como de coro o "ángel junto a la virgen engendrada" y la propia madre de Rocío, Lola Cruz, una mujer no profesional que subraya la autenticidad de la propuesta.

No puedo negar que, desde el principio, fue el nombre de Silvia Pérez Cruz el que ancló mi mirada sobre esa noche en concreto del programa. Desde que escuché su disco Granada, soy fan irredento de Pérez Cruz, su cadencia y fraseo me fascinan. Su voz es capaz de alargarse con ecos y vibraciones que me traspasan hasta lo profundo.

Las tres mujeres cantan, bailan y hablan desde la complicidad atávica de la maternidad. A las confidencias y complicidades de Rocío (que en su entrega nos regala una canción sobre la base musical de los sonidos que emite en directo su propia matriz), también se suma Pérez Cruz: 
"Cuando iba a dar a luz a mi hija Lola, hace diez años, con un dolor por las contracciones más grande que yo misma, noté que alguien me ponía la mano sobre el hombro. Me volví para ver quien era y vi a una mujer negra. Me miró y dijo, "lo siento". Con sólo esa expresión sentí que comprendía mi dolor porque antes había sido suyo. En ese momento imaginé que sobre el hombro de esa mujer había otra que había puesto su mano y sobre ésta otra y otra más. Por primera vez sentí que era parte de una cadena de mujeres que atraviesa toda la Historia." 

El espectáculo se nutre del baile de Rocío pero también de los temas compuestos ex profeso por Silvia. "La obra nace de una historia muy personal, pero Silvia la ha convertido en universal con sus letras y sus composiciones", ha reconocido la bailaora. Uno de ellos supone uno de los momentos culminantes de la obra (y tiene muchos), inspirado en el poema Para un hijo sin padre (For a fatherless son) de Sylvia Plath; una autora que, como Rocío Molina reconoce, le ayuda a trasladar una experiencia de la maternidad compleja y no siempre encantadora: “Hay una parte que lo es y otra que no. En mi caso, también hay una soledad y una ausencia”, reconoce Molina, que relata su experiencia desde el punto de vista de una madre soltera y lesbiana. “Te hice para encontrarme”, dice un verso de Anne Sexton que inspiró Grito Pelao.

Rocío Molina tiene una fuerza arrebatadora en su baile y a pesar de sus escasos 34 años ya es Premio Nacional de Danza. Tan visceral como su baile ha sido su deseo de ser madre y ahora la bailaora, emplazada por el embarazo, ha de adaptar su potencia pura a otra sabiduría, a la búsqueda de una nueva identidad. Lo hace con la compañía inestimable de Pérez Cruz que canta y baila inmersa en un espacio cómplice de deseo en el que, juntas, acaban por deslumbrarnos. 
"Silvia me ha ayudado a parar, a adquirir otra sensibilidad. Ella propuso empezar de cero, creando una masa madre entre ambas con su voz y mi cuerpo. La idea era crear una materia desconocida."

Al final de la obra, Pérez Cruz le canta a ese feto del tamaño de un coco, “Tu madre baila por ti. ¿Quién le bailará a tu madre?”.
Para mí que ella se basta y sobra. Más de diez minutos estuvimos aplaudiendo, con el teatro lleno y de pie, este espectáculo sobre "la belleza de la fragilidad", como lo ha descrito acertadamente la propia Rocío Molina.














Las dos artistas se apoyan en Carlos Marquerie, colaborador habitual de la bailaora, para la dirección escénica y como autor de la dramaturgia. 
El estreno en el pasado Festival de Aviñón fue un éxito, como posteriormente en el Grec de Barcelona. Grito Pelao también podrá verse en Sevilla, Zaragoza y Madrid en septiembre. Se trata de su segundo trabajo en común tras Impulso, que se estrenó en los Teatros del Canal de Madrid en 2017.
Veremos qué ocurre cuando tenga que actuar en el Chaillot de París, en la última representación prevista a mediados de diciembre y esté de más de siete meses. Los coproductores ya sabían que este sería un proyecto arriesgado, como todo lo que hace Rocío Molina.

viernes, 13 de julio de 2018

La LIBRERÍA - de Isabel Coixet

-The Bookshop, España, 2017-
Maravillosa película, netamente inglesa, dirigida por Isabel Coixet.
Una delicia.

Los tipos pintorescos, los lluviosos paisajes y esa jerarquía social tan fuertemente enraizada están brillantemente recreados por la directora, que utiliza esa pátina de educación y convencionalismo tan británica, para sorprendernos con una guerra soterrada y sin cuartel. 

Nos encontramos en un pequeño pueblo costero de Suffolk durante los años 50, los días se suceden plácidos y hogareños hasta que llega Florence Green (Emily Mortimer), una joven viuda de guerra que decide montar allí una pequeña librería. Será un dulce homenaje a su marido, con el que compartía el amor a la lectura. Que nadie se engañe. No se trata de un edulcorado relato de chicas y libros. El gesto anodino de abrir la librería se convertirá en un finísimo escalpelo con el que hurgar en las miserias de los habitantes de este remoto pueblo. 

Las fuerzas vivas del lugar, llenas de prejuicios y desdeñadas en su exigencia de pleitesía, opondrán una resistencia tan formalmente cortés como implacable. Un verdadero duelo en el que en vez de espadas se cruzan misivas, acciones y miradas.

Sin que lo sospeche la ilusa Florence Green, ha sonado la corneta convocando al acoso y derribo. Emisarios ladinos, chismosas profesionales, pérfidos traidores y siervos en el peor sentido de la palabra, van rodeando a la inocente librera con el ahínco de los cerdos grasientos que rindieron al poderoso castillo de Rochester.  Una clásica historia de David contra Goliat.

Se trata de una adaptación modélica. La voz en off reafirma el origen y aroma literario del material narrativo, al mismo tiempo que dota al relato de la acre melancolía de quien revive un pasado inmarchitable. 

La película -como el libro- es conmovedora. Y sin duda puede tildarse de perfecta, que quizás sea otra cosa que obra maestra. Pero es que tiene un guión que no pierde el norte en ningún momento, una ambientación magnética, un trazo de personajes soberbio y un ritmo que evoluciona sin pausa. Las imágenes, los diálogos y los silencios siempre son precisos y reveladores.

La Coixet alterna las estampas preciosistas de un entorno -a su modo- paradisíaco con secuencias donde se producen auténticos duelos. Uno de los mejores es el que mantiene Mrs. Green con su abogado, un duelo en el que se cruzan cartas como si fuesen cuchillos. Otro duelo intensísimo es el que mantiene el viudo y misántropo Mr. Brundish (Bill Nighy), que después de 45 años encerrado en su mansión, se ve impelido a salir y enfrentarse a la mujer de "el general", lady Violet Gamart (Patricia Clarkson), para defender a quien ha abierto las ventanas de su vida a base de enviarle libros. El duelo es tan educado como visceral, tan racional como brutal: él defendiendo a su amiga, ella envolviendo el sentido común en el mantón del statu quo y el derecho de pernada. Parece increíble que una película de apariencia tan plácida esconda en su interior un fondo tan brutal como devastador.

Isabel Coixet siempre en sus películas (Mi vida sin mí, La vida secreta de las palabras, Ayer no termina nunca) habla de las personas y sus cuitas; y casi siempre de personas en un trance de sus vidas que significa un punto de inflexión. Lo hace con calidez y profundidad, sin abusar del melodrama y con un punto de rebeldía ante la desesperación. En La Librería encontramos esto en el trío protagonista (Florence, Kristine, la adolescente que la ayuda, y Mr. Brundish). Un trío que se encontrará en la librería como en una encrucijada que marcará el devenir de sus vidas. 

El hermoso vínculo y la complicidad que se establece entre ellos nos regalará un imborrable homenaje a un puñado de libros. De la mano de Florence, Mr. Brundish descubrirá al gran Ray Bradbury, con sus Crónicas Marcianas y Las doradas manzanas del sol. Juntos compartirán la perturbación de Lolita, de Nabokov. Y la pizpireta Kristine (Honor Kneafsey) iniciará su singladura vital con Huracán en Jamaica (R. Hughes) bajo el brazo. Tres náufragos salvados por los libros.


Pero en última instancia, de qué va la película. Según el guión va del coraje de una librera que lucha contra viento y marea por un proyecto que la justifica. 
-"Tiene usted esa cualidad que las personas comparten con los animales y los dioses. El coraje."  Le dice Mr. Brundish.
Pero creo que también hay que mirar un poco más allá y observar esta comunidad cerrada y claustrofóbica en la que cada uno es esclavo de su rol. La librería viene a romper unos esquemas sociales anquilosados. Invita al placer de soñar y compartir. Un cambio demasiado drástico. 

Creo que en el fondo va del poder. De personas como Violet Gamart, con una férrea voluntad de poder, y de su exacerbación por ejercerlo. Y de la respuesta mezquina de todo un pueblo que se pliega a los deseos del poderoso.

He visto la película en el cine-club de mi pueblo. Un local destartalado en un instituto con solera que mantiene las mismas butaquitas infames que tenía hace 45 años. El techo bajo e inclinado hacia un lado nos invita a pensar que nos encontramos en unas catacumbas. La sesión estaba llena de señoras con más de 70 años. En algún momento de la película, cuando la protagonista está sentada frente al mar intentando comprender lo que se le escapa, me dio por pensar que allí había un cierto paralelismo. La autenticidad de la librera y su genuino amor por los libros era acechada (¡esa escalofriante serie de planos con los rostros de los villanos mirando a Florence!) por los infames abogados, banqueros y pescadores que se plegaban al arbitrio de lady Violet. 

Del mismo modo vi este heroico cine-club. Rodeado de negocios inmobiliarios, clínicas privadas y multicines hipervitaminados de tecnología y superhéroes. El cine-club, como la librería, se resiste a desaparecer. Como en el Faranheit 451 de Bradbury que Mr. Brundish leyó con fruición, siempre quedaremos un puñado de inconformistas y rebeldes para los que la ficción es el camino hacia la plenitud. Un remanso donde el hombre puede imaginar su destino. 









⥪⧫🔺⧫⥬
Penelope Fitzgerald empezó a escribir en 1975, a los 58 años, publicando primero una biografía del pintor prerrafaelita Edward Burne-Jones, luego otra de su padre y sus tíos (los hermanos Knox, destacados hombres de letras). Dos años más tarde, aparece su primera novela, The Golden Child, una suerte de relato policial humorístico que transcurre en un museo de antigüedades de Inglaterra.
En La Librería aparecen retazos autobiográficos. En los años 50 trabajó en Sole Bay Bookshop a media jornada, lo que fue una gran ayuda económica para ella en aquel momento. En aquella librería descubrió lo difícil que podía ser vender libros en la rural Suffolk, pero atesoró preciosos recuerdos de tardes lluviosas en las que los vecinos se refugiaban allí para charlar, aunque no hiciesen ninguna adquisición. 
Le siguieron otras novelas espléndidas como Inocencia (que transcurre en Florencia y cuenta una historia de amor con Gramsci como personaje secundario) y El comienzo de la primavera (sobre un inglés exiliado en Moscú que retoma, y en cierta manera perfecciona, un complejo argumento de Henry James). Publicó su última novela, La flor azul, tal vez su obra maestra, cinco años antes de su muerte en 2000.