jueves, 13 de agosto de 2020

El ENTENADO - de Juan José Saer




Novela elocuente y reveladora.
Su lectura diáfana nos traslada la crónica de Indias de una expedición española al Río de la Plata, a principios del siglo XVI. El narrador es un grumete que es capturado por los indios colastinés, mientras el resto de la partida de soldados primero es asesinada y posteriormente descuartizada, asada y comida en un festejo que deviene en un frenesí orgiástico. Inopinadamente el joven es respetado, pudiendo vivir libremente entre los indios que le proporcionan habitáculo y comida, pero ninguna instrucción.


Toda la primera parte de la novela está ocupada por ese relato casi antropológico de su vida en la tribu. Durante 10 años intentará comprender el idioma y las costumbres, tradiciones y rituales que le parecen ininteligibles; hasta que un día, inadvertidamente, los indios le colocan en una barca llena de víveres y lo liberan río abajo.






























Sólo años más tarde, después de varias aventuras por Europa y con el grumete convertido en un anciano que escribe su historia, comprenderá hasta qué punto aquella experiencia le provocó una nueva forma de percibir y habitar la realidad: “después de sesenta años esos indios ocupan, invencibles, mi memoria”.

Por ahí vienen las aguas subterráneas de esta novela y sus páginas más formidables. En el último tercio del libro la antropología inicial se convierte en una metafísica profunda. Como en Borges, el relato que ha comenzado desde el exterior de una peripecia de pronto se abisma más allá de la realidad, trascendiendo su simple apariencia. Analizando de nuevo el lenguaje de los indios y rememorando sus costumbres y su concepción del mundo, el "hijastro" (entenado) de aquellos indígenas se percata de que, en su cosmovisión, "ellos y el mundo eran una y la misma cosa". De hecho se consideraban a sí mismos como los únicos "hombres verdaderos"; estimando que todo lo demás, lo exterior a ellos mismos o a su aldea, es una niebla informe y carente de una consistencia real.





































Ya desde el principio el narrador nos había ofrecido indicios de que el viaje lo estaba conduciendo hacia el origen del mundo y de la realidad. 
"El olor de esos ríos es sin par sobre esta tierra. Es un olor a origen, a formación húmeda y trabajosa, a crecimiento. Salir del mar monótono y penetrar en ellos fue como bajar del limbo a la tierra. Casi nos parecía ver la vida rehaciéndose del musgo en putrefacción, el barro vegetal acunar millones de criaturas sin forma, minúsculas y ciegas." pág. 24
Incluso recordando aquella primera noche entre los indios, en la soledad desmesurada de su camastro, el anciano observa que "esa criatura que llora en un mundo desconocido asiste, sin saberlo, a su propio nacimiento. No se sabe nunca cuando se nace: el parto es una simple convención."pág 38 

El argumento va mucho más allá de contrastar lo civilizado y lo primitivo. El padre Quesada, que lo acogió y educó a su regreso a España, opinaba que los indios
"eran hijos de Adán, putativos sin duda, pero hijos de Adán, lo cual significaba para él que eran hombres. Yo, silencioso, pensé esa noche, me acuerdo bien ahora, que para mí no había más hombres sobre esta tierra que esos indios y que, desde el día en que me habían mandado de vuelta yo no había encontrado, aparte del padre Quesada, otra cosa que seres extraños y problemáticos a los cuales únicamente por costumbre o convención la palabra hombres podía aplicárseles. pág 120

El verdadero centro gravitacional del relato está en la exposición de la metafísica que rige el mundo de los indígenas: ¿que es la realidad? ¿somos reales o meras apariencias? ¿hay un ser que permanece inmutable? ¿Cuando abandono el río, éste sigue existiendo? Casi nada.

Efectivamente aquel decenio entre los indios se convierte en algo más que una simple aventura, para volverse una experiencia existencial. Poco a poco, con el paso de los años y contrastando su experiencia entre los indios con la vivida posteriormente en las ciudades y puertos de Europa, el narrador discierne el cambio que se ha producido en su percepción. Para los indígenas lo real está permanentemente amenazado por la informe nada y ellos son el único soporte de la realidad. Para ellos el universo es muy frágil, cada cosa amenaza con disolverse y debe ser forzada a permanecer a diario, a través del incesante sistema de rituales que exige la incertidumbre.

 


De ahí que sean tan organizados y no dejen que nada ni nadie se extravíe. De ahí que no se alejen nunca del único mundo real, su pequeña aldea. De ahí que en su idioma no exista palabra alguna equivalente a "ser" o "estar", y que la única más cercana signifique "parecer".

De ahí que una vez al año se vean arrastrados, contra su voluntad, por una fuerza oscura e inmemorial, a una orgía de antropofagia, sexo y alcohol. Un ritual que no tiene nada que ver con un salvajismo atávico, puesto que viven esas bajezas con poca satisfacción y mucha culpa; sino con el intento de estos "hombres verdaderos" por distinguirse de esa masa viscosa y sin sentido que es el mundo; un intento de eludir el acecho de la nada primigenia, la amenaza constante de no ser. Frente a esa exterioridad que se hunde en la nada, devorar a los otros, a lo exterior, supondrá afianzar su existencia: "de esa carne que devoraban, de esos huesos que roían y que chupaban con obstinación penosa iban sacando por un tiempo, hasta que se les gastara otra vez, su propio ser, endeble y pasajero".

Por su parte el entenado también se encuentra explorando su experiencia y su identidad, definitivamente anclada entre dos mundos.

"Mientras me alejaba río abajo, sin destino conocido, sentía algo que recién esta noche, sesenta años más tarde, cuando ya no se desplega, frente a mí, casi ningún porvenir, me atrevo, sin estar sin embargo demasiado seguro, a formular: que no venía nadie, remando río abajo, en la canoa, que nadie existía ni había existido nunca, fuera de alguien que, durante diez años, había deambulado, incierto y confuso, en ese espacio de evidencia. Así hasta que un recodo del río borró, abrupto, la visión, y salí de ese sueño para siempre." pág. 103

Para los indígenas "lo exterior era su principal problema. No lograban, como hubiesen querido, verse desde afuera", porque en el exterior reina y amenaza la nada. 


De ahí que en cada expedición para hacer acopio de prisioneros que sacrificar en el ritual, siempre traían a uno vivo. Cada festín contaba con su entenado, que durante unas cuantas semanas era adoptado y alimentado hasta liberarlo unas semanas después, acompañado de todo tipo de vituallas y agasajos: 
"querían que de su pasaje por ese espejismo material quedase un testigo y un sobreviviente que fuese, ante el mundo, su narrador”. 

Al grumete le costó muchos años descubrir que él era el Otro, el ojo exterior que los indígenas requerían. Por eso no lo instruyeron, por eso preservaron su diferencia. El entenado se convertirá en el testimonio de su prodigiosa existencia.
























P.D. ⏩______________________________________________

No puedo acabar sin referirme al estilo de Saer, elegante y rítmico, caracterizado por unas largas oraciones que se subordinan y solapan en busca de precisión. Cualquier párrafo de los seleccionados más arriba puede servir de ejemplo, también estos:

“Era una lengua imprevisible, contradictoria, sin forma aparente. Cuando creía haber entendido el significado de una palabra, un poco más tarde me daba cuenta de que esa misma palabra significaba también lo contrario, y después de haber sabido esos dos significados, otros nuevos se me hacían evidentes, sin que yo comprendiese muy bien por qué razón el mismo vocablo designaba al mismo tiempo cosas tan dispares. Engui, por ejemplo, significaba los hombres, la gente, nosotros, yo, comer, aquí, mirar, adentro, uno, despertar, y muchas cosas más. (...)
En ese idioma, no hay ninguna palabra que equivalga a ser o estar. La más cercana significa parecer. Como tampoco tienen artículos, si quien decir que hay un árbol, o que un árbol es un árbol dicen parece árbol. Pero parece tiene menos el sentido de similitud que el de desconfianza. Es más un vocablo negativo que positivo. Implica más objeción que comparación. No es que emita a una imagen yua conocida sino que tiende, más bien, a desgastar la percepción y a restarle contundencia. La misma palabra que designa la apariencia, designa lo exterior, la mentira, los eclipses, el enemigo. El horizonte circular, que me había parecido al principio indiscutible y compacto, era en realidad, tal como lo designaba el idioma de esos indios, un almacén de supercherías y una máquina de engaños. En ese idioma, liso y rugoso se nombran de la misma manera. también una misma palabra, con variantes de pronunciación, nombra lo presente y lo ausente. Para los indios, todo parece y nada es." pág. 142

La novela fue publicada en 1983 y se basa en un par de hechos históricos. Por un lado Francisco del Puerto fue un joven grumete español embarcado en la expedición de Juan Díaz de Solís. El grumete fue hecho prisionero por una tribu de aborígenes durante diez años, después de los cuales le permitieron regresar a su tierra, siendo rescatado por Sebastián Caboto.
Por otro lado de los Colastiné apenas se sabe que habitaron en las inmediaciones del río Paraná y cuyos miembros eran originarios de lo que hoy es la región de Santiago del Estero.

Con esos pocos datos Saer teje una fascinante novela siguiendo su propia admonición: “Lo desconocido es una abstracción; lo conocido, un desierto; pero lo conocido a medias, lo vislumbrado, es el lugar perfecto para hacer ondular deseo y alucinación”.

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