martes, 14 de marzo de 2017

El CUENTO de la CRIADA - de Margaret Atwood










En un mundo asolado por "guerras de sectas" y biológicas, la mayoría de la población es estéril. La respuesta de algunos estados como el de Gilead, es implantar un sistema totalitario y puritano sometiendo a la mujer y dedicando todo un estrato social, las Criadas, a preservar la especie. Segregadas de la sociedad, estas mujeres fértiles forman una casta identificada por un vestido rojo que cubre hasta sus manos y una toca blanca. No pueden disponer libremente de su cuerpo. Nadie puede mirarlas y ellas han de llevar la mirada baja. El cuento de la criada es una novela futurista pero firmemente anclada en totalitarismos ya conocidos y en amenazas presentes.

La mirada de Atwood a esta sociedad totalitaria es terriblemente lúcida. Desnuda la barbarie y el ansia de dominio sobre otros seres humanos: «Debemos recordar que no hay nada nuevo en la sociedad descrita en El cuento de la criada, excepto el tiempo y el lugar. Todo aquello acerca de lo que he escrito se ha hecho anteriormente, y más de una vez»; ha escrito la propia Margaret Atwood, galardonada con el premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2008.


La autora elige la técnica del testimonio para reflejar esa época, lo cual dota al relato de una gran riqueza psicológica. Cómo sobrevivir a una opresión que llega hasta la intimidad. El miedo a relacionarse con los demás. La ausencia de expectativas.
La condición femenina siempre ha sido temida y odiada por la intransigencia política y religiosa, deseosa siempre de controlar su sexualidad. Ellas son la fuente de la vida y del deseo. La opresión no viene definida sólo por la necesidad de procrear. Hay también un componente de dominio psicológico, económico y social, como reconoce el Comandante:

"El problema no sólo lo tenían las mujeres, dice. El problema principal era el de los hombres. Ya no había nada para  ellos." pág 265

Leyendo estas páginas no he podido dejar de recordar dos fotografías. La de la Conferencia Episcopal de España y la del Despacho Oval de la Casa Blanca con el nuevo presidente Trump. Las dos instantáneas están tomadas cuando condenan y prohíben el aborto, algo que afecta en exclusiva al cuerpo de la mujer. Las dos instantáneas contienen únicamente hombres; hombres poderosos decidiendo sobre el cuerpo de las mujeres. También, y sólo hace unos días, en el Parlamento Europeo se escuchó a un diputado: "las mujeres deben ganar menos que los hombres porque son más débiles, más pequeñas, menos inteligentes." Esto en cuanto al Occidente civilizado, qué decir de los fanáticos terroristas de Boko Haram y del Daesh que sólo conciben a la mujer como una esclava sexual o una sierva sin derecho alguno.
"Evito mirar mi cuerpo, no tanto porque sea algo vergonzoso o impúdico, sino porque no quiero verlo. No quiero mirar algo que me determina de forma tan absoluta." pág 84

Del mismo modo que escribieron Orwell ("1984") y Huxley ("Un mundo feliz"), Atwood concibe y relata una sociedad futurista y totalitaria en la que el gobierno controla todos los aspectos de la vida de los ciudadanos.

"-Deseo que las mujeres luzcan indumentarias modestas -dice-, recatadas y sobrias; que no lleven el cabello trenzado, ni se adornen con oro, perlas o atavíos costosos. Sino (lo cual se aplica a las mujeres que se declaran devotas) con buenas obras.
Dejad que la mujer aprenda en silencio, con un sometimiento total -En este punto nos dedica una mirada-. Total -repite.
No tolero que una mujer enseñe, ni que usurpe la autoridad del hombre, sólo que guarde silencio.
Porque primero fue creado Adán, y luego Eva. Y Adán no fue engañado, pero la mujer, siendo engañada, cometió una transgresión.
No obstante, se salvará mediante el alumbramiento si continúa en la fe y la caridad y la santidad con una conducta sobria." pág 277

La autora complementa estas distopías clásicas al poner el foco en la condición femenina y en la manipulación de las relaciones sexuales. La protagonista llega a perder su identidad e incluso su nombre. Al convertirse en una propiedad más del Comandante Frederik Waterford, pasa a llamarse DeFred. Su verdadero nombre, sus recuerdos y sus pensamientos se convertirán en su verdadero tesoro; algo muy bien escondido en un recóndito lugar de su cerebro.

"Al contarte algo, lo que sea, al menos estoy creyendo en tí, creyendo que estás allí, creyendo en tu existencia. porque contándote esta historia, logro que existas. Yo cuento, luego existes." pág 330
La religión y el paternalismo, como tantas veces, se empeñan en presentar la opresión como una liberación.
"Les hemos dado más de lo que les hemos quietado, dijo el Comandante. Piensa en los problemas que tenían antes. ¿Acaso no recuerdas las dificultades de los solteros, la indignidad de las citas a ciegas en el instituto o la universidad? El mercado de la carne. ¿No recuerdas la enorme diferencia entre las que conseguían fácilmente un hombre y las que no? Algunas llegaban a la desesperación, se morían de hambre para adelgazar, se llenaban los pechos de silicona, se empequeñecían la nariz. Piensa en la miseria humana." pág 274
Hasta conseguir  implantar un sentimiento de culpabilidad en los oprimidos.
 "Otra vez he fracasado en el intento de satisfacer las expectativas de los demás, que han acabado por convertirse en las mías." pág 97
La autora profundiza en ese espacio de libertad que es la mente de la protagonista y alterna con cada capítulo, uno que se titula La Noche. Allí se ubica el refugio del pensamiento, la única zona de libertad. “No hay pensamientos peligrosos; el pensamiento es peligroso“, decía Hannah Arendt autora de "Los orígenes del totalitarismo". Desde ese lugar Margaret Atwood nos muestra una sociedad pavorosa, narrada con pulcritud y ritmo encomiable. La autora nos hace partícipes de ese rumor íntimo por donde transcurren los recuerdos y el pensamiento de la protagonista. Nos hace compadecer a esas víctimas; pero creo que al relato le falta transmitir un mayor desgarro o el fétido aliento de la desesperanza.


Me resulta curioso que la autora establezca los hechos narrados en la década de 1980. Si recordamos que el libro se editó en 1985, cabe pensar que Atwood estaba reflexionando sobre su propio tiempo. Quizás sobre el destino al que nos conducía la revolución liberal encabezada por Reagan y Thatcher en aquellos años. El contexto político internacional sólo está levemente dibujado. En algún país de Europa del Este se ha impuesto la natalidad, Canadá por su parte "en aquella época no deseaba enemistarse con su poderoso vecino y organizaba redadas y extraditaba a los refugiados"; e Inglaterra vuelve a ser el lugar a donde huir. Circunstancias, como se ve, que son recurrentes en la Historia.


De todos modos más literario es el hecho de que la novela utilice un narrador poco fiable. En repetidas ocasiones la narradora duda de la veracidad de sus recuerdos. O directamente los considera inventados: "Me lo inventé. No ocurrió así. Lo que ocurrió es lo siguiente." (p.323)
"Me gustaría creer que esto no es más que un cuento que estoy contando. Necesito creerlo. Debo creerlo. Los que pueden creer que estas historias son sólo cuentos tienen mejores posibilidades.
Si esto es un cuento que estoy contando, entonces puedo decidir el final. Habrá un final para este cuento, y luego vendrá la vida real. Yo decidiré dónde dejarlo.
Esto no es un cuento que estoy contando." pág 56

De hecho hay un capítulo final titulado Notas Históricas donde la autora reproduce las Actas del Duodécimo Simposio de Estudios Gileadianos, celebrado en 2195. Allí los debates de los historiadores se centran en los "Problemas de autentificación con relación a El cuento de la criada". 

Como en toda dictadura, los códigos y rituales cobran enorme importancia y en la novela son muy expresivos. En Gilead se celebra el Día del Asesinato del Presidente, inicio de la involución puritana. A los traidores y disidentes se los cuelga en un muro por donde pasea la gente. La sociedad está organizada jerárquicamente, como un ejército: están las Criadas con su uniforme rojo (color de la fertilidad), las Esposas con sus vestidos azules (color de la fidelidad), las Martas (que realizan las tareas del hogar), las Tías (que aleccionan y entrenan a las Criadas) y los Ojos (espías delatores). El momento cumbre es "la ceremonia": cuando las Criadas han de mantener obligatoriamente relaciones sexuales con sus Comandantes, siempre en presencia de sus Esposas. El deber. "En Gilead hay un bálsamo" dice el himno que es obligatorio cantar en las reuniones. La peste de la hipocresía que se enseñorea de las dictaduras como refleja el burdel secreto, llamado Jezabel, del que disfrutan los Comandantes.

Frente a este exceso de regulación sólo caben los pequeños gestos, las confidencias entre Criadas, un lenguaje secreto: Mayday es la contraseña que utilizan con toda la fuerza de su etimología: viene de la expresión francesa "m´aidez" (ayudadme), que es utilizada en muchos ámbitos como llamada de emergencia.





P.D.
Hay varios momentos en la novela que nos remiten a la filósofa Hannah Arendt.

"Recuerdo un programa de televisión... Era un documental sobre una de aquellas guerras. Entrevistaban a la gente y mostraban fragmentos de películas de la época, en blanco y negro, y fotografías. (...) Las entrevistas a las personas que aún estaban vivas habían sido rodadas en color. La que mejor recuerdo es la que se le hacía a una mujer que había sido amante del jefe de uno de los campos donde encerraban a los judíos antes de matarlos.(...) Por lo que decían, aquel hombre había sido cruel y brutal. Su amante -mi madre me explicó el significado de esta palabra; no le gustaban los misterios: cuando yo tenía cuatro años me compró un libro sobre los órganos sexuales- había sido una mujer muy hermosa. Se veía una foto en blanco y negro de ella y de otra mujer, vestidas con bañador de dos piezas, zapatos de plataforma y pamela, indumentaria típica de aquella época; llevaban gafas de sol con forma de ojos de gato y estaban tendidas en unas tumbonas junto a la piscina. La piscina se encontraba junto a la casa, que a su vez estaba cerca del campo donde se alzaban los hornos. La mujer dijo que no había notado nada fuera de lo normal. Negó estar enterada de la existencia de los hornos." pág 185
Arendt acuñó el concepto de “la banalidad del mal“, afirmando que cualquier persona mentalmente sana puede llevar a cabo los más horrendos crímenes, cuando pertenece a un sistema totalitario. No suelen darse mentes diabólicas, el mal puede ser algo más rutinario y banal: la mediocridad absoluta de un burócrata incapaz de desobedecer las órdenes de sus superiores o el deseo de medrar en una organización.

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