sábado, 2 de enero de 2016

La ENTREGA - de Michael Roskam

Me gusta mucho este tipo de cine negro donde la historia y los personajes se maceran a ritmo lento. En muchas ocasiones llegan aureolados por el fatum, pero aquí no es el caso. La película se basa en un relato de Dennis Lehane y eso se nota en un guión que se desarrolla tan pausado como milimétrico: vemos cómo van cayendo los granos de pólvora en el cartucho hasta el estallido final. 

También se nota en la elección del espacio. Lehane, nacido en Boston, suele retratar el lado más perverso de esa aristocrática ciudad. Allí transcurren tanto este relato como las novelas Adiós, pequeña, adiós, Mystic River y Cualquier otro día (que se desarrolla durante los conflictos desencadenados a raíz de la huelga de la Policía en Boston en 1919). Más que a la propia ciudad, Lehane suele acotar sus historias a un barrio, cuyas aceras, bares y supermercados nos hace visitar en su (aparente) beatífica cotidianidad. La adaptación al cine que Ben Affleck hizo de Adiós, pequeña, adiós, incluía un amargo prólogo con personas comunes fumando en sus porches, charlando despreocupadas o volviendo de hacer la compra, mientras una voz en off nos avisaba sobre los lobos escondidos: "cómo se puede ir al cielo viviendo en este barrio sin morir en el intento (...): sois ovejas entre lobos, sed sagaces como serpientes e ingenuos como palomas".

En la cinta que nos ocupa Roskam plantea un estudio de personajes (del mismo modo que hizo en su estupendo debut, Bullhead)  que se desenvuelven en un thriller sordo y violento. Bob (Tom Hardy) es camarero en el bar de su primo Mark (James Gandolfini). En tiempos dirigieron sus propios chanchullos, pero ahora son asalariados de un grupo checheno que se ha hecho con el territorio. El bar es un centro de recaudación de dinero negro, un bar-caja, y, aunque Bob es un tipo muy tranquilo, sin darse cuenta se verá inmerso en un asunto violento. 

Bob acude todos los días a misa, pero nunca comulga. Es callado, solitario y huye de los problemas.  Un día encuentra un cachorro en la basura y a través de él entra en contacto con una chica magullada por la vida (Naomi Rapace). Su primo Mark no se conforma y busca un golpe con que resarcirse. "No estarás llevando a cabo otra acción desesperada, ¿verdad?"), le espeta Bob. Más adelante éste le responderá: "Te diré una cosa. Ya estamos muertos, sólo que podemos andar."

El ritmo lento hurga en unas vidas vacías y laceradas. Todo es sordo, soterrado; como las amenazas, como el pasado, como el dinero que fluye encubierto por la barra del bar.

Sobre toda la historia se cierne el asesinato de Ritchie Wiland, un perdedor que debía dinero a Mark. El exnovio de la chica es otro prenda que acaba de salir del psiquiátrico y se vanagloria de ser quién se cargó a Ritchie: todas las vidas están marcadas por la abyección.

Se trata de un cine negro amargo y gélido, al estilo de Fargo (Coen Bros.) o la más reciente Drive (Nicholas Winding Refn). No hay mafiosos con talante de emprendedores, ni rebeldes jovenzuelos. Son gente común y corriente que chapotea en un cenagal. La policía se queja de los recortes en el presupuesto para no hacer nada respecto a los trapicheos. La iglesia a la que acude diariamente Bob va a ser vendida a una inmobiliaria para construir en su lugar apartamentos. Todo es mezquino.


Un perro (pitbull) abandonado en la basura une a un antihéroe y a una antifemme fatale; dos seres arrasados  por una vida envilecida. Personajes derrotados que ya solo esperan ver pasar la vida: "yo simplemente atiendo la barra y espero". Le comenta Bob a la chica. 

Tom Hardy interpreta, con una contención exquisita, a este "pasmado" (como le llama Mark), aunque firme y letal cuando decide estallar. Con Gandolfini forman una pareja capaces de transmitir todo con un simple par de gestos y una mirada. Naomi Rapace brilla interpretando a un personaje magullado, muy semejante al que interpretó en otro thriller también seco pero más estruendoso, La venganza del hombre muerto

Finalmente, el retrato es de la soledad, tal y como concluye este barman ensimismado: "Yo creo que parece que el diablo no exista. Dios te dice, no. No puedes entrar. Tienes que irte lejos de aquí y tienes que estar sólo. Estar sólo para siempre."

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