jueves, 30 de octubre de 2014

Las PERSONAS del VERBO - Jaime Gil de Biedma










Los poetas de la generación del 50, en el siglo pasado, tuvieron una vertiente social nada dogmática ni ideologizada, sino que manaba de un profundo sentido humanista. En la España de nuestros días, después de cinco años de una estafa (otros la llaman crisis) que nos ha despojado de derechos, trabajo, ahorros y a muchos hasta de hogar; la maldición de un país maltratado y secuestrado por unos gobernantes ineptos y mendaces se alza como el fiero coloso que aterrorizó las visiones más negras de Goya. 


Gil de Biedma escribió hace medio siglo un pie de foto para la instantánea de hoy mismo, día de la enésima redada (Operación Púnica). En el poema Noche triste de Octubre, 1959 podemos leer:    

   
     "...y el Gobierno, 
     reunido en consejo de ministros,
     no se sabe si estudia a estas horas 
     el subsidio de paro 
     o el derecho al despido, 
     o si sencillamente, aislado en un océano,
     se limita a esperar que la tormenta pase
     y llegue el día, el día en que, por fin,
     las cosas dejen de venir mal dadas."


La corrupción campa a sus anchas en todo tipo de instancias políticas, empresariales e incluso sindicales. Las imputaciones judiciales por corrupción suman varios millares... pero no pasa nada. Como apunta el poeta, "dicen que no es culpa del gobierno, / sino terrible maldición de España"
Y también:
          "De todas las historias de la Historia
           la más triste sin duda es la de España 
           porque termina mal. Como si el hombre, 
          harto ya de luchar con sus demonios, 
          decidiese encargarles el gobierno 
          y la administración de su pobreza."

Pero Gil de Biedma no es básicamente un poeta social. "Yo persigo también el dulce amor", escribe. La esencia de su poesía es la conversación íntima, la confidencia que te invita a una reflexión serena sobre la vida y la cruel fuga del tiempo. No encuentro mejor bálsamo ni acicate. 






DE VITA BEATA

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.



APOLOGÍA Y PETICIÓN


¿Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno,
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia?

De todas las historias de la Historia
la más triste sin duda es la de España
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Nuestra famosa inmemorial pobreza
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno,
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres.
A menudo he pensado en esos hombres,

A menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí que importa un mal gobierno.

Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
puede y debe salir de la pobreza,
que es tiempo aún para cambiar su historia
antes que se la lleven los demonios.

Quiero creer que no hay tales demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia.
Son ellos quienes han vendido al hombre,
los que le han vertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España.

Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea el hombre el dueño de su historia.






NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.





PANDÉMICA y CELESTE

                                              quam magnus numerus Libyssae arenae
                                                         ..........................................................
                                                         aut quam sidera multa, cum tacet nox,
                                                         furtiuos hominum uident amores.
                                                                                                    Catulo, VII

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos hombre a hombre, finalmente.
Imagínatelo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector -mon semblable, -mon frère!

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo
quien me tira del cuerpo a otros cuerpos
a ser posiblemente jóvenes:
yo persigo también el dulce amor,
el tierno amor para dormir al lado
y que alegre mi cama al despertarse,
cercano como un pájaro.
¡Si yo no puedo desnudarme nunca,
si jamás he podido entrar en unos brazos
sin sentir -aunque sea nada más que un momento-
igual deslumbramiento que a los veinte años !

Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noches
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

Y por eso me alegro de haberme revolcado
sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,
mientras buscaba ese tendón del hombro.
Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...
Aquella carretera de montaña
y los bien empleados abrazos furtivos
y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,
pegados a la tapia, cegados por las luces.
O aquel atardecer cerca del río
desnudos y riéndonos, de yedra coronados.
O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino.
Y recuerdos de caras y ciudades
apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,
de escaleras sin luz, de camarotes,
de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,
y de infinitas casetas de baños,
de fosos de un castillo.
Recuerdos de vosotras, sobre todo,
oh noches en hoteles de una noche,
definitivas noches en pensiones sórdidas,
en cuartos recién fríos,
noches que devolvéis a vuestros huéspedes
un olvidado sabor a sí mismos!
La historia en cuerpo y alma, como una imagen rota,
de la langueur goutée à ce mal d'être deux.
Sin despreciar
-alegres como fiesta entre semana-
las experiencias de promiscuidad.

Aunque sepa que nada me valdrían
trabajos de amor disperso
si no existiese el verdadero amor.
Mi amor,
              íntegra imagen de mi vida,
sol de las noches mismas que le robo.

Su juventud, la mía,
-música de mi fondo-
sonríe aún en la imprecisa gracia
de cada cuerpo joven,
en cada encuentro anónimo,
iluminándolo. Dándole un alma.
Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos muslos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento,
los años de experiencia
de nuestro amor.
                          Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo
-mientras que basta un gesto familiar
en los labios,
o la ligera palpitación de un miembro,
para hacerme sentir la maravilla
de aquella gracia antigua,
fugaz como un reflejo.

Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza y sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos,
como dicen que mueren los que han amado mucho.

Francis Bacon -Retrato de George Dyer hablando-


AUNQUE SEA UN INSTANTE


Aunque sea un instante, deseamos
descansar. Soñamos con dejarnos.
No sé, pero en cualquier lugar
con tal de que la vida deponga sus espinas.

Un instante, tal vez. Y nos volvemos
atrás, hacia el pasado engañoso cerrándose
sobre el mismo temor actual, que día a día
entonces también conocimos.

                                                            Se olvida
pronto, se olvida el sudor tantas noches,
la nerviosa ansiedad que amarga el mejor logro
llevándonos a él de antemano rendidos
sin más que ese vacío de llegar,
la indiferencia extraña de lo que ya está hecho.

Así que a cada vez que este temor,
el eterno temor que tiene nuestro rostro

nos asalta, gritamos invocando el pasado
-invocando un pasado que jamás existió-

para creer al menos que de verdad vivimos
y que la vida es más que esta pausa inmensa,
vertiginosa,
cuando la propia vocación, aquello
sobre lo cual fundamos un día nuestro ser,
el nombre que le dimos a nuestra dignidad
vemos que no más
que un desolador deseo de esconderse.



NOCHES DEL MES DE JUNIO

                                                       A Luis Cernuda


Alguna vez recuerdo
ciertas noches de junio de aquel año,
casi borrosas, de mi adolescencia
(era en mil novecientos me parece
cuarenta y nueve)
                             porque en ese mes
sentía siempre una inquietud, una angustia pequeña
lo mismo que el calor que empezaba,
                                                              nada más
que la especial sonoridad del aire
y una disposición vagamente afectiva.

Eran las noches incurables
                                            y la calentura.
Las altas horas de estudiante solo
y el libro intempestivo
junto al balcón abierto de par en par (la calle
recién regada desaparecía
abajo, entre el follaje iluminado)
sin un alma que llevar a la boca.

Cuántas veces me acuerdo
de vosotras, lejanas
noches del mes de junio, cuántas veces
me saltaron las lágrimas, las lágrimas
por ser más que un hombre, cuánto quise
morir
            o soñé con venderme al diablo,
que nunca me escuchó.
                                      Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos.





La huella de Jaime Gil de Biedma (1929-1990) crece sin cesar pese a lo escueto de su producción. Perteneciente a la generación del 50 expresó su rebeldía política pero no se detuvo ahí; continuó profundizando su expresión poética. Reunió su obra en el volumen Las Personas del Verbo.

Machado, Cernuda, Valente y González asoman por sus versos; pero también sus admirados Eliot y Auden.

Su lenguaje es llano y claro; muchas veces nos interpela como algo coloquial. Aspiraba a la sencillez de una carta comercial. Cuando se define su obra como Poesía de la experiencia, no se ha de entender como una enumeración de los hechos vividos por el autor. Él mismo nos lo revela:

"La vida no puede exponerse tal cual es. La vida no es poesía y además ésta tiene sus limitaciones; date cuenta de que el número de experiencias que rescata la poesía es muy escaso y, en todo caso, no hay razón para pensar que no fueran mejores las no contadas. El arte sólo es un simulacro de lo real. Un poema moderno no es, por el contrario, una imitación de la realidad. Se trata de dar al poema una realidad objetiva que no está en función de lo que en él se dice sino de lo que en él está ocurriendo. Yo creo que incluso cuando el poeta pretende hablar en tanto que él mismo, está hablando de sí según se imagina, no según es. La voz que habla en el poema no tiene otra realidad que la que pueda tener la de un personaje de novela aunque se parezca mucho al propio poeta."

Dos aspectos definen su poesía. El tono elegíaco y el modo coloquial. El quebranto del tiempo es una de sus obsesiones:
          “y sobre todo el vértigo del tiempo
          el gran boquete abriéndose hacia dentro del alma
          mientras arriba sobrenadan promesas
          que desmayan, lo mismo que si espumas.”

Y también:
          "Porque en amor también
          es importante el tiempo,
          y dulce, de algún modo,
          verificar con mano melancólica
          su perceptible paso por un cuerpo."

Aunque se puede decir que todos los temas devienen en uno único, según Juan Ferraté, "su propio personaje espectral". 

Resulta muy seductora su explicación sobre el abandono de la escritura:
"Una, que mi poesía consistió -sin yo saberlo- en una tentativa de inventarme una identidad; inventada ya, y asumida, no me ocurre más aquello de apostarme entero en cada poema que me ponía a escribir, que era lo que me apasionaba, Otra, que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema»

Su punto de vista sobre la poesía no es menos revelador:
"La poesía no es precisamente lo que sucede cuando se escribe el poema, poesía es el acto de ejecutar el poema. Un poema se hace para ser leído. El poema es poema mientras se lee porque es tiempo y tempo…"



Estas reflexiones de Gil de Biedma pertenecen a una entrevista que apareció en arquitrave
Aquí, un análisis muy claro y detallado de la obra "Las personas del verbo", firmado por Monika Jimenez Morales

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