jueves, 9 de mayo de 2013

Tiempo de prodigios






















Richard Holmes nos relataba en su libro La edad de los prodigios cómo influyó el espíritu romántico en los científicos de la época, así como los descubrimientos astronómicos en la poesía coetánea. No me resisto a recuperar algunos de los poemas que se citan en dicho libro como vástagos de esa trabazón. La cosmología, la meteorología y la química fueron ámbitos que ejercieron una atracción enorme sobre los poetas románticos.



Oscuridad  
(Darkness)  de    Lord Byron


       Tuve un sueño que no era del todo un sueño.
       El brillante sol se apagaba, y los astros
       Vagaban apagándose por el espacio eterno,
       Sin rayos, sin rutas, y la helada tierra
       Oscilaba ciega y oscureciéndose en un cielo sin luna.
       La mañana llegó, y se fue, y llegó, y no trajo consigo el día,
       Y los hombres olvidaron sus pasiones ante el terror
       De esta desolación, y todos los corazones
       Se congelaron en una plegaria egoísta por luz,
       Y vivieron junto a hogueras, y los tronos,
       Los palacios de los reyes coronados, las chozas,
       Las viviendas de todas las cosas que habitaban,
       Fueron quemadas en los fogones, las ciudades se consumieron,
       Y los hombres se reunieron en torno a sus ardientes casas
       Para verse de nuevo las caras unos a otros.
     
       Felices eran aquellos que vivían dentro del ojo
       De los volcanes y su antorcha montañosa,
       Una temerosa esperanza era todo lo que el mundo contenía;
       Se prendió fuego a los bosques, pero hora tras hora
       Fueron cayendo y apagándose, y los crujientes troncos
       Se extinguieron con un estrépito y todo quedó negro.
     
        Las frentes de los hombres, a la luz sin esperanza
       Tenían un aspecto no terreno cuando de pronto
       Haces de luz caían sobre ellos; algunos se tendían
       Y escondían sus ojos y lloraban; otros descansaban
       Sus barbillas en sus manos apretadas y sonreían;
       Y otros iban rápido de aquí para allá y alimentaban
       Sus piras funerarias con combustible y miraban hacia arriba,
       Suplicando con loca inquietud al sordo cielo,
       El sudario de un mundo pasado, y entonces otra vez
       Con maldiciones se arrojaban sobre el polvo,
       Y rechinaban sus dientes y aullaban; las aves silvestres chillaban
       Y, aterrorizadas, revoloteaban sobre el suelo,
       Y agitaban sus inútiles alas; los brutos más salvajes
       Venían dóciles y trémulos; y las víboras se arrastraron
       Y se enroscaron escondiéndose entre la multitud,
       Siseando, pero sin picar, y fueron muertas para servir de alimento.
     
       Y la guerra, que por un momento se había ido,
       Se sació otra vez; una comida se compraba
       Con sangre, y cada uno se hartó resentido y solo
       Atiborrándose en la penumbra: no quedaba ya amor.
       Toda la tierra era un solo pensamiento y ese era la muerte
       Inmediata y sin gloria; y el dolor agudo
       Del hambre se instaló en todas las entrañas, hombres
       Morían y sus huesos no tenían tumba, y tampoco su carne;
       El magro por el magro fue devorado,
       Y aún los perros asaltaron a sus amos, todos salvo uno,
       Y aquel fue fiel a un cadáver, y mantuvo
       A raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,
       Hasta que el hambre se apoderó de ellos o los muertos que caían
       Tentaron sus delgadas quijadas; él no se buscó comida,
       Sino que con un gemido piadoso y perpetuo
       Y un corto grito desolado -lamiendo la mano
       Que no respondió con una caricia-, murió.
     
       Poco a poco la multitud fue muriendo de hambre; pero dos hombres
       De una enorme ciudad sobrevivieron,
       Y eran enemigos; se encontraron junto
       A las agonizantes brasas de un altar
       Donde se había apilado una masa de cosas santas
       Para un fin impío; hurgaron
       Y -temblando-, revolvieron con sus manos delgadas y esqueléticas
       En las débiles cenizas, y sus débiles alientos
       Soplaron por un poco de vida e hicieron una llama
       Que era una ridícula; entonces levantaron
       Sus ojos al verla palidecer, y observaron
       El aspecto del otro, miraron y gritaron, y murieron;
       De puro espanto mutuo murieron,
       Sin saber quién era aquel sobre cuya frente
       La hambruna había escrito "enemigo".
     
       El mundo estaba vacío,
       Lo populoso y lo poderoso eran una masa
       Sin estaciones, sin hierba, sin árboles, sin hombres, sin vida;
       Una masa de muerte, un caos de dura arcilla.
       Los ríos, lagos, y océanos estaban quietos,
       Y nada se movía en sus silenciosos abismos;
       Los barcos sin marinos yacían pudriéndose en el mar,
       Y sus mástiles bajaban poco a poco; cuando caían
       Dormían en el abismo sin un vaivén.
       Las olas estaban muertas; las mareas estaban en sus tumbas,
       Antes ya había expirado su señora, la luna;
       Los vientos se marchitaron en el aire estancado,
       Y las nubes perecieron;
       La oscuridad no necesitaba de su ayuda,
       Ella era el universo.
                                                                        (copiado del blog grandespoetasfamosos)
                                                         
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AL LEER POR VEZ PRIMERA EL HOMERO DE CHAPMAN
                                                                                                                         de   John Keats



            Mucho tiempo he viajado por los mundos del oro,
            Y he visto muchos reinos e imperios admirables,
            Y he estado en torno a muchas occidentales islas
            Que los bardos protegen como feudos de Apolo.
            He oído hablar a veces de un vasto territorio
            Que rigió en propiedad el taciturno Homero,
            Mas nunca he respirado su aire sereno y puro
            Hasta que he oído a Chapman hablar con vehemencia:
            Entonces me he sentido como el que observa el cielo
            Y ve un nuevo planeta surgir ante su vista,
            O como el gran Cortés cuando con ojos de águila
            Contemplara el Pacífico –mientras todos sus hombres
            Se miraban atónitos y con incertidumbre-
            Silencioso, en la cumbre de un monte en Darién.

                                                                           (Traducción de Alejandro Valero)

                                 --*--         --*--          --*--


ODA AL VIENTO DEL OESTE
                                                     de Percy B. Shelley

El propio Shelley reflejó en una nota las circunstancias en que compuso esta obra, en un bosque cerca de Florencia. Se levantaba el viento anunciando la llegada del otoño y por la noche se desató una violenta tempestad de granizo y lluvia:  "Conviérteme en tu lira",  "Sé a través de mis labios para la dormida tierra  /  la trompeta de una profecía".
Impetuosidad, clamor indómito, cambio, canto de destrucción, celebración de lo nuevo.
Lourdes Murillo



                      I
¡Oh! salvaje viento del Oeste, aliento del Otoño,
tú, cuya invisible presencia arrastra las hojas muertas
como los espectros de una bruja en fuga,

¡amarillas, negras, pálidas y rojo sangre
magma de enferma pestilencia! ¡Oh! tú
que transportas a su lecho glacial y oscuro

las aladas semillas que yacen frías y agonizantes
como un cadáver en su tumba, hasta que
tu celeste hermana Primavera toque

su trompeta sobre la tierra adormecida y llene
(conduciendo dulces capullos como rebaños a alimentarse del aire)
de aromas y colores vivos la llanura y la colina;

espíritu salvaje que se agita en todas partes,
que destruye y protege: ¡escucha, oh, escucha!


                        II

Tú, corriente que en medio de la conmoción del cielo
desatas nubes como se esparcen las hojas podridas en la tierra,
arrancándolas de las retorcidas ramas del Cielo y del Océano,

¡ángeles de lluvia y el relámpago! dispersos
sobre la superficie azul de tu aéreo oleaje,
como el brillante cabello erizado en la cabeza

de una Ménade feroz, desde el confuso límite
del horizonte hasta la altura del cenit
los mechones de la tormenta inminente. Tú, letanía

del año que agoniza, para quien esta noche cerrada
será la cúpula de un inmenso sepulcro,
abovedado con todo tu poder reunido

de vapores, en cuya densa atmósfera estallarán
fuego y granizo y lluvia negra: ¡oh, escucha!

                        III

Tú que despertaste de sus sueños de verano
al azul Mediterráneo, donde yace
arrullado por la espiral de sus corrientes cristalinas,

junto a una isla volcánica de la bahía de Bayes,
y has visto en sueños antiguas torres y palacios
estremecerse en la luz más intensa de las olas,

recubiertos de azulado musgo y flores
tan dulces que el sentido desfallece al pintarlas,
tú, por cuyo paso los poderes del Atlántico

abren abismos, mientras en lo más profundo
las floraciones marinas y el follaje sin savia
de los bosques del océano

reconocen tu voz y encanecen de miedo,
y tiemblan y se marchitan: ¡oh, escucha!

                       IV

Si fuera una hoja muerta que pudieras arrastrar;
si fuera una nube veloz para volar contigo;
una ola sometida a tu poder, y compartir

el impulso de tu fuerza; aunque menos libre
que tú, ¡oh, indómito!, si al menos
como en mi infancia pudiera ser

el compañero de tus vagabundeos por el Cielo,
como entonces, cuando aventajar tu velocidad etérea
apenas parecía una visión: nunca te habría rogado

de esta forma mi necesidad.
¡Oh, elévame como una ola, una hoja o una nube!
¡Caigo sobre las espinas de la vida! ¡Sangro!

El peso de las horas ha encadenado y humillado
a alguien como tú: indomable, orgulloso y veloz.

                       V

¡Conviérteme en tu lira, como lo es el bosque!
¡Mis hojas caen como las suyas!
El tumulto de tus poderosas armonías

extraerá de ambos un tono grave, otoñal,
dulce aunque triste. ¡Sé tú mismo Espíritu feroz,
mi espíritu! ¡Seamos uno, impetuoso!

Esparce mis ideas muertas sobre el universo
como hojas marchitas para un renacimiento
y, por el sortilegio de este poema,

esparce, como de un inextinguible corazón
cenizas y chispas, mis palabras entre los hombres.
Sé a través de mis labios para la dormida tierra

la trompeta de una profecía. Oh, Viento,
si llega el Invierno, ¿puede la Primavera estar tan lejos?
                                                                                 
                                                                                (Traducción de Pablo Gianera y Edgardo Russo)

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